miércoles, 16 de marzo de 2016

Manipulación

Eliana Argote Saavedra


La sociedad era un caos, estaban enfrentados el antiguo liderazgo, a favor de la rigidez en la aplicación de las reglas existentes, complementada con programas a largo plazo para mejorar el comportamiento del individuo; y una facción de jóvenes científicos que hablaba de manipulación genética, se había investigado suficiente, decían estos, las pruebas eran exitosas y no cabía esperar. El poder de tomar decisiones estaba a favor de los primeros pero eso no duraría mucho, en una década los segundos tendrían el control total. Mientras tanto habría que esperar.

Fernanda Fuentes, a sus treinta y siete años había logrado todo lo que se había propuesto, siquiatra, con una serie de especializaciones que complementaban su profesión, líder natural, de carácter fuerte y decidido, cabello negro azabache, figura alargada y hasta un sentido de humor poco común. Para ella, la necesidad de cambio era urgente ya que los niveles de corrupción y delincuencia, sinónimos de un mismo mal, habían alcanzado las más altas esferas de la sociedad; cuando presentó el proyecto “Límite cero” que planteaba el control de los genes y recibió una negativa cerrada del consejo, se sintió defraudada e impotente, todos los que la alentaron habían votado en contra, incluso su profesor de tesis, el reconocido doctor Alberto Lira, quien le había augurado un futuro prometedor, aquel que había ensalzado su firmeza y valentía para plantear “lo que nadie se atreve”. La doctora Fuentes no estaba dispuesta a esperar que la balanza se inclinara a su lado, para tomar decisiones que cambiaran el panorama actual en pos de lo que consideraba una sociedad perfecta, aceptó a regañadientes el acuerdo del consejo de científicos, de postergar el inicio del proyecto pero insistió en realizar estudios preliminares, con la secreta idea de utilizar los recursos a su alcance para demostrar que la información que viene en los genes de cada infante solo puede ser modificada en un mínimo grado por el ambiente de desarrollo, que los sujetos que llevan características negativas solo terminan empeorando la sociedad y que no serviría de nada invertir recursos, tiempo y esfuerzo en intentar cambiarlos.

Creó una página web abierta al público para que la gente opine respecto a diversos aspectos de la personalidad. Realizó un análisis minucioso de perfiles y eligió dos personas que tenían un componente adicional que los hacía perfectos para aquel estudio: estaban enamorados. La mujer era Isabel, delgada y de facciones dulces, sus hermosos ojos azules asomaban tímidos tras un mechón de cabello que se extendía hasta la mejilla, tenía cierto aire de fragilidad en los modales suaves y el hablar pausado; provenía de una familia ausente y había vivido su infancia en un barrio infestado de delincuencia y drogas, sin embargo logró sobreponerse a las dificultades con mucho esfuerzo consiguiendo graduarse, su carácter era reservado y le resultaba muy difícil exteriorizar sus emociones, solo en aquel chat parecía liberarse, especialmente cuando hablaba con Eduardo, quien por el contrario había sido un niño amado y protegido, abierto a nuevas ideas y siempre dispuesto a enfrentar retos, era galante y caballeroso, en la foto de perfil, su mirada negra se perdía bajo las abundantes cejas y los pómulos sobresalientes, las manos de dedos largos y uñas perfectamente recortadas, se superponían reposando tranquilamente sobre un escritorio, era fascinante conversar con él. Solo conocían sus rasgos a través de la foto de perfil del chat y ambos esperaban con ansias el día en que por fin se encontrarían en la reunión de los participantes de aquel foro, en un club a las afueras de la ciudad.

Era cerca de mediodía, la temperatura calentaba el ambiente a pesar del cielo cubierto provocando una sensación de bochorno pero nada incomodaba a Isabel, esperaba el auto que la trasladaría al club y eso era suficiente para estar feliz, no podía sospechar que aquella pacífica mañana sería el preludio de una pesadilla.


Diez años más tarde.
La siquiatra Fernanda Fuentes ha sido seleccionada para encargarse de la paciente, anuncia el hombre que dirige la reunión desde una mesa ovalada; doce eminencias médicas evalúan las consecuencias del proyecto “Límite cero”, paralelamente a la investigación que realizan conjuntamente y en secreto, los gobiernos de varios países que descubrieron laboratorios en los que se llevaba a cabo la manipulación genética. Al escuchar el nombre todos levantan la cabeza, acaso ella no es una de… pregunta uno de ellos con sorpresa, sí, interrumpe el líder, estuvo involucrada en el proyecto y esa es precisamente la razón por la que la hemos convocado.

Es el día de la primera sesión, la doctora Fuentes se ha encargado de contactar a Isabel con la promesa de recuperar sus recuerdos; la paciente ha llegado jadeando luego de recorrer a pie varias cuadras, buscando la entrada en el largo muro de piedra que rodea la propiedad; Fernanda está esperándola, la guía por un camino que se bifurca a partir de ese punto hasta llegar frente a una puerta cuyo delicado tallado ha quedado al descubierto tras una limpieza apurada, la doctora introduce una llave antigua y la puerta se abre crujiendo lentamente, las varillas cruzadas y las alas que se sobreponen a ellas, símbolo que la sellaron durante una década se quiebran, un olor húmedo y denso les da de golpe en la cara. La anfitriona palpa la pared y acciona un botón, las ventanas se abren y las partículas de polvo se esparcen en el ambiente. Isabel observa el recubrimiento del techo, una malla geométrica en relieve que simula pequeños cajones, no entiende por qué su mirada se pierde en esa imagen repetitiva y monótona. Detrás, Fernanda permanece inmutable, ni la luz que le da de lleno a los ojos altera uno solo de sus músculos. Este es el lugar donde comenzó todo: el club, dice la siquiatra suavizando la voz; Isabel se detiene, la observa con mirada suplicante. No temas, insiste la doctora Fuentes intentando tranquilizarla, ya hemos hablado de esto, es lo que querías, volver al inicio, encontrar respuestas. Atraviesan el espacio de lo que fuera tiempo atrás la sala de estar del club, aún permanecen allí los módulos de recepción e informes, aunque ahora lucen cubiertos de polvo, salen por la puerta de vidrio y recorren un sendero de piedra que serpentea graciosamente entre espacios para jardín y recreo, transformados en terreno baldío por el evidente abandono; el camino conduce finalmente a un complejo de bungallows distribuido en varios niveles, están ascendiendo cuando la paciente divisa una puerta abierta que parece esperarlas y de la que solo la separan unos pasos, se detiene de golpe, un escalofrío recorre su piel, Fernanda la empuja suavemente del brazo, el lugar luce limpio, al centro dos sillones, uno desplegado a modo de diván y otro con una consola, la pared recubierta de espejos, un par de pantallas y en el ambiente, una suave melodía estimula a la relajación; la siquiatra se sienta frente a Isabel, conecta los electrodos en su cabeza, y desliza los dedos sobre el tablero electrónico. En los monitores, los signos vitales y la actividad cerebral de la paciente se grafican en colores intensos. Comencemos, indica la doctora, háblame de tu primer recuerdo. ¿El club?, pregunta tímidamente Isabel, sí, responde una ansiosa Fernanda. 

Cuando llegué, había mucho silencio, me resultó extraño porque se suponía que era el encuentro de todos los participantes del sitio, ¿acaso soy la primera?, pregunté a la recepcionista, mas ella ni siquiera se inmutó, sígame, ordenó en tono frío. Me guio hasta el bar, un muchacho rubio de mirada curiosa me observó de pies a cabeza, “bienvenida”, dijo y me sirvió una copa de vino, ¿y después? Pregunta la siquiatra, no lo sé, mis recuerdos se pierden a partir de ese punto, lo que sigue es silencio y oscuridad.

Desde otro ambiente, el grupo de médicos que convocara a la doctora Fuentes presencia la sesión, activemos un pequeño estímulo, dice uno de ellos acercándose a una consola. De pronto la música en el ambiente donde están las dos mujeres, cambia, el ritmo se acelera hasta volverse frenético, Isabel se incorpora y en la pantalla se muestran sus latidos precipitados, Fernanda la observa preocupada, ¿qué sucede? Pregunta. ¡Impulsos eléctricos!, responde la paciente completamente agitada mientras protege su cuerpo con los brazos, todo era controlado por impulsos eléctricos, la doctora se incorpora ¡No! No toque nada, grita Isabel mientras su rostro se torna angustiado, es solo un recuerdo, acota Fernanda; sí, está tan claro en mi cabeza, susurra mientras coloca sus manos en las sienes, no había instrucciones, no debía tocar las paredes porque sentía una descarga de electricidad. La música va suavizándose nuevamente hasta volverse casi inaudible, la paciente se relaja y continúa con su relato. Los primeros días, superada la sorpresa de las condiciones del lugar y convencidos de que no cambiarían porque nadie nos daba explicación alguna… está usted hablando de alguien más, ¿quién es?, interrumpe Fernanda, era él, Eduardo, responde Isabel mientras parece perderse en sus recuerdos, no sé cómo llegué a ese ambiente, era un departamento pequeño inundado por un intenso aroma a jazmín, la puerta se abrió y apareció él, lucía confundido, al reconocerme sonrió, dijo mi nombre, pasamos horas conversando hasta que cayó la noche, íbamos a salir para buscar al resto de la gente cuando sonó un timbre dentro, seguimos el sonido y llegamos al comedor, había una mesa servida y una tarjeta de bienvenida con un mensaje: “Las actividades se inician a primera hora de la mañana”.

