martes, 8 de noviembre de 2011

Cuando sólo deseas una Luz y una copa de Vino

                  Ricardo Ormeño Valdizán

          Hay días muy especiales, días que se añoran, se desean, Jorge Frías no tenía uno de ellos desde hace mucho tiempo, pudo regresar a su casa a tomar unos alimentos y para él aquello era verdaderamente milagroso, la intervención quirúrgica había tardado cerca de cinco horas y el estar en contacto con el agua caliente, era parte de su aburrido y necesario programa hogareño. Bastaba una hora y media a dos horas de efectivo descanso para sentir que su alma se encontraba en condiciones óptimas para volar por jardines, prados, bosques y demás escenarios imaginables sólo en grandes pinturas pero Jorge no tendría esa satisfacción, la discusión con su esposa hace tres días creaba un ambiente tenso y absurdo que lo incomodaba hasta llegar casi a la desesperación sin embargo, el sólo pensar en un fugaz momento de sosiego lo llenaba de valentía para enfrentar al monstruo de hielo con el que había contraído matrimonio hacía más de una década, donde los monosílabos y respuestas ásperas eran el común denominador hasta en los mejores momentos. Jorge entra a la ducha y empieza a sentir el placer del agua en su cuerpo una mezcla de relajación y placer sexual, el doctor Frías era todo un sibarita, sin embargo el contacto con el jabón y el especial masaje que provocaba el fuerte chorro del cristalino elemento no duraba nunca más de treinta minutos. Terminado su relajante ritual queda envuelto en la enorme toalla dirigiéndose a su habitación donde cae con ella en su cómoda cama animándose por unos segundos en cerrar los ojos sintiendo casi automáticamente que su alma desea pasear. ¡No ahora no, tengo que volver al consultorio! –se decía así mismo Jorge.

           El descansillo y la pequeña siesta de veinte minutos hizo que el estado de ánimo del facultativo se estabilizará sin llegar a dibujar una pequeña sonrisa como en otras ocasiones, pero bastó para intentar salir rápidamente, pasar al lado del temible personaje de hielo y correr a refugiarse en el trabajo. Unos metros antes de arribar a su clínica Frías observa deslizarse sutilmente la puerta del garaje dándole la bienvenida, Jorge siente una extraña pero gratificante sensación eran las tres de la tarde y la atención a sus pacientes se iniciaba a partir de las cuatro y media, lo que le daba unos minutos glorificantes para leer, escribir, responder mails, o simplemente levantar las piernas sobre su escritorio y prepararse psicológicamente para trabajar intensamente durante unas tres horas. El dinámico cirujano ya no era obeso como cuando joven y tampoco llevaba los gruesos bigotes que lo acompañaron hasta los treinta y tantos años de edad y que acariciaba inconscientemente al pretender realizar un diagnóstico cual detallista e inteligente detective extraído de alguna novela o película, no ya no era así, el deporte y el ansiar dar el ejemplo a su clientela habían realizado casi el milagro de convertirlo en una persona lo suficientemente atlética para soportar la tensión de su profesión y la de prevenir una hipertensión arterial como la tuvo y sufrió su padre. El cuarentón pero juvenil e hiperactivo médico ingresa su automóvil al garaje privado, ahora sí sonriente, saluda a la simpática y esbelta secretaria cuando de pronto observa que los muebles de la sala de recepción se encuentran totalmente colmados de seres humanos, sin embargo saluda con la cortesía de siempre y se dirige deprisa al consultorio.

-¡Jessica me puedes decir que pasó! -pregunta el cirujano a su secretaria sin poder evitar dirigir su mirada directa y sin apocamiento a los bellos muslos que mostraba ingenuamente debajo de esa estilizada minifalda.

-Doctor todos decidieron venir antes ya que el tráfico en la ciudad está insoportable -respondió la alta y atractiva fémina de grandes e intensos ojos marrones y cabello azabache.

-¡Da la impresión que se pusieran de acuerdo, en fin déjame que me siente un minuto por favor! –casi suplicaba el confundido Frías sin pensar que sus ruegos no serían escuchados por nadie y que sus horas de trabajo ya no serían tres esa tarde sino cuatro.

            Cuando el sonido de un teléfono es melodioso, inmediatamente ofrece  una grata sensación a nuestro cerebro, ese dulce sonido puede entonces ser codificado como un placer al atender la llamada, pero cuando un teléfono que emite angelicales armonías es destinado para el trabajo la situación cambia un poco y si nos referimos al trabajo de Jorge Frías… la situación realmente podría desquiciar a cualquiera, ahora si a ése teléfono le agregamos dos más y encima lo decoramos con dos celulares muy simpáticos y muy a la moda, pues logramos aparte de una torta de compleja telefonía, entender que si las bellas armonías y melodías de orquestas sinfónicas o grupos populares no se ponen de acuerdo, las cuerdas se superponen a la teclas, los vientos entran en batalla con las percusiones y las guitarras contra las trompetas luchando por sobresalir todos a la vez creando una atmósfera de verdadero caos y destrucción no sólo para nuestros oídos sino para nuestro cerebro que en instantes empieza a querer defenderse tratando, no de fungir de director de orquesta corriendo de un lado a otro o girando la cabeza de derecha a izquierda para lograr orientar a tan virtuosos músicos sino de radar de última generación, para saber cual o cuales son los que deben ser atendidos  primero, es en esos desesperantes momentos en que aparece dentro de nosotros  el sublime gusto de coger algunos de esos tecnológicos, bellos, simpáticos y hasta envidiables aparatitos y simplemente estrellarlos contra la pared. Jorge necesitas un descanso urgente en muy buena compañía lejos… muy lejos de allí.

        La tarde transcurre sin darle un respiro, los pacientes impacientes desean ser atendidos con prontitud y los teléfonos con resonante algarabía se ponen de acuerdo para entonar sus melodías uno detrás del otro.

