jueves, 26 de abril de 2012

Febo Asoma

Enrique Daniel Rohde



"Serás lo que debes ser o no serás nada ". J.de S. M.


Luego el susurro se hizo voz;
“Tranquilo, soy una especie de compañero que estará siempre contigo”.
“¿Disculpa… ¿Quién sos? ¿De dónde saliste? ¿Qué querés?”
“Soy quién soy, estoy donde estoy, no ocupo lugar, sé que es raro pero es así, fuiste tú quién se durmió debajo del pino y yo estaba allí”.
“¿Y que se supone que yo debo hacer con esto?”
“ Nada especial, simplemente hacer de cuenta que tienes una especie de ángel de la guarda”

I

El coronel recorrió el terreno sigilosamente. La arboleda que crecía a ambos lados de la planicie era frondosa y a esa hora del atardecer se poblaba de pájaros bulliciosos, tan bulliciosos que apagaban el retumbar de sus botas. A lo lejos el río se había vuelto metálico, igual  que el color del cobre con el que se hacen las monedas baratas, el espacio llano que se extendía desde el convento hasta el río le pareció militarmente perfecto, podría  aprovechar con eficacia los pocos recursos con los que contaba.

Tal como lo presumía, las seis naves enemigas estaban fondeadas exactamente allí, allí  frente a su propia nariz. Celebró para sus adentros haber tenido semejante olfato. Él y sus soldados se encontraban en el momento preciso y en el lugar correcto.  Pensó, que, probablemente el inminente combate ya estaba empezando a inclinarse en su favor. Siempre creyó que las batallas estaban decididas antes de comenzar y esta no tendría porqué ser la excepción.

 Extendió el catalejo, la actividad que se veía a bordo le proporcionó la certeza que el enemigo desembarcaría al día siguiente ni bien rompiese el alba, al menos así lo recomendaba la lógica de la época.

Sigilosamente se acercó a la barranca donde abruptamente terminaba la planicie.  Con precaución se agazapó para asomarse al río sin ser visto. Con satisfacción constató lo profundo y abrupto que era el acantilado. Sopesó la estrechez del sendero que tortuosamente subía desde la playa y tuvo la certeza que los godos sufrirían mucho para llegar donde él ahora estaba.

Regresó con paso cansino, por un momento dejó de lado sus preocupaciones militares y se dispuso a disfrutar de esa noche que estaba naciendo serena. Descubrió al lucero recostado sobre el horizonte y a la luna que  media desecha parecía querer hacerle compañía. Una vez más se maravilló con la creación y se le hizo cierto que esa noche era más apropiada para amar que para velar las armas. Pensó en Dios pero no quiso encomendarse a él, estaba convencido que no debía molestarlo por las cosas de la guerra.   

Al llegar al convento repuso su aire recio, ya sabía exactamente lo que debía hacer. Podía ver el combate danzando en su cabeza, lo que imaginaba era tan real que sentía como que ya estuviese ocurriendo, la niebla que comenzaba a levantarse tenía algo de humo de cañón.

Percibió que el ruido sordo que producía el alistamiento de las armas se mezclaba con ese olor fuerte que emana de los hombres antes del combate y se sintió en su oficio. Camino entre los soldados, se unió a varias ruedas de mate, fumó con ellos un tabaco pobre, pasó sus manos por encima de algunos hombros y por último hizo un aparte con sus oficiales de confianza.

Les explicó entonces el plan de combate, inicialmente no habría disparos, solo una vigorosa carga de caballería por los flancos aprovechando la sorpresa, el desgaste y el desorden que tendría el enemigo después de haber subido aquella barranca  cargado de pertrechos. La cosa parecía tan clara que casi no mediaron preguntas, serian dos columnas las que al galope tendido caerían sobre los realistas  y decidirían el combate.

Dejó luego que ellos mismos, la mayoría  veteranos,  terminasen los preparativos del ataque. Se alejó del grupo para recostarse debajo del pino que dominaba el patio del convento. Entrecerró  los ojos intentando dormir, estaba en paz, a esa altura ya tenía la certeza que al día siguiente escribiría el parte de la victoria.


II

El interior de la nave olía francamente mal y eso para ti era cada día más intolerable. Ya llevabas varios días navegando y se te hacia hora de tocar tierra firme de una vez. Además te habían informado que por allí  podrías hacerte de ganado sin mayor resistencia. En verdad para esa pampa desolada tus doscientos hombres con sus pertrechos eran más que suficientes. El grueso de tu ejército, inmóvil aguas abajo, necesitaba  víveres y era parte de tu misión facilitarles la vida.

Cuando mandaste a anclar, el crujir de las cadenas te hizo doler los dientes y maldecir la mierda que era estar sitiado, la suma de privaciones que te acarrea vivir de esa manera te arruina el carácter y te vuelve más belicoso de lo aconsejable. Los insultos se acumulan muy cerquita de la boca.

Entonces, mientras el atardecer volvía al río de cobre, te dedicaste a putear a los cretinos lugareños que los querían, a ustedes los realistas, sacárselos de encima. Extendiste el insulto a tu padre que te hizo militar en contra de tu voluntad y al propio rey que te había mandado a esos lugares infames.

Sentiste que esos atardeceres eran otra mierda y que solo servían para echar de menos a la familia. Recorriste con la mirada la cubierta de los navíos que conformaban tu expedición, observaste el ajetreo de tus hombres y tuviste compasión de ellos, la llevaban peor que tú.

Tu gente una vez más debía prepararse para la acción, aunque ésta fuera improbable igual te tomabas la cuestión en serio y les hacías sudar la gota gorda. Caminaste entre ellos hasta acodarte en la baranda de estribor, desde allí escudriñaste la orilla, evaluaste la altura de los acantilados, calculaste el tamaño del sendero que te llevaría a la planicie y suspiraste aliviado imaginando que no tendrías que combatir en esas condiciones.

Llamaste a tus segundos y les pediste que se alistaran a desembarcar con el amanecer, decidiste la secuencia de la maniobra y cumpliste con las instrucciones de rigor, si bien no esperabas desenvainar tu sable, de todas maneras era menester mantener el orden y lucir como lo que eran; el ejército del Rey.

Te retiraste a tu camarote y pretendiendo dormir te bebiste el ron que traías escondido, no quisiste rezar esa noche, estabas de malas con Dios.

Apoyaste tu cabeza en la almohada y te dijiste a ti mismo, "Mañana será otro día".
 Mientras tanto con la palma de tu mano y sin darte cuenta aplastaste al zancudo que en ese momento te estaba contagiando el paludismo, tampoco te habías percatado antes que desde la planicie por la que pretendías avanzar al día siguiente te estaban observando. 

Te dormiste pensando que debería haber otra manera de hacer las cosas, para ti  esta guerra no tenía sentido. Al final todo termina siendo como debe ser y por lo tanto no hacía falta sentirse sabio para saber que, más tarde o más temprano, los tuyos serían  derrotados.


III

Pocas horas después la mañana comenzó a subir por detrás del Paraná, el agua se volvió de oro y la abundante floresta de la ribera recuperó el violento verde de febrero.

El coronel subió al campanario, vio la flota enemiga y a sus soldados desembarcando. Los observó trepar las barrancas por aquellos senderos húmedos y mal hechos. Los vio esforzarse con los cañones, los vio cansarse. Dedujo que sus balas no podrían ser certeras.

Miró hacia al cielo sin nubes y pensó que era hora de arengar a sus huestes. Al momento de bajar descubrió un hornero afanándose en construir su nido, pensó que pronto huiría por el estruendo del combate. El coronel, esa mañana, había decidido interrumpir la apacible rutina de los días.

Sintió que sus soldados tenían un corazón de niño, el corazón de los obreros que construyen una patria. Se arrepintió enseguida de haber pensado una metáfora tan vulgar. Sintió amor y piedad por ellos, tuvo miedo de su esperanza. Tuvo miedo de haber soñado un país que quizás nunca llegaría a existir.

