lunes, 15 de febrero de 2016

Hijo

Camilo Gil Ostria


 “Cuando los padres han construido todo,
 a los hijos sólo les queda el derrumbarlo.”
Karl Kraus


El insensible frescor del amanecer me despierta, estoy en el cementerio central. Un escalofrío recorre mi cuerpo. No puedo recordar cómo llegué aquí o qué fue lo último que hice antes de despertar en este suelo húmedo, completamente tapizado por un césped verde con partes secas: amarillentas como los dientes de un vagabundo.

Veo el sol intentando salir por detrás de las montañas, marcando una línea anaranjada que me recuerda que cada día es nuevo; todo es un aprendizaje. Espero unos momentos y veo volar pequeños pájaros –colibrís, palomas, gorriones o algún cuervo– mientras algunos cantan en su ritual de cada mañana.

Me levanto ayudándome de mis manos, que se humedecen con la superficie del pasto. Una abeja pasa zumbando delante de mí. No sé por qué, pero siento que todo es claro, nítido e incluso más hermoso que en el pasado.

Las placas de metal en el suelo, con tantos nombres desconocidos se lucen en su máximo detalle, algunas oxidadas por el tiempo y el olvido; otras nuevas, llenas de flores, resaltando el leve rocío cual obra de arte.

Lastimosamente no tengo tiempo para apreciar tanta belleza, empiezo a caminar hacia casa, miro grandes árboles –pinos, sauces, olivos, cantutas y otros– alzándose hacia un cielo que con cada segundo se vuelve más y más azul.

Pienso en mis padres, en mi novia, en mis amigos…

Todos deben estar preocupados ya que no llegué a casa ayer en la noche; mis papás siempre hacen escándalo y medio cuando estas cosas pasan, me enoja que sean tan exagerados, sé cuidarme solo a pesar de los golpes que he recibido en mi vida. Recuerdo algunas de las peleas que tuvimos pero prefiero dejarlas en el pasado, no valen la pena.

Me considero más liviano, casi como el aire, puedo correr y ser más rápido de lo que jamás fui. Pero al mismo tiempo eso me extraña, no entiendo lo que está pasando.

Llego a casa en un dos por tres.

Toco la puerta, nadie la abre. Vuelvo a tocarla, siento las voces de mis padres hablar en un susurro lejano, ambos parecen tristes: incluso llorando. Volví a insistir con más fuerza y sentí su silencio por algunos segundos. Mi madre se acercó a la puerta, la abrió y pareció no verme.

–¡Ma!, ¡perdón por llegar tarde! –le dije. Miró por encima de mi hombro como si no hubiera nadie al frente suyo, salió un poco de mi casa, para ver si había alguien conocido caminando por la acera. Volvió adentro, yo entré con ella. Cerró la puerta.

La sala parecía estar igual que siempre: paredes blancas como un invierno que nunca se acaba, sofás negros cual noche de primavera, alfombra con detalles naranja otoñales y, fondo rojo que te hacía sentir el calor del verano; pero si uno miraba con atención había un desorden que nunca antes había sido permitido por las reglas estrictas de mi madre: vasos sucios en todas partes, papeles desperdigados y al menos media tonelada de clínex usados en la mesita de café transparente que era la cereza de una torta que mi mamá amaba.

–Qué raro… –le dijo mi madre a mi padre– no había nadie afuera.

–Juro haber escuchado la puerta –afirmó él, igual de extrañado.

–También la escuché, seguro fue el viento. –Mi madre siempre era la más escéptica, en cambio mi padre se ponía nervioso fácilmente: pensando en duendes, fantasmas o hadas.

Caminé hasta terminar al frente suyo, mirándole directamente los ojos; se notaba, por el color rojizo, que había llorado toda la noche, incluso todo el día anterior, no había dormido nada. Sus grandes ojeras, peinado alborotado y ropa desarreglada lo delataban. Le toqué el hombro. Un escalofrío recorrió su cuerpo, pero aparte…

Yo no existía.

–¿Qué pasó? –preguntó mi madre, un tanto preocupada.

–Sentí como si alguien me tocara…

–No seas ridículo. –Ella, terca.

–En serio, incluso temblé y todo.

–Solo me haces extrañarlo más… –dijo a punto de romper a llorar nuevamente, yo no sabía qué hacer. Talvez porque simplemente no podía hacer nada.

–Murió hace dos días, es normal que lo extrañemos ahora. –Mi madre rompió a llorar, mi padre paso a través mío, como si yo no fuera más que aire y llegó hasta donde ella, ahí la abrazó intentando reconfortarla.

–¡No es justo!, ¡no es justo que Dios se haya llevado a mi bebé! –en ese momento, justo en ese momento, ni siquiera cuando mi padre me atravesó o cuando hablaron de que alguien iba dos días muerto, me di cuenta de que había fallecido.

Me quedé congelado por unos instantes, miré a la pareja que se abrazaba entre lágrimas y penas. Observé tantos sueños rotos, tantas realidades destruidas. Y pensé en que si me había quedado ahí, en la tierra de los mortales, era por algo. Lo más seguro: por esos dos.

Aquellos que habían dado su vida por mí, que me daban su amor. Me tenían en un altar de oro, mientras yo los había decepcionado tantas veces…

Malas notas, fiestas, drogas, alcohol, arte y diversión: esa era mi vida, eso fue lo único que les entregué de vuelta, lo peor es que ellos me reclamaban sin fin, me decían que estaba perdiendo la cabeza y la vida en estupideces, yo fingía estar sordo, ciego y mudo; para así ni siquiera tener que responderles. Y ahora estaba muerto, no había llegado a nada.

Caminé hacia ellos y los abracé, sin que puedan sentirlo.

Mis lágrimas caían sin que nadie pueda verlas, sin que nadie pueda escucharlas, sin que nadie pueda comprenderlas.

Ellos se separaron.

–Lo extraño… –susurró mi madre, también llorando.

–Yo también. –Respondió mi padre.

–Los quiero. –Les confesé. Lo peor es que esa fue la primera vez que se los dije, jamás se me dio fácil expresarme; ahora ya era tarde para todas esas cosas, pero tenía que decirles algo más–. Perdón.

–Vamos a dormir. –Afirmó en tono suave y amoroso mi padre. Mi madre asintió con la cabeza, subieron al piso de arriba, yo los seguí y entré a mi cuarto.

La pared del fondo era turquesa. Las demás eran plomas, un montón de libros descansaban en una pila, al lado de mi guitarra blanca eléctrica. Las paredes estaban decoradas con posters de bandas como Queen, The Beatles, The Doors.
Me eché en mi cama, acaricié sus suaves sábanas como si nunca en mi vida las hubiera tenido bajo mi piel.