-¡Doctor, disculpe que lo interrumpa, Tecno medical desea pasar a cobrar ahora! –comunica la secretaria por el teléfono interno.

-¡Pero…ahora, no entiendo ellos siempre se demoran en cobrar y estoy atendiendo las consultas, diles que si puede ser mañana, total recién hemos utilizado sus insumos hace unas horas! –respondió el cirujano disculpándose ante su paciente por la interrupción.

-¡Muy bien doctor, pero también han llamado la señora Vergara, quiere que se comunique urgente, su hermano desea lo mismo con usted y la señorita Carbajal piensa operarse cuanto antes porque empiezan sus clases! –informaba la dulce secretaria.

-¡Muy bien los llamaré luego, diles que estoy en consulta y no puedo atenderlos! –respondía el galeno con incomodidad.

                Los minutos transcurrían y el agotado Jorge Frías sólo pensaba en llegar a su casa, tomarse una copa de vino y buscar aquella enigmática luz blanca tan intensa como la nieve que se le cruzaba ocasionalmente en algún sueño, eso bastaba para sentir las  fuerzas necesarias para seguir adelante. Los pacientes salían y entraban de su consultorio, consultas nuevas, controles, curaciones, desplazándose, cada que disponía de unos minutos, hacia el área de hospitalización para observar la evolución del paciente recientemente operado.

-¡Doctor, tengo en la línea a la señora Gonzáles, dice que le duele la mama izquierda y se encuentra asustada, quiere que la llame urgente, bueno también ha llamado la señora León, dice que el tarot le aconseja que la opere el próximo viernes pero no en el horario de costumbre sino a las tres de la mañana! –interrumpía la aturdida secretaria con temor de molestar a su jefe.

-¡Bien tienes mis celulares y todos los teléfonos, diles que los llamaré a la brevedad posible, pero ayúdame que ya estoy realmente mareado! – expresaba Jorge casi desesperado.

                  Conforme las horas pasaban Jorge empezaba a sentir que su copa de vino y la extraña luz de sus sueños se encontraban cada vez más cerca, cuando de pronto el discreto teléfono interno suena otra vez haciendo que imaginariamente se derrame la copa de vino del cirujano.

-¡Doctor, disculpe pero ha venido la paciente Krauss y su esposo, desean entrar a su consultorio urgente, no entienden que deben esperar y se encuentran muy agresivos! –informaba mucho más nerviosa la atractiva y sensual secretaria.

-¡Pues que esperen, no puedo hacer más y que pase de una vez la siguiente paciente! –ordenaba el doctor. Cuando de pronto se oye el fuerte sonido de la puerta del consultorio, no era necesario convertirse en Sherlock Holmes para suponer que la persona que emitía ese brusco y fuerte sonido se encontraba cargado de agresividad; el perturbado facultativo se levanta y se dirige hacia aquellos tambores de guerra encontrando como enérgico emisor, una persona de mediana estatura, corpulento, vestido con un saco muy ajustado, de rasgos oscuros y toscos que le traen a la memoria aquellos boxeadores de la liga americana que tanto disfrutaba con su padre por la televisión; al lado de él, Josefina Krauss una mujer de la misma estatura que su pareja que escondía la belleza de sus ojos verdes, cabello rubio y finos rasgos faciales, en su gruesa contextura que la había llevado a someterse a una liposucción hacía más de un año y a una abdominoplastia hacía dos meses.

-¡Doctor he venido para hablar con usted y quiero decirle que necesito saber la verdad, soy muy agresivo y no tengo paciencia! –expresó enérgicamente el intimidante sujeto.

-¡Tomen asiento y para empezar me encantaría saber quien es usted! –respondía Frías con poca paciencia.

-¡Soy esposo de Josefina y tengo las pruebas! –afirmaba con seguridad el símil de un famoso luchador mientras a su lado Josefina sollozaba sin consuelo.

              El amable y a veces ingenuo Frías no infería nada miraba a Josefina Krauss y ella se limitaba a llorar, realmente no entendía lo que pasaba delante de él, había conocido a Josefina apenas unos meses atrás acompañada siempre de Raúl Montes su esposo que vivía en Japón y que se había sometido a una rinoplastia justo el mismo día y en turno seguido a la intervención de Josefina; venían a su memoria y de manera muy intensa los abrazos y besos apasionados de la pareja de esposos en la recepción de la clínica no importando la presencia de las demás personas, escogiendo siempre el mueble de un cuerpo para depositarse enroscados simulando dos alocados adolescentes.

-¿Pruebas de qué? –preguntó sorprendido el doctor.

-¡De la infidelidad doctor, ella lleva la prueba, el corazón, usted le ha hecho un corazón y dígalo de una vez que soy muy agresivo! -respondió la copia fiel de un ex boxeador.

-¿Corazón dónde por favor? Sea más explícito –preguntaba Jorge Frías tratando de ojear su reloj.

-¡Cómo se le ocurre hacerme esto doctor!  ¿Le gustaría que le hagan esto a su esposa? –preguntaba Josefina llorando sin control dejando al galeno mirando hacia el infinito.

-¡El ombligo doctor, usted le ha hecho un ombligo en forma de corazón y esa es la prueba de la infidelidad así que hable que ya le he dicho… soy muy agresivo! –expresaba enérgicamente el supuesto esposo de Josefina Krauss. El siempre amable y cortés Jorge Frías siente que la calma, paciencia y ecuanimidad comienzan a convertirse en palabras extrañas, casi nunca oídas o escritas y después no de un día complicado por la tensión del trabajo sino de varias semanas plenas de días complicados, se pone de pie.