Fue de eso que les habló, de hacer suya esa tierra pródiga, de ser lo que uno debía ser. En esos momentos ya la batalla está  girando en su cabeza, ya alza su voz hasta volverla metálica, ya está listo para la guerra.

Divididos en  dos columnas y al galope tendido los soldados del coronel dejan el cobijo del convento y lanzan sus caballos sobre la planicie. Los cascos apenas rozan el suelo y los sables en ristre solo por un instante conservaran el brillo extraído del metal en la noche previa, lo apagará  la sangre que tienen por destino.

En solo quince minutos de locura febril el enemigo fue derrotado, no pudo evitar ser empujado otra vez hacia las barrancas del río que en la desesperación de la retirada fueron al mismo tiempo abismo y trinchera. A duras penas algunos de sus hombres lograron regresar al refugio de las naves, madres artilladas que protegían con fuego el regreso de sus vástagos agobiados. Otros quedaron en la planicie con esa mirada perdida que traen las derrotas o con la mirada apagada que inmutable impone la muerte.


Es ese  prado que se despliega entre las barrancas del río y el convento el que ve al coronel regresar sereno, sangre en el cuerpo y compasión en la mirada. Parece haber olvidado que esa mañana su vida estuvo corriendo hacia la muerte a la que solo un valiente de los suyos detuvo en el umbral. Sospecho que para él todo lo ocurrido no habrá sido más que gajes del oficio. Oficio que le llevó a escribir un escueto pero preciso parte de guerra:

   TENGO el honor de decir à V. E. que en el dia 3 de febrero  los granaderos de mi mando en su primer ensayo han agregado un nuevo triunfo à las armas de la patria.  Los enemigos en número de 250 hombres desembarcaron á las 5 y media de la mañana en el puerto de San Lorenzo, y se dirigieron sin oposicion al colegio de San Carlos conforme al plan que tenia meditado en dos divisiones de à 60 hombres cada una: los ataquè por derecha è izquierda, hicieron no obstante una esforzada resistencia sostenida por los fuegos de los buques, pero no capaz de contener el intrèpido arrojo con que los granaderos cargaron sobre ellos sable en mano: al punto se replegaron en fuga à las baxadas dexando en el campo de batalla 40 muertos, 14 prisioneros de ellos, 12 heridos sin incluir los que se desplomaron, y llevaron consigo, que por los regueros de sangre, que se ven en las barrancas considero mayor número.  Dos cañones, 40 fusiles, 4 bayonetas, y una bandera que pongo en manos de V. E. y la arrancó con la vida al abanderado el valiente oficial D. Hipolito Bouchard.  De nuestra parte se han perdido 26 hombres, 6 muertos, y los demas heridos, de este número son: el capitan D. Justo Berinudez, y el teniente D. Manuel Diaz Velez, que abanzandose con energía hasta el bordo de la barranca cayó este recomendable oficial en manos del enemigo. 

      El valor è intrepidèz que han manifestado la oficialidad y tropa d emi mando los hace acreedores à los respetos de la patria, y atenciones de V. E.; cuento entre estos al esforzado y benemerito parroco Dr. D. Julian Navarro, que se presentó con valor animando con su voz, y suministrando los auxîlios espirituales en el campo de batalla: igualemente lo han contraido los oficiales voluntarios D. Vicente Marmol, y D. Julian Corvera, que à la par de los mios permanecieron con denuedo en todos los peligros.

Dios guarde à V. E. muchos años.  San Lorenzo Febrero 3 de 1813.-Jose de San Martin. 

Dicen que el coronel escribió sentado a la sombra de aquel hermoso pino del patio del convento.  Lo hizo con el ánimo tranquilo y la mirada luminosa, tal vez intuyera que su gran historia comenzaba aquí. La mía, si bien insignificante, creo que también.


IV

Unos cien años después de aquel día y no lejos de allí, mi abuelo comenzó su vida de inmigrante. Lo hizo junto con muchos otros que se parecían a él en la pobreza y la esperanza.  Es difícil saber cómo se enteró que en el sur del mundo había una tierra buena y deshabitada, cómo fue que decidió dejar todo sin siquiera saber de qué manera serían allí los amaneceres, los ocasos, las estaciones  y hasta  la propia lluvia.

La cuestión es que el nono se subió a un buque y viajó incómodo por más de un mes en tercera clase. Compartió pan y penurias con otros hombres tan solitarios como él. Se dejó distraer por otros paisanos que entretenían sus días junto a sus familias, las que, enteritas se habían animado a la aventura.  Era difícil saber si los unía la esperanza de una vida mejor o la resignación ante la miseria, quizás ambas cosas.

En todo el viaje no pudo deshacer el nudo que tenía en el estómago, gastó los pañuelos que traía con las lágrimas que no pudo tragarse, al fin de cuentas era poco más que un adolescente.  Descubrió con pudor que los hombres también lloran cuando se hacen a la mar y saben que no deben mirar atrás. Para muchos de aquellos viajeros esa travesía era un salto irreversible, no llevaban  pasaje de regreso.

Le gustaba pasar horas fumando en la cubierta, dejaba que el desierto ondulante y líquido que lo rodeaba lo fuera cubriendo lentamente de sal, el nono entonces pensaba cuanta lluvia de la nueva tierra sería necesaria para lavar su piel.

Finalmente el barco atracó en un puerto extraño. Lo hizo el día que se celebraba la fiesta patria de un país lejano del que ni siquiera conocía la bandera.  Una vez me contó que, inesperadamente, al saber que había llegado se le iluminó la cara sin que pudiera explicárselo muy bien porqué, fue entonces que me dijo; “Giulio, era come se mi fosse stato toccato da un angelo, lo so che non capisco perché vi sono ancora bambino, ma un giorno si avrà la stessa, non vi è un angelo che mai viene a noi, quando si passa è che essa non sfugge a me, se si vuole, si sente troppo solo". Desde entonces, se me impregnó el recuerdo y siempre estuve atento a la llegada del ángel.

Sé que el nono se sorprendió con las luces que engalanaban las grúas de los muelles. Sé que se ni bien llegó percibió un provocador aroma a carne asada. El apetito lo llevó a descubrir a lo lejos fuego sobre la calle y mucha gente reunida. Le pareció que eran obreros portuarios que estaban de fiesta. Los vio que comían y bebían entre risotadas estridentes y se le ocurrió que eran algo salvajes, de todos modos lo cierto es que no se sintió intimidado.  Creo que se hubiese atrevido a acercarse a ellos para ver si le convidaban algo, sin embargo debió conformarse con lo que quedaba en el barco, solo le permitieron descender al otro día.

Cuando lo hizo, tenía en claro que ese instante empezaba una nueva etapa de su vida, quizás por eso al ser interrogado por el funcionario de inmigraciones le pareció atinado cambiar un par de letras a su apellido.

Intuía que empezaría siendo nadie y  ese nadie necesitaba de otro nombre. Si le iba bien, al regresar pondría las cosas en su lugar, volvería al pueblo tan Tricasse como salió, solo que decente y rico. Mientras tanto para esa nueva tierra comenzó a  llamarse Ricassi, lo encontró fonéticamente inmejorable; “Piacere, Io sono Giuseppe Ricasssi”. Intencionalmente  alargaba  las dos eses porque creía que denotaba mejor estirpe.

A la semana un tren lo llevaba pampa adentro, iba absorto mirando la tierra tan verde como vacía, buscaba sin éxito alguna montaña en el horizonte que le recordara su casa.  El paisano que tenía enfrente viajaba con la cara pegada al cristal de la ventana,  de vez en cuando giraba la cabeza, miraba al nono y le decía... “ Má che e questo paisano, tutto e vacuo”.El nono apenas le contestaba,  movía las manos de mala gana y emitía un insulso; “Espeta”.

V

El centro de la provincia de Santa Fé es un lugar pródigo. Cuando el nono llegó se dio cuenta que allí había mucho por hacer, tanto, como en casi todo el resto de la patria. Sin embargo aquella patria que había desvelado al glorioso coronel de San Lorenzo jamás podrá hacerlo con el nono. Lo tentará de mil formas pero ninguna lo ayudará a amarla.