No entendía como yo podía sentirlo todo, pero nada ni nadie a mí.

No pude dormir.

Simplemente no estaba cansado, y creo que a partir de ese día jamás lo estaría de nuevo. Esa es la vida de un muerto, tampoco padecí de hambre o sed, ni siquiera de la necesidad de respirar.

Pero lo seguía haciendo como costumbre que no se va fácilmente.

Esperé toda la mañana, escuchando como los pajarillos aleteaban alegremente a las afueras de mi ventana, sintiendo como los perros ladraban, felices ante un sol nuevo, y viendo como las nubes se movían lentamente.

Al poco escuché como mi padre entraba a la ducha, listo para ir al trabajo y como mi madre se levantaba para empezar a arreglarse. Ella bajó las gradas y yo la seguí.

Empezó a preparar el café, a poner el pan a tostarse, alistó la mesa para tres personas como solía hacerlo cuando yo vivía; ignorando mi ausencia. Me senté en el lugar de siempre, miré como ella hacía jugo fresco de naranja. Mi nariz sintió el olor cálido de la mañana y la cerámica roja suave del piso de la cocina parecía calentar el ambiente.

La mesa de madera, ya desgastada por el uso, parecía poco resistente ante todas las delicias que mi madre ponía en la mesa, era una verdadera pena que yo no pudiese probar ni una sola de ellas.

Luego arregló un pequeño detalle que rara vez ofrecía, se acercó a la ventana de la cocina que daba al jardín, cortó una hermosa rosa roja y la puso en un florero, que posteriormente depositó al centro de la mesa.

Mi padre bajó las escaleras totalmente arreglado, elegante con su terno negro para ir a trabajar, claro que las ojeras del día anterior lo delataban, pero lucía radiante a comparación de horas antes.

–Buenos días amor –saludó a mi madre como todos los días, pero había algo diferente en su tono de voz, algo que denotaba que le faltaba en su vida una pizca de no sé qué, luego se quedó congelado al ver que la mesa estaba preparada para tres personas, ahora sonaba frío, distante– ya hablamos de eso de poner la mesa para tres. Somos dos.

–Lo siento, no me di cuenta. –La voz le temblaba y su tono era menor que el de un susurro.

–De nuevo la misma historia. ¡Este es el tercer día! –mi padre rompió a llorar– ¿crees que a mí no me duele?, ¿cre-es –tartamudeó– que no me due-ele que ya no esté sentado entre nosotros?

–Perdón… –mi madre estaba arrepentida, su mirada enfocaba al piso y su largo pelo oscuro parecía desordenado en una coleta, tan simple y complicada como ese mismo momento.

–Todo fue tu culpa –susurró más calmado mi padre, mientras las lágrimas caían al suelo– siempre lo mimaste demasiado –el enojo empezó a salir– le dejabas hacer lo que le daba la gana y cuando yo ponía alguna regla por su bien, tú dejabas que la rompa como si nada. Lo dejabas irse con esos idiotas que ni siquiera sabían deletrear sus nombres, no le importaba el colegio y tú no hacías nada…

Silencio.

Mi padre salió de la casa. Mi madre cayó de rodillas en llanto.

Me agaché a su lado y la rodeé con mis brazos.

–Tranquila –le dije– no fue tu culpa…

Ella, por primera vez desde mi muerte, pareció escucharme. Y como asustada por mi voz, levantó su mirada rápidamente: me vio.

–Hijo… –murmuró al aire y como para devolverme el abrazo intentó levantarse, sintiendo mi piel sobre la suya cual tierna frazada, de aquellas que ella solía ponerme en las noches de invierno cuando niño, protegiendo la inocencia con cariño.

–Sí. –Yo respondí pero en ese momento ella parecía no poder verme de nuevo. Como si me hubiera disuelto en el aire.

Ella se levantó, y empezó a hacer todo más rápido.

–Ya estás viendo cosas, demasiadas cosas –se dijo a sí misma, casi en un grito de desesperación. Todo su cuerpo temblaba y las lágrimas regresaban a sus ojos– debes concentrarte en otras cosas, mejores cosas, deja las cosas malas en el pasado y deja de pensar en tu hijo. ¡Ya está muerto! Ninguna cosa lo devolverá. Sí, solo debes ir a ducharte pensando cosas lindas y con la mente fresca estarás bien, no pasó nada, es solo tu mente creando cosas horribles para molestarte con cosas. Esas cosas horribles que no sirven de nada, solo te perturban el alma. Pero ahora basta… –Ella parecía descontrolada, yo intenté varias veces volver a abrazarla, calmarla con dulces palabras, pero todo intento fue vano, hasta que ella misma se puso un alto, con un grito que se escuchó hasta el séptimo infierno– ¡BASTA!

¡Cuántas ganas tenía yo de decirle que no era su imaginación!, ¡que de verdad estaba yo ahí, con ganas de hablarle y decirle cuánto la quería!, con ganas que ella pueda sentir mi amor, como tantas veces había sentido el suyo y la pena que me hacía sentir el verla así era desesperante. La muerte es algo difícil de superar, incluso más que la vida.

Ella fue hacia la ducha, me quedé solo, en esa cocina que ahora me parecía extraña, aunque tantas veces había estado entre sus amarillas paredes. Subí nuevamente a mi habitación, a escuchar como el tiempo pasaba hasta que mi padre volvió del trabajo.

Mi madre bajó las escaleras, medio histérica empezó a explicarle lo que había pasado.

Al poco se me dio por bajar y ver que ocurría.

–Seguro quiere despedirse. –Aseguró mi padre.

–No, yo creo que es como un ángel, está aquí para cuidarnos.

–Talvez… –dudó– lo mejor será esperar y ver si se vuelve a comunicar con nosotros o no.

–Lo hará cuando lo necesitemos.

–Pero, ¿y si lo estamos atando a este mundo con nuestras penas cuando él merece ir al cielo?

–No lo creo, la muerte es como un secuestro del que puedes salir siempre que lo desees.

–Es posible –mi padre siempre dudaba, casi nunca decía algo fijo– pero al final nadie lo sabe, solo los muertos.

–Benditos sean.

Ambos subieron al cuarto y rezaron antes de dormir, cosa extraña, nunca antes lo habían hecho.