-¡Bueno ya basta… a usted señor no lo conozco, viene, interrumpe en mi consultorio y me habla de un corazón en el ombligo de su esposa y que encima es usted muy agresivo, pues le diré que yo también soy muy agresivo y no va a venir nadie a decir o hacer lo que le plazca… y contigo Josefina, tengo todas las consultas y operación incluidas filmadas y grabadas, así que por derecho tu esposo puede solicitarme la información completa acerca de tu tratamiento que con mucho gusto se la daré así que por favor se ponen en orden, son claros y me dicen la verdad o simplemente llamo a mi secretaria me firman un documento en especial tu Josefina que eres la paciente y les muestro la historia clínica , videos y demás a pesar que exista temas privados que siempre me refieren o confían los pacientes –amenazó el doctor de manera determinante y sin mostrar signo alguno de vacilación a pesar de no tener realmente nada grabado o filmado.

-¡Lo privado no doctor, es privado usted no puede decirlo! –acotó Josefina dejando que sus lágrimas se evaporen velozmente cambiando bruscamente su expresión.

- ¡Pues bien primero veamos ese ombligo de una buena vez! – ordenó el cirujano, que muy molesto se limito a examinar con detenimiento la prueba de la infidelidad.

-¡Pues bien esto es una mala cicatrización, se llama cicatriz hipertrófica, muy similar al queloide que deben haber oído alguna vez, Josefina ha debido acudir a sus controles y no desaparecerse por casi mes y medio y esta cicatrización antojadiza en forma de corazón no hubiera existido, así que si desean corregirla, a partir de mañana mismo vienen a las citas que se requieren para estos casos y me firmaran la asistencia en cada una de las fechas para no tener problemas con ustedes a no ser que deseen irse a otro sitio… pero aquí se debe hacer esto y punto! –explicó Jorge dispuesto a enfrentarse ante cualquier demonio o monstruo que se le apareciera en el camino incluyendo a su esposa, claro.

-¡Doctor es usted un profesional le aseguro que vendremos puntualmente y haremos lo que nos diga, es más lo recomendaré con mi hermana que también tiene una cicatriz similar pero en la pierna, la traeré se lo aseguró! –finalizó el símil de pugilista muy eufóricamente levantándose y despidiéndose con un fuerte apretón de manos al juzgar que el médico frente a él no había intentado nunca interpretar el papel de amante con su pareja. 

          Tras la despedida, el agotado Frías se comunica con su secretaria para saber si los pacientes que esperaban en la sala percibieron algo ya que la conversación había sido muy intensa y amenazante limitándose a esperar alguna respuesta misericordiosa por parte de ella, la cual recibió muy delicadamente haciéndolo sentir algo más reposado. Jorge no olvides que tu copa de vino te espera. Los pacientes pasaron uno tras otro, los teléfonos cumplieron con su inflexible función hasta el último minuto, no dejando en paz a Jorge, pero por fin culminó el día, era viernes y generalmente el dinámico cirujano no acudía a ningún sitio ya que siempre terminaba casi destrozado física y mentalmente debido al extenuante trabajo de la semana.

-Mañana haré lo que no hago hace mucho tiempo, me quedaré en la cama y punto, soportaré hasta un cataclismo pero nadie me moverá de allí –pensaba Frías casi desesperadamente. 

              El despertar del doctor al día siguiente fue muy placentero, la copa de vino de la noche anterior se había convertido en una botella, sólo así pudo conciliar el sueño automáticamente sin poder siquiera intentar buscar aquella enigmática luz que a veces lo llevaba a paseos oníricos increíbles, simplemente se sintió desconectado totalmente.

        Dada la poca comunicación con su esposa, lo mejor que habitualmente podía esperar era recibir una taza de café de parte de ella de manera lacónica y ausente de una sonrisa, pero cuando las discusiones se daban era una semana totalmente carente de saludos, diálogos y de su habitual dosis de moca. Jorge se estiró totalmente en la cama luego de servirse el un desagradable recuelo y tratar de disfrutar de la televisión poniendo énfasis en los programas de actualidad con la intención de enterarse someramente de lo que acontecía fuera de su clínica. El doctor disfrutaba de su descanso, no quiso en esa ocasión reunirse con sus amigos en el club como cada sábado, sino descansar, sólo descansar, hasta que al darse cuenta que se había perdido de muchas noticias durante la semana,  es cuando se  dispone a rastrear  tenazmente los programas noticiosos o similares logrando encontrar uno en el cual daban cuenta, en un extenso reportaje, del malestar del ministro del interior por un ex policía que resultó ser jefe de una banda de secuestradores, quien además se encontraba involucrado en la falsificación de visas para los Estados Unidos, preocupación que se debía a que dicho individuo exigía retornar al cuerpo de la policía al que perteneció alguna vez por no haber sido encontrado culpable ante ningún juzgado, Jorge gira su cabeza a la vez que deja su taza de café en una pequeña mesa al lado de su cama quedando estupefacto al ver la fotografía de Ronaldo Medina, personaje intimidante que había visitado su consultorio el día anterior. Jorge salta literalmente de la cama tratando de grabar el reportaje, al no lograrlo corre hacia el teléfono y llama a un ex –productor de teatro y amigo de muchos años.

-¡Carlos, habla Jorge! , ¿Estás viendo la televisión en estos momentos? –pregunta con voz entrecortada el asustado facultativo.

-¡Sí claro estoy justo viendo un reportaje acerca de un secuestrador¡ -respondió Carlos

-Te llamo por la sencilla razón que ése tipo estuvo en mi consultorio y tuvimos un intercambio de palabras, inclusive me levanté y le dije que yo también era muy agresivo, en fin te contaré luego con paciencia pero ahora hazme un favor corre y grábame el programa o por favor comunícate con tus amigos del canal para conseguir una copia, luego te vuelvo a llamar para contarte con lujo de detalles –despidiéndose ansiosamente Jorge.

                 Llegó el lunes y Jorge luego de haber contado su historia no sólo a Carlos sino a sus familiares y algunos amigos más, se encontraba esperando a Josefina Krauss quien acudiría a su consultorio acompañada de tan peligroso sujeto.

-Doctor buenas tardes, le presento a mi tía Laura, vengo como acordamos –saludó Josefina ante la sorpresa del cirujano de no verla acompañada de su temible pareja.

