viernes, 21 de septiembre de 2012

Deseo escondido



Susana Arcilla



Mientras el país y la provincia se debaten en confrontaciones políticas aparentemente irreconciliables, una vez por mes se reúnen cuatro amigas para pasar el día juntas. Son todas de la misma profesión: licenciadas en Historia. Generalmente pasean, comen, se ríen, charlan mucho y se ponen al día con las últimas novedades de sus vidas. Todas de mediana edad y bordeando la etapa de la jubilación, están meditando cómo sigue la vida para ellas.

El restaurante frente al mar, que las convoca cada vez, está decorado en el mejor estilo minimalista: con colores neutros, predomina el vidrio y el metal sobre la piedra rústica. Cuatro mujeres, cuatro menúes, cada una con sus precauciones para comer; todas vestidas a la moda sport, un estilo muy apropiado para la hora del mediodía de una jornada de primavera. Suena una música muy tranquila de fondo –al estilo Enia- y la brisa marina entra por los ventanales del salón comedor perfumando el ambiente. El mozo de acerca diligente a la mesa todo el tiempo.

- ¿No te molesta estar jubilada?- me pregunta Isabelita con cara de interés y preocupación, a la vez que desdobla la servilleta con sus manos cuidadas sobre el suave mantel.

- ¡No, para nada! Disfruto del no tener horarios ni obligaciones- le respondo segura, mientras  tomo el agua mineral helada y muestro mi más amplia sonrisa.

- Pero, viste, esa idea que tenemos de que la jubilación es la vejez misma, la inactividad y el fin de la vida – argumenta Rosalía, dispuesta a llevarse a su boca una riquísima pasta rellena italiana.

 Creo que es hora de ir derribando conceptos viejos; quizá en la época de nuestros padres o abuelos esa idea hubiera sido cierta – contesto de la manera más suave posible.

– Yo siento que es la primera vez que puedo hacer algo que quiero sin que medie el tiempo ni el dinero, y eso es muy importante para una persona, me parece – insisto en no parecer una maestra ciruela, pero no estoy muy convencida de que lo logre al advertir las caras de mis amigas.

- ¿Vamos al cine?- propone Mariana, con la intención de dejar que el tiempo resuelva todas los interrogantes que nos impugnaban.

- ¡Dale!- gritan de común acuerdo. Son sabias mujeres que confían en el devenir y sus cambios permanentes.

Ya de vuelta, en casa,  cavilo sobre mi nuevo estado mientras riego plácidamente las plantas del jardín: la verdad es que después  de pertenecer  treinta años a un sistema tan pautado como es la docencia, la jubilación aparece como un estado paradisíaco. De sólo pensar que cada cuarenta minutos sonaba un timbre, cada ochenta íbamos a un recreo, en cada cambio de aula había un cambio de tema y de alumnos, cada cuatro meses teníamos que presentar un informe – las famosas notas- , que disfrutábamos sólo vacaciones en julio y en enero -con decirles que nunca había viajado en otros meses que no fueran esos-, considero que fui formateada y que ahora debo nacer a una nueva vida, me debo parir a mí misma una vez más. La humedad de las plantas se trasmite a mi cuerpo, ya cae la tarde, hora de entrar a la casa.

Cómo encontrar el propio deseo después de haber pasado por semejante aplanadora, esa tarea me llevó tiempo y concentración: qué quiero hacer, de verdad qué quiero…qué me gusta hacer, para qué soy buena… muchas preguntas durante muchos días develaron lentamente el gran misterio tapado allá atrás y hace tiempo. Corriendo un pesado telón fue apareciendo de a poco y a través de signos inesperados.

A los cinco años fui al preescolar, me contaron que era una innovación pedagógica en ese momento y mis padres decidieron que lo hiciera a pesar de que la única escuela que lo ofrecía quedaba lejos de casa. De los seis a los doce fui a la escuela primaria, recuerdo la emoción de comprar los útiles y el guardapolvo en  marzo de cada año. Salir a buscar los libros que me pedían los profesores del secundario, a las ferias de usados y a las librerías, fue una de las experiencias más interesantes que compartí con mi padre al inicio de cada ciclo lectivo, entre  los trece y los dieciocho años. De los diecinueve a los veintitrés años fui a la universidad. Me emociona con orgullo todavía aquella imagen de la colación de grados y la entrega del diploma; ambos  me ponían en el camino laboral. ¡Cuántas ilusiones! ¡El primer sueldo y todas las posibilidades! Ese mismo año volvía la democracia al país, después de una larga y oscura noche de gobiernos militares. Parecía que todo era posible y para bien.

Entré a la carrera docente a los meses de recibirme y hoy estoy jubilada después de treinta años en el sistema educativo. Soy consciente de que debo buscar mi deseo en una etapa anterior o paralela quizá. Durante todos esos años fui acuñando aspiraciones postergadas – algún día quiero hacer cerámica o  tal vez me gustaría aprender a nadar - que nunca  concreté por la falta de tiempo real y mental… En cada curso que tenía a cargo había un tema distinto que preparar cada día, además de corregir las evaluaciones de cursos superpoblados y llevar la burocracia del sistema a cuestas. Recuerdo una noche, en la que soñé con los cinco temas que estaba preparando en esa semana, todos mezclados; cuando desperté comprendí que ni dormida podía desconectarme completamente de la tarea docente.

Igualmente creo que, a fin de ser completamente honesta, la docencia es una profesión que te deja muchas gratificaciones en el alma; a menudo me encuentro en la calle con ex alumnos y su saludo y su sonrisa me dicen mucho del tiempo compartido con ellos. Pero esta etapa ya pasó; sólo quedan: ¡Hola profe! ¿Cómo anda? ¿Se acuerda de mí? Y muchos gratos recuerdos, fotografías mentales que siempre me acompañarán.

Cuando uno se jubila corre el riesgo de convertirse en satélite de los más próximos y de nuevo desdibujarse generando nuevas obligaciones, aunque ya más flexibles, pequeños itinerarios que uno se traza para sentir que se puede llenar el día. No hacer nada, tampoco llenaba mis expectativas de vida, aunque siempre había fantaseado con la idea de dejar que los días fluyan y vivir lo que deparara la jornada como algo insólito. Probé ese estado y me sentí inconclusa e insatisfecha.

-¿A vos no te parece que estamos forjadas por el capitalismo? ¿Cómo es eso de que para sentirnos bien tenemos que hacer “algo”? Y  que esa actividad se traduzca en un objeto que se materialice… es muy loco pensar que ya no podemos salir de este esquema mental- comenta Mariana reflejando su ser íntimo, que pugnaba por el disfrute de los momentos  únicos de la vida.