La mañana siguiente desayunamos juntos, íbamos a salir cuando descubrimos que estábamos encerrados, el teléfono había sido desconectado, los celulares no funcionaban, gritamos, nadie acudió a ayudarnos, a medida que pasaban las horas la angustia se apoderó de nosotros, intentamos romper la puerta y lo hicimos, detrás de la hermosa lámina de madera había una placa de metal gruesa, corrimos hacia las ventanas y en un instante estas se sellaron. La luz se apagó, comencé a llorar y él intentó tranquilizarme, debe haber una explicación, me dijo, no te preocupes, este es un lugar confortable, tenemos alimentos, luz y agua, tranquilízate. Intenté hacerlo pero no por mí sino por él, porque mientras me decía todo aquello veía el terror en sus ojos, pasaron semanas y los alimentos se fueron haciendo escasos. Al comienzo compartíamos gentilmente la comida, al término de la tercera semana la temperatura comenzó a subir dentro de aquel ambiente y cortaron el agua. Poco a poco fue instalándose entre nosotros una mirada sombría que expresaba desconfianza, recelo, desesperación, hasta que llegó un día en el que los dos nos quedamos contemplando el único plato que había sido deslizado hasta la mesa por un mecanismo electrónico.

Ese día desapareció su gentileza inicial, había en él una lucha entre lo correcto y lo necesario, me observaba acechante, como si esperase que yo me acercara, luego de un largo rato me incorporé y él se abalanzó sobre el plato cubriéndolo con su cuerpo, yo lo observaba desde una distancia prudente y supongo que algún resto de conciencia hizo despertar en él un poco de vergüenza porque se le incendiaron las mejillas y fue retirando los brazos lentamente, pero esa fue la última vez que retrocedió. 

Las lágrimas desbordan los ojos de Isabel, su respiración se agita, las palabras se ahogan en su garganta y calla entregándose a la angustia que le produce recordar todo lo que vivió. Fernanda también tiene recuerdos y esos recuerdos la inquietan, le producen una angustia incomprensible, las vivencias de esta mujer la afectan. Sale de la habitación, entra al baño y pega la espalda a la pared, cierra los ojos con fuerza y escenas incomprensibles comienzan a sucederse en su cabeza. Después de un largo rato, la paciente toca la puerta, doctora, ¿está usted bien?, pero no hay respuesta e Isabel se marcha. Luego de unos días regresa demacrada y con la mirada perdida, buenos días, dice apenas, se sienta y comienza su relato: Tuve un sueño, una pesadilla, la parte más dura que viví se reveló en mí mientras dormía y ahora ese recuerdo está inundándome de angustia. Habíamos peleado por la comida, por la única manta que quedaba porque la temperatura había descendido a niveles extremos, por el último trozo de madera para encender la chimenea que había allí, por no entender… quién sabe por qué, solo estábamos los dos y en alguien debíamos volcar nuestra rabia por la injusticia de la que éramos víctimas. Cada uno estaba en una esquina, vigilante, ya ni siquiera temblábamos de frio, en su mirada había un deseo asesino y yo me sentía adormecida por la resignación, sabíamos que moriríamos allí aunque jamás entendiéramos la razón. Creo que me desmayé, al despertar sentí una calidez inusual, era el contacto de otra piel, no quise abrir los ojos, quise creer que todo lo que había vivido era una pesadilla aun a pesar del hedor que se introducía por mis fosas nasales, el otro cuerpo se movió y el aire se filtró entre nosotros, sentí  las piernas húmedas, me asusté. Al abrir los ojos lo vi, enlazado a mí en un rezago de humanidad, mezcla de instinto y la necesidad que tenemos de ser tocados, cómo había sucedido, no lo sé, estaba adolorida, me sacudí asustada y sin querer lo desperté, cuando él abrió los ojos y me vio desnuda se abalanzó sobre mí, me defendí como pude, terminamos exhaustos y arañados, ¿puede usted explicarme lo que sucedió, doctora? Dice Isabel con voz suplicante; con sus términos científicos, con su entendimiento de la mente humana, puede explicarme, ¿cómo fue que ese hombre gentil del cual estaba enamorada, llegó a comportarse como un animal salvaje? ¿Puede usted explicarme quién movía las fichas de nuestro destino? Pero Fernanda no puede escucharla, después de las primeras frases su mente se ha extraviado en el oscuro camino del pasado. La siquiatra también recuerda, sí, recuerda la pantalla a través de la cual observaba como se cumplía cada una de sus indicaciones, “la mujer casi no come, él no lo permite, ella está desnutrida, se desmaya constantemente, no tiene fuerzas”; debe estimularse el deseo sexual para orillar al individuo masculino a la bestialidad, se hará a través de la comida que solo él comerá”.

Recuerda el experimento, lo ve terminar la comida que lo dejó algo aturdido, y observar luego a la mujer desde su lugar, tumbado en el suelo, la mirada clavada en un punto fijo, el caminar errático mientras se dirige hacia su presa, llegar y atacar como un animal salvaje. Sí, ella también lo recuerda y  quiere arrancar esas imágenes de su cabeza. ¿Está usted bien?, interrumpe Isabel, la doctora la observa, está tan cerca que puede ver sus ojos cansados pero penetrantes, la súplica en su mirada, la simpatía que se desprende de ellos, la sonrisa gentil, su mano tocándole el hombro... Días después, cuando reanudan la sesión, Isabel le cuenta el último recuerdo, hay un enorme hoyo negro entre los acontecimientos de la última sesión y esta, había despertado en un hospital, dice, él estaba en la camilla continua a la mía.


Para la junta, Isabel era un elemento descartable, lo importante era la memoria de la doctora Fuentes, el material que documentaba todo el experimento debía ser destruido y ella los controlaba en aquella época, ahora que había recordado se convertía en un peligro porque comenzaría a sospechar sobre las razones por las que había sido convocada. Cuando Isabel regresó por su sesión, el lugar lucía diferente, la fachada parecía abandonada y había sido tapiada. La doctora, mientras tanto, era expuesta a un interrogatorio en el cual no obtenían respuestas y fue aislada, solo quedaba una opción, someterla a la regresión de recuerdos con el segundo elemento, Eduardo, quien ya había sido reincorporado a la sociedad luego de borrarle la memoria a través de hipnosis, pero la paciente, desde antes que Fernanda la contactara, participaba en un foro sobre significado de los sueños, Isabel y Eduardo sin saberlo, habían acudido al mismo portal buscando respuestas a la verdad que se manifestaba cada noche mientras dormían, ella lo había reconocido y cuando comenzó a recordar, sintió la necesidad de estar cerca de él para comprender el rompecabezas de sus emociones. 

El día que Eduardo es interceptado, Isabel ha ido en su busca, al término de la última sesión con Fernanda, esta le había confesado todo, su participación en aquel experimento, y la convicción que tenía de que ella misma había sido manipulada, sus sospechas; le entregó la llave de la caja fuerte de un banco, allí guardaba toda la documentación del experimento, si desaparezco, dijo, debes entregarlo a las autoridades. Isabel es testigo del secuestro de Eduardo, sube a un taxi y ordena al conductor, ¡siga esa camioneta!, para su sorpresa, la persecución termina en el club, aprovecha un descuido y se introduce sin ser vista a los ambientes del lugar que a pesar de la apariencia externa de abandono sigue allí, una vez dentro, observa el ir y venir de mujeres vestidas de blanco, parecen enfermeras, ingresa a uno de los ambientes y encuentra una bata, se la coloca, se cubre la boca, respira hondo y sale mezclándose entre las mujeres, luego de largo rato encuentra a Fernanda, quien está con vigilancia mínima porque todos los esfuerzos están cifrados en Eduardo, la doctora conoce bien las instalaciones, logran huir y se despiden, ahora todo depende de ti, dice la siquiatra, ya tendrás noticias mías. Isabel contacta a las autoridades. Esa misma noche un contingente policial ingresa al lugar y todo queda al descubierto. 

Han pasado dos semanas desde la intervención, las noticias cuentan que fueron diez personas en total las expuestas a experimentación, que sus nombres se mantienen en reserva porque ya están integradas a la sociedad sin recuerdos de esos hechos. La siquiatra Fuentes se ha entregado voluntariamente, se le someterá a regresión hipnótica para descubrir a los responsables del plan “Límite cero”, dicen. Los médicos que fueron arrestados dan sus declaraciones, las órdenes eran dadas por la doctora Fuentes, manifiesta aquel que dirigía la junta de médicos, un hombre que mira a su interlocutora con la cabeza erguida, casi desafiándola, todos votamos en contra del proyecto hace diez años, agrega, sus facciones permanecen inmóviles mientras habla, tiene una mirada penetrante, no nos pueden acusar de nada, continua. Además, señorita funcionaria, si el interés científico puede ser condenado, el delito ha prescrito. ¿No lo cree usted?, pregunta finalmente mientras la imagen de una juvenil Fernanda en la sala de su casa se instala en sus recuerdos, la mirada ansiosa, el ímpetu desbordante, ayúdeme doctor Lira, le pide, él la observa, las fuerzas que le faltan las tiene esta muchacha, él es un profesional respetado, no puede arriesgar su nombre, sin embargo podría lograr su propósito a través de ella; está bien, afirma, voy a proveerte de todos los recursos y cuando logres tirar a la basura la idea de que el individuo que nace con genes inadecuados puede cambiar, que la sociedad solo puede ser librada de la lacra que la corrompe a través de nuevos individuos, tu nombre quedará grabado en la historia, mas, yo debo permanecer en el anonimato; la muchacha se muestra eufórica, sí, gracias maestro. Brindemos entonces por nuestro pacto, sugiere el hombre desplazándose lentamente y fijando en ella sus ojillos verdosos, a través de los gruesos lentes que lleva, acompáñame, tengo un excelente vino que está madurándose por años para celebrar un acontecimiento especial como este, bajan las escaleras, un laboratorio aparece tras la puerta, un congelador con una única botella, sirve dos copas y mientras la mujer bebe el líquido hasta el final, él sonríe con satisfacción sin probar el contenido de su copa. El conejillo de experimentación ha caído, ella se desmaya y él intenta levantarla pero es pequeño y de musculatura frágil, entonces la arrastra y la conecta a una máquina, ha estado durante años trabajando en un programa de manipulación de emociones a través de hipnosis. Cuando Fernanda sale de la casa del doctor Lira, es una persona sin escrúpulos, dispuesta a llegar hasta donde sea para lograr su propósito. El plan se lleva a cabo.