Entré a su cuarto cuando terminaron de rezar, ninguno de los dos podía dormir, pero se quedaban en silencio, con los ojos abiertos, brillando en la oscuridad del cuarto: con sus paredes cremas, su gusto impecable que se reflejaba en sus muebles de madera fina y sus detalles de vidrio moderno. La pared del fondo, en la que se apoyaba la cabecera de la cama, estaba rematada por un cuadro, en el que se veía la imagen de un ángel dorado, sosteniendo una especie de esfera; mis padres siempre dijeron que era su ángel guardián.

En las mesas de noche había muchas fotos de nosotros tres. Veía todas con claridad, a pesar de la oscuridad y una en especial llamaba mi atención. Estaba justo encima de la mesa de noche de mi padre. En ella estábamos los tres medio abrazados y sonriendo hacia la cámara. En el fondo se veía una gran selva y me recordó unas hermosas vacaciones familiares que tuvimos, segundos después de esa foto todos estaríamos en el río. Yo me reiría de cómo a mi mamá casi se la lleva la corriente. En el tiempo que estuve vivo viajamos mucho, lo que creo es que necesitábamos un descanso de la presión de la ciudad que generaba peleas, malestares, odio. Porque lejos de las responsabilidades éramos nosotros mismos y, si se lo puede decir así, nuestras almas se amaban; pero nuestros cuerpos no.

Al poco tiempo mi madre habló:

–¿Crees que algún día dejemos de extrañarlo?

–No lo sé… –respondió mi padre– talvez nunca del todo.

Mi madre asintió con la cabeza.

–¿Crees que algún día nos perdone por ser tan malos padres? –volvió a preguntar mi madre, me daba ganas de gritarle ante su pregunta tan estúpida.

–No lo sé… –volvió a responder mi padre– quizá nunca lo sepamos.

–Ustedes fueron los mejores padres que hubiese podido desear. –Me escucharon, ambos se levantaron en su cama, como momias activadas por la maldición de una pirámide–. No tienen que pedirme perdón, es más yo debo pedírselo a ustedes. No fui un hijo ejemplar, ni nada por el estilo, fallé en muchas cosas. Pero ustedes hicieron lo mejor que pudieron, incluso cuando me reñían lo hacían por mi bien, las veces en las que me castigaban y me escapaba por la ventana o tantas ocasiones en las que tuvieron que recogerme de alguna fiesta porque estaba demasiado borracho como para tenerme en pie; todo es una muestra de lo tanto que me quisieron y de lo poco que les devolví.

Ambos se quedaron congelados unos segundos. Luego asintieron con la cabeza, veía sus lágrimas y ellos podían ver las mías; eso me reconfortaba. Mi madre preguntó:

–¿Estás bien?

–Sí –respondí– no deben preocuparse por mí, me fui porque debía hacerlo, era el tiempo de irme, y uno no puede negociar esas cosas.

Volvieron a asentir con la cabeza.

–Solo necesitan saber que los quiero, mucho, mucho, mucho. Y siempre los estaré cuidando.

–¿Cómo un ángel? –preguntó nuevamente mi madre, cual niña de primaria que se sorprende al descubrir un mundo totalmente nuevo en las cosas más simples y que parecen obvias, como los pétalos de una flor.

–Exacto. –Aseguré sin saber si eso era totalmente cierto.

–Somos felices de que seas nuestro ángel. –Mencionó mi padre.

Me acerqué a ellos y di a cada uno un beso en la frente.

–Te queremos. –Mi madre pronunció.

–Y yo a ustedes. –Correspondí.

Ellos dejaron de verme, lloraron un poco y se durmieron, yo volví a mi cuarto, me eché nuevamente en mi cama donde dormí.


Ese sueño se hizo infinito y jamás volví a despertar.

martes, 9 de febrero de 2016

Mi bebé querido

Maira Delgado


Sofía, era una dulce niña, de tez blanca y cabello castaño, ondulado, tenía ojos negros muy expresivos, el rostro hermoso y aquella sonrisa angelical, cautivaban a las personas a su paso. Con escasos ocho años, parecía ser muy precoz en cada razonamiento, solía sorprender a padres y maestros de la escuela dominical en la iglesia a la que asistían, haciendo profundas apreciaciones acerca de las historias bíblicas que aprendía. En ese diciembre, su mayor deseo era tener su propio bebé querido, así se llamaba el juguete que estaba de moda en el barrio esa navidad, todas sus amiguitas lo habían pedido en su lista de regalos. Ella, ya había aprendido que estos no eran traídos por ningún personaje ficticio o el niño Jesús, sino que eran los papitos quienes con su trabajo compraban los juguetes, sin embargo, lo añoraba, inocente de que era muy costoso para el presupuesto de su padre. Elías, un hombre joven, de cabello claro, buen mozo, con brazos fornidos y cuerpo atlético formado por el ejercicio con las pesas, que lo hacía atractivo entre las chicas del barrio, coqueteaba con todas, pero amaba sólo a una.  Trabajó desde muy joven, aprendiendo la técnica de la soldadura, moldeaba en su taller el hierro y de esta manera fabricaba puertas, ventanas y demás utensilios de adorno para las casas y empresas que conocían la calidad de su obra y contrataban sus servicios.

Desde los catorce años aprendió este esforzado arte, no quiso terminar sus estudios secundarios, sino que manejaba su propio dinero, por lo tanto su independencia le hacía  popular entre sus amigos, con los que además de hacer deporte, se divertía los fines de semana, bebiendo cerveza y conquistando amores furtivos, pero finalmente, se casó con Elizabeth, la chica de la que se enamoró desde los trece años, ella era de figura delgada, cabellera larga y oscura, con ojos negros como el azabache. De esta forma, asumió la responsabilidad de un hogar, proveyendo todo lo necesario, su principal aliciente era Sofía, su única hija, que había nacido en condiciones poco favorables, su madre había enfermado durante el embarazo y la vida de ambas estuvo en peligro en el momento del parto, esto hizo que él la resguardara como su gran tesoro, convirtiéndola en su niña consentida y algunas veces sobreprotegida, pues pretendía que ni la hoja de un árbol la rozara.

Cinco años después de casarse con Elizabeth y haber afrontado momentos duros y fuertes junto a ella, que por poco destruyen su hogar, Elías tomó la decisión de entregar su vida a Dios y así transformar su antiguo carácter, abandonando el alcohol y sus aventuras amorosas, que ya se habían tornado su mayor problema, para convertirse en un hombre consagrado a su hogar.

Al ver esto, el padre de Elías, quiso ayudarlo, para que dejara de ser empleado y estableciera su propio taller, el viejo, deseaba lo mejor para sus hijos, pero sus recursos tampoco eran abundantes así que buscó la mejor manera de impulsarlo.