-¿Para “ser” hay que “hacer”? - reforzaba la idea Rosalía, que se caracterizaba por una predisposición a la reflexión analítica.   Esta vez nos habíamos encontrado en la casa de una de ellas a fin de festejar un cumpleaños, después de tocar otros temas un poco más frívolos – moda y viajes - caían en el tema que las preocupaba una y otra vez.

–Vivimos en Occidente, somos hijos de la acción – argumentaba Isabelita, devorando un pedazo de una exquisita torta de chocolate, a la vez que mostraba su incisiva mirada sociológica.

-¿Vos decís que en el Oriente es distinto? ¿Están más formados para la reflexión y la inactividad? – le contestaba Mariana abrazada al almohadón de plumas, que combinaba perfecto con el gran sillón donde se encontraba recostada. Los tonos marrones, naranjas y verdes predominaban en su casa, eran sus favoritos.

Al final del día me encontraba vacía, sabiendo que había hecho muchas cosas para mi entorno pero nada para mí, nada que alimentara mi ser interior, mi verdadera esencia. Fantaseé bastante con la idea de diversos tipos de actividades pero, por alguna razón, nunca concretaba las ideas, veía obstáculos y tenía prejuicios, encontraba trabas que probablemente no existían. Me quería encontrar a mí misma en realidad y no podía: ¿Haciendo “qué” me sentiría “yo”? Fueron días de recorrer la ciudad en auto, llamar por teléfono, hacer visitas desacostumbradas, todo en busca de signos que me llevaran a algún camino, a alguna evidencia…

- ¿Vamos a caminar?- sugirió Mariana al grupo de amigas, con ánimo de tomar sol y algo de color para el verano que se acercaba. De las cuatro era la más adicta a Febo.

 Esa sensación de no tener horarios, al caminar pausadamente alrededor de la laguna o frente al mar, observando la naturaleza en  su mayor plenitud; mirando cómo pega el sol sobre el agua, el cielo luminoso, las plantas florecientes…Todo esto es algo nuevo en mi vida, como un terreno no transitado nunca… pareciera como si estos  momentos guardaran algo más que un secreto, se percibe como un gran poder sobre el tiempo, nunca usado antes y ahora puesto a mi disposición. La libertad total es disponer del tiempo.

-¿Te acordás que la profesora de Lengua te decía que escribías bien? Recuerdo que una vez comentó que te ponía nueve sólo porque habías usado un ¡Qué diablos! en la redacción - me dice Rosalía. Ella había sido mi compañera de secundario. Nos largamos a reír a carcajadas de la profesora y sus prejuicios. No recordaba para nada esa situación y ese comentario: habían quedado tapados bajo el pesado manto del tiempo. Y ahora ella me lo venía a recordar,  justo ahora. La caminata se hacía larga y volvimos a casa a matear un rato.

-¿Sabés que estoy participando en un Taller de Escritura?- me dice mi amigo Isidro, en oportunidad de visitar mi casa – ¿No te querés prender? Te paso los datos y fijáte.
Su sonrisa amplia y bonachona me dio confianza. Y así fueron apareciendo gradualmente los signos impensados: una conversación, una invitación… Fueron meses de rastrear dentro de mí hasta encontrar el deseo perdido,  meditando profundamente y tratando de visualizarme en una nueva actividad…

Suena Joaquín Sabina de fondo preguntándose por qué tardó diecinueve días y quinientas noches para olvidarla. Estoy  en mi escritorio junto a la computadora; como escenario me acompañan todos mis libros, la vista al jardín y el infaltable mate amargo. Soy feliz…escribo y escribo sin parar, siento el proceso creativo que crece y crece cada día dentro de mí con una fuerza inusitada.  Espero las clases y las devoluciones de los trabajos  del Taller de Escritura con curiosidad y ansiedad, se me ocurren temas por doquier, estoy contenta. Encontré mi deseo escondido y lo estoy disfrutando. Existe otra vida después del trabajo y es muy buena.

La odisea de Laura

Aldo Francisco Frater



Luego de un reparador baño y mientras se vestía, Laura recordó las palabras de Héctor. “Si no vienes a despedirme es que no me quieres, entonces ya no volveré”.

Debía llegar a Flores antes de las quince horas o no lo vería más, así que salió con tiempo, caminó con tranquilidad las tres cuadras que la separaban del subterráneo.

Había mucha gente. Se preocupó un poco pero la tranquilizó saber que aún era temprano. Esperó unos momentos y fue cuando su corazón comenzó a latir con inquietud al escuchar por los parlantes que la línea se encontraba suspendida.

El andén se llenaba cada vez más, se sintió molesta y  se puso nerviosa, decidió salir y tomar un colectivo, le costó bastante alcanzar la superficie ya que la gente agolpada ni se movía.

Al llegar a la calle vio que un señor con valija y una mujer con un niño en brazos se peleaban por subir al único taxi vacío que había, no se preocupó pues no tenía dinero para tomar un taxímetro, pero igual se preguntaba qué estaba ocurriendo.

Miró el reloj y al ver que ya eran las catorce se apuró a llegar a la parada del colectivo. Al acercarse vio gran cantidad de gente agolpada hablando casi a los gritos.

-¿Qué diablos pasa hoy? –se preguntó asustada.
                                                                                                               
Trató de escuchar lo que decían, pero no entendía bien.

-¿Qué sucede? –le preguntó a una señora mayor.

-Parece que atentaron contra el presidente y se decretó un paro general –le informó emocionada la mujer.

 -¡No puede ser! ¿Justo hoy? –se dijo a sí misma en voz alta.

Un frío le corrió por la espalda, estaba aturdida, confundida, lo que pasaba parecía grave pero más grave sería si ella no llegaba a tiempo.

Decidió empezar a caminar, mientras pensaba “Si me apuro, en una hora llego caminando”.

Al pasar las cuadras comenzó a sentir cansancio, calor, miedo, la gente corría sin sentido, era todo un caos, pero ella seguía caminando con el objetivo puesto en Flores a las quince.

Eran las catorce y cincuenta cuando llegó, su corazón latía con tanta fuerza que parecía que se saldría de su lugar, con sus últimas fuerzas tocó el timbre, esperó un momento y nerviosa, volvió a tocar, a los pocos minutos salió un hombre de unos cincuenta años, quien al verla le dijo – ¡Hola, que alegría verte!, aunque no te esperaba hoy.

Ella muy confundida le dijo –pero... ¿no viajas ahora?

