miércoles, 24 de agosto de 2016

El pescador

Julián Eduardo Cervantes Cadena


«Mijo, usted ya está en edad, es momento de que se ponga los huevos y siga con la profesión de los hombres», le decía la vieja Gladys a Jacinto, que ese día cumplía dieciséis años «no se preocupe, mijo, que el mar está en su sangre; su abuelo era pescador, su papá es pescador, sus tíos son pescadores y sus hermanos también son».
La expresión de Jacinto no cambió, su cara de tristeza y desazón demostraba que su humilde destino no era lo que él anhelaba.
El pequeño pueblo pesquero de San Cayetano era un lugar donde personas acaudaladas de la capital convivían amablemente durante las vacaciones con los humildes lugareños, que se encargaban de cuidar y dar mantenimiento a las villas veraniegas para ganar unos pesos, cuando los patrones se ausentaban durante largos periodos de tiempo.
Vivir en San Cayetano se asemejaba a estar de vacaciones, la gente era alegre, sencilla y servicial. Los pudientes ciudadanos la usaban para tratar de darle un toque de simplicidad a sus ajetreados ritmos de vida. Pequeñas calles de arena contrastaban con los lujosos autos que las transitaban, elegantes edificaciones que colindan con humildes casas de construcción artesanal, un clima veraniego durante todo el año, suaves brisas que refrescaban el intenso sol, esporádicos graznidos de las gaviotas que esperaban la llegada de los pescadores al improvisado pero antiguo muelle de madera convertían al pueblo en un paraíso terrenal.
«Yo no quiero ser pescador, quiero salir de este pueblucho, ir a la capital y hacer plata como el señor Gabriel. De seguro la casa que tiene acá la usa solo para visitar de vez en cuando», decía Jacinto mientras ayudaba a la vieja Gladys a desenredar la red que usarían esa noche para ir a altamar, en lo que sería el primer viaje de Jacinto acompañando a su padre en el trabajo con el que pudo mantenerlo a él y a sus tres hermanos y dos hermanas. «No quiero vivir siempre en una casa de caña bebiendo ron para pasar el tiempo, el mundo es tan grande y quiero explorarlo».
El Viejo Willi, como se lo conocía al padre de Jacinto, era un hombre honesto y bonachón pero con un serio problema de alcoholismo, su inteligencia lo pudo llevar más lejos que la panga que usaba cada tres días como medio de transporte para adentrarse en el cristalino mar. Su vagancia y comodidad no lo dejaba ver más allá de unas libras de pescado y una botella de ron para la noche.
¿Ya está listo para salir hoy en la noche, mijo? –Le preguntó el Viejo Willi a Jacinto, el menor de sus hijos
–Yo no quiero ir, papá –le respondió con la misma cara de desgano que muestra cualquier adolescente cuando un padre le pide hacer algo.
–Ya está en edad de empezar a trabajar, vea que yo ya soy viejo y estoy cansado de esto, ahora son ustedes los que deben traer la comida a esta casa –sentenció el Viejo Willi a quien los años bajo el incandescente sol le habían cuarteado de forma permanente su oscura piel.
Llegó el momento. Las nueve era la hora indicada para que el Viejo Willi, Jacinto y Freddy, el mayor de los hermanos, iniciaran el recorrido mar adentro. El plan era el de siempre: llegar lo suficientemente lejos para desplegar sus largas redes, extender los casi trescientos metros de longitud que tenían, recogerlas para arrastrarlas hasta la orilla y lograr sacar todo lo que el océano les podía proporcionar. Les tomaría alrededor de siete horas.
La noche estaba nublada, la luna alcanzaba a salir por entre las nubes e iluminaba el ambiente como un gran sol blanco, esto facilitaría la visión en altamar, pero llevar la panga al agua resultaría más complicado por lo movida que estaba la marea.  Las olas chocaban con la proa de la pequeña lancha azul y roja, de un solo motor llamada Gladys I, en honor a la progenitora de dos de los tripulantes, haciendo que las gotas salpicaran el interior de la embarcación que con dos tablas de madera improvisaba un par de asientos y mojando el pelo largo y ensortijado de Jacinto.
¡Eh! Psss –hizo Freddy para llamar la atención del joven pescador–, no se me duerma, que acá todo segundo cuenta, se duerme se muere.
–No sea hijueputa con su hermano –interrumpió el Viejo Willi mientras el mayor de los hermanos se sonreía al ver la expresión de miedo en el rostro del flaco adolescente–. No le haga caso, mijo, que la cosa no es tan jodida. En una media hora, cuando veamos las luces de la costa chiquititas, paramos, echamos las redes y ya.
–Pero el mar está un poco picao ¿no le da miedo papá? –preguntó Jacinto aferrándose fuertemente del estribor del bote.
–No pasa nada, al mar hay que tenerle respeto, pero no miedo –respondió el viejo marinero–. Con esto se va a hacer macho, las primeras salidas son jodidas, su hermano pasó vomitando toda la noche. Freddy volteó a mirar a su padre entrecerrando los ojos mostrando una pizca de resentimiento contra su padre. Jacinto reía de la debilidad de su hermano quince años mayor a él.
Pese a lo iluminada de la noche, la luna no lograba reflejarse en el agua por lo turbia que estaba, sin importar esto, el Viejo Willi aminoró la potencia del motor de cuarenta caballos de fuerza, y les dio la orden a sus dos hijos de empezar a botar las redes. Ninguno de los dos pudo pararse correctamente, la panga se movía de lado a lado, parecían un par de borrachos. El Viejo Willi no se descuidaba y miraba constantemente las pequeñas luces que eran su única guía de regreso a tierra firme, pero también estaba atento a la seguridad de sus dos hijos, sobre todo el más pequeño e indefenso. Arrojar las redes no fue nunca un problema, pero lograr mantenerse en pie sí.
–Papá, ¿dónde está la orilla? –preguntó Jacinto mientras giraba su cabeza para todos lados en busca de las luces en el horizonte.
–Está allá –dijo el Viejo Willi, al mismo tiempo que señalaba el lugar donde según él debía estar tierra firme. Un silencio aterrador acompañado de unos ojos abiertos dieron la terrible noticia.
–Mierda –susurró Freddy agarrándose la cabeza.
La actitud tanto de su hermano como de su padre, hizo que el corazón de Jacinto empiece a latir más rápido, sus compañeros de viaje lograban escuchar su respiración agitada y acelerada.
–Tranquilo mijo, hay que estar calmados tratar de encontrar una solución, todo va a estar bien –decía el Viejo Willi sosteniendo al menor de sus hijos de los hombros y mirándolo fijamente a los ojos.
–Papá, ¿qué hacemos ahora?, ¿agarramos para allá? –Interrumpió Freddy con la mirada fija al lugar que según él debería estar la orilla.
–Suelte el ancla para no irnos a la mierda –ordenó el viejo navegante quitándose su desgastada gorra roja del partido político que representaba el presidente.
–Sea sincero conmigo papá, ¿qué tan jodidos estamos? –preguntó Jacinto.
–Bien jodidos mijo –le respondió su padre sin perder la calma.
El silencio inundó la panga, se lograba escuchar el choque del agua contra la fibra de vidrio. Varios fueron los minutos en los que todos los tripulantes de Gladys I se quedaron callados
¿Qué hacemos ahora? –Interrumpió el largo silencio Jacinto.
–Esperar –respondió Freddy.
¿No vamos a hacer nada?, ¿nos vamos a quedar como pendejos aguantando que el mar nos lleve más lejos de la orilla? –dijo con cara de enojo el impetuoso adolescente.
–No sea cojudo –Perdió la paciencia Freddy, que a diferencia de su hermano tenía la contextura robusta de su madre y una barriga que mostraba su gusto por la cerveza– quiere que vayamos sin rumbo fijo a ver diga ¿pa’ dónde agarramos?
–Tranquilo Freddy, no se pegue con el pelao acuérdese que es la primera vez que sale con nosotros, hay que enseñarlo no mandarlo pal carajo– interrumpió el Viejo Willi– vea Jacinto, ya soltamos el ancla y no sabemos para dónde coger, tenemos que esperar a que amanezca para ver por dónde sale el sol, eso nos dará la dirección a tierra firme, lo más seguro es que se fue la luz en el pueblo y por eso no podemos verlo.
Las horas pasaron, Freddy ya aburrido por espera, estaba tranquilamente acostado tomando una siesta en la proa, el Viejo Willi sentado en popa de la panga, con su mano en el motor apagado, buscando con atención en el horizonte algún indicio de tierra firme, mientras tanto Jacinto tenía sus brazos cruzados sobre estribor con la mirada perdida en la oscuridad del mar.
–Papá, ¿por qué tengo que ser pescador? –dijo Jacinto sin despegar su ojos del agua.
–Usted puede ser lo que quiera mijo, pero lo único que yo le puedo enseñar es a pescar.
–Mi mamá me dijo que yo tenía que seguir la tradición de la familia.
–Nosotros no tenemos ninguna tradición, lo que pasa es que pescar es lo que sabemos hacer.
–Yo quiero aprender a hacer otras cosas, quiero ir a la capital y hacer billete para conocer el mundo ­–dijo Jacinto girando su cuerpo para poder ver a su padre a la cara.
–Dígame, mijo, ¿dónde va a aprender?
–Para eso voy al colegio papá.
–En el colegio enseñan lo básico, los que viven en la capital son malos, no les importa la gente y peor los pobres como nosotros, de gana se va a ir tan lejos para que esos tipos se aprovechen de usted.
–Pero vea el señor Gabriel, él es bueno con nosotros, es un buen tipo.
Él es bueno con nosotros porque hacemos cosas por él, es como cualquier trabajo, además, ¿cómo va a hacer plata mijo?
–Trabajando, como todo el mundo.
–No sea menso, claro que trabajando, pero en qué.
–No sé, en lo que sea –respondió Jacinto con una expresión de vergüenza por lo sarcástico de su respuesta.
–Para trabajar en algo, debe saber qué es lo que tiene que hacer, no es así de fácil mijo –el Viejo Willi suspiró profundamente– yo era igual que usted mijo, yo sí me fui a la ciudad a intentar salir de la pobreza, pero la cosa no es tan fácil.
–Papá, no sabía eso
–Nadie lo sabe, ni siquiera su vieja
¿Por qué nunca nos ha contado eso?
–Nunca he tenido la necesidad de contarlo. Usted es el primero que se ha querido ir.
¿Y cómo le fue en la ciudad? ¿Es linda la ciudad?
–La ciudad, claro que si mijo, no tanto como el pueblo; pero la gente es una mierda.
–Pero mire al señor Gabriel, es buena gente
–No es como cuando vienen acá que están de vacaciones, allá solo piensan en ellos, si tienen que pisarte para llegar a donde quieran, lo hacen, les importa un carajo –En ese momento la cara del Viejo Willi cambió, su sonrisa acostumbrada se transformó en ceño fruncido–. Mijo páseme la botella de ron que está en la popa.
–Pero estamos en altamar, no sea irresponsable.
–Es verdad mijo. Perdón, cada vez que me acuerdo de la ciudad me da por tomar, cuando regresé de la ciudad fue que empecé con ese vicio de mierda.
¿Tan mal le fue?
–Me cambió la vida. Para mal.
¿Qué le pasó que fue tan grave?
El Viejo Willi llenó de aire sus pulmones, cerro los ojos y soltó un profundo suspiro para tomar el valor y contar su trágica historia.
–Llevaba como dos meses en la ciudad, todo me había salido mal, encontré un par de trabajos esporádicos cargando cosas en el mercado.
–Pero así se empieza, poco a poco –interrumpió Jacinto.
–Conocí a un tipo, era un señor que tenía un par de camiones que llevaban frutas a la ciudad, se llamaba Pedro, me hice amigo, me invitaba a tomar de vez en cuando, siempre nos íbamos a una cantina cerca del mercado que se llamaba la rocola, y me daba trabajo cuando llegaban sus camiones. Creí que la cosa mejoraba, pero no era así, un día cuando estaba yo bajando la fruta de uno los camiones, llegó la policía y encontró que la fruta estaba llena de droga, y ese hijueputa les dijo que todo eso era mío. Claro como yo no conocía a nadie, ni tenía un centavo para defenderme, me comí cinco años en la cárcel y el tipo ese nunca volvió a aparecer.
La historia de su padre hacía que Jacinto se sienta desilusionado, agachó la cabeza y se puso a meditar en lo que su padre le contó. Pareciera que sus sueños se convertirían en un sufrimiento, algo evitable si se quedaba en su pueblo natal. Su mente se situó en un posible futuro en el que al igual que toda su ascendencia se prepararía cada tres días para ir al mar, arrastrar una red por horas para poder ganar unas pocas monedas, así tener para su botella de caña mientras echado en una hamaca se olvidaba de la ausencia de lujos, de su falta de ambición y cómo unos años atrás soñó inocentemente que el mundo era pequeño, que podía salir a conquistarlo, hacerlo suyo, viajar, subir montañas comer algo más que pescado y plátano frito.
–Freddy despierte –ordenó el Viejo Willi­– mire Jacinto, ya está amaneciendo, dígale al pendejo de su hermano que levante el ancla.
El menor de los hermanos aprovechó para echarle un baldazo de agua en la cara al mayor mayor y burlarse de él.
¡Jueputa! –exclamó Freddy cuando esto sucedió.
Las risas tanto del padre como de Jacinto no se hicieron esperar.
–Flaco cabrón, esta me la paga –dijo Freddy con falso resentimiento aceptando la chanza que su pequeño hermano le había hecho.
El viaje de regreso a tierra firme fue tranquilo y silencioso. Jacinto miraba con admiración a su padre y a su hermano. Ser pescador no era su sueño pero ellos dos eran felices, eso indicaba algo; tal vez no tener sueños era mejor de lo que creía, después de todo es una forma de evitar las decepciones que puede dar la vida, por eso debe de ser que los turistas vienen a San Cayetano, para olvidar sus frustraciones, dejar atrás sus fracasos y problemas. Ser pescador es una forma de vivir la vida, dejar que pase, sin preocupaciones, sin líos, trabajar un par de días a la semana, disfrutar de este lindo clima, del mar cristalino y del amor de una buena mujer con quien tener hijos. Una posibilidad que ya no le sonaba como una vida llena de fracasos.

