martes, 20 de diciembre de 2011

Por la Causa de todos los Santos

Ricardo Ormeño Valdizan

                                     La elegante y sobria sala de espera causaba en el doctor Frías una peculiar incomodidad, los muebles de sólida madera revestidos en cuero oscuro que a pesar de poseer brazos largos y anchos a cada lado, le hacían presagiar a Jorge una espera muy corta para ser atendido; observaba con detenimiento aquella arquitectura clásica y algunos cuadros de motivos religiosos con marcos delicadamente tallados que definían el ambiente; el galeno vestía un saco negro de botones dorados, pantalón gris, corbata azul oscuro clásica por sus delgadas líneas blancas y oblicuas, portafolio y una cámara filmadora la cual encendía y apagaba compulsivamente como tratando de verificar que funcione de manera óptima cuando la necesite, sin embargo trata de relajarse y mantenerse sentado lo más cómodo posible para esperar los diez minutos que le solicitaron. Jorge abre su portafolio y queda atrapado por una serie de recuerdos –Nunca pensé que estaría aquí y menos por este motivo –se decía así mismo el impresionado facultativo mientras revisaba los documentos varios que portaba como fotografías, traducciones, copias de historias clínicas, decidiendo por último cerrar aquel lujoso maletín portapeles e inclinarse holgadamente hacia el espaldar del sillón y tratar de disfrutar un poco de ese momento especial.

                                       La mañana de aquel miércoles de enero del año noventa y tres había otorgado al doctor Frías un descanso, un recreo en sus labores, Jorge no había tenido grandes emergencias, un asmático, un hipertenso y una pequeña mordedura de perro, todo ello completaba la labor de aquella mañana; para el médico era gratificante ya que él se encontraba en esa emergencia desde el día anterior y las últimas horas rodeado de tranquilidad eran el mejor regalo. El tiempo avanza con lentitud, Jorge mira su reloj esperando que el minutero y el horario lleguen a un acuerdo marcando la una de la tarde para así intercambiar su turno e irse a su casa, almorzar allí y poder darse un descanso mientras concede la oportunidad a su esposa para lucirse con algún espectacular postre que según apreciación del facultativo, sólo ella sabía preparar. El tiempo transcurre y sobre pasa las esperadas trece horas largamente, el ansioso Frías no puede creer que su reemplazo no llegue a tiempo en esta oportunidad.
-¡Caramba, Erick no aparece, no puede ser, nunca ha llegado tarde durante todo un año que intercambiamos los turnos ¿Le habrá pasado algo? –se preguntaba Jorge totalmente sorprendido, su colega siempre fue muy puntual. 

                                          Frías se coge los gruesos bigotes mientras examina desde la puerta de la emergencia el intenso tránsito vehicular, buscando atentamente entre tanta máquina motorizada alguna similar a la de Erick pero nada entonces corre a la recepción de la clínica, pero tampoco tienen información alguna sobre él, aún siendo del conocimiento de todos que dicho doctor trabaja en otra institución en las mañanas, la única indagación obtenida tras llamadas telefónicas era que había sido visto abandonar su matinal puesto de trabajo raudamente a eso del mediodía . Dan las tres de la tarde y Jorge se siente más que incómodo, molesto.-Un año y nunca ha llegado tarde, no vaya a ser que le haya pasado algo eso es lo más factible –concluye el doctor dejando la puerta de la emergencia para dar un paseo por los ambientes como si estuviera revisando que todo se encontrara en orden.

                                              La situación para Frías es insostenible su almuerzo, postre y un relajante baño habían pasado al baúl de los recuerdos, toma asiento en el escritorio de su oficina y no puede mantenerse allí por mucho tiempo, se pone de pie abre la ventana y observa el totalmente vacío parqueo para las ambulancias, levanta un poco la mirada y se concentra en aquella pared de ladrillos con una rústica y antiestética puerta de madera que le trae a la memoria la construcción de algo que él no tenía aún muy claro, una ampliación de la clínica o una casa de reposo para ancianos, en fin no le interesa realmente y menos en esos momentos; mientras observa su reloj por enésima vez se oye un ruido intenso y brusco producido por aquella horrible puerta en la pared de la edificación al ser abierta con fuerza y rápidamente.
-¡Doctor…doctor…rápido…corra! –expresaba de manera desesperada y muy preocupada la hermana Cristina quien atravesaba dicho umbral de la construcción acompañada de un polvoriento obrero dirigiéndose velozmente hacia a la emergencia de la clínica. Jorge va de inmediato, dos enfermeros corren detrás de él con una camilla, al llegar al sitio exacto de la emergencia el doctor encuentra a un par de hermanas de la congregación y varios operarios escarbando en la tierra tratando de desenterrar al infeliz trabajador que escasos minutos antes había sido sepultado estrepitosamente; ahora sí entendía Jorge, todo ese movimiento y ruidos de los trabajadores en aquel terreno vecino significaba la construcción de la futura casa de reposo y no de una ampliación de la clínica. Cerca   de cuatro toneladas de tierra y piedras se habían desplomado sobre el pobre desdichado de nombre Jacinto Hermoza. Eran las tres y cinco minutos de la tarde y Jacinto se encontraba trabajando en la zanja de lo que se convertiría más tarde en los cimientos del sótano de dicha casa de reposo; aquella especie de trinchera se hallaba adyacente a una inmensa pared de cerca de cuatro metros de altura donde el borde superior correspondía al suelo del futuro primer piso; allí se localizaba el gran y monstruoso montículo de tierra y piedras que habían sido extraídas del terreno y acumuladas antojadizamente en ese peligroso lugar. El humilde jornalero laboraba como de costumbre, sólo portaba su lampa y unos cortos pantalones debido al intenso calor del verano por lo cual su torso se encontraba totalmente desnudo, minutos más tarde de introducirse en dicha larga zanja que abarcaba toda la longitud del terreno pero de tan sólo un metro de ancho por un metro de profundidad, sintió que diminutas cantidades de tierra caían sobre él obligando a Jacinto levantar rápidamente la mirada encontrándose con una inmensa nube negra. 

                                     El doctor llega con desesperación, ayuda a retirar con las manos las piedras, guijarros y tierra que cubren el cuerpo del pobre obrero logrando tocar y visualizar únicamente su casco de protección, entonces ante la gravedad del suceso aceleran al máximo las maniobras de rescate sin poder usar cualquier utensilio para evitar lesionarlo; cuando logran descubrir su rostro, el pobre hombre cubierto de tierra hasta en la boca no respira, sin embargo la tarea propuesta y obligatoria continúa sin pausa alguna. Segundos más tarde cuando el nivel de la tierra retirada alcanza la mitad del tórax se oye un fuerte grito.
-¡Me duele, me duele mi pierna, me duele mucho! – grita el desafortunado peón ante la sorpresa de todos que  continúan con el rescate hasta liberar los brazos, momento donde el doctor Frías pidiéndole calma a la víctima aprovecha para colocarle el tensiómetro en uno de sus brazos y tomar los valores de la presión sanguínea.
-Está muy bien continuemos pero con cuidado es probable que tenga fracturada una de las piernas, el tobillo o el pie –ordena el doctor quien retirándose unos metros más atrás deja a los obreros que continúen con la labor de rescate y se lleva inconscientemente sus manos al bigote tratando de examinar cuidadosamente la situación sin darse cuenta que va dejando huellas de  polvo en su grueso mostacho mientras trata de entender como dicho operario después de soportar semejante peso encima de su casi desnudo cuerpo se haya mantenido erguido, de pie como si deseara mirar hacia lo alto, ha debido quedar totalmente sepultado en posición horizontal o cualquier otra postura pero de pie era lo menos probable. El doctor se acerca y extiende sus brazos tratando de colaborar decididamente con el salvamento tratando de liberar la espalda del accidentado  quien se mantiene erguido mirando la gran pared de tierra y piedras frente a él. Frías trata de desenterrarlo mucho más cuidadosamente que un antropólogo o arqueólogo siempre con las manos, cuando de pronto descubre que la lampa con la que trabajaba segundos antes del accidente se encontraba en posición vertical adherida a la columna vertebral del trabajador y con el mango roto –Extraño, muy extraño- pensaba Jorge ante tal descubrimiento.