-No, el viaje estaba programado para mañana, pero con este lío del presidente, no sé si saldrán los aviones.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Vienen por ti

Raúl Mendoza Cánepa


Bebo hasta la última gota mientras reviso las facciones de los transeúntes. La cafetería adquiere un matiz verde amarillento a esa hora. Observo mi vaso vacío y el reloj de pared que me anuncia las siete. Arciniega advirtió que llegaría un poco tarde. Al llegar enciende un Premier y echa una bocanada de humo. Fuma como un tren, tiene los dientes entreverados y habla atropelladamente.

-       La historia que escuchará en adelante, señor Guzmán, no se la creerá nadie –Me advierte, mientras se recuesta en la silla.

-       Mi oficio es tomar notas, grabar y transcribir. Apenas eso –replico– pero pudo usted elegir a otro periodista, hay muchos en el oficio.

Arciniega continúa hablando. Juguetea con los restos de su cigarro y mira al vacío. Se desanuda la corbata y tras una pausa de silencio prosigue con su historia.

Tiene la mirada nerviosa, finalmente la deja reposar sobre las botellas de los anaqueles. Suda copiosamente, se bebe hasta la última gota del pisco y farfulla durante unos minutos. Tiene el gesto azorado y el semblante rugoso, marcado por las huellas de un antiguo acné y algunas protuberancias debajo de los párpados. Se recuesta en la mesa, alargando el cuello para oírme.

-       Así es, Arciniega, así es. Pero preferiría no escuchar su historia ¿Por qué me eligió a mí?
Trazo algunas frases a escondidas en mi cuaderno de apuntes, mientras el sujeto se apertrecha en su silla. “Arciniega se acomoda, es ancho y pálido, bastante serio, frunce el ceño y gesticula en exceso. Al principio fue muy huidizo, luego ganó confianza. Me mira fijo. Es de buen hablar, un lector de gacetillas y periódicos desde aquellos viejos años en que quiso ser periodista de Policiales de La Crónica”.

Yo, desde luego, no elegí este oficio, tengo la sangre recalentada por el odio, tengo escaso el temor, pero no elegí este oficio. ‘Ojos’ me dijeron desde aquella vez en Supe, el puerto a escondidas de las sombras, fue él, el viejo Agustín Arciniega, mi padre, el sacamuelas que abusó del güisqui, sí, que plomeó a la mama Andrea, a las tres, fue a las tres y desde entonces el odio inmortal que me crepita como una voz, sin ese odio sin la mama boqueando yo el asesino de las barracas, del Jirón Gamarra, de la Huerta, del Banco Continental, conocería la piedad. En la explanada terregosa, la mujer tendida, inmóvil con ese bostezo inerte y que hoy se cierne en mi garganta, es como una hinchazón entre mis cuerdas vocales. Un médico de la provincia me diagnosticó “pérdida progresiva de la voz como producto de un trauma”. Fue cuando el murmullo de las aguas se arremolinó en torno a ella, la mama, la fabulosa recitadora de Vallejo del popular “Monasterio”. Tres de la tarde y el pistoletazo en el llano, operó como operan los truenos, así de abrupto, así de mortal. Fue desde entonces que un malhumor endemoniado me sujeta y me induce a matar porque la muerte es banal y es banal mi odio. Si me interroga la policía diré apenas que todo tiene origen en ese episodio nimio, el de un par de segundos, el de la muerte de Andrea. El periodista que me observa, curioso bicho que recorre cada tramo de mi piel como de mi existencia, me observa sin comprender, sin medir mi cólera que sin razón aparente hoy se dirige hacia él, sin reparar en cuánto puede desbordar ella hasta tocarlo. Infeliz, tiene la corbata tan bien anudada que una mujer lo aguarda y ese plumón alineado en el dorso de una mano, tiene hijos, masca gomas, gusta del mentol. Parece haber sido zambullido en una bañera, el pelo a la gomina, la sonrisa mineral. Tiene la mirada helada del viejo, las comisuras en arco como mi padre…

El criminal me observa intranquilo como si se le retorciera el estómago, como si le recordará a alguien. Continúo con mis notas. Arciniega es un criminal pagado, un oficio novedoso e inusual en esta Lima que empieza a parecerse a la Bogotá de las motos raudas y los pistoletazos. Pero Arciniega está lejos de ser una pieza en el fabuloso enjambre de la fauna lumpen de esta ciudad de mierda, de esta ciudad de mierda de la que abomino más cuando relumbra desde el rostro oscuro de aquel hombre que nos mira como observando nuestros gestos desde la otra mesa. Mi ejecutor es diferente a todos los demás, sutilmente pretencioso y dado a la lectura, seguidor de Fantomas, el criminal enmascarado. Mira fijamente el bailoteo de mis dedos sobre la mesa.

Me citó para revelarme algunas cosas del crimen de la casa de los Botsi en el Olivar. Este hecho dio la vuelta al mundo, sacudió los cimientos de la high society limeña. Qué era lo que ese sujeto de rostro apretujado me podía contar que las páginas policiales no hubieran detallado. Pronto me narra la historia: “La sala no lucía tan iluminada como de costumbre. Martín Botsi se acomodó en el sofá. Escondido en el último apartamento del pasadizo creyó que viviría para siempre. Asomé por la calle con mucha cautela, asegurándome que no hubiera nadie cerca. Botsi no reparó, al fisgonear por la ventana, en la presencia de aquel sujeto extraño, fofo, al lado del farol de la esquina”.

En un recodo de la entrevista escribo en una hoja, al final de mi cuaderno: “Martín Arciniega bebe apuradamente del pisco, suelta bruscamente el vaso y se relame”.

Un silencio sepulcral rondó la sala de los Botsi - dice Arciniega. Apunto y me cercioro de que la grabadora cumpla adecuadamente su papel. Continuo copiando los detalles al margen mientras retrocedo y avanzo consecutivamente la cinta. El hombre mira de reojo el reloj y luego se sirve un trago. “La cosa es que no era un santo, era el señor Botsi un demonio. Se había llevado a mi Juana desde el altar, a rastras. Por eso lo maté. Es verdad que se conocían desde el San Juan Bautista y que estuvieron a punto de casarse, pero a ella le resultaba repulsiva la forma de hablar de aquel señor, tan cargado de interjecciones y de chirridos. Decía que Ricardo Palma era un volante de la selección nacional. Se dedicó pronto al mayoreo de partes, bujías, baterías, cuerina para interiores, le fue bien, pero a la Juana poco le importaba el ascenso social. Lo amaba y a regañadientes lo amaba y se quedaba quieta observando las líneas de su perfil romo”.