- Buenas tardes, tanto gusto conocerla señora –saludó el doctor muy parco a la tía de la señora Krauss.

-¿Vieron el reportaje televisivo de ayer? –preguntó Jorge algo incómodo esperando alguna reacción por parte de ellas.

-Sí doctor, pero eso es mentira, de paso ya que toca el tema quiero disculparme por lo que pasó el viernes, lo que sucede es que como vino mi esposo de Japón después de tanto tiempo y no solamente me acompañó en la operación sino que él también se operó no pude evitar pasar unos buenos momentos con él y Ronaldo no debía enterarse –explicaba con mucha soltura y sin preocupación la rubia Krauss.

- No entiendo bien esto así que mejor explícamelo muy bien –ordenaba Jorge tuteándola de manera casi desafiante

- Lo que sucede es que la persona que me mantiene económicamente es Ronaldo no mi esposo que vive en Japón quien nunca me envió dinero ni saludos y justo ahora se apareció y al creer que algo bueno sucedería con él, es que evité que se cruce con Ronaldo, pero ya ve… tres meses estuvo aquí y ya se fue de nuevo, así que al evitar que Ronaldo pise su consultorio pensó que usted era mi amante, eso es todo doctor –narró Josefina casi sonriendo.

-¡No entiendo lo que dices, me ha podido matar de un balazo y luego hacerme las preguntas! –intervino Frías totalmente contrariado.

-La verdad es que al temer de mi infidelidad lo siguió a usted por casi dos meses e incluso envió a uno de sus amigos para hacerse pasar como paciente para ver si descubría algo y no sucedió nada doctor así que no se preocupe -respondió Josefina.

-¡No me preocupe… ha podido desgraciar a toda mi familia y tú eres cómplice, es más creadora de toda esta peligrosa y desconsiderada situación! –acotó Jorge Frías indignado por tal descaro de Josefina al narrar los hechos.

-¡Bien doctor disculpe que interrumpa pero creo que esto ya pasó y más bien vayamos a lo que queremos! – interrumpió Laura la tía de Josefina.

-Bien ¿Qué es lo que desean? – preguntó Jorge imaginándose  ya cualquier cosa y empezando a desear su copa de vino esa misma noche de manera urgente con luz o sin luz onírica incluida.

-¡Doctor, deseo otra liposucción arreglarme las mamas y tal vez algo en la cara – intervino la señora Krauss muy segura de sí misma.

-Lo que sucede es que Ronaldo quiere volver a la policía y como usted sabe, ganan muy poco como para mantener a mi sobrina como se debe, así que Josefina ha tomado la decisión de arreglarse todo lo que pueda porque quiere trabajar en una discoteca… usted ya sabe –explicó la tía Laura casi con un tono de administradora al referirse a su sobrina como candidata a meretriz.  
 
                Jorge se limitó a tratar la cicatriz y no entendió nunca porque razón no volvió a ver a Josefina sin haber concluido su tratamiento, después de tan sólo tres citas desapareció literalmente del mundo. Dos meses después, Laura tía de Josefina Krauss sin tomar en cuenta las altas horas de la noche de un sábado cualquiera se comunica telefónicamente con el doctor Frías solicitándole una atención de emergencia para la guapa sobrina la cual había sido agredida por el explosivo, frío e iracundo Ronaldo, quien no pudiendo controlar sus celos, no encontró mejor solución que vaciar el tambor de su revólver a la persona que se encontraba con su mujer saliendo de un pequeño y solapado hotel, sin imaginar nunca, que no era un amante el blanco que había recibido los seis impactos de balas sino más bien  un asiduo cliente. No satisfecho con tal execrable acto enviste cual toro de lidia a la rubia de ojos verdes propinándole una serie de golpes por todos los ángulos posibles produciéndole marcas y fracturas severas en el rostro debido al efecto contuso y cortante de los gruesos anillos con exóticos adornos que llevaba en la casi totalidad de los dedos de ambas manos. Laura suplica al cirujano por la atención de su sobrina ella sólo confiaba en él asegurando que no sucedería nada lamentable con Ronaldo quien se encontraba detenido y por lo visto se había hecho acreedor de una largas vacaciones en la cárcel por el crimen perpetuado al inocente parroquiano. El doctor Frías duda en atender a Josefina no se fía de ella, de sólo imaginar algún mínimo problema con el terrorífico jefe de secuestradores sentía que sus piernas empezaban a temblequear, sin embargo no podía abandonar a un ser humano en desgracia mucho menos si había sido su paciente, así que acepta que la tía disponga de la ambulancia para traer a la infeliz Josefina.

                         Cuatro largas e interminables horas duró aquella reparación en el rostro de Josefina sin contar algunas suturas en sus miembros superiores. Jorge la mantuvo hospitalizada por tres días quedando más que satisfecho con los resultados iniciales. La desdichada paciente por su parte cumplió a cabalidad las indicaciones, acudió a todas sus citas, tomó y se aplicó los medicamentos adecuadamente y pudo así casi milagrosamente mantener su atractivo. Seis meses después se encontraba nuevamente por ingresar al quirófano.

-Gracias doctor por confiar en mí nuevamente- expresaba Josefina Krauss sin soltarle la mano al doctor Frías.

-No te preocupes entiendo ahora, que si vale la pena el someterte a una liposucción y un pequeño arreglo en las mamas ya que tu vida es más tranquila, sin el asedio de tu explosiva pareja, así que relájate y déjalo todo bajo mi responsabilidad- consuela Jorge tratando de acariciar el cabello de su paciente sin lograrlo conformándose con sólo tocarlo por unos segundos entendiendo que era preferible imaginarse a su paciente alquilando su cuerpo que verla mermada física y mentalmente de tanta agresión.