martes, 23 de agosto de 2016

Café expreso

Maira Delgado


Esa tarde, sola, Margarita comprendió que Esteban, a pesar de ser su gran amor, nunca supo valorar lo que ella sentía y su esfuerzo por retenerlo lo alejaría más, porque sencillamente él se autoflagelaba al preferir el sentimiento interesado e ingrato de otra mujer a la sinceridad y lealtad profesadas por ella desde que lo conoció.
Habían transcurrido tres años desde aquel abril cuando se conocieron en el café. Ella terminó la secundaria a los dieciséis y desde entonces trabajaba por las tardes como mesera, tiempo después inició estudios de escritura por internet para mantener activa su mente, sus mayores destrezas en la infancia se reflejaban en la literatura, gramática y el idioma español en general, en la adolescencia soñó con ser periodista pero sus padres no tenían los recursos para costearle la carrera, no obstante ella debía trabajar, si realmente deseaba llegar algún día a la universidad.
Pero, ya sabes, cuando eres la mayor de tres hermanas, tu familia no es pudiente y no posees el dinero para cumplir tus anhelos, la vida te obliga a posponer tus metas o modificar el camino para llegar a ellas, por esta razón, su pasión por las letras la llevaba a buscar alguna forma de superarse sin desconectarse de sus sueños.
Los días parecían correr iguales en esa ciudad, aunque Margarita no se conformaba con ser una mesera más, siempre atendía a sus clientes con gran amabilidad, soportaba su mal humor, devolviendo una hermosa sonrisa, escuchando a aquellos que lloraban detrás de una taza de café, o aconsejando a las parejas de enamorados ubicados en las mismas mesas para vivir su idilio acompañado de panecillos recién horneados y bebidas achocolatadas.
A Don Martín ese ilustre profesor universitario, le encantaba aquel rústico lugar, acogedor por sus colores cálidos, adornado con fotografías de escritores y periodistas, equipado con mesas de madera envejecida, carpas al aire libre y rodeado de hileras de flores que con el viento inundaban el ambiente de olores y aromas naturales, además estaba situado frente a la calle principal de la escuela de letras más importante de Santa fe y tanto estudiantes como maestros competían por un puesto para descansar o leer un rato mientras el día aceleraba sus tareas y obligaciones.
Él, acostumbraba a tomar su té sin azúcar, era realmente su cliente favorito, pasaba sus ratos libres escuchándolo, aprendiendo acerca de sus experiencias vividas y su basto conocimiento  del mundo literario, además de compartir la lectura de libros que siempre le recomendaba. Fue quien la motivó insistentemente a iniciar su taller de escritura y le ayudaba con sus ejercicios, siempre creyó que sería una gran escritora si algún día decidía hacerlo profesionalmente.
En abril, ese día nueve del mes, apareció Esteban, con su chaqueta negra de pana, que dejaba ver una camisa de rayas oscuras y sus jeans desgastados, “parecía de los mejores prospectos que visitaban el lugar” se sentó callado en la mesa número cinco, junto a la de Martín. Inmediatamente, Margarita corrió a atenderle, ella jamás desatendía sus labores por el placer de conversar con la gente.
—Buenas tardes, caballero. Bienvenido a su café “Buen aroma”, este es el menú que podemos ofrecerle, si desea consumir algo, estoy para servirle.
—Gracias, señorita, ¿tienen bebidas alcohólicas? Lo más fuerte por favor. —Margarita, sonrió dulcemente para no incomodarlo.
—Lo más fuerte que puedo ofrecerle es nuestro café expreso sin azúcar, la verdad no vendemos ningún licor, ya sabe para que los clientes no olviden pagar al salir.
Él, también mostró su mejor sonrisa, era imposible no corresponder a los encantadores dientes de ella, su rostro iluminaba el lugar cuando los dejaba ver, grandes, blancos, anidaban dos hoyuelos en sus mejillas y sus ojos se hacían pequeños hasta casi cerrarse; sus clientes siempre la alababan por este hermoso gesto pues de inmediato fluía la comunicación entre ellos.
—Era una broma, jamás pensé que mi petición me concediera contemplar la más fascinante de las sonrisas, si así los recibes a todos, este lugar debe ser muy famoso.
—La verdad, le agradezco su amabilidad, es algo espontáneo en mí, no es parte del menú, así que no pagará por eso. —Ambos reían de manera singular y en seguida la conexión se respiró entre ellos.
Don Martín ya lo había visto antes, un joven apuesto que traía locas a las estudiantes de literatura I, el profesor más guapo e inteligente que vieran sus ojos en ese momento, él mismo le había sugerido ese sitio en varias ocasiones, pero parecía de gustos más refinados. sin embargo, esa tarde llegó para quedarse y así su amistad con Margarita se hizo muy cercana, él vivía cerca a la escuela en ese edificio elegante, de ventanales altos, con vidrios polarizados que los rayos del sol iluminaban provocando un brillo llamativo al pasar.
Hacía ya seis meses estaba solo allí, desde que se mudó para enseñar en ese lugar, parecía estar huyendo de algo, de alguien o simplemente cambiando su estilo agitado de vida en la capital por el aire tranquilo de Santa fe.
Sin premeditarlo, algo surgió entre ellos, desde esa primera vez que sus dientes se asomaron coquetos y se encontraron en ese café, su relación fue explosiva. Ella había decidido estar quieta un tiempo, ya que la relación más importante de su vida había sido con un hombre veinte años mayor, casado, profesor de esa misma escuela, (aclaro, no era Martín), aunque sí fue de su conocimiento, sabía que era un casanova empedernido, conquistó el amor de Margarita como lo hizo con varias de sus estudiantes, por lo cuál su relación más que un idilio, era un tormento, pues ella se sintió atrapada en la red de un amor infiel del que le parecía imposible soltarse. Varios años después, con la ayuda de las oraciones de su mejor amiga, quien siempre la invitaba a esa iglesia cristiana, un tratamiento psiquiátrico que abandonó pronto por falta de dinero y los consejos de Martín, por fin se liberó de este hombre, luego, a pesar de intentar varios romances con hombres jóvenes, solteros, nada parecía funcionarle.
—Hija, ten cuidado, la verdad, no sabes mucho de Esteban, parece ser un buen hombre, pero trata de conocerlo primero, no te apresures a enamorarte. —Eran las advertencias de Martín, quien siempre la apreció como a una hija.
—Lo sé Martín, pero mi corazón se enloqueció al verlo, esa sonrisa y su aspecto tan encantador, me dispararon justo al lugar que había prometido esconder dentro de mí, sabes que llevo meses sola, mis amigos son ustedes mis clientes; pero Esteban tiene algo que me dominó desde el principio.
Al cabo de unos días, en realidad después del tercer café expreso y los croissants más apetecidos del lugar, ambos fueron a su apartamento, él la esperó hasta el fin de su turno y sin preámbulos, se amaron apasionadamente, como si una fiebre en su interior los impulsara a dejar todo atrás, en la habitación la esperaba un hermoso ramo de rosas rojas y la dulce melodía de esa canción que ella jamás había escuchado pero fue de los dos mientras sus cuerpos se juntaban y sus almas gritaban de deseo.
Seis meses de locuras, pasión, amor y aventuras juntos, los unieron sin que Margarita intuyera que este hermoso ser también cargaba un pasado tormentoso, hasta esa noche después de cenar la deliciosa paella preparada por Esteban, ella encontró una carta entre sus libros de la universidad, la tomó casi sin pensar y la guardó en su chaqueta. Al llegar a su casa la leyó despacio, pensaba dejarla de nuevo sin que él lo notara.