—Hijo, eres muy bueno en lo que haces y la gente te busca a ti para sus mejores encargos, deberías dejar el taller de Manuel e iniciarte como independiente, uno debe arriesgarse en la vida y siempre soñar más allá de lo que puede alcanzar.

—Lo sé papá, pero se necesita comprar la herramienta y no tengo el dinero para hacerlo, apenas si logro mantener a mi mujer y a mi hija, en estos momentos, no cuento con los medios para salirme de este empleo, tendría que trabajar no sé cuántos años más.

—¿Y si te propongo un negocio? —dijo su padre muy convencido— tengo mis ahorros y son para que cuando muera a tu vieja no le falte nada, pero podemos hacer que ese día espere un poco y prestártelos, de esta manera, vas trabajando y me los vas pagando mensualmente.

A Elías la idea le pareció grandiosa, hacía mucho tiempo soñaba con su propio taller.

—Pero, no es la herramienta únicamente en lo que hay que pensar papá, —replicó luego— necesito un local y el arriendo es costoso para uso comercial —le dijo, cavilando.

—Pues también pensé en eso hijo, tus hermanos ya no están, así que estas dos habitaciones,  podemos adaptarlas como un garaje y ahí será tu taller.

La casa de sus padres, era sencilla, ubicada en un barrio de clase media baja, él había visto a su viejo trabajar desde muy joven para comprarla, era de una sola planta y carecía de lujos, poco a poco su padre la fue acondicionando, porque se la entregaron sin porche ni las paredes totalmente pintadas, así que de su sueldo, reunía el dinero para realizar periódicamente mejoras, apenas tenía una sala que se alargaba hasta la cocina, sólo las separaba un pequeño muro de dos metros de alto y contiguo quedaba el patio de ropas que dejaba oír desde las jaulas el dulce cantar de los pajaritos que su mamá cuidaba. Había cuatro habitaciones pequeñas, para alojar a sus ocho hermanos que al crecer tomaron su propio rumbo, de modo, que era una gran oportunidad y no podía desperdiciarla. Sus ojos se abrieron como los de un búho y enseguida  respondió sin vacilar.

—¡Listo, papá! Trato hecho, el negocio será así: tumbaremos esta pared que divide las dos habitaciones, haré un portón, que dé a la calle y ahí colgaremos el aviso, me prestarás el dinero para adecuarlo y comprar la herramienta, te la pagaré mes a mes y cuando finalice la deuda, entonces empezaré a pagarte un arriendo por el local, así podré compensarte aún más lo que estás haciendo por mí.

—Perfecto hijo, así será, lo que quiero es verte progresar, ya sabes que siempre quise tener un hijo que fuera importante, un futbolista, cantante, doctor, alguna cosa de esas. Pero ya que ninguno quiere ser famoso, entonces lo serás tú. ¡Si vas a ser un soldador, no serás uno más, serás el mejor de la ciudad! —Y lo abrazó con efusividad.

Así empezó Elías su propio negocio con la ayuda de su padre, trabajaba incansablemente para pagarle y además seguir manteniendo la familia. Le encantaba llegar a casa, cansado y quitarse las botas, sabía que Sofía siempre corría a traerle las pantuflas, se sentaba en sus piernas sin importarle que viniera sucio, oloroso a sudor, con manos, a veces manchadas de pintura o aquella cara ardiente por el calor de la forja, ella siempre le recibía con un beso. Luego de unos minutos de descanso en esa vieja mecedora de la sala, Elías, se duchaba para recostarse en la cama, mientras esta pequeña le secaba los pies, le aplicaba talco en ellos y haciéndole cosquillas, los masajeaba.

—¿Cómo te fue papi, cuántas puertas hiciste hoy? —le preguntaba siempre con curiosidad—, hoy la profesora nos preguntó en qué trabajaban nuestros padres y le conté que tú eres el mejor soldador de la ciudad, como dice mi abuelo, que haces las puertas de las casas y de los almacenes para que los ladrones no roben a las personas, así que tu trabajo es muy importante porque proteges a la gente. ¿Cierto papá?

—Así es, hijita, —le dijo sonriendo—, tu papá, construye puertas y ventanas para que los demás puedan dormir seguros, además las adorno con hermosas figuras para que las casas luzcan elegantes y al paso de la gente se vean como una obra de arte.

—¿Una obra de arte, qué es eso papi? —lo miró con ingenuidad.

—Es un trabajo que se hace con excelencia hija, así como tú en la escuela, te esfuerzas por hacer los dibujos, para que queden hermosos. ¿Recuerdas el pájaro que te ayudé a rellenar la vez pasada con espaguetis crudos y granos de arroz? Dijiste que la profesora te aplaudió y te puso una excelente calificación. Pues esa fue tu primera obra de arte, trabajaste todo el fin de semana para que se secara y estuviera listo a tiempo para el concurso y lograste ganar el premio, es decir, te volviste una artista de pájaros rellenos.

—Entonces la próxima vez que me pregunten en qué trabaja mi papá, diré que ¡Eres un artista en puertas y ventanas! —le dijo emocionada.

—Está bien hija, ve a descansar que este artista mañana tiene que madrugar para ir a trabajar.

La pequeña salió corriendo, expectante, a buscar a su mamá a la cocina, le pidió un poco de agua y le contó la conversación con su papá, parecía feliz al saber que su papá realizaba un gran trabajo y que era el mejor en lo que hacía.

Elizabeth, la llevó a la cama como cada noche, cantándole su melodía preferida, trató de acostarla pronto, pues también estaba cansada con los oficios de la casa, todo el día trajinando con la cocina, los muebles, la escoba, el trapero, la dejaban exhausta al final de la jornada, ella además de cuidar a su hija, criaba a otros tres sobrinos, mientras sus hermanas trabajaban,  para ayudar a su esposo con los gastos de la casa.

—Hasta mañana hijita, haz tu oración  antes de dormir y que tengas dulces sueños.

—Espera, mamá, es que quería decirte que yo quiero este año un bebé querido.

—¿Un bebé querido, qué es eso mi amor? —le preguntó riéndose.

—Es el muñeco que todas mis amiguitas están pidiendo esta navidad, es hermoso mami y yo lo quiero, me dijo Xiomi que ella también lo había escrito en su lista, María ya lo vio en un almacén el otro día, estaba en la vitrina, entró con su mamá y se lo dejaron alzar, tiene sólo un mechón de pelo en su cabeza, el resto es calvo, tiene un chupo en su boca y cuando se lo sacan, llora, ella nos contó feliz, que es grande, todas en la cuadra lo tendrán este año y también yo lo deseo mami.