                                  El rescate tardó unos cuarenta y cinco minutos aproximadamente, el trabajador respiraba bien, se le encontró una gran piedra al lado de su tobillo derecho que hizo concluir al doctor Frías que la fuerte presión sumada al posible golpe producida por dicho objeto al caer, era la razón de tanto grito y dolor, una fractura sin lugar a dudas sin embargo al concluir el rescate y ser retirada dicha piedra de aproximadamente diez a quince centímetros de diámetro, el dolor mágicamente desapareció. Las hermanas sorprendidas ante tal hecho trataron de limpiar la gran cantidad de tierra en el cuerpo del obrero mientras éste se rehusaba a ser ayudado; el doctor le ordenó postrarse en la camilla pero Jacinto siguió en pie y aceptó ir a la emergencia pero caminando dejando atrás aquella pala con el asa rota que había estado erguida en su espalda como apuntalando a Jacinto para que permaneciera en pie durante el derrumbe pero sin causarle el menor daño. Jorge examina detenidamente al obrero en la sala de emergencia, Jacinto se quita aquel pantalón corto que era lo único que llevaba y aquellos botines de trabajo.
-Doctor no tengo nada, no me duele nada doctor –afirmaba Jacinto Hermoza.
-Mire Jacinto vamos a tomarle unas radiografías, llamaré al traumatólogo al neurólogo y a quienes considere, pero mientras le digo que se quedará hospitalizado, puede presentarse una hemorragia interna y eso podría ser fatal –ordenaba el doctor mientras observaba que Jacinto no presentaba ni un pequeño rasguño ni equimosis o moretones simplemente… nada.
-Bien doctor me tomo las radiografías pero me voy, es más le hago un trato si yo no puedo colocarme mi pantalón corto es por que estoy mal y entonces me quedo, pero si lo hago bien entonces me voy, mi esposa ha sido operada de cesárea hace tres días y vivo en un sitio muy humilde, no tengo teléfono y si no llego ella se va a preocupar, sabe que este trabajo es riesgoso y es miércoles ni para pensar que me fui a tomar con unos amigos, ella es nerviosa se le pueden abrir los puntos –fundamentó Jacinto al doctor.
-Bien muy bien si lo haces correctamente, sugeriré que por lo menos te acompañen en un taxi, ni siquiera una ambulancia para no asustar a tu esposa – aceptó el doctor. Segundos después el doctor Frías queda sorprendido con la agilidad de aquel obrero para colocarse el pantalón, deambular, expresarse, es decir, no tenía nada – pareciera que viene de una sesión de masajes y no de un tremendo accidente que ha podido costarle la vida –se decía así mismo el doctor Frías sonriendo.
-Jacinto, de todas maneras el viernes acudes a todas las consultas que te he programado, todos los especialistas necesarios te verán ese día y así poder reconfirmar el diagnóstico, de eso si no te salvas ¿Muy Bien?-ordenó el facultativo a Jacinto mientras se despedían.

                                   Treinta días después la hermana Cristina madre superiora de su congregación se acerca a la emergencia y encuentra a Jorge Frías en su pequeña oficina.
-¡Buenos días hermana ¿En qué puedo servirle? –saluda el atento médico.
-Doctor Frías ¿Recuerda el accidente del obrero hace un mes? –pregunta la madre superiora con preocupante mirada.
-Sí como no voy a recordarlo, hasta ahora no puedo creer que escribiera en mi diagnóstico final la palabra sano, es increíble – respondía con asombro Jorge.
-Bien doctor, el asunto es sobre su historia clínica debe ampliarla o ser aún más específico –acotó la hermana muy seria.
-¿Hice algo mal hermana? o la compañía de seguros reclama algo, ya sabe como son,  le gustan los papeleos y con mi diagnostico de “sano” ya me imagino –comentó Frías con una ligera sonrisa.
-No doctor no es nada de eso, lo que sucede es que su historia clínica se encuentra en el Vaticano –intervino la religiosa muy serenamente.
-¡En el Vaticano hermana! –intervino el doctor tratando de alzar un poco la voz sin lograrlo, limitándose a fisgonear raudamente por la ventana de la oficina verificando si algunas personas tal vez familiares de pacientes, se encontraban muy cerca y podrían oír algo factible de malinterpretar, así que se contuvo todo lo que pudo y sólo alcanzó apoyarse en el escritorio como deseando levantarse bruscamente sin lograr hacerlo.
-Sí doctor, resulta que aquella tarde Jacinto Hermoza  portaba en el bolsillo de su pantalón corto, una estampa de nuestra beata Giuseppina De Laurenti, nombre que llevará nuestra casa de reposo; Jacinto ha trabajado en esa construcción desde sus inicios. Una tarde, cuando trabajaban en la zona que antes era el jardín, al tratar de remover los árboles, Jacinto encontró una estampa de nuestra beata Giuseppina envuelta en plástico enterrada junto a las raíces de uno de los árboles, ésta había sido colocada por una de nuestras hermanas hacía mucho tiempo, desde aquel día en que fue desenterrada, él la lleva siempre consigo y justo aquella tarde la portaba en el bolsillo trasero de su pantalón; al sentir caer todas esas toneladas de tierra y piedras, Jacinto invoca a nuestra beata y por esta razón su historia clínica se encuentra en el vaticano por la posibilidad que este suceso sea un milagro –narró con suma tranquilidad la hermana Cristina.
-¡Un milagro hermana! –alza la voz Jorge levantándose del escritorio a la vez que gira bruscamente hacia la ventana de la oficina para cerciorarse que nadie lo ha oído.
-Sí doctor resulta que el obrero Jacinto invocó a nuestra beata para que lo ayude, no invocó a cristo, no invocó a dios, invocó a nuestra beata y además la ciencia representada por usted estuvo presente algo no muy común como comprenderá –explicó con plena satisfacción la hermana de ojos azules.
 
                             …siete años han pasado entre trámites, traducciones, viajes a Roma; siete años contando a mis amigos esta historia que parecía increíble, muchos sonreían al oírla, sin embargo ahora me pregunto tantas cosas y pocas a la vez, pero qué hubiera pasado si mi colega Erick llegaba a su hora como de costumbre aquel día del accidente, sin existir el compromiso con sus amistades de salir temprano de sus labores matinales en otra institución para dedicarse apasionadamente a jugar tenis hasta las últimas consecuencias, no hubiera sido yo el que me encontraría aquí, sino él, lo curioso es que mi simpático amigo y colega es judío que de manera aparentemente extraña aunque no debería serlo laboraba en una institución católica donde dicho sea de paso se ganó el cariño de toda la congregación por su cortesía, dedicación y simpática apariencia …y aquí ¿ El trato habría sido igual con un médico judío participando en la investigación de un posible milagro? O podría haber tenido algún problema no él sino el trámite para la santificación de la beata Giuseppina, nunca lo sabré solo sé que fue una exquisita coincidencia.
-Dottore Frías, buon giorno, sono il padre Paolo Crovetto e tranquillo parlo anche spagnolo –saludó muy amablemente el obispo encargado de atender al doctor Frías esa mañana interrumpiendo sin desearlo los absortos pensamientos de Jorge invitándolo a pasar a un gran y conservador ambiente donde arriban luego de haberse desplazado por largos pasillos. Jorge encendió su filmadora con la finura de un gran mago intentando capturar algunas imágenes en aquellas zonas prohibidas hasta para los religiosos en general quienes para tales casos requieren de una autorización especial, solo la alta jerarquía eclesiástica podía transitar por aquellos pasajes y ambientes.
-Dottore Frías ¿La sua esposa e il suo figlio son de paseo nel giardino papale? –preguntaba el obispo con mirada graciosa y muy despierta tratando de soltar un poco su español
-Sí desde muy temprano y pienso que les tomara toda la mañana –respondió el cirujano rápidamente llegando a su mente imágenes diversas de aquel bello lugar. Recuerdas Jorge  tu paseo por allí tan accidentado, subidas y bajadas muy hermosas pero extenuantes que hizo que te preguntes, cómo podía un Papa pasear por allí.
-Bien dottore, ésta es la biblioteca del Vaticano, aquí se guarda todos los escritos de la  Iglesia, toda su historia, todos los milagros, hasta Reyes involucrados…y su nombre estará aquí ya que gracias a su brillante exposición y participación en el proceso, la beata Giusseppina será santificada en los próximos meses donde usted y su familia ocuparán un lugar de honor en la ceremonia  –indicaba el carismático obispo ahora en perfecto español manteniendo en una de sus manos un grueso libro y  con la otra señalando unos párrafos al azar tratando de dar a entender a Frías que su nombre se encontraría impreso en alguno de ellos pasando a formar parte de la historia de la religión Católica. Vaya Jorge es un honor pero ahora quien te creerá, al menos tus amigos que oyeron esta historia durante siete años no lo creo, aquí no entra nadie con facilidad. El galeno no sale de su asombro, la cámara filmadora, para no ser descubierto, apenas la puede levantar y captar algunas imágenes de libros y estantes de dicha biblioteca que sólo es visitada por unos pocos elegidos donde las fotografías y filmaciones son más que un pecado mortal –Increíble, simplemente es un final de película, lo contaré toda mi vida, sin importar que piensen mis amigos si estoy loco o no, con tantas historias de sueños y viajes semidormido… ahora esto –analizaba Frías con intensa emoción. 
                             Transcurre el día, son las cuatro de la tarde, el doctor Frías y su familia acuden a la casa general del convento de la orden de las hermanas de la clínica Santa Felicia en Roma. Jorge llega por fin a los muros del convento extenuado de tantos recorridos no sólo de índole religioso sino también comercial, tiendas de ropa, zapatos y todo lo que se podía visitar en el poco tiempo libre que tenían luego de haber pasado la mañana completa en la sede del Vaticano, su esposa y su hijo se encuentran detrás de él, cuatro hermanas de la congregación abren la gran puerta de madera dejando a Jorge perplejo ante un espectáculo nunca imaginado, dos largas filas de religiosas con sus largos hábitos ya no de color blanco como los usados de costumbre y cotidianamente sino esta vez de tono negro intenso inclinando todas y cada una de ellas ligeramente la cabeza hacia delante, inician la solemne y protocolar recepción; aquellas monjas de avanzada edad, inclusive algunas en sillas de ruedas inhabilitadas por sus largos años de vida o por enfermedad encabezan el imponente desfile, acompañadas siempre de manera fiel  y constante del repique de las campanas. El habitualmente decidido doctor Frías, da esta vez, un temeroso paso al frente dirigiéndose hacia ellas –Gracias dottore, nuestro benefactor-exclamaban con alegría las hermanas una a una logrando sin intencionalidad que Jorge no obtenga el tiempo necesario para salir de su asombro dedicándose única y exclusivamente a responder cada personalizado saludo de manera  muy afectuosa tanto a derecha como a izquierda hasta culminar con sendas largas filas.
-Gracias dottore Frías, usted es ahora nuestro benefactor; nuestra congregación en el mundo entero ora por nuestros benefactores tres veces al día por el resto de sus vidas –acotó la madre general de dicha orden religiosa en perfecto español, con tal sobriedad y respeto que Jorge no pudo contener que una lágrima decidiera desplazarse por su rostro sin su consentimiento mientras que con la mano izquierda se tocaba fuertemente el muslo del mismo lado para estar seguro que no se trataba de uno de sus extraños sueños.