Querido Esteban:

Sé que no soy quien para escribirte esta carta, pero Miryam realmente te necesita, desde que decidiste marcharte, tuve que internarla en la clínica de reposo, sus crisis depresivas fueron aumentando e intentó quitarse la vida en dos ocasiones.
Entiendo si nunca respondes esta nota o si no quieres saber de ella, no es fácil perdonar lo que te hizo, pero yo como su madre intercedo ante ti y si algún sentimiento albergas todavía, piénsalo y ayúdame a salvarla. 

Atentamente, 
 Sofía.

Desconsolada, se echó en su cama y recordó con amargura las palabras de Martín, de nuevo se encontraba ante un ser desconocido, pero con una historia similar a la que siempre le sucedía, cuando se sentía enamorada un suceso funesto como este empañaba su felicidad. Después de aquel amor infiel, sus demás relaciones habían finiquitado por las razones más inusuales, esos galanes arrastraban una ex pareja conflictiva o al borde de la locura que finalmente la separaban de cualquier expectativa de romance. No pudo evitar hundirse en un mar de lágrimas.
—Necesito hablarte Esteban. —Fue lo primero que dijo, cuando él le abrió la puerta esa mañana a las seis, antes de alguna excusa de clases o exámenes por revisar.
—Que seria vienes, ¿te ocurrió algo? Un poco temprano para preparar el desayuno, —le dijo bromeando mientras la abrazaba por la cintura cuando ella le dio la espalda—; pero igual, me encanta verte de mañana.
—¿Quién es Miryam, y quién es Sofía?, ¿por qué nunca me hablaste de ellas? —El rostro de Esteban pareció mudarse y su sonrisa desapareció en un segundo.
—¿Cómo sabes de ellas?, o es que acaso... leíste la carta, eso es.
—Creo que tenemos muchas cosas que contarnos Esteban, me he acostado seis meses con un perfecto desconocido y tú me has hecho el amor sin descifrar quién soy realmente. Siéntate, por favor junto a mí, los dos debemos hablar del pasado antes de continuar.
Ella inició su triste historia, ya no soportaba más que él no supiera que uno de sus colegas había sido el amor más oscuro de su Margarita deshojada, le contó cómo por años estuvo cautiva en una relación que sólo le causó dolor, al lado de un hombre que al seducirla la introdujo en un mar de desconfianza, malicia y suspicacia por sus continuas infidelidades con otras estudiantes, ella, una simple mesera, se enamoró de uno de sus clientes y luchó como loca para liberarse de esta prisión porque en realidad su corazón sentía desfallecer cada vez que intentaba dejarlo.
Esteban, por su parte, habló de Miryam, su ex esposa, quien le fue infiel en varias ocasiones, incluso con algunos de sus amigos y por último lo dejó prácticamente en la calle, al desocupar su cuenta personal para trasladar el dinero a su amante de turno. Esto fue el acabose para él, decidió marcharse de su lado sin decirle una palabra, contrató un abogado y tramitó el divorcio desde Santa fe, pero ella se negaba a firmar así que el proceso se tornó dispendioso; luego al caer ella en depresión, el papeleo se suspendió por prudencia y recomendación médica.
—No la amo, le dijo mientras tomaba su mano, pero realmente no puedo hacerle daño, creo que el divorcio debe esperar mientras ella recupera su estado normal, es cuestión de meses, dicen los especialistas que se encargan de su caso.
—¿Puedo creer en tus palabras? —susurró Margarita— ¿o serás otra historia fallida en mi vida?
El silencio fue ensordecedor, ninguno de los dos se atrevió a mirarse. Ella se levantó y salió de aquel que consideró su nido de amor, pero esa mañana presentía que al cruzar la puerta jamás volvería a entrar ahí de nuevo.
Esteban no fue esa tarde al café como de costumbre, en realidad, durante los siguientes quince días no supo de él sino lo que Martín le contaba al verlo entrar al salón de clases y salir una o dos horas después para desaparecer camino a casa sin mirar al otro lado de la calle dónde Margarita prefería ocuparse al máximo en sus quehaceres para no sentir la tentación de verle pasar algún día. Finalmente, él renunció a la universidad al mes consecutivo y regresó a la capital, tal vez su sentimiento de culpa o responsabilidad no lo dejaban disfrutar de su amor por ella mientras Miryam su ex mujer padecía una especie de locura que a todos les desbarató la vida.
Margarita, entregada plenamente a este sentimiento, jamás había amado con tanta intensidad e inocencia, su mente nunca concibió la idea de un nuevo fracaso ni albergó dudas, era como si hubiese sido su primera vez, se olvidó de sus derrotas anteriores y en su avidez de afecto lo dio todo por Esteban, hasta pensó que se casaría con él, ignoraba su vida anterior y se culpó por ocultarle su pasado también. Creyó que tal vez una terrible maldición se albergaba sobre ella, de eso la convenció una vieja de esas que frecuentaban el café y de vez en cuando sacaban sus dotes esotéricas.
Cinco años más tarde, con su taller de escritura culminado, decidió publicar una novela que contaba su vida, realmente fue idea de Martín, quien bromeaba con sus historias furtivas y la hacía burlarse de sus propias desgracias.
—Algún provecho tienes que sacarle a tus lágrimas, todo lo que has vivido puede hacerte millonaria, cuando muchas mujeres lean tu historia se sentirán identificadas contigo y comprarán tu libro a tropel; y tal vez, aparezca un caballero que por fin descubra lo valiosa que eres y te convierta en princesa de su cuento.
Esa tarde, en la editorial Marquesa, firmaba los primeros autógrafos y hablaba con algunos lectores acerca de su propia historia, estaba allí de pie, junto al mostrador cuando una voz detrás de ella sonó muy familiar.
—¿Y se puede leer este libro acompañado de un café expreso sin azúcar y unos panecillos recién horneados? —Era él—. Yo invito por supuesto.
Esteban, de pie junto a ella una vez más, con su sonrisa encantadora, su chaqueta de pana y su pantalón desgastado, parecía que el tiempo no había pasado, casi se doblan sus tobillos al verlo.
—Si no llevaras puesta esa ropa, no te habría reconocido —comentó ella con sarcasmo.
—Tal vez por eso la usé este día, para que no te quedaran dudas. En cambio tú sigues igual de hermosa y el tiempo no te pasa.
Después de unos minutos, de romper poco a poco el hielo no solo del tiempo y la distancia sino de la herida causada, salieron de aquel lugar juntos, fueron a un antiguo pero exclusivo restaurante a cenar, Margarita pensó hasta ese momento que había sido un encuentro casual, cuando al entrar, Esteban solicitó la mesa reservada para dos, con un hermoso mantel blanco bordado, aquella botella de vino, en un rincón un hermoso ramo de rosas rojas y una dulce melodía de fondo le recordó su apartamento aquella primera vez.
—¿Ahora, vives aquí? —le dijo ella con tono burlón.
—No. En realidad trabajo en este lugar. Soy el dueño, mi padre murió hace un año y tuve que hacerme cargo.
—¿Entonces ya no enseñas?
—La verdad. No. Mi padre siempre quiso que atendiera sus negocios, pero por rebeldía me hice profesor y después de lo nuestro no pude dictar una clase más. Cada que tomaba un libro, me llegaba tu mirada a la mente y me torturaba tu ausencia. Hasta que...
La semana pasada recibí una carta de Martín, con un ejemplar de tu libro, me avisaba que vendrías acá, que leyera tu historia y que quizás podría ir a verte.
—Pero él... ¿Cómo te ubicó?, ¿cómo supo de ti?
—En realidad, él era el mejor amigo de mi padre en la infancia, fue quien me impulsó de niño en el amor por las letras, cosa que mi papá jamás le perdonó, luego tomaron rumbos diferentes, no sabía mucho de mi vida entonces, al morir mi padre le escribí, pero nunca me respondió. Solo hasta la semana pasada cuando me envió tu libro y me decía; vé a verla, me lo debes.
—¿Y ella?
—La acompañé en su proceso, dos años tardó en recuperarse, luego viajó a Europa con sus padres, nos divorciamos civilizadamente y no he vuelto a verla.
Cuando amas a alguien y descubres que a pesar del paso del tiempo su nombre sigue guardado en tu corazón, no queda otro camino que el del perdón si quieres ver tus sueños hechos realidad. Seis meses después volvieron a Santa fe, Esteban compró el café y lo transformó en otro de sus restaurantes, solo que allí se presentaban los mejores escritores del país y por supuesto Margarita, ahora su esposa, se encargaba de recibirlos y realizar el lanzamiento de cada libro.