En el pueblo en el que se acomodó y en parte ayudo a construir  crecían con cierta facilidad una variedad de cosas; cultivos, fortunas, amores, hijos y por cierto también rencores. Cosas propias de una tierra nueva que promete futuro mientras  garantiza envidias. Allí más mal que bien convivían, en cantidades más o menos iguales, tres tipos de personas; los que parecían estar allí desde siempre, los que habían llegado no hacía tanto y los hijos de ambos. No tenían en común más que las preocupaciones por lo cotidiano, en los demás cada uno hacia la suya.

Fue allí donde el nono se casó, lo hizo sin amor porque para él era necesario armar familia con alguien parecido, si era rubiecita tanto mejor, eso de mezclar las sangres no le caía bien.  Creo que los ojos claros de María fue todo lo que supo ver de ella. Seguramente por eso,  aquellos ojos fueron lo único vivo que preservó la abuela, el resto se resecó sin emitir queja. Allí nacieron, mi madre, mis tíos, mis hermanos y finalmente yo, quién a la postre sería el último de la serie del desamor.

El pueblo, como todos los pueblos de esa zona, estaba lleno de gringos inmigrantes como mi abuelo y por ende de  fantasmas que vagaban por esa pampa desolada alimentándose de nostalgia y soledad.

Flotaban en el humo del toscano, hablaban en los gritos de los naipes arrojados con violencia sobre la mesa. Solo se esfumaban cuando acabada la grapa las cabezas embotadas caían en sueños tristes apoyadas sobre la mesa del bar.

 Eran sueños poblados de  adioses de madres en pueblos sin puerto. Eran puertos sin retorno ni últimos besos. Eran  pañuelos agitados que se borraban con el humo del tren que se perdía a lo lejos.

Eran novias abandonadas en el desamparo junto con amigos que se hacían más amigos en la ausencia. Eran caras que se borraban, arrugas que crecían sin que nadie se detuviese a mirarlas.

Eran la voz de Caruso cantando en la vitrola a cuerda. Eran los ladrillos que se apilaban con prolijo empeño para construir el teatro que algún día mereciera recibirlo. Eran el traje del domingo y la  vuelta del perro por la plaza.

Eran la nona y el nono caminando sin amor tomados del  brazo. Ellos adelante saludando a sus paisanos y nosotros atrás con los zapatos nuevos siguiendolos en un cortejo bullicioso cargado de  provocaciones y risas. Por entonces, los pibes como yo, no sabíamos mucho de la vida, todavía el futuro nos quedaba lejos.

Llanura de fantasmas y espanto, diría de ella alguna vez mi abuelo, eran pocas las cosas de este nuevo mundo que atraían su mirar. La pampa tiene eso, es difícil ver algo en esa tierra plana e interminable, para el nono era como cuando en el medio de la travesía observaba el mar, lo que veía era solo un desolado desierto verde.

Apenas el trigo en invierno, el maíz  en verano y las insaciables langostas que hambrientas y perseverantes pretendían  hipotecar el futuro de todos. Siempre los fantasmas  de la nostalgia, que cada noche, al nono le comían un pedazo del alma.

Por allí  también, además del padre de mi madre, gastaba su vida el padre de mi padre con su costumbre de hacer hijos y entenados. Por allí se tejían las historias secretas de mis tíos. Por allí también andaba yo, hijo de entenado, con mis amigos de entonces, apenas unos pendejos hábiles para huir de los mayores en las tórridas horas de la siesta.

VI

Fue por ese entonces que a José, el más irreverente de mis tíos, se le ocurrió fundar un club. Los que lo conocían bien cuentan que muy seriamente dijo: “El pueblo necesita un club porque hay que domesticar las pasiones inútiles, hay que sacudirse la nostalgia. Hace falta un lugar para que se junten los que nacieron acá y todavía no saben quiénes son, tienen que aprender que existe una patria a la que querer, vamos…  acaso no fue por nosotros que guerreó San Martín”.

Fue en ese tiempo que comenzó a hablar más conmigo, parecía que se hubiese asignado la misión de avivarme. En ese menester fue que un día me dijo, mientras señalaba con la cabeza a un grupo de gringos que discutían en su lengua cocoliche sobre los caprichos del tiempo y la incertidumbre de la cosecha; “Gringos jodidos, no quieren ni saben hacer una patria, se ve que nunca hicieron una, se criaron sin esmero en la que les dio Garibaldi”.

Yo lo miré con cara rara, nunca se me había pasado por la cabeza eso de hacer una patria, además entre los gringos jodidos estaba mi nono, o sea su padre y eso no estaba en mi repertorio de comentarios posibles.

“Tío ¿Qué dice?”

“Que estos gringos de mierda no saben hacer una patria, incluido tu abuelo.”

“¿Qué pasa con el nono?”

“Pibe… abuelo, conmigo hablá como los que somos de acá.”

“Bueno… con el abuelo.”

“Que a tu abuelo, como todos los demás tanos, no les importa esta patria, solo les importa la que tienen en la cabeza y que no es la tuya.”

“Tío, el abuelo trabaja todos los días, es un buen hombre ¿Que tiene de malo ser italiano?”

“Bueno… digamos que trabaja aquí, como lo haría en cualquier lado, vos sabés que le gusta amarrocar, que ama la guita, que solo se interesa por el soldi, la cancioneta y las putas."

No me mirés con esa cara, dije putas, andá aprendiendo la palabra. Somos los tíos los que llevamos a los pibes a debutar cuando les llega la hora y se ponen los largos”.

“Tío, mamá no me deja decir malas palabras.”

“Tu mamá es una nenita malcriada, chupacirios, que cree que porque es maestra está haciendo patria. No viste con que tonito habla de los negritos de la escuela.” 

“Tío está hablando de su hermana.”

“Mi hermana es bien hijita de tu abuelo, encuentra intachable al dueño del almacén de ramos generales de este pueblo y, como corresponde, presidente de la honorable comisión de fomento del pueblo. Con lo mal habido se hace la tonta, total la basura desaparece con las comuniones.”

“Tío, cálmese, me hace sentir mal.”

“Si te sentís mal te la aguantás, sabé que el bueno de tu abuelo es un señor de dudosa nobleza quién cree que contribuye a la grandeza de la patria juntando plata a mano llena. Un señor que tiene el berretín de construir en este pueblo de mierda un teatro para que cante Caruso. Un señor que ha fundado el prostíbulo del pueblo trayendo veteranas de Rosario, putitas francesas de segunda mano, polaquitas buscavidas y alguna que otra criollita inexperta y ambiciosa, eso sí...  italianitas ninguna.”

“¿Tío, usted va allí”?

¿Adónde?

“Allí, donde dijo”

“Dije prostíbulo, vamos repetílo, p r o s t í b u l o”

“Ya le dije, mamá no me deja hablar de esa manera.”

“Pibe, sos muy boludo, hasta parecés rarito. Puta madre… a ver si todavía tu viejo no te saca hombrecito. Voy tener que hablar con él.”

“¿Qué le va a decir… tío? ¿Qué es eso de no ser hombrecito?”

“Nada… nada, le voy a hablar de la patria, de lo lenta que viene la juventud, de cómo joden las madres llenas de rosarios, no te preocupes él me va a entender. ¿Alguna vez te pegó?”

“¿Mi papá?... Nunca tío.”

“¿Y tu mamá?”

“Siempre.”

“¿Ves la diferencia? Tu mamá es gringa y tu viejo no. Con tu papá se puede hacer la patria y con tu mamá no ¿Entendés a lo que voy?”

“No.”

"Tu mamá es unitaria y tu papá federal. ¿Ahora?"

“Tampoco…”

“A ver… si tu mamá hubiese tratado de hacer  la patria le hubiese hecho caso a Sarmiento y habría teñido el país con sangre de gauchos, mientras que tu papá se hubiese opuesto a eso. ¿ Giulio… Alora capice?”