                          Unos tres meses después aproximadamente, se observa una escultural mujer de cabello rubio subirse a su pequeño pero elegante auto, colocarse unos lentes oscuros camuflando sus intensos ojos verdes y conducir raudamente por el sótano del edificio de siete pisos de altura alcanzando la calle con rapidez. Veinte minutos después un elegante y deportivo vehículo hace exactamente lo mismo, evacuando el elegante pero pequeño hotel de tres estrellas, una vez en ruta y a velocidad de crucero su conductor no deja de pensar en la intensa atracción que sentía por aquella rubia. Nunca hubiera pensado que sería ella, su paciente, la que le haría comprender tanto de su vida personal y sentimental, la persona que le daría placer como nunca antes, el poder deleitarse con la grata y divertida compañía de Josefina, de su rostro, de su cuerpo quedando totalmente extasiado con el magnífico trabajo que había logrado en aquella mujer  sin pensar nunca, que el agradecimiento de la señorita Krauss fuera tan intenso y desinhibido, limitándose Jorge esta vez, el siempre apresurado cirujano, a detener por unos momentos su acelerado ritmo de vida y disfrutar del manjar que tenía frente a él sin importarle el mañana.         

Duelo de caballeros II

Víctor Mondragón

Desde hacía  tiempo Jorge Ríos deseaba volver al colegio donde cursó  estudios secundarios, residía  en Canadá y  viajó al Perú para visitar su país de origen.
De mañana, muy temprano, caminando por el centro de la ciudad de Lima, desempolvó una vieja amistad con la  humedad,  el  smog y la suciedad, bajo  un triste cielo y una mezquina llovizna se dirigió a la Calle Siete Jeringas (1) de los Barrios Altos, se detuvo ante una enorme puerta de madera  que cual  silencioso gigante le cerraba el paso. Tocó varias veces el portón pero sólo le contestó el silencio, vio un establecimiento comercial cercano y preguntó por el nombre del colegio donde estudió. Nadie  le dio razón, volteo la esquina e hizo el mismo intento en una pequeña puerta del Jirón Huanta y el resultado también  fue infructuoso.
Nuevamente se ubicó frente al portón y, cual si fuese un enamorado que espera a su amada no se movería hasta conseguir algo,  decidió inquirir a cuanta persona pasara por allí. Tras  una hora     le pareció escuchar una   campana que le hizo darse cuenta que era la hora del recreo y repentinamente se encontró en el patio principal de aquel vetusto inmueble, vio  alumnos vistiendo uniforme beige tipo comando en estricto orden de formación.
A finales de la década de mil novecientos sesenta   el muchacho inició  estudios secundarios, provenía de un colegio particular y por limitaciones  económicas, sus padres lo tuvieron que trasladar a  un colegio estatal.  El primer día de estudios fue una mezcla de enigmas y desconcierto. Jorge no conocía a nadie en la clase, sólo tenía algunos amigos en otras aulas; provenía de un colegio donde se usaba traje,  con  un aula por grado y en el nuevo colegio tan sólo  el primer grado tenía salones desde la letra A hasta la letra Q, el adolescente  se sintió solo y pequeño entre  un mar  de estudiantes.
-Es un colegio de vagonetas –escuchó una vez de un amigo.
-Es refugio de alumnos  expulsados de otros centros –oyó otra vez de un vecino.
El nuevo colegio venía precedido de mala fama, solía haber  escuchado cosas peores, ya en el  salón de clase se percató que los adolescentes en forma natural y espontánea iban conformando grupos, notó que los pequeños se acercaban a otros similares, los que tenían un color de piel más clara se asociaban con sus semejantes y los más grandes o los que tenían  pinta de malos también hacían grupos, pensó que  los seres humanos al igual que los animales tienden  a asociarse con quienes comparten cierta afinidad.
Con voz alta y en tono autoritario entró y saludó el Auxiliar de educación, seguidamente enumeró las normas de conducta.
-…más les conviene cumplirlas pues en caso de infracción los castigos serán muy severos –concluyó.
Con más temor que respeto, los muchachos meditaron y murmuraron, posteriormente se presentó el profesor de Lengua y dio inicio al curso, como era típico en aquellos tiempos, el profesor ordenó a los alumnos que mediante una narración  describieran lo hecho  durante las vacaciones, seguidamente se ausentó aduciendo tener una reunión con los demás profesores. Aquel fue el momento tan esperado, la tensión y angustia al fin   mermaban; desde  las ocho de la mañana hasta las nueve y media no tuvieron   más que momentos de incertidumbre;  los jóvenes se relajaron y procedieron a dar rienda suelta a sus emociones,  en el fondo eran casi niños aún.
A las diez de la mañana el portero, un mestizo gordo y de baja estatura, procedió a tocar la tan ansiada campana, Jorge sintió que era la oportunidad para ir a otras aulas en busca de sus amigos. Caminó por estrechos callejones donde las paredes de quincha  inclinadas fungían de ancianos encorvados, buscaba  cualquier conocido, pero no hallaba alguno. De pronto se le aproximó  una turba de alumnos, Jorge se hizo a un lado.  
-Caño, caño… - gritaban los muchachos que abrían paso a un  joven que manaba abundante sangre por la nariz.
Si bien aquella impresión fue fuerte, eso no sería novedad, Jorge sabía que entre muchachos que recién se conocían era frecuente dirimir  disputas a puño limpio.
La campana volvió a sonar y el alumno presuroso se dirigió al otro lado del colegio, entró al aula  seguido por el profesor de Matemática quien dijo haber elaborado un texto que era magnífico para aprender y aprobar dicha asignatura, luego condujo al frente a dos discípulos obesos,
-Los muchachos fueron a un restaurante, ingirieron   entrada, plato principal, postre y dieron propina, el primero consumió el doble que el segundo, el costo total fue treinta soles  ¿cuánto deberá pagar cada uno? –preguntó el profesor y seguidamente  dio la dirección de su casa para que los alumnos compraran  el tan mentado texto.  
Llegado el mediodía afloraron en el aula  olores de cocina, percibían   el tradicional sofrito (2) criollo,  base para diversos platos peruanos. Aquello no hacía más que despertar el apetito entre los alumnos quienes ansiosos   esperaban  la hora de salida;  la precariedad del improvisado inmueble lo hacía colindar con casas de vecindad   donde se escuchaba todo tipo de discusiones caseras y demás situaciones.
Llegó la una de la tarde y por ende la hora de salida. Jorge salió aliviado y contento del colegio,  sentía haber sobrevivido al primer día de clases. Para él fue un reto enfrentarse a aquel ambiente hostil y desconocido, a la salida lo esperaban vendedores ambulantes de papas rellenas (3), churros y melcochas. Las papas rellenas eran las más cotizadas, se veían crocantes y sólo costaban cincuenta centavos, el muchacho tenía tanta hambre que decidió gastar el dinero destinado al  autobús de regreso a casa.; fue difícil la decisión,  optó por una papa rellena, con sumo cuidado esparció ají amarillo (4) mientras abría un orificio en la papa que descansaba sobre papel tipo periódico; con curiosidad rebuscó y solo encontró restos de cebolla y condimentos, definitivamente no tenía carne, huevo, ni pasas; sin embargo no se explicaba por qué le parecía tan exquisita aquella papa. Ese fue el comienzo de una escena que se repetiría a lo largo de toda la educación secundaria.