Martín fue su padrino de bodas y publicó también “Historias con buen aroma” el libro contaba los mejores romances vividos en ese café. Aquellos que durante años recopiló sentado en la mesa número seis.

martes, 16 de agosto de 2016

Cuentista

Rosario Sánchez Infantas


Esta es la historia de cómo Absalón Egoavil se hizo escritor de cuentos, cada vez más prosaicos... ¡hasta morir! A los sesenta años su aporte a la cultura de la localidad en la que nació lo había ubicado como uno de sus hijos predilectos. Treinta años atrás empezó a publicar cuentos que llegaron a ser reconocidos nacionalmente. En la ciudad situada en un cálido valle de la costa peruana, disfrutando un clima apacible, el docente jubilado vivía con desahogo y sin sobresaltos mayores. Disciplinadamente y con tenacidad casi obsesiva, corregía muchas veces sus escritos hasta lograr cuentos fatalistas y de una prosa alambicada y precisa. Tenía un prestigio que conservar; debía preservar ese ámbito donde era valorado como en ninguno otro. Decía optar por el minimalismo; sin embargo, su inmediatismo le hacía odiosas las descripciones. Pese a que se lo propuso muchas veces, no había podido escribir una novela. Cuando otros escritores lugareños y contemporáneos suyos lo hicieron, ello le planteó un reto, y el escritor perdió la paz. Las charlas de café que reunían a los intelectuales, al caer el sol, se volvieron un recordatorio de su fracaso.

El escritor nunca había tenido que enamorar a una mujer. Él y su esposa se habían conocido cuando enfrentaban crisis diversas; se casaron a los tres meses tomando su matrimonio como una mutua tabla de salvación. Anteriormente Absalón Egoavil se había enamorado muchas veces y había sostenido varios tipos de relaciones. Consideraba a las mujeres, individuos simples que complican sus vidas atendiendo minucias, siendo muy sencillo estar siempre lindas y solícitas con sus protectores, los hombres. Existiendo diversas representantes de este género, dedicando gran parte de sus tertulias a hablar de ellas, y sobre todo sus ocasionales aventuras con mujeres de la mala vida, lo convencieron de que las conocía lo suficiente como para sustentar el largo aliento que exige escribir una novela.

Racional y meticuloso como era, elaboró una estructura de la futura narración. Pensó libremente en varias de las mujeres que había conocido. Descartó a sus familiares; le molestaba reconocer que las relaciones con ellas eran simbióticas. Seleccionó tres tipos de damas: las que había amado en forma platónica hasta el paroxismo; aquellas con las que se había relacionado más físicamente; y las intelectuales, interesantes pero incomprensibles. Podría caracterizar a estos prototipos en sendos capítulos. Luego, sonrió al imaginarse describiendo la caída de una de las mujeres inaccesibles que había idolatrado en su juventud, hasta que ella lo requiriera a él. Otro capítulo, en esa misma línea, podría describir el proceso en el cual dotara de otras habilidades a una de las féminas ordinarias que obedecen sonriendo todo aquello que se les ordena. Más adelante, se dijo, me dará mucho gusto crear la caída de una intelectual, cautivadora pero autosuficiente; podría conservar su cultura y aficiones, pero ganaría en humildad. En el último capítulo puedo describir mi encuentro con cada una de ellas en su versión modificada. El epílogo nos mostrará satisfechos a ellas y a mí, sobre todo a mí, porque unas no sabrán de la existencia de las otras; es decir, el epílogo mostraría un proceso de crecimiento personal, pensó.

La ansiedad por empezar lo puso de mal humor con su entorno. Ya en su estudio, refugio inexpugnable en el que escribía, recordó su adolescencia en un pequeño pueblo, cuando era un muchacho desgarbado, tímido y con una imagen muy pobre de sí mismo. Había idolatrado a tres señoras muy distantes a él: mayores, de diferente condición socioeconómica, hermosas, elegantes y citadinas. Nunca había cruzado palabra con ellas, apenas si las miraba embelesado a prudencial distancia. Se concentró en Elizabeth, la esposa del médico. Recordó su porte distinguido, su rostro perfecto y su peinado sofisticado. Al ir bajando visualmente por ese hermoso cuerpo imaginó las piernas desnudas y el pubis dorado. Acongojado sacudió la cabeza. Intentó contactar con la imagen y veneración antiguas, pero solo sentía la más mundana excitación al imaginar el cuerpo hermoso con todos sus detalles. No pudo volver a sentir por ella el encandilamiento pasado.

Intentó concentrarse en María, la joven esposa del comisario local, ante cuya imagen, cuando adolescente, se le humedecían los ojos de la exaltación. Inició la revista de aquella hermosa cabellera ondulada, los ojos claros, la naricita respingada, pero cuando llegó a los carnosos labios, se le ocurrieron varios usos que le había dado a una boca femenina cuando el alcohol y mujeres baratas eran su compañía. Se propinó un golpe en la cabeza. ¿Qué demonios le pasaba?
Otro día empezaría ese capítulo. Sonrió. Aún le quedaban aquellas mozas con las cuales había creído ser feliz, con las cuales decía haber hecho el amor, aunque aquellos besos, abrazos y gemidos tenían un precio. Recordó a Conchito. Sí que estaba rica la desgraciada. Se le iluminó el rostro al recordar cómo la conoció. Una madrugada cuando ingresaba ebrio a un bar y se sentía muy macho, experto, poderoso y escritor exitoso, una sensual Conchito se apresuró a seducirlo. Pero hoy, cuando pretendía actualizar el recuerdo de esa noche, se vio a sí mismo, ebrio, tambaleante, balbuciente, viejo y ridículo; y vio a la muchacha descarada, buscando sacarle dinero como lo había hecho antes con otros decrépitos. Trató de ahuyentar estas imágenes, pero volvían, cada vez, con más detalles prosaicos. Aquello fue un golpe a su autoestima.

Lanzó una sarta de improperios. Pretextando estirar las piernas salió de su estudio, tomó una copa de vino, se lavó la cara y fingió buscar un libro en la biblioteca. Pensando que aún le quedaban las intelectuales, volvió a sentarse frente al ordenador. Recordó a Guadalupe: hacía impensables asociaciones entre autores, temáticas, imágenes, descripciones, y epílogos, de diferentes épocas y latitudes. Graciosamente ilustraba lo que decía con citas ajenas; derrochaba un fino sentido del humor e irreverencia total. Evocó la actitud de disfrute pleno de la sexualidad de ella: “No hay mejor guerrero que una mujer excitada”, citaba a Facundo Cabral.