Niente tío.”

“Giulio, tu mamá es como el nono, aman al Duce.”

“¿Y eso que es?”

“Que tu papá escribe en el diario a favor de la huelga de los obreros de la quesería mientras que a tu abuelo junto a tu mamá, al párroco y al quesero les gustaría quemarle la imprenta. Quiero decir que tu viejo es mejor que ellos y vos a él no le das bola.”

“El nono dice que mi papá es poca cosa, muchos sueños, pero que la familia la mantiene él.”

“Giulio… pará con esa historia, te están llenando la cabeza, tu viejo es un buen tipo y el nono tiene más boca que corazón.”

“Tío, mamá está de acuerdo con el nono.”

“Giulio.”

“¿Que tío?”

“Anda a la mierda.”


VII

Así es que lo hace, el tío José funda el club; Atlético, Mutual, Social y Biblioteca. Actividades que se resumían en las siglas del pórtico de entrada en A M S y B, es decir era una especie de club de propósitos generales como el negocio del nono pero en otro rubro. Intencionalmente elige hacerlo al lado del cementerio, transformando en vecinos mal avenidos a lo que viene de lo que fue, el regocijo desafiando al recogimiento.

Para que no hubiesen dudas que se trataba de acercar la patria al pueblo el tío decide que sus colores distintivos sean los de la bandera, es más lo pinta completo de celeste y blanco, celestes  las paredes y blancos los techos. 

Pobre tío, siempre sufriendo por la patria. Siente que la pobre está tan diluida, tan espectral, tan tenue, tan perdida en esa pampa poblada de gringos llenos de fantasmas, gringos inmóviles por los recuerdos, gringos indiferentes.

Por la patria un día mi tío decide ir hasta San Lorenzo, en unas horas puede estar allí. Quiere visitar el convento,  inspirarse en San Martín, capturar cosas de él, sentir lo que dejó el general en ese lugar, tal vez en los muros, quizás entre la maleza, a lo mejor en el aire.

Llega y se sienta debajo del pino histórico e imita al entonces coronel escribiendo el parte de la victoria, lo evoca y sonríe, cree saber exactamente lo que pensaba, siente que lo comprende integralmente, habla con él sin emitir palabras.

Entonces como acatando una orden, furtivamente  roba un brote joven del viejo pino, lo protege entre sus ropas y feliz regresa al pueblo.

Esa misma noche lo planta en la entrada del club y lo cuida como un centinela de las traiciones de la intemperie. Increíblemente el pino crece y mi tío feliz le pone una placa  al pié  que reproduce aquella frase que alguna vez salió de la boca del  General y que todos aprendimos en la escuela "Serás lo que debes ser o no serás nada". No hubo nadie en el pueblo que hubiese dejado de leerla. Yo por primera vez me sentí de verdad orgulloso de mi tío y también por primera vez sentí un escalofrío mirando mi bandera.


VIII

Pasaron algunos años, eran en las épocas en las que yo, ya cerca de los veinte, por fin había abdicado de mi vieja pero seguía sin encontrarme con mi viejo, andaba medio en banda por la vida.

Un domingo de esos en que no tenía otra cosa que hacer sino joder con mis amigos, decidimos ir a almorzar al club. Ya por entonces le dábamos con empeño al tinto y comíamos en forma desmedida, a esa altura del siglo la vida en esos pueblos tenía muy poco de interesante, la modernidad  era perezosa y prefería no salir mucho de las capitales.

Fue por eso de la desmesura, que mientras fumaba eructando el postre, me bajó un sueño de siesta brutal. Ese que deviene de la combinación del vino mendocino con el calor Santa Fe y de las ganas de soñar con el beso que la noche anterior le había robado a la Beatriz. Pobre Bea, no sabía si apartarse o no cuando sintió que se me había puesto dura mientras la apretaba al son de un bolero con el paso lento, el brazo firme y el deseo urgente.

Ocurrió entonces, que obnubilado por el sueño y la calentura residual me acosté debajo del pino que había plantado el tío y me dormí  bajo su sombra protectora. Era delicioso sentir el arrullo del viento cálido danzando acogedor sobre mi cuerpo.

Ni sé si al final me encamé o no con Bea en el sueño, sí recuerdo que cuando desperté estaba agitado, sentía como que yo no era el mismo, que algo me había pasado. Al rato percibí que  mi vista se había vuelto notablemente firme y mi cabeza completamente lúcida, me sentía poseedor de nuevas certezas.

Me costaba reconocerme,  yo no solía ser  así, más bien vivía a los tumbos y me costaba mucho separar la realidad de la fantasía. Mi madre y mi maestra siempre dudaron entre llamarme indulgentemente distraído o simplemente burro como quizá lo merecía.

Pase el día confundido esperando que la noche hiciera su trabajo, deseaba que al día siguiente al levantarme de la cama yo volviera ser quién había sido hasta antes de dormirme debajo del pino.

Sin embargo desperté de madrugada, no sospeché de nada porque eso de cuando en cuando me solía ocurrir, por lo tanto, traté de retomar el sueño mas me fue imposible. Di vueltas y vueltas en la cama, conté todas las ovejas del mundo, volví a pensar en Bea … pero nada.

Extrañamente en mi cabeza resonaba implacable el: “Febo asoma… ya sus rayos… iluminan el histórico convento… tras los muros oír se dejan…  sordos ruidos de corceles y de acero… son las huestes que prepara…  San Martin para luchar en San Lorenzo y el clarín… estridente sonó y la vos del gran jefe a la carga ordenó”. Pasaban los minutos y dale con la musiquita, la marcha de san Lorenzo tantas veces cantada a lo largo de mi vida escolar, no se iba, esa perseverancia parecía quererme anticipar algo.

A diferencia de otras ocasiones esa noche no me quedé acostado. Me levanté y me fui al estar, me serví una copa de vino, puse música, me desparramé en el diván y me fui de viaje con mis preocupaciones.

Fue entonces que escuché un susurro, un susurro que no entraba por los oídos sino que llegaba desde dentro mío. Al inicio pareció indescifrable y tan sobrecogedor que me puso la piel de gallina.

Quedé paralizado como cuando de niño creía ver fantasmas que se desplazaban amenazantes por el cuarto impidiéndome cualquier huída, entonces yo solo atinaba a esconderme debajo de las sábanas esperando con el corazón en la boca a que se marcharan.

Luego el susurro se hizo voz:

“Tranquilo, soy una especie de compañero, que estará siempre contigo”.

“¿Quién sos?...  ¿De donde saliste?... ¿Que querés?”

“Soy quién soy, estoy donde estoy, no ocupo lugar, sé que es raro pero es así, fuiste tú quién se durmió debajo del pino y yo estaba allí”.

“¿Y yo que debo hacer con esto?”

“Tú… Nada. Simplemente aceptarme de a poco, acostumbrarte al hecho que ya no estas solo y por último, dado el caso, no negarme ante la gente”.

“No negar ¿A quién? Si no se quién sos”.

“No negarme a mí, al general, a don José de San Martín. Es elemental, que habiendo sido tú criado esta tierra, no puedes negar al santo de la espada. Por cierto, sabe que estoy aquí para ayudarte. ¿Acaso conoces otro estratega mejor?”

“¿Vos sos el padre de la patria? … No jodas, soy lerdo pero no boludo”

“Bueno, soy parte… soy lo que dejé de mí en el pino”. Ese que plantó tu tío en el club del pueblo.”

“Entonces, lo que yo debería hacer es ir por las calles del pueblo contándole a todos que  San Martín esta dentro mío y que de madrugada conversamos amablemente”

“Bueno, no van  a ser todas las madrugadas, solo cuando te encuentres en problemas y necesites de un estratega”.