Comienza a caer la tarde, sentado en la banca de un parque, Eduardo ve aparecer a Isabel, hay algo en esta mujer que me atrae aunque no es su belleza, piensa. Ella llega con los ojos húmedos, parece nerviosa porque juega sin cesar con sus manos, él la observa por encima de sus anteojos, ¿nos hemos conocido antes?, pregunta amablemente, Isabel calla, está temblando. Sí, responde, una vez hace mucho tiempo fuimos vecinos en un cuarto de hospital.

lunes, 7 de marzo de 2016

No soy puta

Ramón Castro Pérez


Esa mañana tomó el avión hacia Guadalajara donde asistiría al Congreso Mundial de Recursos Humanos, un acontecimiento que por primera vez se llevaba al cabo en el país y como responsable del capital humano en su empresa le pareció importante estar presente para escuchar las ponencias de destacados especialistas a nivel global. Con anticipación solicitó a su asistente le arreglara la reservación en el hotel sede. Durante el vuelo hizo un repaso de lo que llevaba en su maleta: dos trajes, corbatas, sus camisas impecablemente planchadas, un par de libros y mudas de ropa para tres días; todo lo tenía bien planeado. Su mente lo llevó a recordar que hacía mucho no acudía a esa ciudad así que buscaría la forma de visitar algunos lugares de interés.

Al filo de las diez y media llegó al hotel Gran Fiesta, muy conocido por su excelente servicio y magníficas instalaciones, el evento iniciaría a mediodía con la inscripción de los participantes y un cóctel de bienvenida. Al fondo del lobby se encontraba la recepción en un mostrador donde atendían tres recepcionistas que amablemente saludaban a todos los clientes. Un patio central con una fuente en medio, de la que se deslizaba una suave caída de agua que serenaba un poco la agitación normal de quienes ahí llegaban, enmarcaba la sección de bienvenida. Se veía mucho movimiento, sin duda la mayoría de la gente asistiría al congreso, personas de diferentes partes del mundo se saludaban y reconocían alegremente. De pronto un contratiempo inesperado le hizo sentir una gran impotencia y frustración, como la del corredor que casi al llegar a la meta tropieza y cae. Le pidió al recepcionista que le repitiera lo que acababa de decirle y en efecto escuchó bien: no existía reservación a su nombre y el hotel estaba sobrevendido. Su contrariedad fue creciendo, el empleado le advirtió que seguramente los de alrededor también estarían llenos por el interés que despertó la convención, su desaliento aumentó conforme pasaban los minutos, no tenía sentido llamar a su oficina para reclamar el descuido pues eso no solucionaría el problema, dejó de ver las caras sonrientes y entusiastas que había a su alrededor, todo empezaba a nublarse delante de él, tuvo claro que difícilmente asistiría a la inauguración y quizás ni a la primera conferencia magistral.

-¡Licenciado Castrejón!- alcanzó a escuchar en medio de la confusión. Giró su cabeza instintivamente, vio acercarse a una joven vestida con el uniforme del personal del hotel, de inmediato reconoció aquel rostro, por un instante titubeó, al ver su nombre en el gafete de la solapa del saco salió de la duda. -¡Mariana! ¿Qué haces aquí? –Soy la concierge, y más bien yo le pregunto a usted qué anda haciendo por acá.

Mientras le platicaba la dificultad en la que se hallaba observó que la muchacha de unos treinta años conservaba una buena dosis de frescura y belleza que resaltaba gracias a la suave fragancia que desprendía de su perfume vientos de día. Continuó platicándole su problema en tanto ella lo tomó del brazo y se dirigieron directamente a la oficina del gerente. Rómulo Castrejón no se dio cuenta que subieron un piso desde el cual se admiraba la magnificencia del patio y su soberbia fuente, al mirar hacia arriba se apreciaba la torre de habitaciones y los salones de convenciones, todo a su alrededor lucía impecable como corresponde a un hotel de categoría superior, y sin embargo de nada de eso se percató, tal era su sorpresa de haberse topado intempestivamente con Mariana, una luz de esperanza iluminaba su rostro. Sin pedir permiso abrió la puerta del despacho, llamaba la atención un ventanal a través del cual se distinguía un jardín adornado con bellas flores entre las que sobresalían rosales, azucenas, gardenias y buganvilias haciendo contraste con varios arbustos de un colorido verde intenso; hasta el interior de la oficina se percibía el aroma suave de los rosales y las gardenias dando una sensación de frescura. Hizo el saludo de rigor y presentó al visitante.

-Señor Roma le suplico que me ayude a darle una habitación al licenciado. Usted no sabe ni se imagina lo que yo le debo, lo menos que puedo hacer es apoyarlo y darle alojamiento- mientras hablaba, el recuerdo de su historia pasada le fue llenando el rostro de una emoción difícil de describir. -Autoríceme además enviarle varias cortesías y atenderlo como huésped distinguido. ¡Por favor, no me niegue mi petición! ¡Estoy tan agradecida con él que nunca será suficiente mi gratitud! Algún día le platicaré.

El gerente no titubeó, el argumento de su concierge y la convicción con la que hablaba fueron tan contundentes que sin saber cuál era el compromiso giró instrucciones para que le asignaran un cuarto, dedujo que el hombre frente a él tendría unos cuarenta años, una incipiente calva asomaba por su cabeza y su forma de vestir era clásica de un ejecutivo.  

Rómulo se dispuso a desempacar y guardar las cosas en el clóset, su espaciosa habitación contaba con una cama King size, escritorio y un par de sillones, a la derecha el baño con una regadera de doble uso, de pared y de teléfono, las amenidades en el lavabo bien acomodadas daban una imagen de pulcritud y orden, desde ese tercer piso podía verse una de las glorietas más conocidas de la ciudad con su famosa estatua de la diosa Minerva. El paso de una ambulancia con su sirena abierta opacó por un momento la música ambiental. Sumergido en sus pensamientos empezó a recordar el día en que se presentó frente a su escritorio, hacía cuatro o cinco años, la recepcionista y encargada del conmutador pidiendo hablar con él en ese instante. Su cara desencajada y angustiada anunciaba que traía consigo una pesada carga que le urgía liberar. Mariana ocupaba ese puesto desde que ingresó tres años antes de aparecer en la oficina del licenciado la tarde de un día nublado de mayo. La relación con sus compañeros era amigable y dado su distinguido porte atraía muchas miradas, se desempeñaba como una empleada normal cumpliendo con lo esperado, un carisma especial la acompañaba a todos lados por lo que fácilmente cosechaba nuevos amigos. Con el director de Recursos Humanos nunca pasó de los buenos días o una cortés despedida al retirarse debido al respeto que imponía, sin que por eso dejara de ser reconocido como un hombre responsable y amable que sabía escuchar y atender a todo el que acudía con él.

El licenciado Castrejón la invitó a sentarse en uno de los sillones que tenía frente a su escritorio ejecutivo, al fondo una mesa con cuatro sillas esperaba eventualmente alguna pequeña reunión; un librero con obras y manuales de  administración o relaciones humanas y algunos libros de leyes laborales cubría la pared lateral, en el otro costado una ventana que abarcaba casi todo el muro permitía la vista hacia la ciudad desde el piso catorce donde se encontraban. El edificio de las oficinas corporativas, sin ser nuevo, cumplía con los estándares de una compañía que daba empleo a cerca de mil personas. Sin mayor preámbulo Mariana soltó un grito de auxilio seguido de un llanto incontenible.

-¡Por favor, ayúdeme! no puedo más, usted es la única persona en la que confío, necesito su ayuda- exclamó, su sollozo le ahogaba la voz al punto de no poder seguir hablando, en tanto su cara mojada por tantas lágrimas reflejaba la aguda angustia que la colmaba y la necesidad de expulsar un enorme dolor que le afligía; pedía alivio, un descanso a su desazón. Rómulo se dio cuenta de la emergencia, se levantó a cerrar la puerta y acercó una caja de pañuelos desechables.

-No sé qué me pasa –balbuceó con la voz entrecortada y emitiendo fuertes suspiros– llego en las tardes a mi departamento, hago cualquier cosa, y sin darme cuenta, casi inconscientemente saco una botella y empiezo a tomar unos tragos. Apenas inicio no me puedo detener, sigo bebiendo sin control. Estoy en un bar rodeada de amigos, otras veces no sé quiénes me acompañan -hizo una breve pausa, contuvo un poco el llanto para enseguida retomar su relato. Describió su experiencia de una noche cualquiera. Sentada en las piernas de uno se dejó abrazar por el de al lado, al fondo un  trovador acompañaba su guitarra entonando baladas entre melancólicas y alegres que casi nadie escuchaba por estar disfrutando el momento, poco después uno de sus acompañantes desabotonó su blusa y empezó a acariciar suavemente un seno, ella parecía disfrutar, reía, tarareaba alguna canción desafinadamente, pidió otro trago, su amante en turno descubrió totalmente sus pechos en tanto crecía su excitación. En ese punto Mariana perdió la conciencia de sus actos al grado de no recordar cómo regresó a su departamento.