Le costó reconocer que disfrutaba la compañía de Guadalupe; el problema había sido cómo relacionarse con la antropóloga, acostumbrado como estaba él a dar nalgadas o pellizcos, apenas se le acercaba una fémina linda y obediente. Recordaba la lógica de Guadalupe; pero le parecía absurdo reunirse solo para charlar con ella o cualquiera otra. Le agotaba imaginar siquiera, tener que seducirla. Era tan fácil, decir: “quítate la ropa, abre, vístete”.

–¡Puta madre! –exclamó golpeando la mesa con el puño– ¿así soy yo?, ¿así me relaciono con las mujeres? ¿El gran vate de esta región?

Una semana estuvo con humor de los diablos. No escribió. Sin embargo, mientras tomaba un café, miraba por su ventana el parque aledaño o se disponía a dormir, tratando de imaginar la caída moral de una intelectual, llegaba a la conclusión que una de ellas, ni siquiera caída en desgracia perdería la dignidad: no habría llantos destemplados, amenazas de suicidio, chantajes de darse a conocer como amante ante la esposa. Estas no necesitan a un hombre que las mantenga, que las proteja, ni siquiera que las acompañe, concluyó contrariado. ¡Machonas de mierda!, vociferó, pretendiendo vengarse.

Una mañana radiante, puso un disco compacto de Buena vista social club, y convencido de superar el mal momento como escritor, se dijo, imaginaría cómo se iba encontrando con cada uno de sus personajes en su versión mejorada por él. Escoge como escenario para dicho encuentro, un café desierto a las once de la mañana. Cierra los ojos e imagina que ingresa al café Elizabeth la hermosa… ¿con varios kilos de más?, con una simple cola de caballo, las líneas de expresión muy marcadas, y… ¡Conchito detrás de ella! El escritor se sacude la cabeza, se frota los ojos, los abre; cuando los vuelve a cerrar la escena permanece… y continúa: Conchito con ropa de ejecutiva; nada de minifalda rojo carmín, blusas transparentes, ni maquillaje escandaloso.

–¡Por un demonio!, ¿de quién es la puta novela? ¡Las mujeres siempre jodiendo! –gritó pateando la papelera.

Va a tomar un café, pero la angustia permanece. Sale a dar una vuelta por el parque próximo, lee los titulares de los diarios, alguien lo saluda por su nombre completo, recuerda sus libros de cuentos publicados, eso lo decide a emprender el camino de regreso a casa con la intensión de ponerse a trabajar. Otra vez en su estudio cierra los ojos, imagina aquel solitario café, al fondo ve que comparten mesa Elizabeth, la ahora gordita, y Conchito, la ejecutiva. No acaba de asimilar la sorpresa cuando ve ingresar a Guadalupe, quien saluda a las otras y lanza una arenga: “Así me gusta verlas amigas, libres, con el mentón en alto preguntándose, qué hay por conquistar”. La rabia lo desborda, se fuerza a imaginar que entra un asaltante al café, escucha gritos destemplados, el delincuente apunta a Guadalupe. Mira la bala impactando en el pecho de la mujer, y la sangre manchando su blusa blanca. El escritor sonríe. Luego, con el ceño fruncido pregunta ¿qué diablos estoy haciendo? Se levanta, frota sus ojos, da un puñete a la pared. Dice en voz alta: “¡Carajo! Aquí yo soy el que crea todo lo que quiere”. Estira los brazos mientras inhala profundamente.  Nuevamente toma asiento frente a la computadora. Comienza a imaginar otro escenario: un parque solitario, día domingo, las seis de la mañana, él como personaje. Cuando va a tomar asiento esperando la llegada de Elizabeth la hermosa, ve pasar trotando en ropa deportiva a las tres mujeres. Piensa que no tiene sentido imaginar un encuentro con ellas: Elizabeth no es más aquel ícono de belleza, el tiempo pasa para todos; Conchito, ya tiene otra fuente de ingresos, el sueldo del bar no le alcanzaría para mantener a sus hijos; y Guadalupe quiere un compañero, que él no sabe ni puede ser. Pero, ¿Cómo diablos llegaron estas ideas ajenas a mi cerebro? ¿Cómo seguir viviendo si se desmorona aquello en lo que creo? ¿En qué maldita hora estuve leyendo a mujeres?

Pierde el sueño. Intenta vanamente desarrollar otras ideas. Un escritor de la localidad publica una obra de seiscientas páginas; otro contemporáneo suyo gana un concurso internacional en el género esquivo para Absalón; y la editorial Alfaguara publica una novela a un joven escritor que fue su alumno. Se deprime profundamente. En un duermevela comprende que nunca enamoró a nadie, nunca planificó un proyecto de vida compartido. No supo de aproximaciones sucesivas, de avances y retrocesos, de sacrificios, paciencia infinita, ni sostenido esfuerzo por conservar la seducción y la magia de la sorpresa. No mostró sus sentires más íntimos ni fue empático con sentimientos y lógica ajenos. Egocéntrico, burdo e inmediatista, no quiso observar los silencios ajenos, tampoco discriminar unas miradas de otras; no supo atender a sutiles redes de eventos mínimos.

Surge la comprensión súbita: ¡lo indispensable para amar a una mujer toda una vida, es necesario para escribir una novela! ¡Mis lectores no esperarán a que yo aprenda!


Se emborracha, va a un burdel, escoge a la más joven y, mientras ingresa a la habitación, piensa en escribir un cuento que se llamará: “¡Abre!”                                                      