Fingí no oírlo, traté de que advirtiera de mi distracción, pero fue inútil. El temible asesino estaba allí frente a mí, convirtiéndome en el receptáculo de una información que debía permanecer oculta a cualquier costo. Es una ley del hampa y del sentido común, “sin testigos”. Alguna circunstancia lo condujo a mí, tenía que narrarme cómo murió Botsi, el gran Botsi, el gerente de la Pacific Motors Automotriz. Pero yo no estaba dispuesto a cargar con ese peso descomunal. Además, un testigo es siempre una carga por liquidar. Como estrategia de rigor debía asegurarme de citarlo al lugar las veces que fueran necesarias para largar el tiempo y expandir el lapso de mi existencia. Sherezada, “Las mil y una noches” asomaba como un ardid perfecto para postergar mi propia ejecución. “No me termine de contar, aquí quedamos por hoy, mañana proseguimos la siguiente escena. Perfilaré esta noche un nuevo interrogatorio, pero vayamos de a pocos, señor Arciniega”…

Unas horas más tarde transcribo la narración en borrador, trazo las líneas de la historia en un cuaderno aparte. El chorro de agua sobre el lavadero de la cocina me distrae, el cruento rugido de las voces al unísono me irrita, pero debo continuar la marcha: “Botsi parecía presentir algo extraño. Sorbe de su puro sin inmutarse. Arciniega se desliza como una saeta, rompe el viento, pronto a matar. Debe liquidarlo sin la interposición de ninguna piedad. Es sólo cuestión de tiempo, atravesar el pasadizo, la quinta puerta, junto a la escalera.”

El pescuezo entumecido, los ojos anegados como una mujer. Es tarde para volver. Arciniega empuña el arma, parece tener una cólera casi descomunal y absolutamente justificada. El ejecutor arquea una ceja y acelera el paso. Ojos negrísimos, el resto cubierto por una capucha de lana. Botsi siente un sudor frío, una corriente de aire que lo descuartiza con sus filamentos helados... no puede respirar... debe ser la impaciencia y el miedo.  Chocolate espeso en la mesa pascual la paz y tan lejos ahora la venganza de ese criminal y la novia que henchidos en un beso luego me robé a rastras y zancadas y casi de la Iglesia me la robé casi entre cánticos corales y la furia imbatible de aquel de aquel que bramó en medio de la plaza requiriendo ayuda y que hoy viene por mí, sí mi Juana redentora y ahora viene por mí. El criminal me sobrepasa. Algo se quiebra como leño seco, son sus pasos muy cerquita. No hay retorno. Chocolate espeso y rodajas de manzana eso es lo que recuerdo con absoluta precisión cuando Juana se lo dijo al gringo Arciniega al teléfono y mi identidad como mi paradero quedó en su oído de criminal diestro ahora dispuesto a matar y sobre la verja lo vi varias tardes con su camisa parda entre líneas y el sudor helado en mi frente noche a noche entre colchas agazapado y empapado de una traspiración que aún no cesa aterrado terror terris terrorífico doble erre sin tregua que me sacude en altas horas de la noche y sin tregua tremebundo malestar de enero a junio y él vendrá y desde entonces el intestino afloja a la vista del chocolate espeso gelatina mis manos húmedas igual si Juana ya no está con nosotros en el globo terráqueo me asalta la doble erre el asesino vendrá a cobrar con una Colt y la puntería afinada y como en los pronósticos menos reservados llegó hoy entre las sombras sólidas nubes oscuras me deshago Juana chocolate pascual y el terror que no cesa él ignoraba que te veía que a escondidas remendabas mis heridas pobladas cicatrices el adiós que fue a un tiempo y me amabas Juana en el fondo me amabas por más de páginas y kilómetros leídos era el mal él era el mal encarnado y viene por mí abriste mi capucha inca y mi identidad al revelado público vergüenza mortal la de aquel que viene por mí.

El interminable rencor de aquel hombre habría de ver la luz aquella noche. Un destello desde un letrero captura por un instante los perfiles. Botsi examina el resplandor de su arma y avanza despacio para anticiparlo, muy despacito, casi agazapado. Acezante asciende por las escalinatas hacia el piso inferior del edificio. ‘Matar o morir’, ya no hay diferencia. Sus manos tiemblan, hundidas dentro del sacón. Los ventarrones sacuden los ventanales. Está exhausto aun cuando apenas ha caminado algunos metros. Se detiene frente a la puerta, la abre con sigilo. Mi familia en la siguiente planta y yo presto a enfrentarme a ese sujeto hijo de Satanás, maldito porque lo sé de la Juana que prendió fuego a la casa de los Sevillano y que el Ministro Arguedas fue atravesado por una bala que salió de su fusil, malo, extremadamente malo y la casa ahora desguarnecida, mi Dios.

No pensar esto es todo lo que manda las instrucciones ni apiadarse que él, Botsi, es el burlador Botsi hijo de todas las maldiciones hasta la muerte de Juana, ignorante cecina de sesos que se la raptó y la llevó a París y ella tan niña tan bien inmensurablemente feliz, malparido que me arrastras al más trascendente de mis asesinatos, de los que no tienen paga ni itinerarios precisos y yo cobro yo cobro es el negocio de vanguardia pero es la furia la que me supera en este 25 de octubre y arrastra no pensar no pensar ni detener la marcha porque así habrás de morir sin derecho a más contemplaciones.

El criminal trata de no tropezar con los montículos de sombra que se agolpan  a su paso. Sus magníficos ojos relumbran en medio de la oscuridad densa del pasillo. Mientras, enfurecido, sube las escaleras lo más rápido que puede. Los espectros se arremolinan junto a Botsi, que hace guardia en el corredizo del segundo nivel. Un punzón invisible le perfora la garganta. Un fogonazo alumbra la planta, el estallido es como un martillo seco, sin eco, profundo y final.

A los pocos minutos que Botsi se desangraba en el primer piso, en la segunda planta Marianito Botsi, su padre, recibe un disparo en el cráneo. “Baluarte del arte moderno y la poesía, gran promotor de las galerías, muerte en Los Escuderos, ajuste de cuentas, dicen, y crimen a sangre fría. ¡Sucesos Sucesos!”. Un cuchillo con sus huellas, con esos dedos ovoides, malformados. “Enseguida, el asesino le propinó dos balazos a Lola Sifuentes, la empleada. Ignoraba que el único testigo lo observaba desde un armario”. Para Arciniega, su suerte no está echada. “Diario Ojo, a un sol, lea las noticias”. Nunca debe sobrevivir un testigo – dice, mientras se acicala el bigote.