martes, 13 de diciembre de 2011

El misterio del predicador andino

Victor Mondragón


Una cálida mañana de la década de mil doscientos setenta, tres grandes navíos de juncos arribaron a las costa de Fu Sang Guo (1).  Hacía meses  que habían partido de las costas de China y luego de descansar y comerciar en lugares previos,   llegaron a aquel promisorio  lugar: las  tierras del sol naciente. Tenían  la intención de apoderarse del oro, plata y demás riquezas que se hallaban  en  la región.

No eran los primeros asiáticos en llegar allí; era conocido que tiempo atrás  habían viajado flotas de comerciantes chinos; pero esta vez habían sido enviados por Kublai khan (2) al ser informado éste  de la abundancia de metales preciosos.

Entre sus tripulantes viajaban también una veintena de monjes nestorianos (3). Dichos religiosos provenían de una escisión de la Iglesia Católica pues fueron    separados el año cuatrocientos treintaiuno D.C., luego del concilio de Éfeso. Para los nestorianos Jesucristo era dos personas distintas: divina y humana,   fueron calificados de heréticos; sin embargo aquellos religiosos se propusieron llevar el Cristianismo hasta los confines del mundo sea éste conocido o no. Aquellos monjes eran muy influyentes y disponían de buenos contactos comerciales, tanto  así que tras huir hacia Mesopotamia durante siglos propalaron la fe cristiana en  Irán, India y la China.

Luego de su separación del Catolicismo, para facilitar su expansión, los nestorianos mostraron cierta flexibilidad hacia las costumbres de otros pueblos,   eran buenos administradores, grandes médicos y consejeros perspicaces lo que  les sirvió para ser respetados, incluso en la corte tártara de Kublai Khan que les permitió  comercializar a lo largo de la ruta de la seda.

Con los años, dichos monjes fueron informados que donde nacía el sol existía gente de mucha fe  que buscaba  encontrar al Dios verdadero,   gracias a sus influencias, les permitieron participar en la gran travesía hacia Fu Sang Guo. Por otra parte,  tales monjes conservaban la esperanza de la segunda venida de Jesús tal cual Él lo prometió, después  de siglos de espera confiaban que ese lugar sería en los confines del mundo  y que se caracterizaría porque desde allí nacería  el sol, habría abundante oro,  plata y gente con gran fe.

Dichos monjes fueron como acompañantes más no como soldados, luego de la llegada a las costas de Fu Sang Guo, los planes de las tropas del Khan resultaron  infructuosos,  encontraron a los reinos costeños consolidados y diestros en el arte de la guerra, tras  tres meses de batallas dispusieron su  rendición a cambio de salvar sus vidas.

El lenguaje predominante en aquella región era la lengua yunga y prontamente los monjes la aprendieron, ávidos de extender su fe en aquellas  tierras;  los extranjeros iniciaron  sus prédicas en esos  lugares hasta que les notificaron que al sur,  frente al mar  existía un famoso oráculo de gran  adoración y de nombre  Pachacamac (4).

Pasado un año, un grupo de monjes se adentró hacia la región de  Chachapoyas mientras la mayoría de los otros iniciaron su recorrido hacia el sur hasta llegar a una rica región muy poblada donde abundaba la pesca y la agricultura a la cual  llamaron Shangai. Por unos meses iluminaron la zona con su palabra, concluyeron que estarían tan solo a pocos días de camino del gran oráculo buscado. La doctrina propalada se volvió un desasosiego, un entusiasmo;  algunos adeptos, modelados con la arcilla de la fe verdadera se ofrecieron como  mensajeros para adelantarse y  anunciar la llegada  de los ilustres visitantes que repetían  provenir de ultramar y ser discípulos del hijo del hacedor del universo.

Al llegar a los fértiles valles de la actual ciudad de Lima, miraron con asombro la cantidad de pirámides truncas que se habían erigido en los siglos previos, como esfuerzo de los naturales para recibir la llegada del Dios verdadero que esperaban  arribaría  en un futuro próximo. Los predicadores fueron conducidos hacia una gran huaca (5)  en Maranga (6) y los recibió  un consejo de veinte curacas, representantes de la región, éstos esperaban escuchar la revelación que decían traer los portadores.

-Nos han dicho que son enviados por el dios supremo, cuéntanos –dijo un curaca regional.

-El creador de todas las cosas es amor en esencia, es personificado y envió a su hijo a la tierra  para redimirnos de nuestras faltas y con  su muerte pagó el precio de nuestra salvación…nosotros somos sus discípulos -predicó el monje Tabitah, cauteloso al principio, con entusiasmo después, con exultación al fin.

Para tales curacas no les fue fácil aceptar que los hombres habían matado al hijo del  creador del universo; tras permanecer una semana en Maranga,  los monjes recibieron el permiso para visitar Pachacamcac con  la exigencia  de realizar un ayuno previo de veintiocho días; los nestorianos creían haber llegado al lugar tan deseado, apreciaban en los pobladores una gran fe y ansias de encontrar a ese Dios que desconocían, pero que intuían.

Una mañana de verano se congregó gran cantidad de gente que desconocía de qué lado estaba la razón, a algunos les atraía el puro sabor de la novedad:

-No entendemos aquello que llamas fe, muéstranos una señal prodigiosa y creeremos –dijo un sinuoso curaca.

-Déjense de adorar ídolos y conozcan la verdad cuyo nombre usurpan los hombres, una realidad  que ustedes rechazan  y es el amor –contestó el monje Tabitah.

No faltaron sacerdotes escépticos que propiciaron la incredulidad de los pobladores y  nuevamente exigieron   hechos  concretos. Los nestorianos evitaron los enfrentamientos y fueron frecuentes sus reuniones con el fin de trazar una mejor estrategia de introducción.

-Estos naturales han inferido que hay un ser personificado que es el Dios creador de  todo y por lo visto, creen que una vez vino y los visitó, es un gran apoyo para nosotros que venimos del mar y somos sus  discípulos -dijo el monje Tabitah.

Con el apoyo de algunos convertidos los nestorianos empezaron a tallar sobre un árbol de lúcumo un Cristo con los brazos extendidos a fin de representar el precio de la redención, durante meses continuaron las prédicas que se tradujeron progresivamente en disputas pues para ciertos curacas no les era convincente y menos aún conveniente, juzgaron que la empresa de los monjes era vana, determinaron vivir como estaban, en la pura especulación; los sacerdotes se consideraban mediadores entre Dios y los hombres por tanto veían un peligro en la predicación nestoriana  de un Dios al alcance de todos.