—Pues... Hija, ora, pídeselo a papito Dios, porque ya sabes que tu papá se esfuerza mucho, pero a veces el dinero no alcanza. Y eso no es una necesidad, es un lujo. La verdad. No sé si él esté en condiciones ahora...

La niña se desilusionó un poco con la respuesta de su mamá, pero su insistencia era mayor, siempre encontraba la forma de persuadirlos y esta vez, soñaba con compartir junto a sus amiguitas y tener ese juguete en nochebuena.

Al siguiente día muy temprano, antes de que su papá saliera, lo abordó en la habitación.

—Papi, ¿si yo te pido algo esta navidad, tú me lo regalas? —dijo con voz tímida.

—¿Y qué es lo que quieres hija? —le contestó tiernamente.

—¡Un bebé querido! —respondió de inmediato, alzando sus manitas con emoción.

—¡Ah!, ¿quieres un hermanito?  —eso entendió su papá.

—No papá, es un muñeco, se llama así. Y es el regalo que todas mis amiguitas pidieron este año, por favor, cómpramelo, por favor —con voz suplicante. 
—Umm, ya entiendo mi Sofi. No te prometo nada, pero si puedo hacerlo, tenlo por seguro que tu papá te dará tu bebé querido.

Corriendo se subió en sus brazos, y le besó melosamente, —¡gracias, papito lindo, yo sé que tú puedes, por eso te amo!  E ilusionada corrió a su habitación  y se arrodilló junto a su cama. —Gracias, papito Dios, porque respondiste mi oración, sé que mi papito Elías trabaja mucho, pero tú le darás el dinero para comprarme mi bebé querido. Gracias, muchas gracias. Amén.

Una semana después, su papá llegó muy tarde, ella ya estaba dormida, sin embargo, al oírlo, quiso ir a saludarlo, pero escuchó a sus padres en la cocina hablar de lo duro que estaba el trabajo, no era nada fácil iniciar su propio negocio y debía cumplir con el compromiso adquirido con su viejo mensualmente, los materiales estaban muy costosos y algunos trabajos encargados exigían una alta inversión.

—La cosa no está fácil mi negra —así la llamaba cariñosamente—, tengo que trabajar más horas si quiero sacar este taller adelante y no puedo contratar a nadie que me ayude en este momento, porque no tengo cómo pagarle.

—No te preocupes negro, poco a poco saldremos de esta, no te desanimes, que apenas estás comenzando, es duro, pero ya iniciaste, así que no nos daremos por vencidos, dime en qué quieres que te ayude.

—Ay, mija, ya haces mucho con cuidar a la niña y a sus primos, si tú no me apoyaras tanto, no tendría fuerzas ni aliento para salir cada mañana. Ustedes son mi mayor tesoro y es por ustedes que trabajo de sol a sol. Y si ahora tengo que hacerlo de sol a luna, lo haré. Por cierto averigüé el juguete que quiere Sofía y no es “costoso”, es, “bastante costoso”, no creo poder comprárselo, en estos momentos, no tengo el dinero.

—No te preocupes por eso, amor. Sabes que Sofía comprenderá, es una niña, pero entiende muy bien nuestras limitaciones y ya habrá tiempo para esos lujos.

Sofía, desde su habitación, lloraba desconsolada, al pensar que los demás recibirían sus regalos y ella sólo podría jugar con muñecos ajenos, ahora su bebé querido se desvanecía en sus sueños, quería reprocharle a su madre que pensara por ella y que no dejara a su padre preocuparse por el asunto, no quería tener que conformarse siempre con los  juguetes que le prestaban los demás cuando se cansaban de ellos, pero sabía que sólo un milagro le traería ese regalo y volvió a arrodillarse esa noche a rogar por su papito Elías.

—Papito Dios, si quieres, puedes concederme esta petición, dale el dinero a mi papito Elías para que pueda comprármelo. No quiero parecer envidiosa, pero tengo poco juguetes y si quieres, puedes hacer el milagro esta navidad. Gracias papito Dios, gracias.

Y así, cada noche oraba, antes de ir a su cama ya que su mamá le repetía que no iban a comprarle ese juguete, que no importunara a su papá con el tema, tendría ropa nueva esa nochebuena seguramente, mas el muñeco tendría que esperar. A ella le molestaba oírla hablar así, mas no le respondía, a veces parecía no prestarle atención y su mamá sabía lo empecinada que resultaba en ocasiones. Una semana antes del veinticuatro de diciembre, su papá estaba comprando en una de las ferreterías más grandes de la ciudad, unos tubos de hierro que necesitaba para una obra importante que realizaría para entregar en un mes, debía invertir una buena cantidad de dinero y trabajar arduamente para tenerla lista a tiempo. Ese día fue temprano, pagó y dejó listo el pedido del material que necesitaba, el cual sería despachado esa misma tarde por el dueño del almacén. El hombre, aunque lo conocía, no le tenía la suficiente confianza como para abrirle un crédito a Elías que era muy joven y carecía de respaldo económico.

En la tarde, llegó a su taller el material, el conductor del camión del almacén, le informó de la entrega y luego de descargarlo rápidamente, firmó el recibido para iniciar la obra lo antes posible. Elías estaba muy contento, era un trabajo importante y ganaría bastante dinero, mientras acomodaba los tubos para cortarlos, se fijó que estaban muy pesados, así que los revisó uno a uno. ¡Vaya sorpresa encontró! Había comprado dieciséis tubos cuadrados de una pulgada y dentro de cada uno venían otros dieciséis tubos de 3/4, es decir, le habían dado material de más, no sabía si por equivocación o de manera intencional. En ese momento su corazón tembló pues era una oferta muy tentadora quedarse con esos tubos y no decir nada. Total, ya había cancelado en efectivo su compra y le habían despachado su pedido, no era su error, sino del almacén. Llamó a su padre y le mostró lo sucedido y aunque este siempre fue un ejemplo de honestidad para él lo sorprendió con su apreciación, ya que sin decirlo abiertamente le insinuó que no dijera nada y que aprovechara esta “oportunidad”. Era un momento decisivo para la vida de Elías, podía tomar ese error como un golpe de suerte para su difícil comienzo o rechazar esta ligereza del destino y mantener su integridad. Elías, era temeroso de Dios y sabía que estaría robando si se quedaba con esos hierros, esa noche se fue a su casa  meditando mucho, cada día que veía a su hijita recordaba lo que le había pedido y su imposibilidad de complacerla, pasó la noche inquieto, sin decir nada a su esposa, a las cuatro de la mañana se puso de rodillas junto a su cama y oró pidiendo a Dios perdón por dudar y flaquear ante dicha confusión. Al levantarse, encontró pegada en la puerta de su habitación una hoja que decía: “Tengo el mejor papá del mundo”, inmediatamente decidió ir a la ferretería y hablar con el dueño.