lunes, 15 de agosto de 2016

Femme fatale

Mario César Ríos Barrientos


Un domingo de mayo Adrián llegó al vetusto palacete en Jesús María habitado por una rancia familia limeña. La arquitectura que le impresionaba cuando niño y acudía a la piscina del Campo de Marte había perdido su encanto. Pensó que la edificación podría compararse a don Mariano, su propietario, quien durante el boom pesquero cuando gobernaba el general Velasco lucía como un príncipe medieval. El detective apartó sus recuerdos infantiles, trotó las escaleras de granito que separaban la entrada de la enorme puerta de hierro color negro y pulsó el timbre del portón.
—¿Don Mariano González de Orbegoso, se encuentra? —preguntó con aire de autoridad a una negra uniformada de vestido negro y delantal blanco quien había entreabierto la puerta.
—¿Quién pregunta por el señor? –dijo la mujer del servicio abriendo ampliamente la puerta y mostrando su robusta figura.
—Soy Adrián Venturo, Don Mariano aguarda por mí –dijo enfadado por estar dándole explicaciones a la criada que lo miraba con desprecio. La mujer agitó su regordete dedo pulgar invitándolo a pasar y Venturo desfiló por una sala de pisos pulcros y muebles estilo vintage hasta el jardín interior iluminado por pequeñas lámparas led. En el segundo piso, una mujer rubia de veintipocos observó su trayecto. Venturo ya había reparado en ella. Desde el jardín el murmullo de Mariano orientaba el recorrido hasta un espacio íntimo adornado por plantones de orquídeas en macetas colgadas y fragmentos de viejos troncos de árboles que marcaban la senda hacia el anciano quien mimaba a su gata. Adrián saludó levantado la mano y el viejo despidió a la negra con un brusco movimiento de muñeca. 
González de Orbegoso, anciano de cuerpo huesudo, amplia espalda y grandes manos. Sus rezagos de hombre fornido sentado sobre una silla de ruedas, rodeado de plantas y viejos recuerdos eran indicativos de una vida truncada súbitamente no el resultado de un sano discurrir al envejecimiento.
—Póngase cómodo Venturo, debe haber hecho un largo viaje hasta aquí, ¿Desde dónde me dijo que venía? ¿Los Olivos? ¿Y dónde coño queda eso? ¿Quiere tomarse un trago o le puedo ofrecer un refresco? —abrumó con preguntas el octogenario. El detective miró desconfiado la escenografía que el anciano había montado en su refugio: Un viejo frigobar, una vitrola sobre un mueble que alojaba ordenadamente viejos discos de vinilo y un antiguo teléfono ericcson de baquelita.
En aquél lugar Mariano gastaba sus últimos cinco años desde que se rompió la cadera luego de una discusión con sus hijas. Desde su jardín, seguía jugando al hombre poderoso, concertando reuniones con socios de empresas a punto de quebrar, daba consejos a interesados en incursionar en política, pero sobre todo, quería seguir rigiendo el destino de sus dos hijas.
—Sírvame un chilcano con tres cubos de hielo. Usted dirá don Mariano, ¿En qué puedo servirle? —preguntó Venturo, limpiándose descuidadamente el sudor de la frente con la manga de la camisa. Al sentirse escrutado por los ojos de ardilla del viejo, escondió el brazo detrás de la espalda y su cuerpo adquirió su postura recta y firme, proyectando la imagen de detective serio. Carraspeó, engoló la voz y comenzó a responder las preguntas del viejo.  
—¿Es cierto que eres el mejor detective privado de Lima, Venturo? Porque necesito a alguien discreto y confiable a quien pueda encargar un trabajo muy personal, ¿Tienes hijos Venturo? —interrogó Mariano buscando respuestas rápidas del detective.
—Tengo dos, hombre de veintiocho y mujer de veinte, el hombre ya está logrado, y la mujer, bueno, ella es una niña aún —respondió con desdén el detective.
—¿Y te llevas bien con ellos, bien de verdad, te cuentan sus cosas? ¿Eres un padre de verdad, Venturo? Yo tengo dos hijas y puedo asegurarte que no las conozco, llevan mi sangre y mis malditos genes, pero actúan como si no lo fueran. Quiero su bien y las cuido igual, por eso tenemos esta conversación.
—Muy bien, muy bien, ya está bueno Don Mariano, soy efectivo y discreto, no he venido a conversar sobre mi familia tampoco, mejor vamos al grano —respondió Adrián, convencido que el viejo lo había investigado bien.
—Tranquilo Venturo, no se incomode, solo quería evaluar sus aptitudes, soy yo quien lo empleará. Está bien, vamos al grano. Mi hija menor, Margot lleva quince días desaparecida. Su hermana Rocío, sabe algo y me lo oculta, no sé en qué lío ande pero ya estoy preocupado —relató Mariano.
—¿Rocío es la rubia buenamoza a quien vi en la sala? —curioseó Venturo.
—Pues sí, guapas son mis dos hijas. No te fíes Venturo, es un demonio con piel de ángel. Solo debes traer a la menor de vuelta a casa y te ganas diez mil dólares. El anciano extrajo un sobre de la gaveta superior del mueble sobre el que descansaba la vitrola, y le entregó la mitad por adelantado. Luego colocó un viejo LP de los éxitos de Billie Holliday en el aparato y se despidió del detective extendiéndole la mano con una mirada triste.
Adrián Venturo no contó el dinero, solo rozó el pulgar sobre los bordes de los billetes fingiendo que lo hacía e introdujo el medio pago en el bolsillo inferior izquierdo de su saco mientras recibía las últimas indicaciones de Mariano. En la sala, preguntó a la criada por Rocío. La figura de la joven se deslizó desde su habitación hacia la balaustrada que cortaba el pasadizo que conducía a las habitaciones del segundo piso. Venturo observó sus movimientos de gacela acariciando la barandilla hasta el desembarco de la escalera, saludó con un ligero movimiento de cabeza, avanzó por las gradas coqueta rozando el pasamano con un vestido de noche color nácar, dio unos pasos hacia Venturo y le extendió una mano.
—¿Y usted es…? —interrogó la rubia
—Adrián Venturo para servirlo señorita, detective privado. Quería tener una charla con usted por encargo de su padre. Es acerca de su hermana Rocío, ¿qué sabe usted de ella? —inquirió Adrián.
—¿De Maggie? No mucho, sé que se está quedando en Canta, alojada en casa de unos amigos, viviendo la vida loca, ¿Tiene problemas mi hermanita? —preguntó sin mucha convicción.
—Pensé que usted me ayudaría a saber de ella, el viejo está muy angustiado, ¿no les apena a ustedes preocuparle a su edad? —intentó resondrar Venturo.
—¿El viejo angustiado? ¿Preocupado? ¿Qué historia le ha contado ese rufián? ¿Ahora quiere pasar por buen padre? Mire detective o quien sea usted, todo está normal por aquí si se excluye el hecho de compartir esta casa con aquel viejo crápula —refunfuño la mujer.
—Ayudará mucho si me da el teléfono y la dirección del dueño de la casa en Canta, querida. No te alejes mucho de casa que volveremos a conversar pronto —dijo con galantería. A la mujer le gustó su aspecto rústico muy mal disimulado con un traje de oferta de tiendas Adams. Ella se acercó coqueta rozando su mejilla y depositando en su mano un papel con indicaciones: “Necesitamos hablar, hoy a las 17:00 en Tanta de 28 de julio”. El detective estampó un beso en la mejilla despidiéndose y salió escoltado a la salida por la criada negra quien lucía una triste expresión en su rostro.
En Tanta, Adrián releía una novela de Chandler que extrajo de su biblioteca para impresionar a la rubia. Estaba intrigado con la reunión. ¿Por qué no dijo nada en su casa? ¿Qué sucedía con esa familia realmente? Rocío llegó puntual con un traje de noche negro, la chica parecía vestir siempre como para desfile de modas. Pero esta vez tenía un rostro sombrío, preocupado, con los ojos enrojecidos. La chica había estado llorando.
—Se la llevó a Canta, Santibáñez, un operario de mi padre, hombre peligroso, mejor tome precauciones Adrián —advirtió la joven extendiéndole la mano, buscando apoyo y consuelo. El detective se conmovió, acarició el dorso de su mano, le gustó que le tuteara.
—Pierde cuidado nena, te traeré a tu hermanita sana y a salva —le tranquilizó Adrián.
La joven le contó que sospechaba del canteño y Mariano. Las hermanas tenían una póliza de seguros millonaria y Mariano planeaba reflotar su último negocio: PESCANORTE. Algo no cuadra aquí, pensó el detective quien había investigado la empresa de Mariano en registros públicos, el viejo era socio minoritario, ninguna póliza millonaria alcanza para reflotar una empresa pesquera de esta dimensión y había en ella dos jugadores más grandes. Se olvidó de los modales y le pidió explicaciones con rudeza a la mujer.
—Álvarez y Da Silva, exempleados y actualmente socios en PESCANORTE, hombres ambiciosos, les conozco bien —explicó nerviosa la mujer— Da Silva ha venido muy seguido a la casa las últimas semanas. A Álvarez no lo he visto desde el accidente del viejo –concluyó Rocío. La mujer se refería al accidente que confino a Mariano a una silla de ruedas, en una inspección al Perseo, la nave más importante de la empresa. Ese día funesto Mariano estaba acompañado de Rocío y sus dos socios. 
—Bien nena, consígueme para hoy los teléfonos de los socios y la dirección de Santibáñez. En Canta amanezco mañana, pero debo hablar con los pesqueros antes de viajar. El detective partió raudamente hacia PESCANORTE con las referencias alcanzadas por la mujer. Al llegar, los socios se encontraban en una junta de emergencia.
—¿Tardarán mucho los señores, linda? Usted me dijo al teléfono, a las 19:00 horas y ya son las 20:00 ¿Puedes preguntar de nuevo? —sonreía nervioso Adrián.
—Le dije al teléfono que la junta podría demorar —contestó una mujer mayor con cabello pelirrojo artificial.
Adrián aprovechó un descuido de la secretaria para apurar el paso e ingresar por los estrechos pasillos que conducían hacia las oficinas de la empresa alcanzando la sala de conferencias. Avanzó unos pasos hacia el lugar, giró la manija, ingresó sin pedir permiso y encontró a Álvarez y Da Silva discutiendo.
—Bueeenas nocheeees —anunció su entrada con voz estentórea para llamar la atención de los belicosos.
—¿Qué buscas aquí? ¿Quién te permitió el ingreso, hombre? Lárgate, esto no es una feria —gritó Da Silva.
—¿No ves que estamos ocupados? Salga y coordine con la secretaria cualquier cosa que haya venido hacer aquí —reforzó Álvarez.
—Alto allí señores, que no vine de excursión. Vengo por especial encargo de Don Mariano buscando a Margot —dijo Venturo solemne.
—¿Eres policía? —preguntaron al unísono los socios con expresión de preocupación.
—Mejor para ustedes dos que no lo sea. Por ahora don Mariano quiere dejar el asunto en el ámbito privado antes de hacer la denuncia a las autoridades, así que espero colaboración plena —apostilló Adrián, dueño de la situación.