Dos o tres veces a la semana se repetía el drama, primero una copa, luego otra, le marcaba a algún conocido, quedaban de verse en un bar o pasaban a recogerla, se reunían con otros conocidos y seguía bebiendo, riendo, bailando hasta altas horas de la noche, todo era alegría y aparente felicidad, al final alguno de ellos la llevaba de regreso y normalmente terminaba en la cama con ella. Mariana perdía la noción del tiempo además del conocimiento, como quien pierde distraídamente cualquier cosa sin darse cuenta; continuaba tomando, charlando y bromeando ya sin conciencia de sus actos. Se entregaba a los brazos de su acompañante en turno, hacía el amor mecánicamente, a veces con algo de pasión, nunca recordaba nada. Al día siguiente se despertaba temprano para ir al trabajo y su sorpresa era mayúscula por estar con un desconocido al lado. Siempre encontró la forma de sobreponerse a los efectos del alcohol, se vestía y se arreglaba cuidando que su imagen no luciera maltrecha. Muy pocos en su oficina notaban algo extraño en ella.

Hubo ocasiones en las que llamó a algún supuesto amigo pidiéndole que la cuidara, que no la dejara tomar más de la cuenta. Al final todos se comportaban igual, la llevaban a su cama y saciaban sus apetitos sobre un cuerpo inerme e indefenso.

-¡Por favor ayúdeme!, no sé qué hacer. Su llanto siguió incontenible, su abatimiento crecía a cada instante.

-¡No me defraude, usted es la única persona que puede sacarme de esto! Acto seguido un enorme descorazonamiento volvió a invadirla y ante el recuerdo de tantos sujetos en su cama vino a su memoria la casa paterna y la educación que le dieron en Guadalajara de donde salió hacia la capital del país en busca de un mejor futuro. Su padre, trabajador en una armadora de autos y su madre dedicada a atender a sus dos hijas, Mariana y Lorena,  vivían en una colonia de clase media sin grandes ambiciones. Las dos hermanas estudiaron una carrera comercial que les ayudó a conseguir aceptables trabajos, Lorena en una aerolínea como sobrecargo, Mariana en cambio partió a la ciudad de México en donde pronto encontró un trabajo que le acomodaba bien. Desde el principio optó por vivir sin compañía, circunstancia que le hizo empezar a sentirse muy sola. Una tarde se encontró sin nada que hacer, aburrida se sirvió una copa y desde entonces empezó una travesía por caminos que nunca sospechó cruzarían por su vida. 
               
- ¡¡No soy puta!! –gritó con desesperación

-¡¡No quiero defraudar a mis papás!! Ellos viven lejos y no saben nada de esto. ¡¡Soy una buena hija y una buena persona!! ¡No sé cómo contenerme! ¡Por favor! ¡Por favor!

La aflicción la ahogó hasta el punto de no dejarla hablar. Transcurrieron varios minutos en los que no paró de llorar, parecía una niña totalmente desamparada, muy frágil, Rómulo sintió el impulso de sentarse junto a ella y abrazarla, cobijarla, darle la protección que necesitaba pero se contuvo ante la incertidumbre y un sentimiento de compasión. ¿Cómo ayudarla? Menuda responsabilidad le vino a conferir esta indefensa muchacha, no podía fallarle, algo se le ocurriría. En ese momento una luz aclaró su oscuridad.



Su secretaria le anunció una llamada de Don Moisés de la Rosa, el presidente de la compañía y accionista mayoritario. En los casi diez años que Rómulo llevaba trabajando ahí ésta fue la segunda ocasión que el dueño le llamaba, con toda seguridad algo especial le pediría. Don Moisés se caracterizaba por su sencillez, no le gustaba hacer ostentaciones y sobre todo respetaba la estructura interna de su empresa, normalmente acudía al director general con quien revisaba y hacía seguimiento a los asuntos. El hecho que hubiera decidido llamarle directamente a él era señal de algo importante.  Siguiendo su costumbre saludó cortésmente, se interesó un poco en los asuntos del personal y finalmente le dio una instrucción concreta: al día siguiente acudiría a verlo un amigo muy cercano y necesitaba que lo contratara en una de sus empresas de la división editorial. –Póngalo como supervisor de distribución, no tiene experiencia pero no importa, lo que quiero es que esté ocupado y gane dinero. Se lo encargo por favor.

Eleazar Lara se presentó puntualmente. Medía alrededor de un metro ochenta, delgado, su pelo canoso delataba a un hombre de unos sesenta y cinco años, su trato afable inspiraba confianza además de poseer la virtud de la palabra, razón por la cual de inmediato establecieron un vínculo que con el tiempo creció hasta convertirse en una buena amistad.

El afecto hacia el señor de la Rosa se remontaba a su juventud cuando ambos vivían en la colonia Obrera, vagabundeaban ratos largos, frecuentaban fiestas, jugaban raquetbol, su deporte favorito, y pasaban tardes enteras en el dominó. En esos ambientes conocieron a las que después fueron sus esposas, entonces sus lazos se estrecharon al grado que con el paso de los años, no obstante que Moisés amasó una enorme fortuna porque se convirtió en un exitoso empresario, la camaradería con Eleazar siguió creciendo a pesar de que éste no logró mayores cosas en su vida. Nunca pasó de ser un mediocre oficinista seguramente por su adicción al alcohol que lo perdía tardes y noches completas, su mente la tenía ocupada en el vicio en lugar de buscar la forma de superarse. En esa época perdió varios empleos debido a la vida disipada que llevaba.

Conforme la relación entre Rómulo y Eleazar creció, se incrementaron las ocasiones de verse y platicar de todo un poco, especialmente de sus vidas. Fue así como el licenciado Castrejón se enteró de la azarosa vida de su amigo en la que en algún momento empezó a frecuentar a unos vagos de la colonia que normalmente pasaban las tardes bebiendo y fumando. Poco a poco ingresó al mundo del horror y la perdición hasta que extravió el control de su vida. Durante diez le dio rienda suelta a sus excesos, al tiempo que perdió empleos y amistades, siempre admiró y amó a su esposa porque le tuvo una enorme paciencia y supo aguantarlo con estoicismo. Moisés fue el único que le siguió siendo fiel. Al principio pensaba que en cuanto se decidiera dejaría su vicio, creía que simplemente le gustaba mucho beber, lo disfrutaba enormemente, solía decir que cuando quisiera dejaría su adicción.

A Rómulo le gustaba encontrarse con Eleazar de tarde en tarde, a veces en un café otras en algún restaurante, porque disfrutaba mucho de sus pláticas, anécdotas e historias. Un día le contó que cansado de tantas pérdidas acumuladas decidió dejar de tomar pero su impulso a seguir le ganaba por lo que se convenció que sin ayuda no podría hacerlo. Por casualidad conoció a alguien que asistía a las sesiones de alcohólicos anónimos y resolvió acompañarlo, ahí encontró el alivio. Conforme se fue adentrando en las pláticas y experiencias que sus compañeros compartían entendió que el alcoholismo es una enfermedad, se necesita un tratamiento profesional para poder soltar tan destructiva adicción. Una tarde, sentados en el café De la Mancha saboreando un capuchino, Eleazar Lara le platicó que la gente cree que los excesos llegan porque los bebedores cada día consumen más, la realidad es que un alcohólico siente la necesidad de seguir ingiriendo porque su cuerpo tiene una falla orgánica que lo impulsa a continuar bebiendo en cuanto toma el primer trago, por esa razón un bebedor adicto que domina la enfermedad nunca debe ingerir una copa.

En la medida que la amistad entre ambos creció, también lo hizo la admiración de Rómulo hacia Eleazar. Como trabajador no era sobresaliente, sin embargo lo valoraban de manera especial por su carácter extrovertido y optimista; además de haberle ganado al alcohol, impartía pláticas motivacionales y auxiliaba a quienes vivían inmersos en ese mundo caótico y destructor. 

Finalmente se tranquilizó un poco, sonrió levemente y le agradeció al licenciado haberla escuchado, se había desahogado y ahora estaba más serena; hizo el intento de levantarse pero Rómulo la contuvo, si la dejaba ir tarde o temprano volvería a las andanzas, la súplica que Mariana lanzó un momento antes la tomó en serio. ¿Cómo le tendería la mano para ayudarla en su martirio? le hizo una seña de que esperara, marcó un número telefónico. –Don Eleazar, ¿cómo está?, necesito que venga a mi oficina –hubo una pausa, señal que del otro lado algo le decían. –No señor Lara, por favor le pido que se presente de inmediato, después ya será tarde –acto seguido le explicó en breves palabras la situación –De acuerdo, aquí lo veo en veinte minutos.

Le comentó que la persona que venía era su solución. Lejos de calmarla, se volvió a llenar de angustia, con desesperación casi gritó –No quiero caer en manos de un desconocido y seguir en lo mismo de siempre –Rómulo trató de tranquilizarla y le aseguró que quien estaba por llegar no tenía nada en común con los hombres que ella conocía. Le garantizó que no defraudaría la confianza que le acababa de depositar. Pareció serenarse de nuevo, la tensa calma la fue relajando. Finalmente apareció el invitado. Don Eleazar Luna: afable sonrisa, rostro sereno y espíritu ecuánime que cobijaba a todo el que se le acercaba.