-Vamos a la plaza Italia –le grito un compañero.
-Vamos –respondió Jorge.
Los adolescentes erguían sus cabezas con altivez frente a otros escolares, estaban orgullosos de ya no formar parte de los alumnos de nivel primaria.
-Me puedo sentar allí –pregunto Jorge al día siguiente en el aula.
-Sí, está libre –dijo Oswaldo, un condiscípulo.
Jorge buscaba congraciarse con los alumnos más altos de la clase, para eso  se ubicó en la última fila del salón; en su inocente,  pero especuladora mente creía estar a salvo de peleas si  hacía amistad  con ellos.
Pasados unos días, se  percató que todos los profesores y alumnos tenían al menos un apodo,  muy  común en la sociedad limeña de entonces; en un principio no entendía por qué le decían Gaby a su amigo Ernesto; si bien aquél era un tanto delicado, de ninguna manera para Jorge sería un invertido.
El colegio no disponía de campo deportivo, así que un día de la semana los alumnos asistían a unas instalaciones compartidas del Barrio Obrero en La Victoria; mientras corrían en la pista atlética, a Jorge le llamó la atención el desplazamiento de Ernesto, su postura encorvada,  la nariz aguileña y el mover de sus brazos no hacían más que dar significado al apodo, parecía un  ave de rapiña tratando de emprender vuelo (cuán grande es  la sabiduría popular)  el apodo de Gaby se refería a gavilán, más que a una posibilidad de homosexualidad.    
Otro día, durante el recreo,  Jorge caminaba con su amigo Julio César por un estrecho pasadizo, de pronto unos muchachos que corrían  tropezaron con ellos.
-¡Qué tienes! –dijo Julio César.
-¡Qué te pasa c…tu madre! -respondió un muchacho insolente.
-…al patio, al patio –gritaron los amigos del inesperado contrincante.
Los adolescentes caminaron unos diez metros hacia el patio central,  Jorge  pensó en evitar la pelea, quiso  ir a llamar al Auxiliar, quizás pedir disculpas a aquel grupo, no supo qué hacer.
-Coge esto –dijo Julio César mientras entregaba su corbata a Jorge.
El contrincante se sacó la camisa; en pocos segundos se encontraban en la arena de un coliseo romano,  en un duelo de improvisación de fuerzas,  docenas de alumnos se ubicaron  alrededor, los unía un común anhelo de novelería y espectáculo.
Julio César tomó la iniciativa e impactó sus puños en los pómulos de un  sorprendido rival, éste retrocedió  y empezó a  rondar con las piernas abiertas, meneando los brazos y  agachado para evitar una pesada (5); nuevamente Julio César sorprendió con una patada en el muslo del rival pero  el suelo mojado por la llovizna lo hizo trastabillar y el rival se le tiro encima, ambos se abrazaron y  Julio César cayó de espaldas, un brote de sangre manaba  de su cabeza;  la señal era obvia, ver sangre era motivo para que los espectadores intervengan deteniendo  la pelea.
-Déjenme, déjenme -repetía Julio César, los curiosos aplacaron el  atolondrado propósito pero agravaron su  frustración.
Así quedaron  grabadas en la mente de Jorge las cada vez más frecuentes peleas, inferiría ciertas tendencias al interior de ellas, era casi un rito aquello de las disputas,  comúnmente por razones vanas, un simple roce entre alumnos, una forma de mirar o una palabra mal dicha eran motivo de pelea. A todo aquello se sumaban los carboneros que atizaban la chispa recién encendida y los demás  que apostaban por uno u otro contrincante; de nada servían los castigos del Auxiliar de educación,  los alumnos estaban curtidos y  les era más valedera la honorabilidad que el castigo.
Jorge en la infancia vivió en el campo y recordaba que entre los animales se daba un comportamiento similar, cada vez que un perro se encontraba en un nuevo ambiente debía pelearse contra los miembros del entorno  a fin de ubicarse en la escala y saber qué lugar le correspondía.
Pasadas las primeras semanas de colegio, apodaron al profesor de Lengua,  Pilón  por ser rechoncho, de bigotes y con apariencia de  sueño. Aquel  solía dejar una tarea a media clase mientras  degustaba un sándwich y seguidamente dormitaba en el pupitre; por otra parte, el profesor de matemática perseguía a los alumnos que aun no compraban su texto y para asustarlos solía tomar pruebas sin previo aviso. Un día lunes tomó una de aquellas pruebas sorpresa donde los alumnos no sabían ni la décima parte de lo preguntado, la angustia se dibujó en el rostro de los alumnos hasta que  una gallina colorada cayó del techo mientras los muchachos corrían tras de ella; el ajetreo distrajo a los estudiantes y cuando el ave fue cogida sonó el anuncio del recreo y efectivamente aquella vez les salvó la campana.
Ir a un baño maloliente  era poco grato para Jorge, a diferencia del colegio de primaria, las paredes estaban llenas de dibujos y frases alusivas al lugar
“prohibido defecar más de un kilo” era una frase que abundaba pero no parecía ser emitida por la autoridad.
“En este humilde rincón, hasta el más valiente se baja el pantalón, no por valiente sino por cagón –solía estar escrito en diversos lugares.
“Qué triste es amar sin ser amado, pero más triste es cagar sin haber comido…”  la sabiduría popular iba perfilando la mente y modo de pensar de los muchachos.
En el aula de Jorge  un alumno destacaba por ser más grande que los demás,  Fernando Solano López, de piel blanca como la leche, cabello rizado,  labios gruesos, pómulos anchos,  nariz achatada,  ingenuo y fortachón –en partes iguales-, la adolescencia ya le había  arrebatado  la dulzura de su voz; los  muchachos solían decir que era un negro sacalagua, vestía un descolorido uniforme (al parecer cedido por un hermano mayor), exhausto por el uso y amasado en peleas, provenía de un hogar de once hermanos y vivía al  lado del río, en la Huerta Perdida, por el cabello  ensortijado  le apodaron “Pasitas”.
El sacalagua se sentaba en la penúltima fila del aula y Jorge en la última, eran compañeros de clase mas no así amigos de confianza; un día alrededor de  las diez de la mañana Jorge buscaba denodadamente una goma de borrar.
-¿Alguien ha cogido mi borrador? –preguntó en voz alta.
-Pasitas lo tiene –contestó Huamán con voz acusadora.
-Devuélveme mi goma –dijo Jorge. Pasitas sonrió  en tono desafiante.
-Uy, uy… -era el intermitente rumor en el rincón, en cuestión de segundos se aglomeraron otros pupilos y exigían que la disputa se dirimiera a modo de caballeros.
El pequeño Huamán era el más carbonero, Jorge comprendió que había encendido una chispa que no pudo evitar.
- Córtensela para la salida -dijo Oswaldo a quien llamaban el Taita por ser  el más temido en peleas del salón; cual si fuese juez supremo,  dio un veredicto inapelable.   
Jorge percibió una resonancia helada en las entrañas,  alucinaba verse con la nariz ensangrentada o siendo castigado por el Auxiliar, con inconfesado y tal vez ignorado temor extendió un dedo pulgar y lo cruzó con el mismo de Fernando, se acababa de sellar el pacto de caballeros, el duelo sería esa tarde a la salida del colegio, el escenario era desconocido y el Taita lo definiría.  