“Entonces…repasando,  voy por el pueblo y digo que cuando tengo un problema, el general San Martín, que está dentro mío, me proporciona una solución en la medida de su talento. Con el debido respeto que merecés como prócer, permitime discrepar… Me van a decir que soy un loco de mierda”

“Tú vas y los ignoras… y esperas a que vean lo bien que te salen las cosas. Entonces con cuidado les dices que te ayudé yo, el general y padre de la patria. ¿D'accord? (Me gusta el francés tengo nostalgias de Bulogne Sur Mer). Además ya de por sí eres un poco loco. ¿O no lo has notado? Fuiste el primer tipo en ciento cincuenta años de independencia que durmió debajo del pino de San Lorenzo… Ya se… en un brote que plantó tu tío… pero genéticamente es lo mismo.”

“¿De verdad me vas a ayudar? Mirá que por más competente que seas vas a tener que trabajar mucho, tengo quilombos en todos los frentes que quieras, no acierto una”

“¿Te olvidas que crucé los andes enfermo? Qué solo me distraje en Chancha Rayada. Que llevé la llama de la libertad por media América y qué,  a pesar de ser quién soy,  nunca me sumé a los conflictos internos. Deberías tener presente qué poseo cantidad de calles que me recuerdan, cientos de estatuas, una plaza y un caballo que son solo míos en cada capital americana”

Quise interrumpirlo diciendo;  “ya se general, ya sé todo eso”, pero no me escuchó y siguió sin detenerse siquiera a  respirar.

“Varios equipos de fútbol, estampillas, billetes devaluados, biografías. Estoy en la boca de buenas personas y lamentablemente también en la de cretinos que como tú me niegan. La verdad que como el mejor prócer de la patria he tenido poca fortuna… fue justo uno como tú  el que se acostó debajo el pino.”


IX

Finalmente el general recobró la calma y me convenció que no había más remedio, las cosas eran como eran y no tenían vuelta, así es que voy por la vida con él dentro aunque lo disimule. A decir verdad don José cumple, cada vez que tengo un problema me despierto de madrugada y su voz aparece dándome el consejo preciso.

Lamentablemente su presencia no me alcanzó para llevar adelante ningún gran sueño, creo que nunca tuve ninguno que fuera mucho más allá de la frontera de la mediocridad, simplemente terminé siendo un buen tipo cuyo mayor pecado ha sido y aún es desperdiciar el talento de un  buen general.

Por mi trabajo recorro las grandes ciudades de lo que él llama su patria grande y a veces es él quien me despierta para hablarme de su vida. Le gusta contarme anécdotas del lugar en el que me encuentro; habla de Santiago, de Lima, de Guayaquil. Se ríe de sí mismo y de todos nosotros con sabiduría. Tiene gracia el general aunque nunca en ningún símbolo le haya sido pintada una sonrisa por pura solemnidad de los artistas. Una vez me hizo saber que con el capitán Zabala, aquel español que comandaba a los realistas en San Lorenzo, terminaron amigos al punto que el hombre acabó siendo oficial del Ejército de los Andes. Otra, empezó a hablarme de un furibundo amor que lo envolvió en Lima, pero cuando muerto de curiosidad empecé a pedirle detalles, decidió cerrar en tema, lacónicamente dijo: “En Lima terminaron muchas cosas”. Comprendí a regañadientes que en su época la gente como él era mucho más discreta que nosotros.

Eso sí, yo le hago trampa, a todos les cuento que soy un tipo afortunado mas nunca aclaro que a lo que yo llamo suerte en verdad se trata de la ayuda del mismísimo San Martín. Simplemente digo que la suerte es mérito de mi ángel de la guarda. Después de todo ¿Quién no cree que tiene uno?

Él prefiere no opinar al respecto, mas bien se resignó a que yo no sea capaz de hacer ninguna patria, creo que a él tampoco le interesa ya hacer otra después de ver lo que pasa con la que hizo. Le basta con que de vez en cuando, ora por aquí ora por allá, pueda contribuir a hacer pequeños milagros que pongan contentos a los paisanos.

Yo igual tengo una duda que me carcome el alma ¿Porqué en lugar de viajar a Francia don José no quemó las naves? Quizás, en ese caso, la historia hubiese sido otra. Lamentablemente mi ángel de la guarda tampoco quiere hablar de esto.

miércoles, 25 de abril de 2012

El libro de mi padre



Julio Chang Lam


Mi afición a visitar bibliotecas y leer libros data de cuando era muy joven; muchas veces prefería dedicar mis vacaciones y tiempo libre, a visitar la Biblioteca Nacional de Lima, las bibliotecas municipales de Lince, de San Isidro, bibliotecas de algunos museos para  leer, leer y leer, en lugar de salir con los amigos del barrio de Santa Beatriz a jugar en el Parque de la Reserva, que tenía las más hermosas áreas verdes como espacios públicos de esparcimiento en la Lima de  la década de los cincuenta y sesenta o en lugar en ir con ellos a la playa “La Herradura” a tomar sol y conocer chicas. Claro que alternaba y sociabilizaba pero menos de lo que se espera de un adolescente, de un púber.

Mis propinas las destiné a visitar  librerías para  hurgar,  revisar, seleccionar, comprar  y coleccionar libros sobre diversos temas. Así, la lectura  se convirtió  en parte sustancial de mi vida, tanto que ahora en la madurez de mi vida, mi familia ya lo considera  una especie de adicción que dejó de ser un hobby. Mi biblioteca personal ocupa bastante espacio en mi casa; me resulta  casi imposible tener el tiempo suficiente para ordenar y leer todos los libros que poseo.

Esta predilección por los libros, nació durante mi niñez al observar  a mi padre, todos los sábados en la noche, cuando tenía en sus manos un antiguo libro, que yo era incapaz de entender, pues estaba escrito en idioma chino. Me sobrecogía e impresionaba la manera, el cuidado, la atención y el respeto que  ponía mi padre al tomar entre sus manos ese libro, para leerlo en las noches, cómodamente sentado en su viejo y predilecto sillón. Ese libro que lo veía leer con fruición, parecía exteriormente una biblia cristiana, pero era algo totalmente distinto. Eso lo sabría mucho después.

Recuerdo muy bien la noche que le pregunté -¿Qué  lees papá, cómo se llama,  qué dice ese libro?,  yo con mi curiosidad quería, necesitaba saber qué decía aquel extraño libro, que semana a semana, cada sábado en la noche, a la misma hora siempre,  mi padre leía con pasión. Luego al terminar, se dirigía a un pequeño altar, dónde estaban las estatuas de dos antiguas deidades chinas: Kwan Kun, que según mi padre, era un dios que nos brindaba su protección y prosperidad así como de Kuan Yin, diosa que escuchaba y atendía nuestros ruegos con  misericordia y  compasión brindándonos paz y sosiego. Junto a esas esculturas estaban las fotos de mis abuelos paternos. Luego de poner incienso, él oraba largo rato después de lo cual tiraba al aire tres monedas seis veces, escribía unos hexagramas en un cuaderno, luego anotaba su interpretación sobre las pautas recibidas de esos hexagramas; yo lo observaba, lo esperaba, al terminar me cogía de la mano y me decía:

 –Hijo, ya el “I Ching” me ha brindado sus sabios consejos, ya tengo claridad sobre algunas decisiones que tomar. Vamos a descansar, vamos a que le des las buenas noches a tu mamá, mientras ella paciente me esperaba para abrazarme, hacerme orar, despedirse y dejarme acostado en mi dormitorio.

 -¿Te interesa conocer qué libro es? –me dijo mi padre en otra oportunidad, la  noche, en que siendo niño, con mucha curiosidad me acerqué a él para ver  esos hexagramas chinos del libro “I Ching” que tenía en sus manos. Mi padre me abrazó afectuosamente entre sus brazos, me mostró ese enigmático libro, que con tanto cuidado llevaba en sus manos, que lo manipulaba como un objeto sagrado, como una reliquia.

-Sí, papá, ¿Cómo se llama ese libro que con tanto interés lees? ¿Qué dice?