-Míja ¿Cómo estás? Tranquilízate… todo va a estar bien… vas a ver que pronto serás otra.

La tomó amablemente del brazo, se despidieron, y salieron por la puerta grande o al menos así lo percibió Rómulo. Los vio partir sabedor de que Mariana estaba en buenas manos.

Al día siguiente Don Eleazar llamó y escuetamente le informó al licenciado Castrejón que fueron a tomar un café, platicaron tranquilamente en medio del barullo de los parroquianos presentes, enseguida la acompañó al grupo de alcohólicos anónimos que coordinaba. Asistió serena y dispuesta a cooperar. Pasaron varios meses hasta que un día ella renunció anunciando que regresaba a Guadalajara. No volvieron a tocar el tema. Rómulo suponía que todo iba bien, por prudencia no quiso ahondar acerca de los progresos habidos.

Los aplausos al segundo conferencista hicieron volver a la realidad a Rómulo Castrejón, casi no puso atención a ninguno de los dos, su mente no pudo evitar recordar aquella historia retribuida esa mañana con el agradecimiento y apoyo que recibió cuando creía que no tendría dónde hospedarse. Estuvo tres días en el hotel, no la volvió a ver porque se involucró de lleno en las ponencias y ya no coincidieron, le habría gustado encontrársela nuevamente, charlar un buen rato y reconstruir lo sucedido hasta ese día. Se quedó con la seguridad y la tranquilidad de que habría superado su problema, ahora vivía en su terruño cerca de su familia y con un buen empleo.


Pasaron varios años. Rómulo cambió en dos ocasiones de trabajo, la primera porque su compañía se vendió y dieron de baja a los ejecutivos, la nueva empresa ya contaba con su grupo de directivos; en el segundo caso recibió una oferta que decidió aceptar, le ofrecieron un puesto de mayor nivel y responsabilidad. Un día acompañó a su esposa a visitar a una tía que vivía en una residencia geriátrica, un edificio seminuevo en donde habitaban alrededor de cincuenta personas mayores, sin ser nada extraordinario era lo suficientemente bueno como para dar confort y calidad a los residentes del lugar. Al entrar al estacionamiento vio pasar a un hombre que se perdió entre los corredores. Se dirigió a la administración a preguntar por la persona que acababa de ver, pocos minutos después estaba frente a él. Don Eleazar, ahora de ochenta años, vivía ahí. Se saludaron con el afecto y cariño que perdura cuando la amistad nace y se desarrolla con buenas raíces. Don Moisés le pagaba su estancia a raíz del fallecimiento de su esposa un año antes. Recordaron a Mariana. Una gran sonrisa enmarcó su rostro –Era una chica muy linda, ¡Qué bueno que salió adelante!


Fue la última vez que se vieron. La siguiente ocasión que visitó a la tía se enteró que un infarto se lo había llevado semanas antes. Agradeció a la vida la suerte de haberlo encontrado de nuevo, aunque también lamentó la partida del amigo con el que tuvo la fortuna de compartir la experiencia de haber ayudado a quien llegó a estar en las puertas del precipicio.               

miércoles, 2 de marzo de 2016

Maldita

Bernardo Alonso



El solo hecho de ver venir en el calendario el once de diciembre le provocaba una insoportable angustia, se cuestionaba si en definitiva ese sería su fin o seguiría acumulando tiempo en su vida. Para cualquiera esa fecha podría ser su aniversario de bodas, cumpleaños, fiesta nacional, algún santo, etcétera; pero ese día ella cumpliría quinientos un años.

Aquel lúgubre y nublado día abrió la valija con retratos suyos y de sus difuntos amores e hijos. Su vetusta chimenea expedía un humo suspendido en la habitación igual de grisácea como su ánimo en una fría mañana en la que esperaba no haber despertado y quedar en el limbo tan deseado por desesperantes siglos.

Recurrir a la valija cada año se convirtió en la deprimente costumbre de recordar cada once de diciembre. Los retratos, pinturas y fotografías le evocaban otros tiempos, desde uno con la tiara de noble, engalanada con el vestido azul que su padre le trajo de oriente, también como vedette de cabaret con François, su último gran amor. En otros vestida con la capa imperial a los hombros y la corona de platino. El papel de los retratos en algunos era amarillento por viejos, otro más blancuzco, pero en todos su bella imagen de joven adulta, delgada de cintura y voluptuosa de pecho y cadera.

Con nostalgia ojeaba los retratos recordando todos los vestidos de las estaciones de su vida; en el que mejor lucía, sin duda era el verde jade con el que bailó y bailó hasta acabarse los tacones. Tuvo gratos recuerdos al ver su hermosa figura, pantorrillas torneadas; sin lugar a dudas era su mejor apariencia, enseñando esos envidiables y delicados hombros con las tentadoras pecas que hipnotizaban a cualquiera. Un suspiro culminó con la hojeada de retratos y fotografías. La vanidad era su mayor debilidad aunque lo que quizás la condenó fue su altivez.

Vivió lo suficiente de todas las formas, procreó hijos solamente para tener compañía viéndolos envejecer y morir igual que esposos, amantes, amigos y familiares. Convivió con hijos, nietos, bisnietos y más. Su existencia dejó de tener sentido cuando dio en la cuenta que no se cruzaría nunca con la muerte, aunque anhelaba morir como quien desea terminar un arduo andar.

En un principio recibió el nombre de Anne Caroline Charlotte Mary Eleanor Cornwallis Beaumont, para sus padres simplemente Mary y ella impuso el mote de Lady Mary para sentar su origen noble. También usó el nombre de Marie Louise en su paso por Francia, sin olvidarnos el de Miryam cuando casi por un siglo exploró la vida en el Islam. Pero llamémosle Lady Mary como ella decretó.

 Era descendiente de la casa aristócrata de los Cornwallis, hija del séptimo Barón Charles Cornwallis y de la Duquesa Anne Scott Beaumont.  Se crió en el Castillo Cornwallis ubicado en la isleta del lago del mismo nombre al sur de Londres.  Construido majestuosamente en ladrillo al más puro estilo Tudor con dos niveles sobre un puente infranqueable que conduce a tierra firme divisada por cuatro torres octagonales desde las que se custodia una plaza que es el centro de todas las instalaciones del castillo.

Creció con todos los lujos y ninguna preocupación salvo elegir el vestido de cada noche, despedir o humillar a alguna doncella o empleado por simple capricho auspiciado por sus padres y secundado por sus dos hermanas menores que controlaba a su antojo. Así, la soberbia y pedantería se agudizó en la adolescencia cuando se tornó en fría y cruel abusando despiadadamente de cualquier plebeyo y sirviente sintiendo tener el derecho de hacerlo tal como su madre y padre le inculcaron desde pequeña.

Aquella víspera de cuaresma como todas, el barón Cornwallis y la duquesa acompañados de sus tres hijas, Lady Mary, Elizabeth y Maud acudieron al pueblo a celebrar el tradicional carnaval, se acomodaron en la tarima elevada sobre el demás público frente al escenario. Aquel año había sido traído un grupo de juglares toscanos que divertían a la muchedumbre y la familia noble con malabares, piruetas y graciosos despliegues de habilidad. Todos aplaudían las suertes atraídos por la destreza, pero Lady Mary dejó de poner atención al espectáculo, a su forma de ver carecía de crueldad o sarcasmo, simplemente era una boba exhibición de saltos y juegos sin ninguna finalidad. Se volteó hacía el gentío, una mujer vieja vestida con colorida túnica, collares dorados y un sin fin de aretes tanto en la nariz y las orejas, ofrecía leer la mano en acto de pitonisa adivinando el futuro. Cuando se encontraron las miradas Lady Mary quedó absorta a la de este personaje, eran unos ojos claros, blancuzcos, penetrantes y cautivadores, mostraba un gesto enigmático con la nariz aguileña, cutis erosionado y sonrisa amplia. Se acercó la anciana sin desviar la vista de los ojos de Lady Mary que quedaron a merced de los de esta.

—Venga mi niña, veo tu futuro por medio penique —adelantando su huesuda mano con uñas largas para agarrar la de la joven, era una garra de la que no podía escapar. La mujer le tomó el dorso de la mano y la giró mientras la acercaba a su mirada.

            Lady Mary era presa de esa mujer sin resistirse cuando la gitana repentinamente miró a la noble, asustada y alejándose de su mano dio un paso atrás atónita, llevándose sus manos al pecho en símbolo de protección.

—¡Maldita eres! La muerte no te alcanzará. ¡Bendita tu perpetuidad! —resonó la sentencia de la zíngara acallando a los juglares, la chusma y los nobles. Reinó el silencio de repente, todos inmóviles, los malabares suspendidos, las sonrisas detenidas, los movimientos congelados y los pájaros flotando en el aire. Lady Mary recuperó su mano, boquiabierta y temerosa no sabía si salir corriendo cuando la decrépita adivina la señalaba con el dedo artrítico y poderoso repitiendo de nuevo la fatídica frase una y otra vez. Esfumase la mujer en un parpadeo, Lady Mary agitada y asustada salió corriendo hacia donde el carruaje del padre a resguardarse, retumbando en sus oídos la voz de la mujer, penetrándole la mente día y noche.