“Mis ojos afilados se posaron sobre la puerta. Eso es lo que recuerdo”, señala Arciniega. "En un arrebato levanté el revólver y le asesté un tiro a la chapa de la puerta del hall que comunicaba con los cuartos. Todo estaba en orden. El mobiliario meticulosamente organizado, la cama tendida como si nadie se hubiese acostado allí esa noche. El ejecutor no repara en la sombra que atraviesa la sala. Leonel Botsi, el hermano, corre agazapado, vencido por el pánico y la debilidad. Se arrastra algunos metros. Frente al balcón no puede contener el mareo. Es su hora, la más lúgubre, pero no hay tiempo para pensar. De pronto, una madeja de luz cruza el pórtico. El último pliegue de una brasa sobre la chimenea, luego la oscuridad. La proximidad de la muerte es como la vieja catarata que precede a la ceguera. La bruma acechando los espejos. Leonel hubiera querido no sólo estar ciego y abrazar la noche, sino el silencio y la inconsciencia. Atravesar el umbral donde acaba todo lo existente. El terror más cruel. No percibir a su asesino merodeando tras de él. El sudor frío lo empapa. Aún más débil se desliza algunos metros hasta guarecerse en unos maceteros circulares. “Al ras del suelo las perspectivas son distintas y todos los seres peligrosos. Un ciempiés se detuvo frente a sus ojos”.

Los tacos presurosos sobre las losas remecen las ventanas, no eran policías, apenas unos niños escabulléndose. Si apenas asomara un hombre o un anciano, una mujer o un cartero. Cualquiera. No importa su fuerza o su debilidad sino su voz de alerta en medio de la calle. Puede oler los charcos podridos sobre unos platos cóncavos bajo su cabeza. Se desabotona, el calor es extenuante.

Es su fin. Boquear, exhalar una y otra vez densas humaredas; beber hasta perder la noción de las cosas. Revista Hoy: “Un sujeto desconocido asesina a una familia”. “Me rindo” dice Jacinto, el menor de los Botsi, jadeando, mientras observaba, temeroso, el cuerpo de su padre sobre el charco rojovivo. La bala le destroza una costilla, tose, la sangre le brota por las comisuras de los labios. Desde hacía varios años tenía los pulmones destrozados. Alberto Botsi, el primo Beto, salta sobre el ejecutor y le propina un par de golpes, luego tropieza y cae de bruces. Un golpe seco lo aturde. Una estatuilla de oro cae al suelo, el viejo Botsi la había robado en una feria de baratijas en Hamburgo. Cuando el joven recupera el sentido se desliza sigilosamente por el parquet y se incorpora nuevamente. El asesino lo amenaza con la pistola. Alberto se contiene, le tiemblan las piernas. Una sucesión de estallidos secos lo derriba.

Judith, la mujer de Martín, lo observa todo, agazapada. Es el vaho de su aliento sobre una botella vieja, un vaho, dos, sus dedos trazando letras sobre el vidrio. Todo ante sus ojos se hace trizas. Puede sentir el hormigueo en sus brazos, el recurrente vahído que precede a la muerte, el miedo absoluto. Recita muy bajito algunos versos de Keats. Entre sombras escucho; y si yo tantas veces/ casi me enamoré de la apacible Muerte/ y le di dulces nombres en versos pensativos,/ para que se llevara por los aires mi aliento tranquilo;/ más que nunca morir parece amable,/ extinguirse sin pena, a medianoche,/en tanto tú derramas toda el alma en ese arrobamiento.

“Tantas cosas se inician y dan a su fin al mismo tiempo, querido gran Botsi, odiabas a Keats, te parecía tan remoto, eras tan diferente de tu mujer. Ella llegó tras la muerte de la Juana, que te había ilustrado en Byron y Shelley y tú tan presto a retransmitir un conocimiento que te era ajeno, que era el mío en definitiva. El libro abierto en sus páginas centrales, una edición descuidada. No te gustaba la poesía inglesa, fingías en realidad”.

Los golpes llegan luego sobre Judith, es una incesante andanada de combas en el cráneo. Se rompen las costuras triza un vaso se desenhebra y el trueno Dios el trueno acecha en los oídos y es como mi primera vez porque recién reparo en los escombros de la casa reparo en esta trama mortal y en el infierno que el Padre Tomás trazó con un boceto negrilíneas y manchones grises esos seres mitológicos como los del gran Doré y esa necesidad imperiosa de narrarlo de expiar de evadir ese infierno Dante en medio de esta perdición sin retorno porque el crimen no tiene retorno en tanto la vida no tenga retorno y esa concatenación entre la te y la erre Juana me he arremangado la camisa para leerte de nuevo a Sor Juana Inés.

“Martín, adoro la quemazón de las malezas en los valles de Chosica, en aquel declive. Mientras canturreas adormilado te recitaré unos versos de Keats”. Así era la Juana, así la imagino adormilada por el perfume del gran Botsi en los cañaverales, pino viejo y humedad. Te trazo como las líneas de una gran ensoñación, imagino tus palabras malévolo señor: “Sí, mi amor”, decías, ávido siempre de sus percepciones, adorabas esas brasas arrobadoras desde el fondo de sus ojos pardos cuando poco a poquito (como ella creía) te tornaba en lo que, en definitiva no eras, un poeta que rutila en la intemperie azulada. Al decir verdad, no eras más que un ejecutivo vendedor de partes sin mayor encandilamiento literario. Te habían educado en el Juan Bautista y la Católica. Mientras mi padre en aquella jaula enmarrocado diminuto abismado y secuestrado caballero español emigrado para siempre y aquella larga fila de hombres cruzando un pasadizo me instruyó en los poetas románticos entonces me vine desde Supe me vine a matar a hacerme de algunos centavos y más para tener y para tener había que ser despiadado como el viejo y leer y leer pero me formé en aquella biblioteca pública de Pueblo Libre frente a un parque mientras Juana me trazaba las letras de una égloga porque bucólico soy y lo soy más aun frente a este espejo trizado que me fragmenta en cinco partes eso soy siempre cinco partes. Pero nunca fingí. Pero Juana vio más en Botsi, ignoro exactamente qué vio, Calibán, al final el odio cuaja, se hace mayor y la vida arrecia, me compré esta Taurus, calibre 40 SW. Semiautomática. La adquirí entre otras baratijas porque el pensamiento no es más rentable que la muerte que me concede el poder el poder real que somete todas las vidas a mi dominio. El decreto de muerte pesa más que el conocimiento.