Las tres horas posteriores serían una eternidad para Jorge, aún no comprendía cómo se encontraba envuelto en una riña callejera, ya no le preocupaba tener frente a sí al profesor de matemática persiguiéndolo por  no haber comprado su texto, tenía la mente embargada por  cómo enfrentar el tan cercano pugilato, poco a poco se fue contaminando de ansiedad.
-A ese Pasitas le he prestado varias veces mi cuaderno -decía Jorge  pero aquello no valía de algo, por otra parte se consideraba más inteligente, pues tenía mejores notas que Fernando, pero aquello tampoco tenía relación con la cercana contienda, no lograba escapar de la preocupación.
Llegó las doce del mediodía,  hora del segundo recreo,  varios condiscípulos se acercaron  pues la noticia   corrió como reguero de pólvora,  no buscaban  de qué lado estaba la razón, solo les atraía el puro sabor de la curiosidad. Jorge simulaba estar sereno, pero por dentro todo aquello no hacía más que confundir su mente ya difusa, en el fondo sabía  que no hay duelo sin víctima. De nuevo en el aula escuchaba como los compañeros chismoseaban que el profesor de Lengua tenía diez hijos,  trabajaba toda la noche como taxista  entre la Plaza de Acho y Zárate y por eso  dormía durante las clases. Prestaba poca atención a aquello, tenía la mente  atrapada en un mar de dudas.
Pasado el mediodía, la clase fue embargada por olor a  pescado frito, aquel característico olor del pescado peruano que hiciera parecer a más de uno estar frente al mar. Mientras Jorge seguía especulando en  cómo enfrentar el  reto, sabía perfectamente que la diferencia de envergaduras no le favorecía, la única oportunidad serían los momentos iniciales pues transcurrido el tiempo  la diferencia de tamaños definiría el desenlace. Sin opción para dar marcha atrás, si alguna vez se le cruzó por la mente correr, lo  descartaba pues sería el hazme reír del colegio, más pesaba “el qué dirán” que la integridad física.
Oswaldo era el compañero de carpeta y amigo de Jorge, pero nada podía hacer al respecto; la pelea debería cumplirse pues un pacto era como una ley que debiera ser acatada por todos. El sonido de la campanada de salida sobresaltó a Jorge, estaba muy tenso y  le incomodaba que el Pasitas lo acosara con una burlona e implacable hostilidad,  miraba adelante y  lo veía sonriendo y jugando.
-Hagámoslo rápido pues tengo otra pelea a las dos de la tarde –repetía con fatuidad el Pasitas.
Para no llamar la atención, el Taita dispuso que solo hubiera cuatro testigos, dos por cada contrincante. Si bien eran amigos de ambos, nadie podría intervenir, pues pese a ser adolescentes todos aspiraban a ser  caballeros. Oswaldo  eligió como escenario una casona antigua de la misma calle que parecía estar desolada. Con sumo cuidado los amigos recibieron los cuadernos y corbatas de los contrincantes. Oswaldo recordó que  los pugilistas no debían tener algún elemento punzo cortante y añadió que aquello sería una grave violación, eso inspiró en Jorge una serena valentía.
En el fondo agradecía que hubiera llegado el momento, era consciente  que más se sufre en los momentos previos que en el desenlace, la piel  se  erizó, sus músculos se tensaron y  lanzo un primer ataque sobre el Pasitas. Jorge había visto que Oswaldo solía pesar a los adversarios cogiéndolos sorpresivamente  de las pantorrillas y haciéndoles caer, así lo intentó, pero el Pasitas eludió ágilmente la intención pues conocía perfectamente esa treta.  Seguidamente  lanzó un nutrido ataque de golpes al cuerpo del Pasitas, grande fue el desconcierto al percatarse que sus puños rebotaban en una gran masa adiposa sin causar mella alguna. Jorge volvía a recordar que la única esperanza serían los momentos iniciales y los argumentos se  estaban agotando. Pensaba sorprender con un punta pie cuando en eso, el Pasitas logró cogerlo  del pecho por la camisa, se dejó caer hacia atrás mientras con las piernas hacía volar a Jorge, tal cual se solía ver en las películas del oeste de entonces.
Jorge cayó pesadamente mientras no salía del  asombro,  no esperaba  aquella forma de ataque, se reincorporó rápidamente, pero fue impactado en el rostro por el puño del Pasitas. En un desesperado intento logró abrazar al Pasitas y poner un pie detrás a fin de empujarlo y hacerle caer, pero el sacalagua era más fuerte y no caería fácilmente. Cuando Jorge daba por perdida la causa y sólo le quedaba esperar los desenfadados envites del contrincante vio como una desdeñosa mujer de pelo colorado se les acercaba con un palo y tras ella un perro   blanquinegro. Rápidamente los improvisados gladiadores corrieron  dejando parte de sus pertenencias en aquel viejo solar. Al alcanzar la calle sonrieron y Oswaldo cogió las manos de los contrincantes y las unió en señal de amistad recíproca.
La pelea  terminó sin vencedor alguno. Jorge exhaló un hondo suspiro de alivio,  el pugilato no tuvo  mayores consecuencias; un botón desprendido, un pantalón ensuciado y un par de cuadernos extraviados fueron el saldo de aquella pelea.
Se dirigieron  por el jirón Huanta hacia la Plaza Italia, ahí se encontraron con otros compañeros que acababan  de recomponer una vieja pelota de trapo, apilaron cuadernos sobre el suelo a modo de arcos y el Pasitas, Jorge y demás amigos sonrieron una vez más conformando un equipo callejero. 
Al escuchar a un vendedor ambulante que ofrecía papas rellenas, Jorge reaccionó y volvió al presente,  seguía de pie frente aquel viejo portón, nadie le abrió, sin embargo la nostalgia   recuperó  de su mente los  recuerdos de una juventud pasada. De qué le servía el momento presente y la seguridad económica si ya no era el adolescente  que solía sonreír y ser feliz. Muy lejos estaban los tiempos en que se alegraba con tan poco y que tras los momentos difíciles terminaba jugando como el niño que alguna vez fue.
-Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos –dijo para sí.
Pidió al vendedor que le sirviera una papa rellena que costaba cincuenta céntimos, hizo un hoyo en el centro y esparció ají amarillo con cebollita china. Mientras saboreaba aquel antojo de su  adolescencia, el viejo vendedor le dijo que hacía más de treinta años que el colegio Daniel A. Carrión había desaparecido de allí, el interior del inmueble fue derruido, declarado inhabitable, fue trasladado a otro local  y finalmente no se salvó ni el  nombre. Jorge se apenó mucho, le  habían arrebatado el pasado, pensó que nunca más habría un colegio con el nombre del suyo, buscaba refugio en la resignación cuando su sensible olfato volvió a percibir aquel sofrito criollo, fundamental en la cocina peruana. Cuarenta años después, el visitante reavivo lo que creía olvidado, se le  aproximaron unos escolares que discutían como juntar unas monedas para comprar  papas rellenas. Jorge vio  en ellos su rostro y el de sus amigos, cogió la cartera, extrajo un billete y  pidió  al vendedor que entregara  papas rellenas a cada uno; seguidamente,  se perfumó de ilusión y se dirigió  a la Plaza Italia con el fin de indagar si había algún equipo de fútbol callejero al que le faltara un jugador para completarse…   