Los aciagos recuerdos le llegaban a la lúgubre habitación como cada año en una convulsa sucesión de proyecciones del pasado. Cuando acabó el episodio de la gitana llegó el de aquel día en el que dejó de sentirse una persona común. Al cabo de unos días del suceso la diligencia en la que viajaban sus hermanas, la duquesa y el barón fue atracada de camino a Londres en pretendida visita a la corte del rey. La daga de un proscrito de los bosques degolló su cuello; en un abrir y cerrar de ojos estaba como si nada. Fue como un sueño, nadie creería una narración así. Los propios asaltantes impávidos con cara de estupefacción tomaron apurados lo mínimo del botín entre un montón de cuerpos inertes de la familia Cornwallis.

Lady Mary se tocó el cuello y asombrada e incrédula no percibió sangre, apertura o cicatriz viendo a su alrededor los cadáveres de sus hermanas y padres, al conductor y dos caballeros que inútilmente pelearon con la media docena de salteadores de caminos.

En un principio fue la mayor extrañeza y desconfianza a la realidad. Cuando velaron a la familia asesinada en el castillo Cornwallis Lady Mary se asomó por el ventanal del salón de honor que alumbraba los ataúdes, miró el verde valle colmado de nubes bajas hacia el confín de la tierra despertando en sus pupilas la idea de la inmortalidad y esbozando una ligera e imperceptible sonrisa.

Creyó por algún tiempo que el degollamiento fue una ilusión por el temor que despertó en ella el ataque, llegó a dudar de su propia memoria, incluso receló del suceso como si de una fantasía se tratara. Al cabo de los años se hizo con los títulos y posesiones de su familia que gozaba de gran influencia en la corte real. Así llevó su bella figura, inteligencia y falta de escrúpulos a lo más alto del reino para convertirse a base de engaños, traiciones y sangre, en la reina absoluta.

El dominio tornó rebosante apoderándose de tierras, tesoros, descubriendo nuevos horizontes. El extremo exceso de poder y riqueza la hizo representarse al mundo como la diosa única con sus dos caras de dominio total y eterna vida.

Tenía a la humanidad postrada a sus pies; en un caprichoso arranque decapitaría al sultán, rey o mendigo más lejano, comería el ave más exótica, tendría al mejor amante en su cama en una orgía multitudinaria con forasteros, portentos o engendros contorsionándose en la más degenerada práctica. Provocó innecesarias guerras, causó por morbo auténticos ríos de sangre en ciudades distantes, combatió en batallas enfrentándose con guerreros briosos terminando por descuartizarlos o someterlos a su yugo. No había límites, nadie soñaría con mayor perfección, derroche, vicio, maldad y extravagancia.

Lady Mary en su trono dejó de significar el nombre de una joven noble hija de duquesa y barón; se abandonó el uso del alias para apelar a cualquier mujer, era en sí una concepción única atribuida y construida para ella nada más. Como una hidra, un unicornio o una esfinge era Lady Mary, mitológica como la hermosa joven inmortal montada en ojos verdes despiadados y cruel cabellera rojiza. Hubo revueltas y atentados contra su persona, intentos de librarse de la garra tiránica de Lady Mary pero todos se extinguieron al aplastarse con su enérgica y definitiva mano de hierro.

Le era necesario disimular porque la muerte no se asomaba, por lo que en su vida externa fue desmesurada, cruel y ejerció férreo poder. No obstante, en su solitaria alcoba sufría y lloraba como la moza más débil y sensible. La soledad la corroía, no había compañero que no viera envejecer y morir como a sus hijos. Un inhóspito futuro asomaba a todo momento y con cada decisión ¿Qué motivo la guiaba? El para qué la atormentaba en la cima del universo para despertarse, para levantarse y para todo. ¿Para qué la vida?

El once de diciembre del bicentenario de su reinado entre sollozos tomó dos simples capas de lana, un fardo con comida, la valija de retratos y las joyas que cupieron en las bolsas del sencillo vestido color crema. Ordenó a los guardias retirarse de la entrada de sus aposentos y por los pasadizos del castillo, sin que se supiera más de ella, desapareció. Prosiguieron años de rebeliones ante su ausencia y vacío de poder, motines por el trono y al final el natural decantamiento de las cosas tornó en una nueva era de libertad, paz y tranquilidad sin el dragón al mando.

Cambió su aspecto, vivió en comunidades que no la conocían, con pobres y humildes campesinos en los lugares más remotos sin que nadie supiera su verdad, habitaba un lugar por unos años y para que no fuera descubierta migraba a otro donde moraba por una temporada. Aquella eterna diosa omnipotente se redujo a las personas ordinarias, conviviendo y conociendo lo que en un principio obstaculizó su soberbia y superioridad provocada por su status de nobleza y en un segundo momento el absoluto poder, discurriendo así el dilema entre vagar eternamente o ser el despiadado monstruo insaciable, ser feliz eternamente no era una opción.

La maldición profesada por la anciana cobró vida siglos después, una simple frase expresada como recelo a una muchacha prepotente sonaría como un improperio de la sibilina pordiosera a la noble, sin embargo, por más sobrenatural y absurdo que suene Lady Mary comprendió ese funesto día el valor de las palabras pronunciadas en el conjuro “¡Maldita eres! La muerte no te alcanzará. ¡Bendita tu perpetuidad!”, en verdad ser maldita era su inexplicable destino, no una condena.

Ante el embate de la memoria que penaba como alma nómada recurrió a innumerables y fracasados suicidios. Probó con el degollamiento de nueva cuenta y sólo ensució el piso de la habitación con sangre, la defenestración de un elevado edificio le recordó que la emoción de volar era desde pequeña un anhelado deseo, la inmolación la asqueó por el olor a piel chamuscada, el disparo al corazón le dañó el vestido, el ahorcamiento la dejó colgada desesperadamente por varias horas de la viga de la alcoba hasta que alcanzó algo con que cortar la cuerda, el envenenamiento le provocó náuseas por varios días, nunca se animó al desentrañamiento y así por años cometió macabras formas para matarse pero ninguna se consumó.

Meditabunda, asqueada de su inmortalidad y fastidiada de seguir con vida, llegó a la última conclusión que era desaparecer de la tierra, dejar de estar entre los demás y no tener forma de retornar a la vida con personas a su alrededor y el devenir de la historia. Si no pudo quitarse la vida y así ausentarse definitivamente, debía escabullirse sin retorno alguno. No tomó ninguna pertenencia, con el vestido rasgado por tantos intentos desesperados de morir se metió a un bosque, por varios días vagó buscando el lugar perfecto, la idea la tenía en la cabeza hasta que encontró una cueva enclavada en la montaña, sin mediar mayor preparativo selló la entrada para no poder salir más. Se encerró en la oscuridad de aquella tumba para dejar de vivir.

El mito de la inmortal Lady Mary prevalecerá por generaciones en la tradición del mundo entero. No se le volvió a ver más, sólo quedó el recuerdo de ella por la valija de retratos, sin verse una foto más de aquella hermosa joven. Esta leyenda se ha contado por siglos con muchas versiones, sin embargo Lady Mary siempre será el referente de la maldad.


Hay incrédulos que desmienten la historia, atribuyéndosela al imaginativo popular. Pero en el fondo, todos tememos su regreso alguno de estos días. 

martes, 1 de marzo de 2016

En busca de Maribel

Teresa Kohrs


Al dar la vuelta en la esquina volvió a experimentar esa extraña sensación en la espalda, como un cosquilleo entre los omóplatos. A su derecha, unos pasos más adelante, la puerta abierta de un establecimiento desprendía el olor a pan recién horneado, mantequilla y azúcar lo que provocó un gruñido en su estómago. Una vez más había olvidado comer algo antes de salir. Se detuvo frente al aparador donde el sol mañanero iluminaba la exhibición de distintos tipos de pan dulce, glaseados, panqués, donas decoradas de llamativos colores. Atrás de él, gente caminaba sobre la calle empedrada. La mayoría turistas ataviados con ropa ligera, lentes obscuros, zapatos deportivos o de playa, algunos se detenían, señalaban algún bocadillo, entraban a la panadería, pero nadie parecía seguirlo u observarlo. Estoy paranoico, pensaba. Discretamente giró la cabeza notando cada detalle alrededor a través de sus lentes de sol. Finalmente se relajó, exhalando se talló la cara con las palmas elevando los anteojos.

Me encantan tus manos solía decirle Maribel al principio de la relación, cuando entrelazar sus dedos o acariciarle el rostro era tan importante como respirar son grandes y fuertes comentaba entre risas nadie pensaría que estas manotas de herrero en realidad se dedican a algo delicado y preciso.

Gilberto era ingeniero en electrónica, especialista en micro partes. Su vida estaba llena de pequeñísimas piezas, cables, pinzas y lentes amplificadores. Su trabajo era bien pagado, ganaba mucho dinero el cual se acumulaba cada año en el banco ya que ni él ni Maribel requerían gran cosa para ser felices. Ella diseñaba joyería para una renombrada marca. Tan famosos eran sus diseños que se podía dar el lujo de trabajar cómo y cuándo quería.

Se frotó el pecho haciendo círculos con la base de la palma e intentó aflojar el nudo que se le formaba cada vez que pensaba en ella. Hacía un mes que desapareció, sin una palabra, siendo la única pista una página de su diario que encontró bajo la cama.

He perdido el sentido del gusto. En el restaurante, hace unos días desayunando con unas amigas noté que el omelet sabía a tierra. Y qué curioso, la papaya también. Pregunté a las demás en la mesa, pero pensé que la mala suerte me perseguía, pues no por primera vez, mis platillos sabían a lodo.