El detective pudo percibir el nerviosismo de los socios. Da Silva no supo explicar la frecuencia de sus visitas a la casa de la familia González de Orbegoso cuando fue inquirido por el detective.
—Es un buen amigo al que visito para tratar temas societarios, no discuto de eso con extraños —dijo por toda explicación Da Silva.
Álvarez se mostró más bien “cooperativo” y le alcanzó una ruma enorme de estudios contables indescifrables para marear a Venturo. El detective llamó a su oficina y le pidió a su asistente que investigue el record migratorio de los socios y los pormenores del accidente de don Mariano en el “Perseo”.
Durante el viaje se quedó pensando en la mirada triste de la negra en casa de González de Orbegoso y al llegar temprano en la mañana a Canta su angustia por la negra tuvo un mal final. Pedro, su asistente, le dijo al teléfono que la negra había sido arrollada por un auto en Villa El Salvador.
Adrián buscó alojamiento en los alrededores de la Plaza de Armas en tanto preguntaba por Paul Santibáñez. Una mujer delgada de nariz aguileña que lo observaba desde hacía buen rato desde una bodega se compadeció del visitante extraviado y lo llamó agitando la mano.
—¿Qué buscas por aquí, lindo? ¿También viniste a la casa de Paul? —preguntó la mujer intuyendo la razón del deambuleo de aquel extraño en Canta.
—¿Paul Santibáñez?, sí, es el mismo que busco, ¿dónde lo encuentro guapa? —piropeó Adrián para escarbar más información.
—Hasta la mañana de ayer había gente en aquella casona blanca, a dos cuadras de aquí —señaló la mujer— pero en la madrugada salieron en estampida.
—¿Y, a dónde fueron todos preciosa? ¿Tú lo sabes o no? —inquirió el detective sacando una cajetilla de cigarros y un encendedor de su gabán beige. La mujer le sonrío, el detective le había simpatizado.
—Sí, blanquiñosa, alocada, siempre ebria, es ella —asintió la canteña observando unas fotos que le mostró el sabueso– Ellos volaron en una camioneta.
—¿Presiento que sabes dónde, o no, corazón? —dijo galante Adrián, con esa enorme sonrisa que siempre le funcionaba.
—Si me compras algunos víveres quizás te podría decir dónde queda la cabaña de Paul, guapetón —sonrió Viviana, la mujer de la tienda, echándole una mirada rápida a su mercadería.
Adrián compró panes, agua mineral y una cajetilla de cigarrillos y se adentró por senderos escarpados que limitaban con los precipicios del valle, ruta que la mujer le indicó. El relincho de unos caballos le anunció que había llegado al destino. Saltó el cerco que hacía de lindero de la propiedad de Paul. Restos de una fogata, un hombre de barba roja, y dos mujeres cubiertas con gruesas mantas sobre la espalda decoraban el paisaje a pocos metros de la cabaña. Reconoció los bucles rubios de la hija de Mariano.
—Señorita Margot González de Orbegoso, supongo, vengo a recogerla por encargo de Don Mariano —dijo en voz alta, despertándola. La joven largó una mirada ansiosa hacia la ventana desde donde se dibujaba una silueta masculina detrás de la cortina. Un hombre corpulento, cabeza cuadrada, cabello corto y rostro marcado por grandes arrugas en la frente. Podría pasar sin problemas por convicto si lo vestías con polo a rayas y le tomabas una foto, pensó Venturo.
—Papi me prohibió hablarles a desconocidos —dijo rompiendo el silencio y soltando una risa estridente la hija de Mariano.
—¿Y tú, eres Santibáñez? —interrogó al pelirrojo de la fogata quien portaba una guitarra.
—Sí soy Paul o quizás ya no, pero estoy seguro que ayer lo era —entonaba la frase rascando la guitarra, tratando de crear una melodía.
—No estoy para juegos huevón, ¿quién es el hombre en la ventana? —recriminó Venturo.
—Paul Santibáñez —interrumpió la otra chica con cabello castaño suelto hasta los hombros, quien parecía ser la más cuerda del grupo.
—Cierto, Paul es hoy el hombre en la ventana, el hombre en la ventana —siguió cantando el pelirrojo.
Adrián se desentendió del pelirrojo y caminó hacia la casa. El misterioso hombre de la ventana salió a su encuentro. Abrió la puerta desvencijada. Se observaron a apenas diez metros uno del otro. El hombre resultó más alto de lo que pensó Venturo, alrededor de 1.85, media cabeza más grande que Adrián y lucia más fornido aún que desde la ventana.
—Paul Santibáñez, me imagino —Abrió la conversación el detective.
—Imaginas bien, quien quiera que seas, que te trae por aquí, ¿te perdiste? —interrogó Paul empuñando un rifle, observando el cinto del detective, buscando algo como un arma.
—Vine por Margot man, trabajo para su padre, no me interesa discutir qué haces con tu grupete de hippies, me la llevo y esto se termina para mí, a ustedes no los he visto —indicó Adrián.
—No tan rápido, ella es mi invitada y se irá cuando le plazca. ¿Te quieres ir Maggie? —preguntó Paul a Margot.
Adrián cayó en cuenta que no obtendría nada de esa charla. Llevó su mano derecha al cinto y extrajo su revolver Smith and Weson calibre 38 y disparó al hombro de Paul obligándolo a soltar el arma y descerrajó dos tiros más contra las llantas de la camioneta. Tomó a una impávida Margot del brazo, la levantó obligándola a seguirla y caminaron hacia el pueblo de Canta a pie.
Algunas horas después, en la bodega de Viviana, Margot se tomaba el cuarto café y lloraba reclamando la presencia de Paul. A Adrián no le llamaba la atención esta relación entre víctima y secuestrador. “Síndrome de Estocolmo”, todas las huevadas que tienen estos pitucones, pensó el detective.
—Tranquila nenita, ya deja de llorar, ¿no ves que ese pastrulo te estaba jodiendo la vida?
—No entiendes nada, Paulcito me cuida —dijo la joven con mirada suplicante.
Adrián inquirió por explicaciones. Y la joven le confesó que Paul Santibáñez era en realidad Paul González de Orbegoso, su medio hermano.
—¡Carajo, que enredo de mierda! Esto ya parece novela turca —exclamó fastidiado Adrián.
—¡Abre esa puerta, Viviana! ¡Sabemos que tienes gente adentro! —se oyó la voz de Paul en medio de un griterío y varios disparos de rifle. Adrián sudó frío, empuñó su revólver, levantó el arma y quebró el vidrio de la ventana, disparando a cualquier parte para amedrentar a los pendencieros.
—Si quieres hablar, hablemos man, tu hermanita se encuentra bien —dijo el detective al reconocer al canteño quien lucía una venda que envolvía su hombro. Paul avanzó hacia un arbusto empuñando un Remington de gran potencia.
—¿Quién te ha contratado para hacernos daño? ¿El viejo? ¿La negra Gladys? ¿Porque no sales y me dices a quien sirves?, sicario conchatumadre —interrogó indignado el barbudo.
—Tranquilo man, vine en son de paz, si te hubiera querido muerto, habría disparado a matar en la cabaña. Conversemos sin fierros —dijo con voz persuasiva el detective, Paul asintió con un movimiento de cabeza, entregó el rifle al pelirrojo quien salió de los arbustos, ingresó a la bodega jaloneado por Adrián y su hermana se le lanzó afectuosa, colgándose de su cuello.  Los hermanos se sentaron uno al lado del otro sobre una banca rústica forjada a mano con árboles del lugar.
—Me advirtieron sobre ti Venturo, que vendrías a matarnos, ¿Qué te propones en realidad? Mi hermana presentía que algo malo le sucedería en casa del viejo, por eso acudió a mí —inició el diálogo Paul.
—¿Quién les previno sobre mí visita a Canta? ¿Tu hermana Rocío o la negra Gladys? —hurgó el detective.
—Por Gladys y mi viejo estamos en este embrollo, la negra inventó la historia que el accidente de mi padre en Perseo fue provocado y que los responsables venían por nosotros dos —explicó Margot.
—Ahh niños, niños, cuánta ingenuidad, el enemigo está en casa pero no es la criada, es su propia hermana, la criada está muerta ahora —les espetó Adrián a los hermanos.
El detective les dijo que haría algunas llamadas para aclararlo todo. En primer término llamó a su asistente, quien le confirmó sus sospechas sobre el record migratorio. Durante los últimos siete años Álvarez y Rocío coincidieron en sus salidas diez veces, antes y después del suceso en el Perseo; Da Silva y Rocío; coincidieron tres veces a Panamá después del hecho en Perseo. Da Silva merodeaba la casa a menudo para recoger a Rocío. Álvarez, en cambio cortejaba abiertamente a Rocío luego de entretener brevemente al viejo en el jardín. Así se lo confirmó Gladys al asistente pocos minutos antes del arrolamiento por automóvil que la terminó matando. En segundo término hablo con Mariano a quien le dijo que tenía novedades sobre su hija sin entrar en detalles y le pidió preparar una reunión mañana temprano con sus socios en la casa de Jesús María.
—¿Qué le pasó a mi hija Venturo? Te pedí que me la traigas sana y salva —reclamó el viejo Mariano.
—Cálmese don Mariano, que nada gana quejándose, su hija está bien. ¿Convocó a sus socios a esta reunión? —preguntó el detective. En tanto llegan, cuénteme, ¿Cómo se rompió la columna?
—En una inspección de rutina a mi barco, luego de una celebración, bebí demasiado, supongo —contestó incomodo el anciano.
—¿Y estaba con quien antes del accidente? —repreguntó el detective
—Con mi hija Rocío y Álvarez, si ellos dos, Gladys andaba por allí también pero me esperaba en el auto, y sólo vi a mi fiel amiga en el hospital al despertar —escarbó en sus recuerdos el viejo.
—¿Ha pensado vender sus acciones don Mariano? —continuó interpelando Adrián.
—¡Imposible! Pienso reflotar el negocio, además el 50% de las acciones pasarán a Margot cuando cumpla la mayoría de edad —reveló Mariano.
Álvarez y Da Silva ya habían ingresado al jardín conducidos por Rocío y habían escuchado la conversación bien clarita. El volumen y entonación que les daba a las preguntas Venturo tenían ese propósito, ser oídos con claridad por ellos al percatarse de su ingreso al palacete.
—Ustedes dos sabían que Mariano resolvió heredar a Margot, primero quisieron deshacerse del anciano y luego de la hija —les espetó el detective a los socios— ¿No es cierto que aceptaste le proposición de la rubia de deshacerte del viejo, Da Silva? Te enamoraste de ella pero no tuviste las agallas para tirarlo por las escaleras como hizo Álvarez. Y tu Álvarez, granuja, te querías tumbar a la hermana también como lo hiciste con la negra. ¿No sabes que existen cámaras de vigilancia en Villa El Salvador también? El carro que arrolló a Gladys pertenece a PESCANORTE, estás jodido. ¿No te das cuenta que eres un peón más de esta fiera?
El detective castañeo los dedos y cinco policías encabezados por un coronel de DIRINCRI ingresaron acompañando a los hermanos Paul y Margot González de Orbegoso. Enmarrocaron a Rocío y a los dos socios. Margot abrazó al viejo y Paul contempló la escena a distancia prudente.
Rocío pasó al costado del detective rozándole la mejilla y depositó un papel en su mano con una inscripción: Help me. Adrián permaneció inmutable.