Luego de rematar a Judith, el asesino da un salto, abre la puerta del estudio e irrumpe con violencia. Cuartea las lunas de una vitrina y destroza una colección de vasos. La puerta trona detrás de él. Se interna en el patio interior, casi puede sentir la respiración agitada de un niño. Lo toma del brazo arrastrándolo al interior y lo empuja sobre la alfombra, junto al cadáver de Gerald Botsi. Mami, un monstruo me devora el tigre de bengala viste de rayas rojas. Tengo miedo, mami. El niño se apretuja, “le disparé y ahí va otro angelito como decía la mama y no es el negocio sino el furor que me extravió y que es imperdonable y repaso entonces mama las lecciones del Infierno en el Santo Efraín y las rocallosas gélidas fétido el viento arrasador el azufre que encoge el pescuezo infinitésimo infinito la ene y la te anudadas sin fin in finis el umbral maligno donde no perdura la esperanza el genio del mal en una terrible hora inacabable inagotable inasible un cura un tonsurado bendito que me confiese porque el perdón no se agota un niño yerto más empequeñecido aun de cúbito dorsal setenta veces siete perdón galopante persistente ayes tres veces ayes y ayes por toda la sala que me mortifican setenta veces siete señor setenta veces siete…”

Arciniega era una fiera sedienta, lujuriosa. La calle estaba demasiado tranquila a esa hora. Sólo quedaba, al fondo de todo, el balcón con vista perpendicular a la plaza.  Un bocinazo golpeó el ventanal. Arciniega huyó. Un hombre lo vio saltar desde el segundo piso y perderse por una calle adyacente a la avenida. La policía había bloqueado la puerta. Un hombre que rengueaba y que caminaba cerca, dijo: “Sólo sé que era muy oscuro, llevaba lentes gruesos, que tenía los hombros anchos”.                           
                    
-       Requería decírselo, señor periodista –dice Arciniega– un hombre no puede permanecer impasible frente a sus culpas, debe liberar sus cargas inexorablemente para superar el infierno que lo aguarda ¿Cree en el juicio de Dios? Lo elegí a usted casi al azar. El padre Nieto está de vacaciones en Madrid.

-       Desde luego –repuse con una pizca de temor- Pero podemos continuar mañana y revisar las notas en la siguiente reunión y programar una serie de encuentros sucesivos hasta diciembre. Quizás le sea grato narrarme de los otros asesinatos que se le imputan.

-       No me han probado nada hasta ahora –respondió.

Las botellas arden, me crispa el paso del segundero que acompasa en aquel gran reloj de madera. Mi muerte como una expiación, yo el cordero que lo redime en un confesionario. Dante. Una cadena sucesiva de desgarramientos me derriba, una explanada infinita repleta de botellas, vasos y cubiertos se contienen en mis ojos, alfileres en la retina y humedades que me impiden ver, el aire se cuartea, se torna irrespirable, el humo oloroso de los cigarros entre esas nubes ralas, la mesa que aguarda todo mi peso. Empuño mi revolver en el despeñadero, sus ojos rojos, siniestros, me contengo antes de disparar.

El hombre rastrilla su arma escondida en un trapo. “Aquí concluye la historia. Sin testigos, es mi regla. Me deberá usted perdonar”, replica. Aquellos ojos apagados y el rostro lívido como el de un muerto, dos revólveres debajo de la mesa, apreté el gatillo con fuerza. El trueno fiero, el mantel salpicado. Resuenan las botellas y una marejada de voces me invade y me aprisiona. El minutero apura el paso. Mientras unos hombrecitos me sujetan con fuerza, otros llevan a Arciniega a rastras, lo envuelven en una cobija azul. Así ocurrieron las cosas, debo alargar el ayuno y ser más cuidadoso con la penitencia, que esto de la condenación eterna y algunos años en la penitenciaría, usted sabe,  asumo por alguna razón que Diosito papaíto lindo me ha de socorrer. 

martes, 11 de septiembre de 2012

Miércoles de ceniza


Aldo Francisco Frater


Era sábado por la noche y Gaspar, un hombre de cincuenta años, había ido al Corso de Avenida de Mayo. Al cabo de unas horas, cansado de esquivar a la gente que tarro de espuma en mano iba arruinándole la paciencia y la ropa a todo el mundo, decidió alejarse del lugar.

Caminó muchas cuadras pensando en lo que se había transformado el Carnaval, cuando de repente se tropezó con una mujer que con dulce voz le preguntó:

-¿Por qué tan triste amigo?

-Es que ha muerto el Carnaval, pero…  ¿Qué haces así disfrazada?

-Soy Colombina y te propongo disfrutar a pleno el carnaval.

Gaspar decidió llevarle el apunte, total, aburrido por aburrido, al menos la muchacha se veía bien. Ella comenzó a caminar con paso decidido hasta un pasaje. Él la seguía no del todo convencido, pero la noche ya estaba perdida de modo que continuó.

Habían hecho unos veinte metros por el pasaje cuando vio un patio muy iluminado y su sorpresa fue mayúscula. Hombres, mujeres y niños jugaban al carnaval. Los mayores con baldes que llenaban en una canilla del rincón del patio y los niños con unos pomos de goma que no veía desde su infancia.

Cuando uno de los niños le apuntó con su pomo anaranjado y lo salpicó, Gaspar se dio vuelta enojado:

–Mocoso de…

Pero una de las mujeres le interrumpió diciendo a viva voz:

– ¡En carnaval nadie se enoja!

Gaspar forzó una sonrisa y se alejó del lugar. La muchacha seguía caminando, a él le dio la impresión que ella ni se enteró del hecho.

Llegaron a un portón verde oscuro y lo invitó a entrar. Al atravesar la puerta Gaspar quedó totalmente sorprendido cuando vio que se trataba de un gran salón de baile.

Había mesas y sillas de madera dispuestas alrededor de una pista de baile repleta de disfrazados. Allí alcanzó a ver a Pierrot, Arlequín, Pantaleón, Pulchinela, varios diablos, algún mendigo, hadas, bailarinas y hasta un pirata. Cuando miró hacia el escenario se encontró con el mismísimo Rey Momo sentado en su trono. Todos reían y bailaban al compás de una alegre canción.

Colombina lo hizo sentar en una mesa que tenía un cartel de “Reservada”, llamó al mozo y pidió cerveza para ambos, agarró de la mano a Gaspar y lo llevó a bailar. Luego de un rato largo de baile él tenía tanta sed que tomó su vaso de cerveza sin respirar, sin importarle que estuviera caliente.

Así fue pasando la noche entre baile, tragos, baile y más tragos. Todo era fantástico, nunca se había divertido tanto. Bailar con esa muchacha lo alegraba. Mirar esos profundos ojos color avellana lo cautivaban. Escuchar las hermosas historias que Colombina le contaba lo hacían soñar. Hasta que, por el cansancio y la cerveza de más, se fue quedando dormido en la mesa mientras escuchaba a lo lejos los acordes de una canción que decía: “por cuatro días locos que vamos a vivir…”

Un sacudón lo despertó. Su boca estaba pastosa, le dolían los ojos y apenas podía mantenerlos abiertos, no entendía lo que veía, por eso se  los restregó y trató de mirar nuevamente. Fue grande su sorpresa al verse en un bar oscuro con unas pocas mesas donde un mozo vestido de azul le dijo:

-¡Qué manera de beber amigo!