—Buenos días don Julio, necesito comentarle algo.

—Dígame, Elías. ¿Qué necesita muchacho?

—He revisado el material que me enviaron ayer en la tarde y encontré que en cada tubo de pulgada estaba metido un tubo de 3/4, creo que se equivocaron, porque sólo pagué los de pulgada.

El hombre lo miró asustado, efectivamente, si esto era cierto, era un error y muy costoso, entró rápido a la bodega y habló con las personas encargadas de organizar los pedidos, nadie parecía saber qué había pasado, pero en el inventario sí hacía falta este material y no había factura ni orden de despacho que lo respaldara.

Salió muy avergonzado con Elías, pues estaba frente a una persona realmente honesta, sabía que este error era responsabilidad de sus trabajadores, mas, este hombre le estaba dando una gran lección.

—Mira, muchacho, tienes razón y no sé qué pasó, debo hacer la averiguación pertinente, pero esto que has hecho, es realmente admirable, dice mucho de tu honradez, este acto es más confiable que cualquier carta de recomendación o experiencia crediticia. Así que he decidido devolverte tu dinero, dejaré que te lleves esos tubos con un crédito de treinta días, cuando entregues tu trabajo y lo cobres, vendrás a pagarme y si necesitas algo más, puedes llevarlo, de ahora en adelante, tienes mi absoluta confianza.  —le extendió la mano y las estrecharon como cerrando un trato.

Elías salió feliz de este sitio, jamás imaginó que un simple acto de honestidad, le abriría una puerta tan grande, no sólo crédito abierto sino que además tenía el dinero en su mano para cumplir con todos sus compromisos ese mes, así que sin más preámbulos inició sus actividades diarias, trabajaba fuertemente, sin descanso, para entregar con prontitud su encargo y cobrar el dinero antes del mes, de esta manera aumentaría su grado de confianza con don Julio.

Mientras tanto, Sofía, rogaba cada noche por su regalo tan anhelado, parecía que no lo tendría, pero el último día, el veinticuatro de diciembre, un sábado, vio a su papá entrar con una gran caja blanca en su hombro, ella saltaba de felicidad, sabía que su papito Dios no le fallaría y que su papá Elías cumpliría su palabra de que si él podía, era un hecho que lo haría. No pudo esperar más tiempo y corrió a abrir la caja, había un enorme muñeco calvo, con un chupo en su boca, cuando se lo retiró, el muñeco lloró, y los ojitos de la niña se emocionaron ante esta escena, si le presionaba el abdomen, se reía, estaba realmente impresionada.

Corrió a mostrarlo a sus amigas, los niños de esa cuadra nunca esperaban al siguiente día para abrir sus regalos, era tradición destaparlos y pasar la “nochebuena” jugando con ellos, pero el muñeco de Sofía era diferente, al compararlo con los de las otras niñas, este no tenía el mechón de pelo en su cabeza y el vestido no era rosado como el de los demás. Todas empezaron a reírse de ella y a decirle, que no le habían regalado el juguete original. Sofía regresó a su casa triste y le preguntó a su papá dónde lo había comprado, este, muy tiernamente, la sentó en sus piernas y le explicó:

—Hija, esta mañana, recorrí todos los almacenes que pude en el centro de la ciudad, buscando tu famoso bebé querido y se había agotado, realmente creí que no lo conseguiría, pero cuando ya estaba a punto de venir a casa, entré a una última tienda y el dueño me dijo: Ese muñeco ha sido un furor, todas las niñas lo quieren, voy a ver si me queda alguno señor, ojalá pueda hacer feliz a su hija. —Después de un rato salió con este que te traje y me lo mostró—, sólo me queda este, lo único, es que es una versión masculina del juguete, todas las niñas prefieren que sea muñeca y no muñeco, pero igual, es el bebé querido, nada más que por ser hombrecito, no tiene mechón de pelo y su traje es blanco en vez de rosado.

Sofía empezó a llorar al ver el gran esfuerzo de su padre, sabía que lo había hecho todo por traerle su regalo, así que feliz lo besó.

—Gracias, papito, lo hiciste otra vez, ahora sé que mi muñeco no sólo es el original, sino que además es diferente a los otros, todas tienen  la “niña”, pero yo, tengo el “niño”.

Y corriendo volvió a explicarle a sus amigas, quienes finalmente entendieron su versión y todas querían emparejar a su muñeca con el muñeco de Sofía.

Esa noche, al dormir después de acomodar a su bebé querido junto a ella en la cama, arrodillada dio gracias a papito Dios por el milagro de navidad. Desde ese día entendió que nunca más dudaría de un deseo en nochebuena. Porque aún en el último momento o de manera diferente a lo pedido, Dios le concedía siempre un regalo mejor que el esperado.

viernes, 5 de febrero de 2016

Detalles en bicicleta

María Elena Rodríguez


Las cosas no cambian,
solamente tu forma de mirarlas

Suena la alarma del móvil, “choir of angels” es el nombre de la melodía que escogió Adela para despertarse. Oír esos amables acordes apenas abre los ojos, es una forma afectuosa de iniciar el día, cualquier día, menos ese. Adela se voltea en la cama y lo desactiva, sin darse cuenta, por el brusco movimiento de su mano, el portarretrato que está junto a la lámpara cae sobre la alfombra. Esa música ahora le parece cursi. No lee mensajes, ni noticias, tampoco entra al Facebook y no da los buenos días a Martín, su novio; llevan tres meses juntos, convinieron en saludarse por wasap apenas se levanten, hoy cree que ese es  un acuerdo ridículo.

¡Qué odio!,  no quiero nada… por lo menos hoy es un día menos de vida…

Quiere volver a dormir, pero su mente está ya despierta y lista  para decirle lo insignificante que es, que nada tiene sentido en su vida, que no importa que sea viernes y que mañana es día de descanso, igual, todo, todo es absurdo, aburrido, y ella,  lo es más.

—Adela buenos días, hija,  ya son las siete —le dice su madre mientras da unos leves golpes en la puerta del dormitorio.

—Ya voy —responde, indiferente, abúlica, algo  adolorida, sin ganas de nada.