Con su fuerte predicación sobre un Dios único y creador del universo, los monjes lograron el apoyo de un mayor número de pobladores, así pidieron permiso al sumo sacerdote para colocar el tallado de lúcumo en el santuario de Pachacamac. Los nestorianos recibieron como respuesta que sería necesaria una deliberación,  dicha respuesta había sido solo un ardid para ganar tiempo pues  tramaban matar a los monjes y a sus  seguidores.

Algunos fieles a la prédica intuyeron la confabulación urdida  y avisaron a los monjes para que se pusieran  a buen recaudo. Los nestorianos se reunieron en consejo y decidieron morir antes que claudicar, su fe era muy grande y pensaban que si habían podido expandir el Cristianismo por toda Asia, serían capaces de sentar sus bases en Fu Sang Guo. Esa misma noche en sueños vieron que tres blancas aves se elevaban por los aires mientras que otras eran devoradas por una gran ave rapaz, era una consoladora revelación de que su intento no sería en vano  

Al amanecer  ordenaron partir hacia la sierra a los hermanos del patriarca Tabitah, éstos aceptaron el acuerdo del Consejo y se fueron acompañados de unas docenas de pobladores que habían abrazado la fe.

Hasta los instantes finales, los nestorianos mantuvieron su fe y confiaban en que la alarma sería solo una prueba de Dios,  ordenaron enterrar la cruz tallada frente al mar,  en las faldas del santuario de Pachacamac. La incomprensión, la traición  y  la angustia se acentuaron, mientras entonaban salmos fueron cercados, cruelmente martirizados y finalmente asesinados junto a sus principales seguidores, la orden había sido no dejar huella alguna del paso de los monjes por esas tierras, los seguidores de aquella fe fueron también perseguidos y amenazados en caso de querer persistir en esa extraña religión, una vez más, habían triunfado la incomprensión y la envidia.

Los hermanos  del patriarca Tabitah, Tomás, Tomé y Bernabé, se dirigieron hacia el centro del poder Wari que eran comunidades dominantes de los Andes centrales,  pese a sus  esfuerzos,  pronto se dieron cuenta que los Wari poseían una fe difusa y eran muy proclives a la intriga, la maledicencia  y los belicismos entre sí. Luego de unos meses de esfuerzos vanos el grupo humano se desplazó hacia la meseta del Collao (7) en el sur andino.

Fue allí que  interactuaron con los habitantes del altiplano, pasaron  dos años donde  aprendieron las técnicas de agricultura, medicina y la organización del ayllu andino. El grupo se había incrementado a más de cien pobladores y hablaban  lengua tupina  pero con ciertas particularidades. Como los nestorianos hablaban la lengua aramea de Persia, influyeron sobre sus seguidores hablando una lengua que los caracterizaría y sería denominada la lengua de Jesús o Qjeshua. Viendo que la tarea de evangelización era ardua, los hermanos acordaron distribuirse por las tierras descubiertas; el  mayor,  Bernabé, se dirigió a la región colla para de allí internarse en la selva mientras los menores permanecerían en los Andes.

Al cabo de diez años Tomás y Tomé  se desplazaron  en busca de fértiles valles donde gracias a sus  dotes administrativas y su prédica se acrecentaron pacíficamente con otros grupos de la región. Estando en el pueblo de Cacha, actual provincia de Canchis, entre el Cuzco y Sicuani, Tomé contrajo una enfermedad mortal, tras innumerables esfuerzos,  sucumbió a los embates del infortunio y murió rodeado de sus seguidores; antes de fenecer pidió que sobre su tumba erigieran un gran templo en honor al único Dios creador de lo visible e invisible. El monje fue momificado, en su ajuar funerario se dispuso esencialmente cereales andinos como quinua y quiwicha; años después se levantaría allí el templo al hacedor del universo, Viracocha.

Tomás, el menor  de los hermanos continuó hablando de su  doctrina hasta su ancianidad, repetía que hay  un solo  Dios creador de todo lo  existente y también del símbolo de la cruz. Los relatos que perdonaron el olvido gozaron de una curiosa interpretación por parte de los cronistas de la conquista que escribieron recuerdos que los naturales guardaban  en su memoria, relatos antiquísimos que  sus temerosas memorias apenas abarcaban,  tal como que estando el predicador en el pueblo de Canas impactó con su predicación y consiguió nuevos adherentes, repetía que la fe se muestra en las obras y  acompañó sus palabras con normas de conducta, compromiso, a menudo agobiante que se adquiere tras asentir,  algunos encolerizados disidentes le refutaron, eran diestros en el arte de la intimidación progresiva, en la diabólica maniobra de humillar al contendor, combinando falsedades y burlas, trataron de capturarlo con la intención de matarlo, rodearon al monje cerca al lago Titicaca, estando  a orillas de la desesperación, el nestoriano  imploró el favor divino y ocurrió el milagro de caer fuego del cielo;  los Canas se asustaron y le pidieron perdón al ver que el monje levantó un bastón y detuvo el fuego. Para recordación, los pobladores en ese lugar   esculpieron una gran piedra con rasgos humanos.

En otra oportunidad y en sus constantes esfuerzos por erradicar la adoración de ídolos, mensajeros de la concupiscencia y la perversión, cerca del  Cuzco, el misterioso personaje tuvo compasión de los pobladores que parecían inexorablemente condenados a adorar huacas y espíritus malignos, luchó contra  esos  acechadores  y como castigo, los desterró hacia las cumbres nevadas por la eternidad.

En la prédica de dicho personaje,  colaboraba su fe, el esfuerzo y su terquedad, en otra vez,   llegó  al pueblo del cacique Apotambo y predicó insistentemente y con tal autoridad que muchos aceptaron sus preceptos,  las palabras del predicador   derritieron un ídolo de piedra con forma de mujer que adoran en el cerro Cachapucara, finalmente dejó a todos agradecidos por sus enseñanzas y se retiró a predicar a otras tierras.

El monje también padeció  los naturales reveses y frustraciones que inflige la vida,   hubo lugares donde no fue bien recibido como en Yamquesupa;  en una noche de lluvia el predicador  llegó padeciendo hambre, sed y frio, solicitó que lo cobijaran por una noche; al reconocerlo y queriendo los habitantes  seguir viviendo en libertinaje y en sus su vicios perniciosos, lo desairaron. El predicador miró al cielo y la lluvia se incrementó de tal forma que anegó el pueblo hasta cubrirlo y hoy es conocido como la laguna de Yamquicupacocha. En otros lugares, pese a  sus diversas victorias contra los sordos poderes de las enfermedades, fue rechazado y agredido por   pobladores a los que convirtió en piedras como sucedió en Quinamares y Pucará,  la contrariedad era grande así como la constante disidencia de sus seguidores. En los naturales estaba  muy arraigado el principio de reciprocidad, hermana de la equidad y prima de la justicia. El predicador  rumiaba largo tiempo en su mente como explicarles que el amor va más allá que la equidad y que la misericordia es el beso que la caridad da a la justicia.

 Los relatos de los cronistas se basaron en una realidad que no es la del papel, sino,  más bien de la  tradición oral pero coinciden  en que el predicador vivía una vida muy austera, asceta como forma de resistir la adversidad,  de piel blanca, barbudo, de cabellos largos, delgado, canoso,  solía vestir una túnica blanca y se atribuía ser discípulo de Viracocha. Siglos después cuando llegarían los sacerdotes españoles, a los indios les llamaría  la atención que llevaran una biblia en la mano pues en sus relatos rememoraban que el extraño monje que les predicó solía portar algo parecido  en su mano.

También los cronistas escucharon que el predicador fabricó una gran cruz de madera que cargó sobre sus hombros, a modo de penitencia, desde la sierra de Carabaya hasta el cerro Carapucu, junto a la laguna de Carapucu y    luego predicó con  la autoridad de quien ha explorado los abismos de lo humano,  muchos se conmovieron, quedaron   traspasados de emoción y se precipitaron a dejarse mojar la cabeza con el agua de la laguna, llorando de emoción.

El anciano recorrió los andes centrales llevando su mensaje de amor y de redención, cada jornada le concedía un instante de luz en su meditación y oración al alba; las miserias humanas de los pobladores abrían rendijas y resquicios que el monje sabía llenar con una prédica conmovedora; su vejez se tradujo en vastos amaneceres y  jornadas que le dejaban el olor de la tierra y el polvo de los caminos recorridos. En Huánuco ocurrió algo curioso:

-El predicador ha anunciado que vendrá a iluminarnos con su palabra –dijeron los naturales de Huánuco.