Miró para todos lados buscando la fiesta, a Colombina, pero nadie más que él y el mozo se encontraba en ese lugar.

Quiso preguntar por la fiesta, por Colombina, pero no lo hizo, se levantó lentamente para que el dolor de cabeza no le molestara tanto y caminó hacia la salida, al salir reconoció el pasaje, cuando pasó por aquel patio antes iluminado solo vio yuyos y escombros que describían años de abandono.

Aún confundido le preguntó que día era a un ciclista que pasaba por el lugar, este amablemente le dijo:

- ¡Miércoles hombre!

No entendía nada, los recuerdos le explotaban en su mente,  ¿Qué había sucedido?, su último recuerdo era del sábado, estaba seguro que no lo había soñado, pero… Caminó hasta su casa y se dispuso a darse una ducha para terminar de despertar, al sacarse la ropa vio caer un papel de su bolsillo, cansado y dolorido lo iba a dejar en el suelo. Algo le dijo que debía leerlo y lo levantó, era un papel color sepia minuciosamente doblado, lo abrió y comenzó a leerlo, una sonrisa se le dibujó en la cara al ver una letra muy prolija que decía “Nos vemos el año próximo – Colombina”. 

La vida


Susana Arcilla


Tirados sobre la arena,
con los brazos abiertos y mirando el cielo,
mi padre exclamaba ¡Esto es impagable! y sonreía.
 Un recuerdo imborrable de mi niñez.

En las ciudades patagónicas el viento te puede acariciar la piel del rostro y también tirarte para atrás en tu decisión de avanzar en la calle, vivimos en una de ellas desde hace dos generaciones. Dicen acá que ese viento te prepara lentamente para enfrentar todo lo que se viene con la vida; además de cubrir todo con esa capa fina y áspera que enseguida descubre el dedo inquisidor sobre los muebles.

Nuestra casa era de las típicas de clase media: dos dormitorios y un baño, cocina, comedor, un garaje que hacía las veces de quincho y una amplia despensa -resabio de la tradición  inmigrante de mis padres-. Tuve madre ama de casa –todavía puedo oler el aroma de la comida casera que ella hacía - y padre empleado público; ambos pudieron mandar a sus dos hijos a la universidad y también ahorrar lo suficiente como para darles una ayuda en el inicio de sus vidas adultas; buenos tiempos esos – que ya pasaron- en que los padres podían asegurar a sus hijos el ascenso social mediante el estudio y el ahorro.

Lo inesperado de esta historia fue que una maldita enfermedad tocó a las puertas de mi casa, con la más mala de las noticias: cáncer de páncreas, haciéndonos dar cuenta de que lo material es totalmente innecesario cuando no se tiene salud.  

-¡Ahora hay que ponerle el pecho a las balas y afrontar esto! – dijo mi madre; la familia tenía entrenamiento de trabajar en equipo porque ya lo habíamos hecho cuando le dio el infarto: todos a comer comida para cardíacos sin quejarse, nada de sal ni de frituras, nada de peleas ni gritos, ningún problema a la vista que molestara a papá.

- ¡Otra vez le tocó al viejo! - pero ahora no había un René Favaloro[1] que nos salvara.

Papá era un tipo sencillo, afectivo, siempre atento a mis requerimientos; en  el momento en el que se le diagnosticó la enfermedad estaba en la mejor etapa de su vida: ya jubilado y con todo el tiempo del mundo a su favor; abuelo primerizo, disfrutaba de esos días llevando al nieto único a pasear en colectivo con la excusa de hacer trámites, yendo a jugar a la glorieta de la plaza o tal vez a correr un rato en un picadito de fútbol en el baldío; todo eso  podía desaparecer por culpa de la nueva protagonista en su vida, la incómoda enfermedad.

El viejo sanatorio de la ciudad era el escenario del recuerdo de aquellos cuarenta y cincos días posteriores al infarto, en que siendo niña había estado al lado de la cama de mi padre, él estaba enchufado a varios aparatos que marcaban diferentes indicadores que yo no entendía. Recuerdo que -en esa oportunidad- leí por primera vez un libro entero, sentada en un sillón amplio de mimbre que me cobijaba con un mullido  almohadón a rayitas. Ahora, el médico me llama para hablar conmigo a solas en ese mismo lugar, al entrar  revivió en mí esa niña de escasos doce años que brincaba por los pasillos ante lo inevitable de aquel infarto inesperado. Tal como aquella vez el olor de desinfectante se mezclaba con el aroma de la sopa de verduras casera, menú obligado de los enfermos de todos los tiempos.

- Le quedan seis meses de vida a su padre, no hay nada que hacer, sólo esperar – dijo el médico de apellido Alegre; ese apellido parecía un chiste en ese momento.

- ¡Pero doctor hay  medicación alternativa para estos casos! - le dije tratando de neutralizar su tono de seguridad absoluta, que me molestó sobremanera. Le puse mi peor cara para ver si reaccionaba de otra manera.

- Puede ser, pero yo te hablo como médico, si fuera mi padre yo también le clavaría todos los días una inyección de agüita de colores - contestó. Me pareció detestable su manera de preparar a una hija para la muerte de su padre. Salí del edificio, y ya en la calle tomé conciencia de lo que se venía en nuestras vidas, ya nada sería igual, se había acabado una etapa de oro. Empecé a caminar de regreso a casa, ese día se inició mi romance con el cigarrillo.

- El padre es el hombre que más te quiere en toda tu vida- decía siempre una amiga. De pronto lo recordé de forma brutal y me largué a llorar, acelerando el paso.

El miedo pudo más –nos ganó la partida esa vez- y no probamos con la vía alternativa de las inyecciones de agüita de colores, el temor que nos producía decirle la verdad al viejo tan querido nos abatató, nunca hablamos con él de su dolencia, aunque el tema estaba latente en el aire todo el tiempo. Aceptó con resignación y entrega su nueva realidad, lo hizo en silencio; hoy puedo darme cuenta –mirando a la distancia-  que siempre  supo toda la verdad y se propuso hacer como si nada, para evitarnos un mal momento.  Era la época en que los médicos decían que si el paciente no pregunta no hay que decirle nada, hoy esa moda pasó y la verdad más cruda se ofrece sin anestesia a enfermos y parientes.