Vengo de una cita con el psiquiatra. Después de un peregrinar de clínicas, médicos y terapeutas, mí última esperanza era el afamado doctor de la mente, el cual me diagnosticó con una extraña enfermedad psicosomática. Él lo explica como “una escisión patológica entre psique y soma en la que un conflicto emocional no procesado se externaliza en el cuerpo”. La recomendación, la cual entregó por escrito, fue que me internara en su clínica, dormir ahí, bañarme ahí, comer ahí, en un ambiente controlado, donde dice tendría sesiones diarias de terapia individual, de grupo y un tratamiento a base de ansiolíticos y antidepresivos. En otras palabras, cree que estoy LOCA. A mí me parece que el LOCO es él. ¡Ni a patadas de burro me llevarán a esa clínica! Una parte de mí piensa que mejoraré, que si en realidad el problema es mi mente y emociones dolorosas, entonces debe haber una solución. Otra parte, esa voz negativa, me dice que seguiré empeorando y que a partir de hoy ya no conoceré sabores nuevos y peor, que continuaré el deterioro hasta llegar a la nada. Es deprimente.

Desde que este problema comenzó, visitas a diferentes especialistas, análisis, etc. Gilberto se ha mostrado cooperativo ayudándome con lo que he necesitado, pero debo confesar en estas páginas que hay una nueva distancia entre nosotros. Su mirada franca, confiada y en ocasiones hasta pícara, ha sido sobrepuesta por una de cansancio, sonrisa forzada y lástima. Creo que no sabe qué hacer. No lo culpo, yo tampoco lo sé. Me aterra pensar en perderlo. Supongo que a él le pasa algo parecido.

Los padres de Maribel murieron cuando ella era una niña. Creció en un orfanato de religiosas. La madre Consuelo, quien más adelante se convirtió en una verdadera mamá para ella, le platicó que al principio era una personita muy introvertida, casi no hablaba ni convivía con sus compañeras. Su estado de salud contribuyó pues durante los primeros años padeció constantemente de anginas. Con frecuencia recibía la visita del médico quien le administraba inyecciones, hasta que finalmente la tuvieron que llevar al hospital para operarla. Fue un proceso muy doloroso para la niña quien no había todavía aceptado la pérdida de sus padres, reforzando así su desconfianza con los demás. Era sorprendente que a pesar de todo, nunca se le vio llorando. A la monja le gustaba recordarle cómo poco a poco fue cambiando.

—Tu corazón está lleno jovencita —le dijo el día que cumplió la mayoría de edad— el amor de Dios obra milagros.

Aunque Gilberto se consideraba ateo, le encantaba escucharla y ver cómo se le encendían esos ojos color chocolate al hablar de su niñez.

Recuerdo esos tiempos de soledad intensa cuando era chica le comentó ella una noche después de hacer el amor, desnudos y todavía medio enredados uno con el otro, él alto ancho y peludo, ella suave y delicada ¿pero sabes qué Gil? Había algo especial en aquel lugar —le dijo pensativa, trazando líneas con su índice sobre el pecho— por alguna extraña razón esa sensación de vacío fue disminuyendo poco a poco hasta que llegó el día en el comprendí las palabras de la madre Consuelo. Mi corazón estaba lleno. Aunque todavía dudaba, la esperanza de no volver a sentirme sola echó raíces.

Ese recuerdo lo llevó a visitar a la tan mencionada religiosa. Descubrió que Maribel se había hospedado con ella. Ahí dejó para él su diario. Había ya hablado con el doctor que la diagnosticó quien le explicó con mayor detalle lo que ella estaba viviendo.

—Mi teoría es que cuando su esposa fue abandonada por sus padres el dolor emocional resultó insoportable por lo que aprendió a defenderse drenando esa angustia hacia afuera sin ser consciente. Al percibir su rechazo ante la enfermedad, tuvo miedo y decidió terminar ella el vínculo antes de que lo hiciera usted.

El psiquiatra siguió explicando pero él ya no escuchó. Era cierto, Maribel tenía miedo a sufrir otro abandono. Se sentía insegura y necesitaba que él le demostrara lo mucho que la quería haciendo todo lo posible por encontrarla y así reafirmarle su promesa de una vida juntos en las buenas y en las malas. Por eso ideó el juego de pistas. Sabía lo mucho que esto le obsesionaría, resolver el problema, descifrar el enigma, le sería difícil resistir el desafío y al mismo tiempo se aseguraba de captar toda su atención y así reparar el error que cometió al no encarar de frente la enfermedad. No fue fácil negociar con la monja, pero finalmente logró que le entregara el cuadernillo de notas.

El diario no estaba completo, faltaban algunas páginas y su inteligente mujer las había repartido de tal manera que localizarlas le tomó cuatro largas semanas. Pidió permiso en el trabajo de ausentarse sin goce de sueldo. El dinero no le preocupaba. Encontrar a Maribel se convirtió en el centro de su vida, lo más importante.

Rascándose la barba de tres días regresó al presente. La última pista lo llevó a este misterioso pueblo. Lo conocía bien ya que solían visitarlo con frecuencia. Muchas de las piedras en los diseños de Maribel provenían de la zona. Además de las bellezas naturales, el lugar era también famoso por que entre sus habitantes se encontraban curanderos, médicos alternativos, naturistas, terapeutas, gente espiritual y artistas, los cuales agregaban al magnetismo natural del sitio un ambiente místico.

Revisó una vez más la página doblada que le entregó el dueño del pequeño hotelito donde siempre se hospedaban, quien lo había recibido unos días antes de manos de un niño local a quien le habían pagado unas monedas por llevarla ahí con la instrucción de entregarla al señor Gilberto.

Cuando perdí el tercer sentido decidí dejarme guiar por la intuición, confiada en que encontraría el camino de la sanación lejos de agujas y señores de bata blanca que tanto me aterraban. Me consolaba pensando que esta enfermedad era una señal de que debía hacer un alto, aprender algo importante y cambiar.
No me pareció extraño que después de ciertas coincidencias llegara a este lugar tan especial.

Andando por la calle principal sentí el impulso de gritar. Abrí la boca apretando los puños, tomé aire y lo hice, grité lo más fuerte que pude. El collar de pequeñas piedras de obsidiana, uno de mis diseños favoritos, se apretó por un segundo en mi garganta por el esfuerzo. Fue liberador y frustrante a la vez. Pocos se dieron cuenta pues para ese entonces ya había perdido la voz, así que más bien parecía una demente haciendo mímica en medio de la calle, en el centro de un pueblo, rodeada de turistas. Sin embargo, al terminar, percibí su mirada, atrapándome con fuerza. No había más que hacer, sólo tenía una opción: ir hacia él. Ni una palabra salió de su boca. Vestía de blanco con ropa de algodón, como los indígenas del rumbo. Cabello negro largo atado con un cordón, lampiño, piel morena, estatura mediana, edad madura. Al verme avanzar hacia él se giró y comenzó a andar rápidamente. Corrí para alcanzarlo pues caminaba con tanta destreza que parecía desvanecerse entre la gente. A la derecha en la panadería, a la izquierda en la tiendita, izquierda una vez más en la siguiente cuadra de frente hacia la montaña. Finalmente lo perdí de vista y me detuve jadeando, maldiciendo a la vez. Una mujer de cabello largo canoso, arrugas profundas y ojos luminosos caminó hacia mí. Me sonrió mostrando la falta de dientes extendiendo su brazo para tomarme de la mano. Además de la voz yo ya había perdido el gusto y el oído, tal como me había indicado el psiquiatra que pasaría si no me sometía al tratamiento.

No podía escuchar el sonido como tal, pero percibía una vibración en mis pies que se elevaba hacia el ombligo terminando en el pecho. Tal vez un tambor. No tenía nada que perder así que simplemente me dejé guiar.

P.D. Tal vez sean estas las últimas líneas que pueda escribir. Confío mi Gil que este papel te encontrará a tiempo.

Cuando Gilberto llegó al pie de la montaña, no vio al hombre de pelo negro ni a la mujer de las arrugas profundas, lo único que había era una gran explanada y a lo lejos el comienzo del bosque enmarcado por altos pinos que parecían cubrir el horizonte hasta el cielo. De pronto el cansancio de las semanas anteriores, falta de sueño, mala alimentación, lo llenó de desesperanza. Se dejó caer de rodillas y apoyó la frente en la tierra sollozando como un bebé. Era un hombre tan grande que la imagen del tipo fuerte se quebraba junto con su tristeza. Maribel, Maribel… repetía entre otros sonidos ininteligibles.

Lo primero que percibió fue el suave temblor. Cuando se calmó lo suficiente escuchó los golpeteos. Entre asombrado y aturdido se incorporó limpiándose la cara con el dorso de la mano, pasando sus dedos entre su abundante cabellera dejándola aún más despeinada. Pisando fuerte con aquellas grandes botas avanzó hacia el bosque, siguiendo el sonido. Pasando los primeros árboles encontró un sendero. Caminó en una especie de trance hasta que el sol se ocultó. La senda lo llevó alrededor de un gran monolito, el cual escondía a la perfección la escena que lo recibió. Su mente viajó por unos instantes al pasado.

¿Gil? preguntó Maribel un domingo por la mañana, durante el desayuno que comía solo por disciplina, unos días antes de desaparecer ¿sabes algo? dijo buscando tímidamente su mirada, peinando el hermoso cabello castaño con los dedos, sonriendo con tristeza ya he perdido dos sentidos: el gusto y el olfato. Tengo miedo. ¿Qué pasará cuando ya no vea, ni oiga? ¿Qué pasará conmigo cuando pierda el tacto?