-Construyamos una gran puerta para honrar su visita –dijo el cacique de Huánuco. 

Al arribar el personaje, fue recibido con gran alborozo y no quiso ingresar por la susodicha puerta, las loas  triviales no tenían cabida en su espíritu, subió a la construcción y   se dirigió a los pobladores, su prédica carecía del comercio de la palabra dado que  su conducta siempre era intachable. Tan  pronto encendía corazones, con el tiempo, éstos se enfriaban,   algo usual en  los seguidores de espíritu quebradizo.

El persistente predicador tenía la facultad de inferir el corazón de sus oyentes, sean estos yungas, quechuas o aimaras, puso énfasis en la tradición oral que hablaría de  un hombre blanco, discípulo de Dios, venido del mar y el símbolo de la cruz Cristiana, irradiaba tal autoridad que los naturales le llamaron Tonapa, molinillo de fuego, pues sus palabras hacían arder los corazones de la gente.

El inca Garcilaso de la Vega escuchó relatos inmemoriales que dormitaban  acurrucados bajo  la sombra de los tiempos,  cuenta en su narración: “Tuvieron los Reyes Incas en el Cuzco una cruz de mármol fino, de color blanco y encarnado, que llaman jaspe cristalino: no saben decir desde qué tiempo lo tenían. Yo la dejé el año de mil y quinientos y sesenta en la sacristía de la iglesia Catedral de aquella ciudad, que la tenían colgada de un clavo, asida con un cordel que entraba por un agujero que tenía hecho en lo alto de la cabeza. Acuérdome que el cordel era un orillo de terciopelo negro; quizás en poder de los indios tenía alguna asa de plata o de oro, y quien la sacó de donde estaba, la trocó por la seda…”. El mestizo  concluye diciendo “Tenían la en una de sus casas reales, en un apartado de los que dicen huaca, que es lugar sagrado. No adoraban en ellas, mas de que la tenían en veneración; debía ser por su hermosa figura o por algún otro respecto que no saben decir”, de ese modo el escritor reconocía que la mente es porosa para el olvido, por eso escribió lo que vio, para que no se exponga a interpretaciones erróneas o apresuradas.

-Mirad al cielo, allí verán el precio de la redención, nuestra unión con el único Dios –solía decir el monje en sus prédicas nocturnas apuntando la figura de la Cruz del Sur; con el tiempo el mensaje se fue componiendo de las palabras chaca (unión, puente) y hanan (arriba, alto) y finalmente se redujo a la palabra chacana (9), símbolo del sacrificio del hijo del Dios supremo, ordenador y hacedor del universo al cual los naturales llamaban desde tiempos inmemoriales  Apu Kon Ticci Pachayachachic Viracocha.

-Con el sacrificio de la cruz fuimos redimidos por la sangre del hijo de Dios –repetía el monje los días tres de mayo, día en cual la Cruz del Sur se aprecia con mayor notoriedad y que coincide con el inicio de las cosechas. No pocos sucumbirían al hechizo de una realidad imaginaria pero más reconfortante.

Posteriormente, dicho símbolo se fue asociando a las cuatro estaciones y bajo la natural  erosión de los años, se desvirtuó, la doctrina del amor y el sacrificio en la cruz fueron superados por algo más objetivo: la reciprocidad, ya extendida desde tiempos ancestrales, con el tiempo solo quedarían palabras, frases desplazadas y mutiladas, palabras de otros, sería la pobre limosna que  dejarían las horas y los siglos, se fue diluyendo el mensaje que llevaron los  monjes persas; sin embargo quedaron para la posteridad diversas palabras que coinciden en significado y sonido entre la lengua Quechua andina  y  la lengua aramea que llevaron  aquellos nestorianos.

Hasta los tiempos de los primeros incas se recordaba al mencionado monje, cuenta la leyenda que el inca Capac Yupanqui, al nacer su hijo mandó llevar agua del lago Titicaca, de donde el predicador se salvó de morir por los canas y dicha agua la roció en la cabeza de su primogénito. En otro relato, cuando el Cuzco fue amenazado por tropas vecinas, el príncipe Hatun Túpac hizo ayunos y en un retiro espiritual, mientras meditaba,  se le apareció el mismo dios Viracocha, por tal motivo el príncipe al asumir el mando cambió su nombre por inca Viracocha, octavo soberano, durante su gobierno, la veneración del hacedor del mundo alcanzó su apogeo. El hijo de Viracocha, Pachacutec luego de vencer a los chancas, atribuyó su triunfo  al sol  que presuntamente convirtió las piedras en soldados cuzqueños, en agradecimiento por tal hecho,  impuso la supremacía de adoración al sol  quedando el dios Viracocha y su discípulo predicador  relegados a un segundo plano y al olvido de los tiempos;  la mayoría de los pobladores actuaron ante ese hecho  con indolente pero engañosa distancia.

El predicador repetía a los naturales que estén preparados para la segunda venida del Redentor, pasados veinte años, muchos seguidores perdieron  en la espera la fuerza de sus anhelos, el monje predicador  pidió a sus últimos seguidores internarse hacia donde sale el sol, a la selva y llevar el misterio de la fe cristiana, luego  se dirigió a la costa norte del Perú;  dispuso una manta sobre las aguas del mar, esta flotó, frente a las tierras de los tallanes  se despidió no sin antes pedirles que perseveraran en la fe. En  una hermosa mañana se fue adentrando en el mar turquesa mientras les decía que en un futuro  enviaría hombres blancos, barbudos como él y les pidió que los recibieran con bien y en paz. El tiempo no rehace lo que se olvida, la eternidad lo guarda para sorprendernos y también para la burla y el desdén;   entre los pobladores andinos se forjó la leyenda  de que el gran Dios hacedor del universo los visitaría algún día siendo eso el rezago de la esperanza de aquellos monjes que habían buscado el lugar donde sería la segunda venida del redentor.





(1) Fu Sang Guo: Presuntamente las costas de América según relatos de los viajes de Marco Polo (llamado también  Cipango, Catigara o Chrise).

(2) Kublai Khan: Fundador de la dinastía Yuang en el siglo XIII. Imperio Chino-mongol

(3) Nestorianos: Seguidores de Nestorio, fueron separados del Catolicismo  y  expandieron el Cristianismo  en gran parte de Asia.

(4) Pachacamac: Dios pan andino de adoración PRE- inca.  Adoratorio a 15 Km. al sur de Lima.

(5) Huaca: Adoratorio PRE-hispánico en forma de pirámide de adobes.

(6) Maranga: Barrio de la ciudad de Lima

(7): Collao: Meseta del altiplano entre Perú y Bolivia.

(8): Aimaras: Grupo étnico  PRE-incaico que habitaba la meseta del Collao.

(9) Chacana: Representación gráfica de una cruz andina de varios niveles.

viernes, 9 de diciembre de 2011

La abuelita cariñosa

Marco Antonio Plaza


Practicar el deporte del remo era muy difícil para Juan por su corta estatura y también porque no tenía el peso necesario. Pero, como le gustaban los deportes del mar, se convirtió en un timonel. Siempre pensó ser un buen remero y competir en las regatas los días domingos, para que lo vean sus padres y las chicas del barrio.

 Un día a las cinco de la mañana en pleno crepúsculo Alberto, un amigo del barrio,  lo busca para ir juntos a entrenar.

-Juan -gritó Alberto desde el medio de la pista despertando a casi media  cuadra.

-Ya bajo- contestó muy soñoliento desde la ventana de su cuarto.

Una vez listo salió de su casa, ambos marcharon al club Regatas Unión. Se dirigieron por el malecón Figueredo, conocido por los punteños como Cantolao, playa famosa por sus frías aguas, las piedras que dificultan el andar y los grandes tumbos que casi nunca llegan a reventar. A dicha hora, el camino se volvía medio fúnebre pareciendo un cementerio londinense de las típicas películas de Drácula, debido a la densa neblina que apenas los dejaba ver diez metros aproximadamente. El aire que respiraban era muy húmedo. El viento frio empapaba sus rostros dándoles una peculiar frescura. Sus labios saboreaban el agua de mar a la distancia por la sal que les llegaba de la brisa marina. Y para completar esta riquísima experiencia tenían como música de fondo el sonido de las olas, que se hacía muy intenso por momentos y daba la sensación que venía del centro de la tierra. 