Antes de entrar a la ducha, no hace lo que acostumbra, abrir la cortina de su
cuarto y ver ¿de qué color está el día?, ¿para qué? Luego escoge del armario lo primero que encuentra, a su trabajo puede ir vestida de manera informal, no le preocupa lucir bien, le da igual. Nada le motiva a combinar colores de ropa con bisutería, accesorios y  maquillaje, ¿qué sentido tiene? Aunque no sabe que tan luminosa será esa mañana o no, solo se pone en la cara bloqueador solar, de todas formas, con ese rostro pálido y desmejorado, muy poco se puede hacer, ¿y a quién le importa? Así piensa  mientras se mira al espejo antes de salir.

Estoy fatal,  ¡odio mi vida! Dios… ¿hasta cuándo todo esto?

—Buen día Adela, ¿qué quieres de desayuno? —le pregunta su padre, mientras termina de amarrarse el nudo de la corbata.

Ella pasa por el comedor, están en la mesa sus dos hermanos menores,  su padre ya hizo el desayuno para todos, la madre frente al espejo termina de retocarse el maquillaje.

—Buenos, días, no tengo hambre —nos vemos en la noche.

Cuando sus padres quisieron decirle algo más, Adela había dado un sonoro portazo. Todos se miran, nadie dice nada, ¿para qué iniciar discusiones tan temprano?, la madre mueve negativamente la cabeza mientras mira su agenda en el  teléfono celular.

En la calle la temperatura es agradable, rayos de sol discretos, las nubes en el cielo  prometen refrescantes sombras. Subida en el autobús, Adela se sabe insignificante y hasta mediocre. Sentada en el último asiento, se molesta cuando el chófer prende la radio, detesta el estridente reggaetón. Mira displicente a través de la ventana, luego, saca del bolso su teléfono celular.

Martín Love: bella, buen díaaaaa
Martín Love: te quiero preciosa… saliendo a la universidad t mando un beso
Martín Love: despierta dormilona zzzz
Martín Love: Ade andas por ahí?... Ade, Ade, Ade, Ade Adeeeeeee

Su wasap tiene también mensajes de amigas, amigos y grupos a los que pertenece, puro mensajito ñoño —pensó —lleno de llamados a la conciencia.

¡Hipócritas, falsos!

Decide responder con un saludo simple a su novio, cualquier monosílabo. Sus leves dolores del cuerpo se hicieron más agudos. No se siente bien, antes de bajarse en la parada, recuerda que no ha comido todavía.

¿Qué podré comer?, debí haberme llevado una fruta… no… ¡que asco!

Adela, tal vez por sus dieciocho años y su despreocupada forma de actuar, no se fija mucho en los temas de nutrición y salud, si tiene una molestia se auto medica, algo ha oído de que todos los nutrientes y remedios, el cuerpo humano los almacena de forma natural, pero claro, es un conocimiento en el que ella no ha profundizado. Trabaja en una compañía constructora, es la asistente de la división de decoración, como aun no  decide qué carrera estudiar en la universidad, optó por trabajar, además, dos veces por semana sale un poco más temprano de la oficina para ir a clases de inglés.

Su labor consiste en coordinar citas, cotizar productos, materiales, y establecer acuerdos con clientes. En general es buena trabajadora, así lo creen sus jefes, apenas está cuatro meses; la única observación que suelen tener respecto a ella es que tiene una actitud de indiferencia cuando se trata de observar pequeños detalles,  particularidades y minucias que para la decoración de interiores son básicas. 

Adela, identifica bien las gamas de colores verde veronés no es lo mismo que verde arlequín los fondos del brocado para tapizar los muebles son diferentes a los de los cojines no puedes poner un visillo tramado para sala de estar en un dormitorio las alfombras deben tener más nudos no olvides colores fríos y calientes gustos del cliente Adela hay que mimarlo Adela Adela… a mí me da exactamente igual… qué aburrido qué sueño...

—Si claro, lo tomaré en cuenta.

Esas eran las permanentes exigencias de sus jefes, Santiago y Osiris, sofisticados y excéntricos decoradores. Todos esos detalles a Adela le producen pereza, y ese día más, solo al pensar que pronto tendría que hacer recuento de texturas, colores, pesos y demás cosas para iniciar el plan de ornamento de dos departamentos nuevos, sentía que su cabeza iba a estallar del dolor.

¡Absurdo!, ¿para qué tanta tontera?, ¿qué sentido tiene?, ¡tarea de ridículos!

Inmediatamente que llegó a la oficina inició la primera reunión de la mañana, lleva su computadora personal, con desgano se preparó un té. Todos le hablaban, le hacían anotar cosas, le entregaban materiales, ella mira, mira, solo mira…

 Ojalá pudiera morirme, ¿quisiera ver qué harían todos?, ¡no los soporto!

La junta se extendió  hasta las dos de la tarde. No tiene idea de  cómo pudo aguantar tanta estupidez, y sus dolores ahora son más intensos. Habla con Damiano, el mensajero de la empresa, le solicita que le compre un sándwich vegetariano, ese sería su almuerzo. Cuando recibió el pedido  vio que  no estuvo acorde a su gusto, apenas dio un mordisco se enfureció, se contuvo las ganas de insultar a Damiano, enseguida fue al baño, echó la comida al tarro de basura, se miró al espejo indignada, presa de la derrota, rompió en llanto, era demasiado por ese día.

¡Dios mío!, ¿qué  hago?, no soporto esto, ¿qué va a ser de mi vida?

Cuando salió del baño se sintió un poco más relajada, pero de nada le sirvió ese pequeño hálito de esperanza.

—Adela, ¿qué te sucede?, qué mal luces hoy, estás tan pálida —le dijo Osiris.

Adela no respondió, le pareció una impertinencia lo que acababa de oír, sus ojos nuevamente se llenaron de lágrimas. Fue a su escritorio, miró su teléfono celular, encontró llamadas de su madre y su padre, les mandaría un recado breve, se animó a publicar un “estado”, para que todos miraran y así desistan de enviarle mensajes, saludos ridículos.

Ade: EN REUNIÓN TODO EL DÍA… NO MOLESTAR

También le escribió Martín, no leyó lo que él decía, solo se limitó a responderle que está muy ocupada, él ya sabe que cuando están armando proyectos de decoración, ella no tiene tiempo para nada. Le tocó trabajar casi hasta las siete de la noche. Al salir le es difícil encontrar un autobús, hace frío,  Adela se siente desfallecer.

Es horrible vivir en estas circunstancias  y estoy tan sola Dios  tan sola…

Llega a su casa, abre la puerta, la escena familiar  con la que se encuentra es la misma de  la mañana.