A Gilberto se le trabó la lengua. En su cabeza la respuesta era sencilla: internase en la clínica, comenzar el tratamiento, pero en su boca lo único que ocurrió es que el jugo de naranja se le atragantó y comenzó a toser fuertemente, cualquier cosa para distraerse del dolor y miedo que la cruda verdad le hacía sentir. Al final fue ella misma la que cambió el tema y aparentemente todo volvió a la normalidad. La delicada mujer mostraba fortaleza que ocultaba dolor y el hombretón se alejaba para no enfrentar su temor. Cada uno protegiéndose a su manera.

El intenso olor a copal lo sacó de su ensoñación. En la oscuridad alcanzó a distinguir en un espacio aparentemente escondido, una construcción de adobe de aproximadamente metro y medio de alto de forma esférica que se camuflajeaba al centro de la pequeña explanada rodeada de árboles y rocas. Era un temazcal, un lugar sagrado utilizado para limpieza y purificación de los cuerpos físico, mental y emocional a través del vapor medicinal generado por piedras volcánicas calientes. Se acercó con cuidado, dejándose caer de rodillas frente a la entrada, cansado y desorientado. Los ojos se le cerraron y por unos minutos durmió exhausto, sentado sobre sus talones, con la mochila colgando a un lado.

Cuando abrió los ojos, una anciana lo observaba fijamente. Su mente nublada no alcanzó a reaccionar. Ella le acercó una taza con un líquido tibio y lechoso de sabor amargo. Se lo tomó sin oponer resistencia. Despertó un poco más cuando la mujer se aproximó y procedió a desvestirlo. Pensó en evitarlo, hacerse a un lado, no dejar que ella le desabrochara la camisa. La detuvo pero solo para hacerlo el mismo. La noche fresca le causó una extraña sensación, nunca había sentido la caricia del viento en toda la piel. Estaba expuesto ante la obscuridad de una luna nueva, pero no necesitó taparse. Ella levantó la gruesa tela que servía de puerta. Para entrar tuvo que agacharse, el excesivo calor le hizo titubear. Se giró de espaldas para resguardar su cara y caminó dentro a cuatro patas. Las piedritas se le encajaron en las rodillas y las palmas, pero no le afectó, los pensamientos se movían dentro de su cabeza en cámara lenta. En algún punto comprendía que el brebaje contenía cierto tipo de alucinógeno, un hongo o planta, pero en realidad no parecía importarle.

Al entrar en aquel pequeño espacio que simula el vientre de una madre, se vio asaltado por una nube de vapor muy caliente. En ese momento agradeció su desnudez pues la ropa se hubiera humedecido quemándole. Evadió la sensación de ahogo bajando la cara cerca de la tierra donde estaba más fresco. Arrastrándose se sentó en una zona suave, abrazando sus rodillas. Un chiflón de aire se colaba por la puerta aminorando la sensación de claustrofobia. El sonido de algo crujiendo hizo que fijara la vista al centro del lugar. Siluetas de fuego danzaban dentro de las piedras volcánicas contenidas en un hueco. Drogado como estaba imaginó figuras demoníacas y asustado bajó la mirada pero ese mismo crepitar le hizo regresar la vista y algo lo atrapó, quedándose hipnotizado por la danza hasta que el murmullo de un rezo en palabras no reconocibles lo sacaron del trance.

El vapor se hacía cada vez más denso lo que dificultaba la respiración. Las gotitas de agua en el ambiente quemaban su piel por lo que Gilberto tomó un puñado de lodo y lo aplicó por su cuerpo para enfriarlo, al tiempo que buscaba calmar la agitación que le palpitaba a la altura del pecho, pues lo sentía tan fuerte como si estuviera escalando una empinada montaña.

Cuando la mujer terminó de hablar el humo se difuminó, lo que le permitió ver a Maribel recostada boca arriba en frente de ella y sentado del otro lado a un hombre de edad indeterminada vestido con un taparrabo blanco. Entre los dos entonaron un canto, alternando el uso del tambor y otros instrumentos. Utilizando hierbas de olor refrescante como el romero y menta, limpiaron el cuerpo de su mujer pasando las hojas de arriba abajo, una y otra vez, para finalmente tomar una vasija de agua y derramarla encima de ella sobre su coronilla, como si se tratara de un bautizo.

No supo cuánto tiempo permanecieron ahí. A causa del té que bebió y el calor se quedó dormido una vez más. Cuando Gilberto despertó el ambiente se había aclarado, luz y aire limpio entraba por la puerta abierta, su cabeza se sentía despejada. A gatas se acercó a la mujer que seguía recostada sobre la tierra. Su hermosa cabellera se esparcía como un halo alrededor de la cabeza y su pecho se elevaba al ritmo de una respiración tranquila. La tomó de la mano con cuidado. Por fin la había encontrado, a su linda compañera, al amor de su vida, tan bella y luminosa como siempre. Ella se removió y abrió los ojos con una inhalación. Él contuvo la respiración pero al verlo ella sonrió y Gilberto exhaló aliviado.

—Gil —le dijo con una baja voz gutural— estás aquí, te veo.

—¿Me oyes también? —le preguntó él abrazándola firmemente, hablándole de cerca, sintiendo las lágrimas caer.

—Sí —dijo ella suavemente con su cálido aliento en el oído, erizándole la pielme sané exclamó en un murmullo apretándolo con más fuerza.

La ayudó a levantarse y juntos salieron de ahí. Afuera encontraron dos grandes recipientes con agua con la que limpiaron la tierra adherida su piel, ropa seca, agua, fruta y pan. Devoraron cuanto había, parecían un par de mendigos muertos de hambre. Tanto la mujer de arrugas pronunciadas como el misterioso hombre habían desaparecido. Recogieron sus cosas y tomaron el sendero de regreso, agarrados de la mano se abrazaban, discutían, se besaban, hablaban o caminaban en silencio. Expresando con su voz y cuerpo una gama de emociones que parecían brotar sin censura.

Al llegar al pueblo se hospedaron en el mismo hotel con el fin de recuperar fuerzas y planear su futuro. Ahí también escribió Maribel la última página del diario.

Pasé un tiempo internada en una choza cerca del temazcal en el cual me hacían limpiezas frecuentes, atendida por esta extraña pareja. Me alimentaban a base de frutos y bebidas que a esas alturas yo ya no sabía si estaban calientes, frías, amargas o dulces. Durante el proceso solo una vez sentí miedo. Sucedió por un segundo, durante la última de las ceremonias. Yo no lo sabía, pero Gilberto estaba ahí conmigo, aunque él no se dio cuenta de lo que ocurrió. Recostada sobre la tierra húmeda, con los ojos cerrados, noté inmediatamente una diferencia detrás de los párpados. Entendí que había perdido la vista. Los abrí solo para confirmarlo y efectivamente, ya no veía. La tristeza me asaltó de golpe y el corazón se me aceleró pues la esperanza de que mejoraría murió en ese momento. La pesadez del ambiente me oprimió y en el siguiente instante dejé de percibir el calor y la humedad, perdí también el sentido del tacto. ¡Todo desapareció! Cuando digo todo quiero en verdad decir TODO. Una parte de mí se creía muerta pero otra parte tenía la certeza de que eso era imposible. Viví los dos extremos al mismo tiempo, la muerte y la vida, en una comprensión que va más allá de los sentidos. Me elevé, cada vez más alto. Volaba libremente. Escuché el sonido de la creación, algo parecido al ir y venir de las olas del mar, tonalidades relajantes dentro de un universo en constante cambio. Vi colores e inhalé aromas, algunos conocidos, otros olvidados. Me visualicé grande, enorme, libre, amada. Parte importante de algo inmenso. Otras cosas ocurrieron que no recuerdo o que no sabría describir. Finalmente, como despertando de un sueño, regresé lentamente a un espacio que cada vez se hacía más pequeño, encerrado, limitado. Sentí la ansiedad del ahogo. Abrí los ojos alarmada, sin saber lo que encontraría. Fue cuando descubrí su mano a través del contacto de nuestra piel. Apareció su rostro nítido. Mi amado Gil. Percibí lo frío de la tierra húmeda bajo mi cuerpo, reconocí el aroma de la menta y el romero, escuché al exterior el canto de los pájaros. Toda había vuelto a la normalidad pero yo ya no era la misma.

Preguntamos en el pueblo si alguien conocía a la pareja que tanto me había ayudado. Queríamos agradecerles. Algunos residentes sonreían con cariño, decían conocerlos pero no saber dónde encontrarlos, otros nos miraban con desconfianza. Un gran misterio. Me gusta pensar que son los curanderos del lugar, personas dedicadas a la sanación ancestral que prefieren trabajar de manera altruista, sin llamar la atención, una especie de ángeles terrenales. Gilberto por supuesto se lo explica atribuyendo la experiencia a la bebida alucinógena. Me queda la satisfacción de saber que en el fondo no se atreve a analizarlo porque no quiere aceptar que hay cosas que no podría explicar. ¿Qué será? ¿Alucinados o realidad? Confío en que el tiempo nos dé la respuesta.

Gil sigue enojado conmigo. No me quita la vista de encima, teme que en cualquier instante vuelva a desaparecer. Tenemos todavía mucho que resolver, sin embargo nuestra relación es ahora más profunda y verdadera. Me siento plena, sana y en paz. Lo más importante es que ahora aquella esperanza que tenía de joven se convirtió en certeza. No estoy sola y nunca lo estaré. Así que hoy simplemente seré feliz.