-Hijo, lo que leo es el “Libro del cambio”, que muchos conocen como el “Libro de las mutaciones” o “Libro de las transformaciones”. En idioma chino lo llamamos el “I Ching”. Es uno de los libros de sabiduría más importantes, desde la antigüedad, en el mundo oriental. Es un libro sagrado como la Biblia o el Corán. Pero la diferencia es que a través de este libro, los dioses nos responden a las consultas que le hacemos…

- ¿Responden? ¿Cómo? No entiendo.  ¿Qué dioses responden? ¿No serán acaso demonios o espíritus malignos?, dije yo sorprendido y algo asustado.

- Bueno, ¿quiénes pueden ser?, respondió mi padre, -yo mismo no lo sé. Quizás, no sean dioses, sino nuestros  guías espirituales, nuestros ángeles de la guarda. Yo no creo, que sean espíritus malignos, pues sus consejos son siempre para bien de los consultantes y de todos quiénes estén involucrados. Nunca desean el mal a nadie.

-¡Ahh! ¿Pero sabes cómo responden esos guías o espíritus?

-Hijo -agregó mi padre- es algo misterioso, no puedo darte una respuesta, yo mismo no sé el mecanismo; por ahora debes entenderlo como un libro de conocimiento y sabiduría, escrito hace tres mil años en el que podemos interpretar consejos escritos en forma de  poemas y  versos. Olvídate de las consultas y respuestas. Cuando crezcas, ya entenderás.

-¿Y cómo lo conseguiste? ¿Lo trajiste desde la China?

- Lo he heredado de tus abuelos. Cuando seas mayor de edad, si aprendes el idioma chino, o si lo traducen al castellano, comenzarás a captar sus mensajes y quizás entenderlo. Confucio, alguna vez, dijo: si cincuenta años más de vida tuviera, los dedicaría a estudiar y a entender la sabiduría contenida en el “I Ching”. Este ejemplar, lo traje como una de mis pertenencias más valiosas cuando viajé de Shanghái a Lima, durante largos meses de travesía en aquel desvencijado barco, creo, si mal no recuerdo, en el año mil novecientos cuarentiocho.

-Ojalá papá, pudiera yo leerlo y  entenderlo. Me parece muy difícil aprender esas letras que parecen dibujos. Creo que esperaré a que lo publiquen en idioma castellano.

- Así es hijo. Lo que ves es caligrafía china, hexagramas con un significado cada uno. Es difícil pero no imposible aprenderlo. Considero que es una suerte que aún  conserve este libro; a la fecha no hay aún ninguna edición en lengua castellana,  sólo hay una publicación en alemán y otra en inglés, de Richard Wilhelm. Ya lo publicarán en castellano, es un libro muy interesante e importante. Así podrás leerlo.

Sería comienzos  de la década de los años sesenta, cuando se lo pregunté. A mi padre hace ya muchísimos años que se lo llevaron los dioses, a comienzos de la década de los años noventa. Su partida de este mundo fue muy triste  tanto para mamá como para mí, recuerdo el cariño y pesar cuando nos despedimos de él, esparciendo  sus cenizas, sus restos mortales en el mar de Pucusana,  adónde solíamos ir con la familia los fines de semana en cada verano. Así cumplimos su último deseo antes de morir, cuando nos dijo que quería volver al agua, uno de los elementos básicos según el “I Ching”. Ya no está con nosotros, pero si su libro que tanto quería y sobre todo los recuerdos añorados.

Recién ahora con mis estudios de historia, filosofía y teología  oriental comienzo a tomarle verdadero interés y a comprender algo de ese extraño libro llamado “I Ching”, cuyo original en chino lo he heredado de mi  padre,  lo guardo como un recuerdo preciado, en honor a él,  que tanta devoción le tenía. Actualmente, como hay muchas versiones publicadas de ese libro en idioma castellano, puedo leer y entender su sabiduría. Estas ediciones se basan en el original publicado en idioma chino, traducido por Richard Wilhelm, prestigioso sinólogo e investigador alemán que escribía, leía y hablaba en idioma chino mandarín, que estudió en China ese libro, asesorado por eruditos lingüistas de ese país.

El “I Ching” es una obra que ha merecido comentarios de Carl Jung, uno de los fundadores de la psicología moderna y de Jorge Luis Borges quién  le dedicó a esa primera edición, un hermoso poema. De ello deduzco, que efectivamente, no es cualquier libro.

Luego de leerlo, valoro mucha  de sus  ideas  como una fuente de conocimiento de lo que fue el pensamiento místico e intuitivo en  aquel entonces, origen de poemas inspirados en la naturaleza del ser humano y de su ambiente propios de una sociedad agrícola de la China de aquella  época en que la ciencia estaba en sus principios. Su esencia era el estudio del cambio en el medio ambiente y la cultura. Servía para orientar a las personas que lo consultaban con sus consejos en la toma de decisiones para supervivir en una época de mucha violencia y caos.

-Papá, ¿ese libro qué significa para ti? ¿Por  qué lo lees con tanto interés y concentración?

-Hijo, justamente por eso, por su utilidad como sabio consejero; tú eres curioso e inquieto, eso está muy  bien. La curiosidad es signo de inteligencia. Su nombre en chino, te dije, que  es «I Ching», es un antiquísimo libro de sabiduría, de poesía  pero aunque no lo creas, también de orientación para el cambio que  los antiguos chinos empleaban para adaptarse a las duras circunstancias de su época. Podemos utilizarlo como libro de oráculos para obtener consejos en situaciones difíciles de la vida. También podemos apreciarlo y utilizarlo «únicamente» por su sabiduría. Aunque los sacerdotes jesuitas que llegaron a China, quisieron extirparlo como libro de idolatrías porque temían que compitiese con la Biblia cristiana, por lo acertado de sus respuestas como oráculo para el pueblo chino, que los misioneros cristianos querían catequizar pero no podían impedir esas prácticas oraculares que para el cristianismo tenían una connotación demoníaca.

-¡Ah!  Entonces es un libro prohibido por la Iglesia católica ¿Acaso te sirve para consultar el futuro? ¿Eso no es pecado?

- ¡Ay hijo! En este libro que soy capaz de entender  quizás sólo  de una manera intuitiva, hay un sistema de analogías para todo el mundo, basado en ocho imágenes poderosas y representativas de las fuerzas de la naturaleza: las dos primeras son el cielo y la tierra, luego el viento, el agua, el trueno, el calor, el monte y el lago.

- ¿Para qué te sirve ese viejo libro, papá?

- Mediante ocho hexagramas básicos tiene sesentaicuatro combinaciones, que generan cientos de alternativas sobre las que se basa el oráculo y sus sabios consejos. Los matemáticos y especialistas en computación, se asombran del lenguaje binario que los antiguos chinos utilizaron en ese libro, que corresponde a la manera en que actualmente se programan las computadoras usando el código binario: línea continua y línea partida. De joven, cuando tenía problemas y me perseguían adversarios poderosos, le  pregunté al “I Ching” y obtuve como respuesta, como consejo: « Es favorable atravesar el gran mar”. Y aquí me tienes, atravesé el mar…

-¿Si? ¿Sólo por ese consejo viniste al Perú?

-Bueno, eso es una parte de los hechos  que influyeron en la decisión que tomé con tu mamá querido hijo. Pero la respuesta de ese libro, nos ayudó a decidir la difícil opción  de embarcarnos a  este generoso país, denominado por nosotros allá como el país de las “colinas doradas”, en honor a sus riquezas naturales y  a las grandes  oportunidades que ofrecía a los pobres inmigrantes que como yo, fuimos acogidos generosamente.

-La verdad papá, que me parece insólito. Sinceramente debes haber tenido otros motivos, que no me cuentas.

- Bueno, lo cierto, es que en los años cuarenta, fui  dirigente político, los comunistas allá en Shanghái me perseguían, por ser uno de los miembros más  activos y supuestamente peligroso para ellos, ya que pertenecía al  único partido opositor al “Partido comunista de China”,  cuyos líderes como Mao tse Tung querían instaurar una dictadura. El partido al que yo pertenecí, se llamaba  “Kuo Min Tang”, que lideraba el generalísimo Chiang Kai Sek; después de la caída de la corrupta corte imperial, luchábamos por convertir a China en una democracia.