Mientras seguían su camino observaban como los  distribuidores de leche Plusa dejaban unos grandes pomos en las puertas de la casas. Alberto, muy pillo, un día trató de coger un pomo de una casa  sin saber de quién era.

En eso ambos escuchan una voz que viene del segundo piso.

-¡Coge una muchacho para tu desayuno!- Paquita le dijo a Alberto mientras abría la ventana y sacaba la cabeza. Para esto Juan se asustó porque creía que Alberto había sido sorprendido robándose una botella. Éste tomó uno de los pomos y empezó a beber con unas ganas como si hubiese corrido cinco kilómetros.

-¿Y tú niño? -le dijo Paquita a Juan con gesto de quererle dar una botella-. ¡No te quedes ahí mirando, agarra una! -Expresó fuertemente la señora a pesar de sus años y su voz tembleque.

-Gracias señora, es usted muy amable.

Paquita era una señora de la tercera edad, muy querida en la Punta por su excelente trato a los niños. La comunidad la cuidaba como si fuese un patrimonio del puerto chalaco. Ambos amigos no la conocían y dicha mañana la señora tampoco se presentó.

Yo como hermano mayor de Juan me sentía feliz que él se levantara muy temprano y forme parte de una actividad no solamente deportiva sino competitiva. Me hubiese gustado tener esa oportunidad a la edad de él y disfrutar de la vida cercana al mar desde tempranas horas de la mañana. Pienso que esto fortalecerá su carácter y lo preparará para enfrentar los momentos difíciles de la vida, sobre todo cuando uno tiene que seguir trabajando contra viento y marea, levantarse temprano en una mañana fría y húmeda, sin querer hacerlo.

Pero también debo reconocer mi preocupación por sus estudios ahora que recién inicia el primero de media. Siendo un muchacho muy inteligente, gusta más de las aventuras que de los libros, prefiere la acción a la investigación. Mi angustia es que una vez en la universidad abandone los estudios por el deporte. Quisiera que sea un profesional, muy a parte de las actividades de aventura, de deportes y sociales que pueda tener a lo largo de la vida. El deporte no es para siempre, tarde o temprano uno tendrá que dejarlo, y solamente quedará el recuerdo. Por eso es que insisto en que estudie para el futuro.

Un día paseando por Cantolao, me encontré con Juan y Alberto y aproveché para felicitarlos y arengarlos.

-Muchachos, hacen muy bien siendo timoneles del Regatas Unión de la Punta. Aprovechen que están en el colegio porque cuando estén estudiando en la universidad, no tendrán mucho tiempo. Quizás cuando tengan la talla y el peso suficiente, puedan volverse remeros y competir a nivel nacional e internacional. El espíritu de competencia que les da el deporte podrán aplicarlo, más adelante, a sus estudios, trabajo y negocios. Sigan así, los apoyaré moralmente.

Dentro de mi también decía que ojalá que Juan sea un exitoso profesional, que destaque en la vida por su conocimiento y profesionalidad. Estos dos sentimientos los tenía en conflicto permanente.

-Gracias Alfredo- le dice Alberto emocionado- así somos nosotros, aventureros a costa de grandes sacrificios.

-Claro –agrega Juan- no podemos quedarnos sentados todo el día, tenemos que movernos.

-Muy bien muchachos.

-Una pregunta Alfredo –le dice Juan- ¿Tú conoces a una señora viejita de la cuadra tres de la calle Fanning que es recontra buena gente? Es una abuelita  que casi todos los días nos regala leche de esa que tú te tomas en la casa cuando vienes de correr ja ja ja,  y nos prepara unos sánguches riquísimos de jamón y queso a la plancha calientitos.

-Claro, todo el mundo la conoce y es muy buena con los niños. Ella se llama Paquita.

- Siempre he pensado que la gente mayor es buena con los niños.

-No necesariamente. Paquita tenía un hijo hace muchos años, y era como ustedes, deportista, aventurero y también timonel. Así que ella cuando los ve a ustedes, lo rememora.

- Pero acaso, ¿no lo ve?, no me digas que se fue de viaje y nunca más volvió.

-Ya sé, -dijo Alberto- seguro que se casó y su mujer no lo deja visitar a su madre, como pasa con mi hermano que es un saco largo, ¡pa su madre!, ¡la flaca es súper celosa y no sé que tanto lo cela si el pobre es más feo ja ja ja !

-No muchachos, su hijo se llamaba Ricardo. -En eso le cambia la cara a los dos amigos-. Cuando era un  niño como ustedes le dio una enfermedad que lo postró en cama y nunca  más se levantó y murió. Paquita cayó en una gran depresión. Ella vivió con la pena durante años hasta que al fin la superó y de ahí en adelante se volvió muy buena y cariñosa con los niños. Les regala diferentes cosas. A veces prepara queques, galletas, chocolates. Fíjate que una época hizo hasta turrón de doña pepa.

- ¡Guau!, ¡qué bárbara!, tenemos que  llevarle dulces –dice Juan.

-Excelente idea, mi mamá prepara unos alfajores mostros –manifestó Alberto.

Así, después de varios minutos de conversa, los amigos se despiden de Alfredo y siguieron paseando por Cantolao.

Durante un año continuaron madrugando y timoneando en el Regatas sin no antes ver a Paquita y recibir sus tan ansiados regalos.

Un día, Juan se levanta temprano y va solo al club. Cuando pasa por la casa de Paquita, observa que la ventana de su cuarto estaba cerrada y pensó «debe haberse quedado dormida». Luego pasaron varios días y la cosa seguía igual. Al tercer día no aguantó más la angustia y tocó la puerta de la vecina corriendo el riesgo que lo griten por su falta de criterio. En eso, la vecina abre la ventana y le dice.

-¿Qué quieres niño?, seguro que vienes a preguntar por Paquita, ¿acaso no sabes que está internada en el Clínica Sánchez Carrión del Callao? Anda a visitarla. Todos hemos ido varias veces.

-¿Y por qué no me dijeron?, ¡no puede ser!, ¿es muy grave?

-Mira, Paquita tiene un problema propio de la edad. Se le subió la presión, se desmayó y fue evacuada de emergencia. Más no sé niño.

En eso, Juan regresa a su casa corriendo y con los ojos llenos de lágrimas y con la voz semi cortada entrando a la sala y parado al pie de la escalera que daba al segundo piso grita.

-¡Alfredo! ¡Alfredo!, ¡Paquita está en la clínica!, ¡se desmayó!  –mientras lloraba desconsoladamente corriendo sin rumbo entre la sala y el comedor.

Alfredo angustiado bajó las escaleras en pijama porque estaba dormido y no entendía que pasaba. En eso vio a su hermano lagrimeando con muchísima sentimiento  que lo conmovió tremendamente.

-Juan, no te pongas así. Tranquilo. Ven, siéntate un rato y respira hondo. Te voy a traer agua. No te muevas por favor mientras me cuentas que le sucedió a la abuelita.

-¡Pero yo no quiero que se muera, es tan buena con los niños! ¡Dicen que fue llevada en una ambulancia a la clínica Sánchez Carrión por un problema de  presión alta!

-¡Vamos ahora mismo a verla! Me voy a alistar. Estate listo a las siete y media. ¿Está bien?

-Muy bien –dijo Juan con la voz quebrada y muy nervioso pensando lo peor.

Los hermanos se dirigen a la clínica, llegan a las ocho de la mañana y preguntan en recepción por la señora Paquita y le dan la información que se encontraba en el segundo piso en la habitación doscientos uno. Sin embargo, a dicha hora el médico estaba pasando visita médica así que  tuvieron que esperar como dos horas. Mientras tanto los hermanos caminaban por unos pasadizos largos, brillosos, muy bien cuidados desde donde se veía a los extremos unos lindos jardines que le daba un toque de paz al ambiente. A cada rato se cruzaban con médicos y enfermeras todas vestidas impecablemente de blanco, con trajes almidonados. Para Juan esto era novedad por su corta edad, y se hacía las siguientes preguntas, «¿por qué la gente se envejece, se enferma y se muere?» sin tener la debida respuesta. Más o menos a las diez de la mañana, la enfermera le dijo a Alfredo que ya podían pasar a la habitación y que la señora  estaba muy recuperada. En eso Juan  entró prácticamente corriendo y dio un grito ensordecedor sin importarle que se hallaba en una clínica.

-¡Paquita! ¿Cómo estás? ¡Qué alegría verte de nuevo!

-¡Hola hijito! ¡Te he extrañado mucho! ¡Sabía que vendrías!

Juan le da un gran  abrazo a Paquita y lo primero que hace es preguntarle.

-¿Cuando regresas a tú casa?

-No se Juanito, pero felizmente gracias a Dios, todo fue un susto, este tema de la presión, pero creo que en unos días ya me dan de alta.