Fueron los únicos seis meses de mi vida en que viví el día a día como si el futuro no existiese, cada día era toda la posibilidad que tenía para estar con él; durante la noche sentía que al dormir él descansaba y  yo también, ambos no pensábamos. Vivir cada momento como único y desconectarme del mundo cuando duermo -dejándole todos los problemas a algún ser más elevado –fueron las lecciones aprendidas en esta etapa de mi vida que me ayudaron a sobrevivir.

Mi mamá lo cuidaba en casa día tras día, le hacía licuados de banana y miel, jugos de frutas y sopas de verduras y cereales, todo para infundirle fuerzas con alimentos que él pudiera digerir; charlaban de todo y todo el día, papá le contaba secretos  y cada día inauguraban una aletargada despedida.

- ¿Te conté sobre la primera vez que me enamoré? – le decía a mamá, y ella como sorprendida le contestaba – ¡No, contame!- la vieja cocina fue testigo mudo de tantas confesiones íntimas que sólo ellos conocen.

-¿Por qué no te vas a tu casa? ¿No dejaste ropa en la soga? Mirá que está lloviendo…eh? ¡Andá a hacer la cena para tu marido y tu hijo, yo estoy bien! – mi padre trataba por todos los medios de hacerme sentir como si fuera a vivir toda la eternidad, como si hubiera tiempo para todo, seguramente para no causarme dolor.

Los domingos lo sacábamos a pasear en coche, a comer a mi casa al mediodía y a que se distrajera durante la tarde dando vueltas por ahí; el último domingo fuimos a la playa y ya no quiso bajarse a ver la casa que tenemos ahí, eso fue muy sintomático porque esa propiedad era su debilidad debido a que la había heredado de sus padres; se lo veía muy cansado y lento pero siempre con un sonrisa consoladora para los demás.

- ¡Escuché recién en la radio que se viene una marejada grande, fijate bien porque es peligroso, cualquier cosa vení para acá si querés!- el lunes mi padre llamó por teléfono desde su casa a mi prima, que vive frente al mar en esa misma playa que habíamos visitado el día anterior; él  siempre estaba cuidando a alguien: hijos, sobrinos, hermanos, esposa o nieto. Esa característica de su personalidad la mantuvo hasta el fin de sus días, con eso… la enfermedad no pudo.

Era de mañana, a los seis meses exactos de mi charla con el médico, papá se desmayó sobre la mesa de la cocina, mientras se ponía las medias y los zapatos, sentado en la silla;  él afrontaba esa tarea todos los días con una fuerza increíble, vestirse le costaba mucho pero igualmente lo hacía llevado por su tenacidad y por la consoladora rutina diaria que le daba las esperanzas necesarias para creer que todo iba a ir bien.

 -¡Cuánto cuesta vivir, mami!- le decía a cada rato a mi madre.

Mamá me llamó por teléfono muy temprano esa mañana –yo todavía dormía- recuerdo que ese día tenía un compromiso ineludible por la tarde; me incorporé bruscamente en la cama y me vestí, salí corriendo para mi casa paterna, ya estaba la ambulancia estacionada sobre la vereda. Era un soleado día de diciembre, yo no podía creer que el desalmado médico pudiera tener tanta razón y exactitud. ¡Alegre se llamaba encima!

Quedó  en estado de  inconciencia, eso nos alivió mucho a todos; sentíamos que él ya no sufría y nosotros descansábamos también, de tanto llevar esa mochila pesada con un secreto no revelado a tiempo, que cada  día era más grande y evidente.

Estuvo tres días internado -en una cama del mismo sanatorio- con pérdida de conocimiento, sólo un ronquido espantoso en cada respiración nos recordaba su presencia en la vida, lo recuerdo patente con su pijama celeste y los ojos cerrados como si durmiera. Nos turnábamos para cuidarlo, acostados en la cama de al lado,  en esos días mamá y yo saldamos las deudas que teníamos con él a través de un monólogo sordo,  en ese rito ancestral de querer hacer las paces con los seres queridos antes de su último suspiro.

- Papá te agradezco todo lo que me diste, lamento las veces que te defraudé, descansa tranquilo que cumpliste tu misión, ya no sufrirás más y no tendrás que vernos sufrir – rezaba yo, como en una letanía.

Habíamos ido a almorzar con mi mamá –cerca del sanatorio-  quedó mi marido al cuidado de papá, era de rutina turnarnos para que el viejo siempre estuviera acompañado. Pasados unos escasos minutos mi esposo apareció  ante nosotras  en un estado de mutismo absoluto y extendiendo su mano como para tocarme desde lejos. Ahí comprendí que mi padre había fallecido mientras estaba con él -lo vi en su mirada- y entendí  ese gesto como una prueba de amor, al ver su cara atravesada por el dolor por haber sido testigo de un momento tan privado como la muerte de otra persona.

Nuestro hijo tenía seis años, había sido el gran mimado de su abuelo, tuve que enfrentar el momento de decirle la verdad de la manera más cariñosa posible;  estaba en su cama jugando y me acerqué suavemente - El abuelo se murió – le dije como pude e intenté abrazarlo.  Él se dio vuelta contra la pared y no me habló, se largó a llorar despacito con la carita tapada por sus manos y se arrolló en posición fetal, nunca pude saber qué sintió en ese momento.

La sala del velatorio era grande y luminosa, había rostros conocidos, muchas coronas de flores y un olorcito a café recién hecho; impensadamente se transformó en una experiencia muy relajada, tranquila, sin llantos ni escenas de dolor; habíamos hecho ya un duelo “eterno” de seis meses y con una instancia intensiva de tres días, ahora todo era camino de bajada, me acuerdo que me vestí de rojo y negro, no sé por qué…

- Me siento bien porque pude atenderlo y cuidarlo – decía mi madre a quien quería escucharla, estaban presentes muchas personas que habían compartido la vida con nosotros: amigos, parientes y conocidos; en una ciudad chica todos se conocen y se acompañan en los momentos más duros, charlan entre ellos y así se va construyendo la historia del lugar.

- Ahora no sufre – pensaba yo más tranquila porque ya no tendría que mirarlo a los ojos, con esa sentencia de muerte guardada en mis espaldas y tratando de disimular.

- No se dio cuenta de nada y murió sin sufrir –comentaba una anciana parienta cercana – porque siempre fue una buena persona.

Fue sabio mi viejo, nos preparó en vida para aceptar su propia muerte con naturalidad
-hasta en eso nos cuidó-  y la muerte, esa intrusa y atrevida… nos enseñó muchas cosas también.



[1] René Favaloro, famoso cardiólogo y cirujano argentino.