-¡Eso es una aventura sorprendente, increíble!, no me imaginaba que estabas metido en política,  papá.

 -Por el riesgo que corría tu mamá, que estaba embarazada contigo y yo preocupado por su seguridad,  tuvimos que salir precipitadamente de Shanghái y embarcarnos rumbo al Perú. Ese libro fue nuestra única gran compañía y un gran consejero espiritual…lamentablemente tu madre no soportó el duro viaje por barco, estaba muy débil y enferma. La perdimos. Sólo pudimos salvarte a ti, que naciste sano y fuerte.

-¡Oh! Papá, sabes que a mi mamá, mi verdadera mamá la extraño mucho. ¡Me hubiera gustado conocerla, sentir su cariño, sus arrullos! Por  las fotos que tienes, veo que fue una joven muy bella. No pienses mal, pero a mi actual madrastra la aprecio,  me trata bien, la quiero pero siento que no es lo mismo, por más esfuerzo y voluntad que pone.

-Así es la vida hijo. No ha sido fácil para mí salir adelante, después de perder a tu mamá. A quién ahora es tu mamá por favor, es ya  tu madre, ella es quién te crió con mucho amor y cuidado, refiérete a ella y llámala siempre mamá o por su nombre, gracias a ella te hemos podido formar como hombre de bien,  me ama y a ti también te quiere  mucho. Te ha engreído y ha aceptado como su único hijo, no quiso tener descendencia conmigo por respeto a tu madre y a ti.

-Sí, papá. Haré lo que tú dices. Ahora, cuéntame más de tu vida política, parece mentira, todo lo qué has pasado. Es una aventura como para una novela. Ojalá tuviese el coraje que tú tuviste.

-No, hijo. Ahora es otra época. De coraje, no hables, pues lamentablemente tuve que abandonar a mi líder y a mi país. No se puede imitar eso, la realidad del Perú es otra. Yo  era un militante activo que simpatizaba con la democracia que fundó Sun Yat Sen, cuya doctrina era seguida tanto por los nacionalistas del “Kuo min tang”, así como también por  los comunistas, quiénes lo usaban  como símbolo, para sus propios intereses, con el fin de capturar el poder en China. Sun Yat Sen tuvo y mantiene su prestigio no sólo por haber fundado el primer gobierno democrático en China, sino porque logró que se respete a China, y por evitar que las potencias occidentales Inglaterra, Alemania, Francia, Estados Unidos, y las potenciales orientales Rusia y Japón se repartan al país.

- Papá, sígueme contando tu historia, es muy importante para mi conocer todo lo que ha pasado en tu vida.

- Fui perseguido por los comunistas pues era un líder  muy visible, les era una piedra en el zapato, mucha gente me seguía y apoyaba el movimiento, época difícil por la guerra civil entre ellos los comunistas y nosotros los republicanos nacionalistas que realmente seguíamos los principios del demócrata Sun Yat Sen, bajo el liderazgo del Generalísimo Chiang Kai Sek, mientras los comunistas eran apoyados por los rusos, para instalar soviets en China. Para colmo el ejército imperial japonés invadió China para apoderarse del país.

-Papá, papá, en ese contexto ¿Cómo te ayudó, ese libro? ¿Realmente ese libro sagrado, te sirvió?

-Hijo mío. Querido hijo, este libro de las transformaciones lo consulté allá en China, y su respuesta no pudo ser más devastadora. Su respuesta fue que los comunistas tomarían el poder, luego de terribles masacres, y obligarían a nuestro líder y partidarios a emigrar al exilio. Tú, ya sabes por la historia que Chiang Kai Sek con sus más cercanos dirigentes dejaron China y se refugiaron en la isla de Formosa, ahora conocida como Taiwán, que es un pequeño país del mundo libre,  muy poderoso económicamente. Todo eso ya lo sabía el “I Ching”. Por eso yo abandoné  China, junto a  tu mamá, no quería exponerla y la verdad, que como ser humano, tuve miedo que nos capturen y maten.

-¿Tanto creías en el “I Ching”?’ ¿No habrá sido coincidencia?  Por lo que me dices se cumplieron  las premoniciones del libro.

- Desde que llegué al Perú, el libro me acompaña y siempre ha sido mi guía, me recuerda lo buena que fue conmigo tu madre que te dio vida. Ese libro me recomendó que forme una nueva familia, incluso me ayudó a conocer a tu nueva madre y a formar la familia que somos. Sin este libro sagrado, quizás tú no existirías, tú eres un niño que se va a convertir en un hombre con más sabiduría y éxito que yo, tu padre.

Estas palabras de mi padre, hasta ahora  retumban, y se  han grabado en mi mente; siempre quedé intrigado, por eso, con mis estudios de historia, filosofía y literatura oriental, busco encontrar una respuesta a esa creencia tan acendrada en mi padre; que desde la perspectiva actual, con mi pensamiento occidental, me parece un pensamiento mágico-religioso propio de épocas pre-industriales ¿Cómo podría Dios o deidades, ángeles o guías espirituales comunicarse a través de un simple libro? O es acaso, más probable, que la verdad esté en el funcionamiento de nuestra capacidad premonitoria no desarrollada de la videncia;  al fin y al cabo se sabe que usamos limitadamente el potencial de nuestro cerebro; quizá esa pueda ser la respuesta. Eso me toca a mí averiguar.

Más adelante, comenzaría a investigar el aspecto oracular del libro, así  retorné para visitar aquel extraño Templo en honor al dios Kwan Kun, ubicado en el Jirón Huanta en Lima, que los paisanos de mi padre visitaban para ofrecerle sus oraciones y hacerle consultas utilizando al famoso “I Ching” Y curiosamente encontré al mismo maestro guardián del templo que me hizo la sesión oracular, aunque ya anciano,  ya no se acordaba de lo dicho en aquella época en que era niño; lo único que me dijo es que a veces el “I Ching” decide responder seriamente, sólo cuando el consultante lo merece y mirándome comentó, parece que usted si es un buen consultante…

Cuando era niño mi padre me llevó a ese templo e hizo unas consultas sobre mi futuro; aún ahora tengo presente el impacto que me causó esa sesión de consulta al oráculo,  pese al tiempo transcurrido lo recuerdo muy bien.

Tengo aún presente, cómo  ese mismo guardián del templo don Weimán Hoo, bastante joven en aquel entonces,  al leer el oráculo, adivinó a qué actividades  yo me iba a dedicar de adulto, adónde y en qué trabajaría, hasta acertó respecto a la manera cómo conocería a mi futura esposa, cuántos hijos tendría;  pero lo más desconcertante es que me advirtió de los posibles peligros y problemas que tendría que enfrentar en la vida. Todo ello se cumplió…

Ese señor Hoo ¿habrá realmente tenido capacidad como vidente?,  ¿el “I Ching” realmente le informó acerca de mi futuro?…todo ello es aún una incógnita que me deja perplejo… ¿Cómo lo hizo?, aún no sé qué pensar, pese a la racionalidad que tengo, me deja dudas, muchas preguntas sin respuestas…

Ahora en plena madurez,  el “I Ching” se ha convertido en una fuente obligada de consulta en mi vida cotidiana. Ese misterioso oráculo, me brinda respuestas a las acciones y decisiones que orientan  mi vida. Lo hace con una gran precisión en sus respuestas y consejos como si se tratase de un ser humano, de un consejero o guía amigo muy sabio.

Lo terrible es que el Libro, ese libro el “I Ching” se ha convertido casi en mi dueño y yo me siento como un simple lazarillo, esclavo y ejecutor de sus órdenes, es mucho más que un guía, es como una persona que decide por mí y de eso quiero librarme, ¡Quiero ser independiente y no depender más de sus consejos!