-Hola señora Paquita –saluda atentamente Alfredo.

-Hola muchacho.

-Te estamos extrañando mucho en el barrio, pues, cuando vamos al club, el camino se siente muy solo sin tu presencia –le dice Juan.

-Oye, ¿no estarás extrañando los desayunos? –le pregunta su hermano riéndose.

- ¡No seas gracioso oye grandulón! –contesta soltando una carcajada al igual que Paquita.

-Apenas vuelva te preparo lo de siempre, no te preocupes, falta poco.

Así los hermanos se despiden y retornan a casa a sus actividades. Juan continuó timoneando con su rutina madrugadora. Siempre pasaba por la casa de Paquita y veía la ventana cerrada y se preguntaba «¿cuándo regresará?». Después de unos cuatro días, en una de sus idas al club muy temprano, Juan ve la ventana abierta y Paquita lo estaba esperando como de costumbre, con su leche y esta vez con un par de sánguches calientitos.

-Hola hijo, ten para ti, llévale este más grande a tu hermano que es todo un caballero.

-Al toque, voy volando a la casa.

Juan retorna  a su casa, entra apurado, y en la sala mientras todos dormían más o menos a un cuarto para las seis de la mañana, llama a su hermano como de costumbre.

-¡Alfredo!, ¡Alfredo! ¡Paquita está de vuelta! ¡Paquita está en su casa otra vez!

Alfredo se despierta de los alaridos de su hermano imaginándose que es una buena noticia y se dirige a la sala.

-¡Qué tanto grito Juan!, ¿qué pasa?

- Paquita nos ha preparado estos sánguches y te está enviando uno especial para ti por tú tamañazo! Ja ja ja.

-¡Caray!, ¡qué bueno está esto! –decía mientras lo saboreaba-. Agradécele de mi parte por favor y no te olvides de llevarle dulces. Ya sabes ella está muy viejita y tenemos que cuidarla –dice medio adormilado.

-Sí Alfredo, realmente he recapacitado y ahora ya no solamente me alegro por el cariño que nos da sino por lo que ella pueda sentir con nosotros, así que tenemos que darle mucha alegría.

Fue así como Juan volvió a tener ese ánimo que lo caracterizaba, alegre y  juguetón.

viernes, 2 de diciembre de 2011

El Cantar y el planeta rojo

 Ricardo Ormeño Valdizan


                  Llega el viernes y es la algarabía del planeta entero, los alumnos del colegio lo han esperado desde el lunes, el personal de las empresas, bancos, empleados en general disfrutan de esos momentos de viernes por la tarde con una sensación especial, casi como si salieran de vacaciones, el tráfico vehicular es insoportable, los restaurantes, bares, discotecas y todos los negocios imaginables se  abarrotan conforme se inicia la noche, gente ansiosa que busca un momento de diversión y olvidar todo lo que les incomoda o preocupa que generalmente va en un orden así: sueldos bajos o insuficientes, facturas por pagar…deudas, colegios, clubes, cumpleaños…deudas, casamientos, divorcios, infidelidad…deudas y así sucesivamente; es el día esperado por los desesperados, el día bendito, el día que nos salva de morir calcinados por el infernal fuego del stress y la angustia, sin embargo para Jorge Frías representa la frustración, el desconsuelo y hasta la incomprensión por necesitar el descanso obligado, no lo desea pero no tiene otra opción siente que ya cumplió con todos los dioses de este planeta al probar bebidas energizantes de todas las marcas, tabletas de distintas fórmulas resultando en vano todo intento por mantenerse despierto, tal vez  ¿Dosis insuficientes? ¿Debería intentar con otra fórmula?, en realidad ya no le interesa nada, por esa razón  no acude a ningún sitio, prefiere descansar y levantarse temprano para irse al club y hacer un poco de deporte, luego un almuerzo simpático con algunos amigos y regresar apenas caída la noche para disfrutar de  la calma de su hogar, conectarse a la televisión con su hijo, simplemente verlo dormir, o de repente terminar sentado en el piso de la cocina como muchas veces, pero eso es un proyecto de sábado y ahora se encuentra en un común viernes. Jorge… Jorge… calma y eso que no tienes trabajos sabatinos desde hace mucho tiempo…te entiendo, sé que no quieres colapsar.


                        Son las ocho de la noche y el doctor Frías se encuentra sentado en el cómodo sillón de su escritorio, siente que el sueño y el cansancio le ganan la batalla, de pronto un vahído lo hace tambalearse como si se fuera a desmayar el temor lo embarga, simplemente no da más -esto no está bien- piensa con preocupación el doctor, dejando pasar unos segundos antes de levantarse e iniciar su prácticamente huída hacia la paz del hogar. Ni bien llega abraza cariñosamente a su hijo, ambos, en un brusco gesto de amor salvaje caen sobre el sofá de tres cuerpos de la sala, enroscados como dos implacables luchadores rodando hacia el suelo en medio de risas y carcajadas.
-¡Estoy muerto hijo, muerto muerto de cansancio, discúlpame! –acotó el doctor estirado totalmente en el suelo de la sala.
-¡No te preocupes papá, voy a ver algo de televisión y a dormir! –respondió su hijo expresando una especial satisfacción en su rostro por haber abrazado a su padre aunque sea por unos segundos.
-¡Me pondré la pijama y veamos si mañana hacemos algo juntos! – sugirió el doctor Frías.
-¿Vas a comer algo? –interrumpió su esposa en un tono no alto pero sí desafiante.
-¡No gracias, no te molestes! –respondió Jorge Frías tratando de conservar la alegría que sentía cuando se hallaba al lado de su querido vástago.
-¡Okay! –respondió fríamente la cónyuge dirigiéndose hacia la sala como si algo le molestara. Jorge llega a la habitación principal y se coloca su pijama favorito aquel con la figura enorme de Mickey Mouse que lo hacía recordar una de sus visitas a Miami.


                             La almohada es acomodada rápidamente y con torpeza  por Jorge, levanta el cubrecama y acto seguido se deja caer sobre la cama, siente ese agotamiento en todos los músculos de su cuerpo, le cuesta mucho esfuerzo hasta levantar los párpados, la idea de hacer algo con su hijo temprano en la mañana, se esfuma velozmente -él entenderá- piensa el doctor Frías resignado. Intenta encender el televisor pero es en vano, no tiene fuerzas para elevar el brazo con el control remoto y así desiste de la idea quedando totalmente inerte en su cama, de costado, hacia la derecha tratando de jugar con su vista intentando ver en la oscuridad aquel sutil brillo de cualquier manubrio del closet que se presenta a su lado como todas las noches. Jorge se encontraba tan exhausto, que aquel agotamiento le traía remembranzas de aquella enigmática luz, blanca y brillante que aparentemente lo había abandonado desde hacía mucho; no logrando clasificar aquellos fenómenos como fantasías, alucinaciones, visiones o simples deseos ocultos. Sus inesperadas e inconstantes apariciones le creaban una atmósfera de incertidumbre y duda acerca de esas experiencias. Jorge cierra sus ojos y empieza a sentir que su cuerpo se relaja involuntariamente, dejándose llevar por tan grata sensación; experimenta el sonido de un fino zumbido de intermitente intensidad, como si arribara sin permiso  y se fuera de igual manera pero muy lentamente. Conforme pasan los segundos el doctor vislumbra una pequeña luz, intensa y lejana que acompañada rítmicamente de aquella peculiar resonancia aumenta su enigmático  resplandor colmando paulatinamente el oscuro paisaje en la mente de Jorge.
-¡Ya decía, cuando sería la próxima vez… pareciera que cada cierto tiempo en que olvido estos sueños y dudo sobre su realidad …zas….aparecieran de nuevo como si quisieran  recordarme que no son simples alucinaciones, bueno…aquí vamos! –expresaba el doctor con sumisión y poco entusiasmo. Jorge Frías siente que se dirige raudamente hacia la intensa luz, pero sabe también que en cualquier momento puede detener el despegue y abortar su misteriosa misión, otras veces lo hizo por simple temor y hoy aún siente temor…mucho temor.
-¡Nunca he podido comprender todo esto!, se supone que debería entrar en un túnel rodeado de muchas estrellas y volar velozmente por todo su interior, pero no desplazarme desde una luz hacia una gran cantidad de puertas pasando sin dificultad a través de ellas…no entiendo nada! – expresaba Jorge así mismo tratando de controlar su miedo a lo desconocido.