miércoles, 10 de agosto de 2016

Bohemia

Néstor Caballero


Elías despertó sobresaltado.
De inmediato examinó el lado izquierdo de la cama: una almohada rosada, sábanas blancas arrugadas…
Si bien el aroma a café negro y tostadas evidenciaba la presencia de Sara en la cocina, todavía le resultaba difícil sacudirse esa molesta sensación de vivir con ella un sueño del que tendría que despertar veinte meses atrás, en un espacio mucho más amplio y cómodo que compartía con su esposa Celeste, a quien esa mañana contemplaba con una mezcla de ternura y pena mientras dormía plácidamente sin saber que cuando despertara, su esposo le anunciaría que había encontrado al amor de su vida, razón por la cual ya no podrían vivir juntos, aunque le garantizaba todos los gastos de manutención de sus dos hijos, gesto que Celeste consideraría inútil, por ganar ella casi lo mismo gracias a sus holgados honorarios de escribana pública, pero un hombre que deja a su esposa inevitablemente debe largarle un verso como ése, pretendiendo con ello atenuar un poco el golpe.
Además, no estaba del todo sorprendida con lo que le estaba sucediendo, ya que siempre tuvo el presentimiento de que nunca llegarían juntos a la vejez, tal vez por los apuros bajo los cuales se casaron (estaba embarazada de su primer hijo), o más bien porque desde el inicio había comprendido que ese complicado ser humano con el que compartía su lecho jamás podría llegar a ser verdaderamente feliz dentro de esa vida de confort enlatado en la que él actuaba en el papel de médico exitoso, atendiendo con diligencia a pacientes que nunca hubieran podido imaginar que lo único que su doctor ansiaba hacer cuando dejaba el consultorio era entrar en su garaje, cambiar su disfraz de galeno respestable por una camiseta ajada de Led Zeppelin,  encender el Marshall a un volumen casi ensordecedor y rasgar las seis cuerdas de su Gibson Les Paul hasta que le sangraran las yemas de los dedos.
Celeste jamás lo interrumpía cuando estaba en ese trance porque esa estridencia insensata que llegaba a sus oídos no era otra cosa que la válvula de escape de Elías, que con el paso de los años y el aumento de las obligaciones familiares y profesionales, se tornaría muy angosta para hacer pasar todas la ansias de liberación de su marido, y entonces llegaría la mañana de esta última, incómoda y lastimera conversación como esposos, en la que sin embargo, lo que más llamaría su atención sería el bosquejo que Elías hacía de su reemplazante.
Sara no encajaba en el papel de jovencita bohemia, amante de la pintura y de la poesía, con la que ella siempre había imaginado que su marido eventualmente terminaría, sino que, muy por el contrario, era una célebre abogada especializada en Derecho Bancario, casada con un rico industrial, madre de dos hijas ya adolescentes, y por lo tanto mayor que Elías.
En realidad, cuando habló con ella por primera vez, un año y medio antes de esa última conversación con Celeste, Elías pensó que Sara era la mujer menos proclive al arte que había conocido en su vida. Durante toda la primera sesión del taller de narrativa contemporánea al que ambos asistían –él, para ver si aprendía algo útil que le ayudara a escribir sus canciones; ella, para acompañar a su mejor amiga que no se atrevía a ir sola– se había pasado bostezando y mirando en dirección a la puerta con ojos ansiosos. Sin embargo su actitud mejoró notablemente cuando el profesor requirió a los alumnos que escribieran algún recuerdo de su infancia. Una hora y media después, cuando el profesor les solicitó que entregaran sus trabajos, Sara concluía la sexta página de su memoria infantil, y según le comentó al profesor, todavía le faltaban como diez páginas más, por lo que se le permitió llevar el trabajo a casa y presentarlo en la próxima sesión del taller. En esa oportunidad, con voz firme y segura, Sara leyó a todos sus compañeros la anécdota de su padre llevándola al zoológico cuando tenía nueve años. Mientras veían aves exóticas, tigres y jirafas, le contó que estaba enfermo y que ya no podría jugar con ella. Al llegar a este punto del relato, a casi todas las mujeres del taller les corrían las lágrimas, así como a un par de compañeros, aunque estos últimos lo disimulaban evitando levantar la mirada del suelo.
Entonces Sara describió el modo en que su padre, tras su lacrimógena declaración, se lanzó sin previo aviso al foso en el que descansaban los leones, quienes al encontrarse con un inesperado bocado, procedieron a devorarlo sin dejar más que su sombrero. Fin.
El estupor fue tremendo. Las mujeres que estaban llorando la contemplaban con los ojos muy abiertos sin entender bien qué había sucedido, hasta que una de ellas le gritó que estaba loca por jugar así con los sentimientos de la gente. Las demás compañeras se unieron al reclamo general, tildándola de sádica, demente, monstruosa.
El profesor tuvo que intervenir cuando uno de los compañeros que había dejado caer algunas lágrimas, se levantó furioso, exigiendo a la narradora que modifique el final porque su propio padre había muerto de alguna enfermedad rara y eso no era ninguna broma ¡esquizofrénica hija de mil putas!
Elías no podía parar de reírse.
Cuando terminó la sesión, la invitó a merendar sin tener esperanza alguna de que su compañera aceptara. Sara no sólo aceptó gustosa la invitación sino que le devolvió el gesto, y desde ese momento, durante los meses siguientes, entre meriendas y almuerzos (escapándose ambos de sus respectivas oficinas) y en especial gracias a la mensajería instantánea instalada en sus computadoras y celulares, se contaron la historia de sus vidas, los éxitos y frustraciones, y sobre todo pudieron reconocer en el otro esa sensación de que “siempre falta algo más”, que muchas veces los mantenía en vela durante toda la noche. A Elías le cautivaba la melancolía que emanaba de su compañera. A veces, sobre todo cuando comparaba la vida que había soñado cuando era más joven con la que terminó viviendo, a Sara se le hacía un nudo en la garganta.
No es que tenga una vida mala, muy por el contrario. Tengo dinero, respeto profesional y un esposo que, si bien no está presente siempre, me quiere a su manera. Y por supuesto tengo a mis hijas. Elías, te juro que ellas lo son todo para mí. Bueno, casi todo, porque aún cuando las veo y el alma se me llena de una alegría a la que las palabras no le pueden hacer justicia, al poco rato me vuelve esa sensación de la que te hablé, esa asfixiante impresión de vacío, de que estoy viviendo una mentira, de que no soy real…
Sara tenía una sed cultural tremenda. Su mente engullía los discos y libros que le prestaba Elías cada vez con mayor asiduidad. Y lo mejor de todo era que prefería lo complejo a lo pasatista. Sí, es cierto, le gustaban Lionel Ritchie y John Grisham pero estaba enamorada de Morrisey, Murakami y sobre todo de Roger Waters y Javier Marías. Y su lado oscuro se regocijaba con Bret Easton Ellis.
Por su parte, a Sara le gustaba la apertura mental de Elías, el modo en que podía escuchar algo truculento como por ejemplo el relato de sus infidelidades sin asomo de desprecio ni de juicios morales. También le enternecía cómo hablaba de sus hijos, lo mucho que los amaba, y lo mal que se sentía por no ser lo suficientemente feliz a pesar de tenerlos sanos y contentos. Asimismo, le sorprendía el respeto y la admiración que sentía por su esposa, aunque por debajo de esa deferencia advertía un solemne distanciamiento, que la hacía parecer casi un personaje unidimensional.
Y a los dos les gustaba lo que el otro le hacía en la cama.
A los seis meses de haber conocido a Elías, Sara dejó marido, hijas, trabajo, y se recluyó en un departamento minúsculo donde pasaría las horas escribiendo, leyendo, escuchando buena música, y aguardando a que Elías reuniera el coraje suficiente para dar el mismo salto, lo que ocurrió un año después, el mismo día que Sara enviaba el tercer borrador de su primera novela al Concurso Nacional de Novela de Terror.
El día de la ceremonia de premiación, Sara se levantó muy temprano para arreglar el departamento y preparar algo especial para el desayuno. Mientras ponía en el minicomponente el primer disco de Elías que a pesar de haber sido un fracaso comercial, cosechó muy buenas críticas se sorprendió al ver a este contemplándola de un modo muy intenso.
Como a estas alturas prácticamente podían leerse el pensamiento, Sara apaciguó el temor de Elías, rodeándolo con los brazos y rozando la punta de su nariz con la de él, quien al sentir esto, cerró los ojos y sonrió agradecido de ser ateo, porque no podía imaginar otro cielo mejor que aquel en el que estaba viviendo.