Ya mi madre adoptiva, me lo advirtió; ella dentro de sus creencias cristianas, siempre me decía, -Hijo, mantén el equilibrio, tú eres resultado de dos culturas, escucha a tu padre, pero siempre debes escucharlo con espíritu crítico y  muy alerta. Eres muy inteligente y cuerdo, ten en cuenta que tu padre sufrió mucho antes de venir al Perú y trajo algunas creencias controversiales. Yo recuerdo que además  me decía:

-Hijo, la Biblia Cristiana y el Evangelio de Cristo Jesús, te ofrecen la verdad y la vida eterna, el libre albedrío; también debes leerlos con amplitud de criterio, al igual que lees y te dejas influenciar por el “I Ching”, que supuestamente te da las respuestas y no te deja analizar y decidir por ti mismo.

Pero, yo le respondía, al igual que mi padre:

-Mamá, en la religión cristiana el  Dios poderoso no nos da ninguna orientación, ni guía concreta. Sólo nos impone sus diez mandamientos, que muy poca gente  cumple.

-Querido hijo, Cristo predicó con el ejemplo de su propia humildad, pobreza y dio su vida por nosotros, para salvarnos.

- ¡Ay mamá, lo que dices  es absurdo, ¿para salvarnos?, ¿cómo?. Esa doctrina es  poco útil en nuestra vida actual, pues cómo es posible que Cristo, como dios nos diga que si nos agreden, pongamos la otra mejilla, hasta morir. No, esa doctrina no la siento razonable.

- Te repito hijo. Cristo, por amor a nosotros seres humanos, dio su vida.

- ¡Será Él pero no podemos nosotros hacer lo mismo! Pues como Dios, nos debería haber dado el  conocimiento, sabiduría y perfección para siempre. Además según la Biblia, Dios pide que lo adoremos y hagamos sacrificios por Él.  En cambio el “I Ching” sólo pide un trato respetuoso, no que lo veneremos, además nos da consejos para salir adelante en la vida. Que la Biblia no nos da.

Las conversaciones entre mi padre y mi madre, en todos los temas eran cariñosas y armoniosas, excepto en temas como estos, los de creencias religiosas, donde había realmente un diálogo de sordos. Cada cual  tenía argumentos poderosos, consistentes, que hacían tambalear las opiniones de uno y otro. Pretendían que yo, el hijo único tuviese un criterio amplio, en que prevaleciese el sincretismo religioso, y el pragmatismo. Pero, las ideas de mi padre se impusieron. Creo que injustamente, sobre la amplitud de mi madre, mi madre adoptiva, que tanto me quería. Subestimé los consejos de mi madre. Y ahora estoy en un callejón sin salida. Ya mi madre ni mi padre  están para aconsejarme. Sólo está el “I Ching”.

Mi querida esposa, ha seguido este caso mío con objetividad y aprehensión, al igual que mis hijos; quiénes también me han dicho, que deje de estar consultando con el “I Ching”. Reconocen que en alguna medida, el “I Ching” ha sido una guía útil, en los aspectos más importantes de mis decisiones en la vida, pero ya han notado esa terrible obsesión, por ejemplo tengo más de noventa libros, de múltiples autores, de diversas editoriales de todo el mundo, sobre el “I Ching”. Algo debo hacer. ¿Desprenderme de ellos? ¡No!, es un tesoro, que me ha costado años de viajes, sacrificios e inversión coleccionarlos. Pero, no, estos libros de “I Ching” no deben dominar mi vida.

Al final, he tomado la decisión de cederlos en uso a la universidad en que trabajo, al “Centro de Estudios Orientales”; ya tengo identificado al candidato ideal, para reemplazarme en los estudios en ese tema, espero que de manera amplia, con criterio científico, pero yo necesito  alejarme de su avasalladora influencia. Lo importante es que lo que se inició como una  afición por el “I Ching” no se apodere y me domine. Por lo que a mí concierne ya opté. Dejaré de hacer consultas y esperar respuestas del oráculo del “I Ching”. Sólo conservaré como recuerdo el original en chino, que mi padre me entregó. Adiós “I Ching”. ¡Gracias “I Ching” por tu ayuda brindada hasta ahora, perdóname, pero me despido, ya no quiero depender de ti, hasta nunca!

¿Hasta nunca?, Querido amigo, el “I Ching” jamás te abandonará, tú ya te consagraste a él, y no puedes desprenderte como si de un objeto inservible se tratase, el “I Ching” tiene vida propia, hay un espíritu detrás de él, y nunca te dejará. 

jueves, 12 de abril de 2012

El sanador

Clara Pawlikowski



La escultura está hecha de madera y representa a José Gregorio Hernández, un médico venezolano con fama de sanador. No sé mucho de él. Me acompaña algunos años entre peines, ruleros y tijeras en mi mesa de trabajo. Por esto último, ya habrán adivinado mi profesión: soy peluquero. Elegí este oficio porque no hay mucho que escoger cuando uno es homosexual. Ser homosexual y pobre nos limita en todo.

Ahora vivo sólo con mi madre. He conseguido un departamento pequeño en Villa María del Triunfo, lejos de mi trabajo pero con el tren eléctrico me demoro menos tiempo en llegar.

La peluquería está en un barrio populoso, con edificios a medio construir, bodegas y carretillas de frutas por todas partes. Al medio día me cruzo con los vecinos que vienen a comprar  mientras yo almuerzo alguna fruta o cualquier cosa que me apetece. Así fui conociendo a la mayoría. Muchas veces he escuchado comentar a los vendedores que por ahí viven muchos homosexuales. Por las tardes un grupo de ellos se reúne en una esquina por donde paso para tomar el autobús. Visten en forma estrafalaria, llaman la atención con sus risas y contoneos. Yo ni los miro.

A José Gregorio siempre lo figuran con traje negro y sombrero de tarro. Con él tengo una amistad silenciosa y lo respeto. Cada mañana nos miramos y él sonríe. Antes creía ver visiones pero no es así. Sus ojos esculpidos redondeados y pintados de blanco con un puntito negro en su interior parecen diminutos huevos fritos que se achinan, acompañados de movimientos de sus labios y bigotes, en una discreta mueca. No recuerdo como llegó esta figura a mis manos, sin embargo puedo dar fe que me ha curado y por eso mi testimonio ojalá sirva en las gestiones para elevarlo a la categoría de santo.

Me enamoré perdidamente de Rafael, un muchacho guapo que se animó a compartir mi piso a pesar del rechazo de mi madre. Duró poco la relación. Lo conocí dos semanas antes de un incidente que ocurrió cuando salía a solas de la peluquería. Me di de bruces con una batida de los policías municipales. Me envolví sin querer en el lio y recibí varazos por todo mi cuerpo, insultos de todo calibre: maricones por aquí, maricones por allá y otros más subidos de tono. Nos metieron a patadas en una camioneta cerrada y nos llevaron a la comisaría. Éramos como diez; entre nosotros habían unas tres mujeres que a la legua, por lo pintarrajeadas que iban, supuse que eran prostitutas.

Cuando llegamos le escuche decir al jefe:
─ ¿Y ahora qué hacemos con estos “cabros”?. Están deshechos, aquí no hay espacio para más y después nos vamos a ver en problemas con esa gente de los derechos humanos. Suéltenlos y que se vayan.

Luego de dar mi nombre y el número de mi documento de identidad pude salir. Era cerca de media noche. Fui caminando adolorido tratando de encontrar un taxi.

Un día que llegué tarde del trabajo encontré a Rafael con un vecino en la cama. Un tiempo después que terminamos, en una noche oscura sin luna ni estrellas cogí la escultura de José Gregorio y le supliqué llorando que aplaque mis penas.

No se demoró en ayudarme, esa noche tan pronto me quedé dormido, vi a un hombre vestido de negro con sombrero del mismo color, que se acercaba a mi cama. Abrió mi tórax de un solo corte, sentí que me inundaba la sangre. Extrajo entre sus manos mi corazón, lo zurció  cuidadosamente y después de cortar el hilo, lo colocó en su sitio. Me vendó el torso oprimiéndome el pecho. Casi no podía respirar.

A la mañana siguiente, yo era otro. Me sentí aliviado.

Tomé una ducha para limpiarme los rezagos de la operación.