                                Efectivamente el doctor Frías siempre reclamaba ya sea a todos los dioses del olimpo como a cualquier sujeto, animal u objeto que estuviera a su alrededor, una explicación que nunca llegaba; su pregunta era muy fácil, se supone que las personas que experimentan algo semejante siempre entran por el famoso túnel y se desplazan dentro de ese pasaje  lleno de luces a grandes velocidades dando la impresión de encontrarse en una nave espacial de gran propulsión; Jorge no, él en algunas ocasiones iba de navegar velozmente dentro de la luz por unos segundos, a llevarse de encuentro una fila interminable de diversos modelos  de puertas batientes , todo era muy rápido tanto que no podía calcular el tiempo ni tampoco recordar con lujo de detalles el veloz trayecto. Efectivamente en esta ocasión pasa en segundos de la luz a las puertas tan rápido que era imposible contarlas y repentinamente aparece de pie sobre un suelo de tierra afirmada sin nada de cemento, Jorge toca sus piernas –bueno ni hablar siento mi cuerpo y estoy consciente, debo tratar de recordar todo lo que pueda, siempre me olvido de muchas cosas…esto se parece bastante a una parte de mi club pero ese jardín al frente es distinto –se decía así mismo el doctor Frías observando un extraña área de forma rectangular donde no habían flores sino una especie de yerba bastante pareja de aproximadamente un metro de alto. Jorge se deleita con  la frescura de la noche, siente una brisa muy especial que roza su rostro sin embargo trata en vano de memorizar alguna imagen, paisaje, dibujo, letrero o signo que pueda recordar al despertar para así poder narrar su experiencia a algún amigo de confianza pero no, no observa nada relevante y teme que el tiempo se le pueda terminar en cualquier momento. Jorge gira su mirada de derecha a izquierda barriendo detenidamente aquel  jardín buscando lo que ni él  sabe con certeza, hasta que divisa al otro extremo de la maleza, dos siluetas que lo miran fugazmente y siguen caminando con extrema tranquilidad, Jorge reconoce una pareja de mediana estatura que pasea con lentitud, paciencia y sobriedad como monjes de algún templo pero vestidos ordinariamente, pantalones oscuros, camisas claras, nada especial realmente pareciera que se contaran alguna historia interesante; el doctor trata de acercarse directamente hacia ellos, no agita las manos ni dice nada para llamarles la atención , simplemente atraviesa la singular vegetación que tiene frente a él y una vez al otro extremo, visualiza a uno de ellos.
-Buenas noches, disculpe –saluda con suma timidez el cirujano logrando que una de aquellas enigmáticas personas dirija su mirada hacia él acercándose muy suavemente - ¡Maldición ojala recuerde algún detalle, camisa de manga corta o larga, demonios no distingo bien, cabello corto lacio, no es de piel blanca, es bajo de estatura, algo delgado, bigotes no los tiene, debo recordar todo lo que pueda, estoy harto que siempre me olvide de muchos detalles  -se exige al máximo el doctor por tratar de captar algo en su cámara mental llevándolo a una profunda inquietud, desasosiego, angustia ya que el tiempo siempre se le termina antes de lo deseado. Jorge sigue absorto en todo lo concerniente a dicho sujeto sin percatarse que la pareja que acompañaba a la extraña persona se aparece súbitamente al lado izquierdo de Jorge pero manteniendo una distancia de aproximadamente un metro y medio.
-¿Qué es el Mio Cid? –pregunta la misteriosa fémina dirigiendo sutilmente la mirada a Jorge.
-Cabello negro y lacio, no muy largo; no es blanca, no es negra, no es alta más bien baja diría yo –trata el doctor de examinar rápidamente a la extraña mujer sin responder a la pregunta. De pronto el bronceado sujeto de cabello negro y corto distrae al doctor Frías haciendo que dirija  su mirada ciento ochenta grados a la derecha.
-Allí –interviene el sujeto señalando con el dedo un grupo de estrellas en el firmamento.
-¿Allí? –pregunta Jorge utilizando su dedo índice para señalar la misma estrella.
-Marte- responde con mucha suavidad en su voz el extraño personaje.
-¿Qué es el Mio Cid? –pregunta la joven dama haciendo girar nuevamente al cirujano, esta vez hacia ella.
-Bueno, es una obra que trata de un héroe –responde tímidamente Jorge.
-¿Qué es el Mio Cid? –insiste nuevamente con un tono de ligera molestia.
-Es una obra que trata de un personaje que es deshonrado y luego la recupera –responde Jorge calmadamente.
-Mira allí –interrumpe el extraño sujeto logrando que Jorge gire nuevamente ciento ochenta grados y siga el bronceado dedo índice con la mirada alzando también el suyo dirigiéndolo hacia el mismo punto.
-¿Allí? –responde tímidamente el doctor.
-No, allí –aclara el misterioso y calmado sujeto dirigiendo nuevamente su dedo índice hacia una estrella específicamente pero esta vez veinte a treinta centímetros más abajo que la señalización anterior.
-¿Allí? – vuelve a preguntar el doctor Frías.
-Marte –responde el sujeto.
-Allí, Marte –acota Jorge.
-¡No! … allí…Marte –rectifica el enigmático hombre señalando la misma estrella pero esta vez en una posición diez centímetros más baja.
-No deberían enseñar eso – indica la mujer mirando a su pareja.
-¡Pero el Mio Cid, el valor, el honor! –expresa con sorpresa el doctor.
-No deberían enseñar eso –insiste la misteriosa dama. Jorge siente nuevamente una brisa ligeramente fría y el paisaje donde se encuentra empieza a borrarse rápidamente mientras el intermitente zumbido aparece nuevamente pero tan sólo por unos segundos alejándose de igual manera como apareció. El doctor despierta abre los ojos, no puede moverse, aún el agotamiento lo impide, simplemente se queda pensando acerca de su extraño sueño.-El Mio Cid, interesante pero no lo entiendo y lo de la estrella que se supone era Marte tampoco, tal vez al observar su cambio de posición me estaría dando una idea acerca del tiempo, no comprendo bien. El doctor no puede mantener la vigilia y queda dormido profundamente.


                              A la mañana siguiente el cirujano se levanta y se dirige lentamente hacia la cocina, como pidiéndole por favor a sus piernas que se muevan, donde encuentra a su esposa, se prepara un café y trata de romper el hielo –Que sueñito tuve, el Mio Cid y Marte –expresa Jorge pasando a narrar el sueño con detalles.
-Jean tiene que presentar un resumen el lunes sobre el Mio Cid –informa fríamente la esposa del doctor. Jorge va a la habitación de su hijo quien se encuentra concentrado en la televisión.
-Jean ¿Tienes que presentar un trabajo sobre el Mio Cid? –pregunta el médico a su hijo.
-¡Ah sí papá, tengo que exponer el resumen el lunes pero lo haré más tarde –afirma el púber con total seguridad.
-Bueno entonces ¿Qué te parece si te ayudo? –propone el doctor obligando sutilmente a su hijo a  desarrollar inmediatamente dicho resumen una vez aceptada su propuesta.


                                    Aquella mañana de sábado el doctor con mucha ansiedad se entregó a realizar el corto estudio de dicha obra con su hijo, parecía que al único que le interesaba realmente era a él, ni su esposa ni su hijo habían dado importancia al relato del extraño sueño. Jorge termina el resumen junto con su hijo y queda pensativo como tratando de llegar al diagnóstico de una difícil enfermedad.- cantar del Mio Cid, honra, deshonra, posesiones, matrimonios con linajes de mayor prestigio, divorcios, hijas vejadas, fustigadas, malheridas, abandonadas en un  paraje castellano, ascensos sociales, lucha por la honra; bien, trato de entender ahora por qué me decían que no deberían enseñar esto, pero Marte que tendría que ver -analiza el doctor con sumo interés mientras se dirige rápidamente a su computadora para navegar y buscar alguna información sobre aquel planeta quedando perplejo al leer que el planeta rojo se encontraría desde ése día y hasta el jueves a tan sólo cincuenta y seis millones de kilómetros de distancia de la tierra, máxima vecindad que no se alcanzaba desde hace sesenta mil años. Jorge comenta esto con su esposa quien le oye sin apasionamiento alguno, es entonces que decide abandonar el tema completamente –Cada que trato de ignorar estos sueños siempre me sucede esto, como si quisieran que realmente no desatienda que esas extrañas experiencias son una realidad, lo importante es que me han dado datos y esto es interesante, no recibía información desde aquella primera vez que me encantaría recordarla, tal vez en otro momento –piensa el doctor mientras es interrumpido por una llamada telefónica a su celular –Los pacientes siempre me hacen retornar a la realidad que conocemos…al menos en esta dimensión –saliendo rápidamente hacia su clínica para atender la urgencia .