—Buenas noches —saluda.

—Adela, pedimos una pizza, vamos a ver una película  —le dice su madre.

 —Estoy muy cansada —responde y se va directamente al dormitorio.

Su madre, antes de terminar de arreglar la mesa para comer, sube a su alcoba y entra al baño para constatar que el botiquín esté correctamente abastecido, siempre lo hace. No molestará a su hija, también está cansada, pero relajada, con emoción de compartir esos momentos con su esposo y sus dos hijos, seguro que al día siguiente Adela hablará con ella, lo sabe.

Adela encuentra su recámara impecable,  lanzó la cartera en el  sofá que está junto a la ventana, se siente rendida, las cortinas están  abiertas y ella no las toca,  no las cerrará, tiene pereza, solo se pone la pijama y se echa a la cama, toma el celular y escribe a Martín.

Ade: día a full de trabajo cansada, mañana te escribo.
Martín Love: muñequita mañana…

No ve el último mensaje que recibe como respuesta, siente dolor en su alma, solo emite un vencido suspiro… la  mañana es  fría  y Adela no puede casi cargar con su propio cuerpo, además el odio y la furia no le estimulan a nada. Llega Martín en un enorme Jepp blanco, ella le espera en una esquina solitaria, hay una minúscula garúa, él le saluda muy cariñoso, ella apenas  responde, además que no escucha bien su propia voz, le parece muy extraño,  él se baja y carga su bicicleta en el carro… ¡claro!, el mensaje que no leyó… sí, los días sábados siempre andan en bicicleta en el Parque Nacional Federal, ahora lo recuerda. Aparecen ya montados, Martin quiere hacer carreras, ella le reclama, empieza a escuchar su propia  voz, ahora   con  un eco defectuoso y distorsionado.

—¡No ves cómo me siento, eres necio, impertinente, déjame en paz!

Parece que Martín tampoco escucha sus palabras, pero no deja de sonreírle. Ahora Adela está sentada al pie de un árbol, tiene frío… Martín no está, ella se impacienta, la suave garúa se vuelve continua, se levanta furiosa y va en busca de su novio, supone que  estará esperándola en el parqueadero a la salida del parque. Llega al lugar y ya no están ni él ni su carro, pero  oye que un motor se enciende, se molesta más, —¿cómo puede ser capaz de hacerme esto? —piensa.

Adela corre, tiene la respiración entrecortada, violenta; el parque está vacío, siente pánico. A lo lejos divisa a un  corpulento hombre, era extraño, vestido de rojo total,  está enmascarado y  sube a una bicicleta roja también, pedalea con fuerza, se dirige  hacia donde está ella. Adela quiere huir pero no puede, llama a Martín,  su voz no le sale, en ese momento, el extraño individuo estando muy cerca  se empieza a elevar e  inflarse hasta quedar del tamaño de un descomunal globo, intempestivamente se  revienta y sobre ella  cae un líquido rojo y viscoso que le cubre todo el cuerpo,  ese  lugar se transforma en  un pantano sanguíneo, burbujeante, Adela se ahoga, antes de hundirse, en su desesperación alcanza a gritar…

—¡Martín, Martín!, ¿dónde estáaaaaaas?

En el cielo aparecen los rostros de Osiris y Santiago, cantan con la melodía de “choir of angels”…

—Recuerda los detaaaaaaaaalles Adela, las gamas del rojooooooo… rojoooooooo…

Sigue sonando “choir of angels”, es día sábado. ¡Qué insólito es todo!,  Adela se despierta y se  da cuenta de que  cayó  en un sueño profundo. Sintió escalofrío y algo extraño entre sus piernas, levanta las cobijas y ve como sus sábanas están manchadas de sangre,  le llegó el período.

—Uf…. siempre me olvido, ya me tocaba, ¡por Dios!, ¡qué descuido!

Otra vez dejó de lado  sus fechas de la menstruación. Hace dos meses fue donde una ginecóloga con su madre, le habló de la importancia de estar pendiente de esos días y tomar en cuenta los signos, hasta le dio unos calendarios para que aprenda a calcular su ciclo. A pesar de  que siente fuertes  dolores en el cuerpo está de mejor ánimo, enseguida toma el celular,  iba a escribir un mensaje pero prefirió llamar a Martín.

—¿Martín?, hola mi vida, ¿cómo estás?

—¡Adela!, por fin,  ¿que pasó contigo?,  ayer no hablamos.

Adela le explica que tuvo demasiado trabajo, y ahora se siente mal, le dijo que no iría a montar bicicleta, está indispuesta.

—Te quiero mucho mi vida —le dijo.

—Yo también—le respondió él y se despidió.

Adela mientras va al baño piensa que ayer trató mal a sus padres y a sus hermanos ni los miró, se merecen una disculpa, hablará con su madre primero.  Le apetece comer algo muy ligero y tal como le había dicho la ginecóloga, tomará las tabletas para el cólico. El mes pasado le sucedió lo mismo y su madre le dijo que tenga en el baño los comprimidos, Adela  no le  hizo caso,  así que ella se los guardó en su botiquín, le pedirá luego.

 Cuando cerró el teléfono, Martín se quedó más tranquilo, ayer llegó a pensar  que esa actitud de Adela  significaría que  ella tal vez no quería  seguir con él, pero no fue así, estaba contento, además, él sabe lo que significa cuando las mujeres dicen que están indispuestas,  no en vano tiene tres hermanas, conoce lo especiales que se ponen en “esos días”, inclusive su madre.  Sube  a su  carro, ya cargó la bicicleta, él sí iría a montar en el parque, le fascina hacer deporte  muy temprano los días sábados, piensa en su novia, realmente se siente enamorado.

Adela vuelve a  la cama y mira el portarretrato  con la  fotografía  en la que está  abrazada junto a Martín. Han pasado alrededor de unos veinte minutos desde que habló con su novio, suspira,  cierra los ojos, se imagina a  él ya en el Parque Nacional Federal, sonríe, está feliz.

Martín está subido en su  bicicleta,  y lo hace a toda velocidad inusual,  está desesperado,  con angustia, presa del  pánico; detrás suyo le persiguen amenazantes cinco corpulentos hombres vestidos de rojo, montados en bicicletas de igual color. El parque está vacío, hay neblina, mientras pedalea con una fuerza salvaje, su corazón late con ímpetu y grita desesperado, nadie, nadie  le escucha…


—… Adelaaaaaa… Aldelaaaaa… Adelaaaaa.