1. Calle Siete Jeringas: cuadra ocho del Jirón Miró Quesada en Lima.
2. Sofrito criollo. Base de diversos platos peruanos, compuesto por ajo, cebolla y tomate picado frito en aceite y algún ají (amarillo, panca, mirasol o pimentón)
3. Papa rellena: tradicional plato criollo peruano, papa cocida y prensada rellenada con  sofrito criollo, carne picada y pasas. Frito en abundante aceite caliente.
4. Ají amarillo: También llamado ají verde, de agradable sabor. Acompaña diversos platos peruanos.
5. Pesada: Comúnmente llamada a la acción de levantar a un contrincante cogiéndolo por sorpresa de sus piernas.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Virtud y pecado

Nora Llanos


Con el tiempo justo, salió Malena rumbo al colegio; era un día especial porque iniciaba el primero de secundaria; el uniforme nuevecito la hacía sentir importante… ya no era una chiquita de primaria... ¡era una chica de secundaria!   Había oído mucho acerca del  “colegio de las monjas” y sentía enorme curiosidad por conocerlas. Estas, a diferencia de las de su pequeño Jardín de infancia, llevaban hábitos oscuros, sobre blancas tocas y pecheras almidonadas y no sonreían mucho.   Recorrió las pocas y estrechas calles con cierta impaciencia, sintiendo en  su espalda el sol, por ahora tibio pero que ya amenazaba con volverse sofocante. 
El portón del colegio se levantaba imponente, abierto de par en par, dejando ver un pequeño recibo empedrado, bañado de sol y a continuación, los primeros escalones de piedra, descendentes,  que llevaban al interior del antiguo monasterio, remozado y habilitado para servir de colegio y del que se conservaba, en gran parte, la estructura original, con espaciosas aulas de techos altísimos, bien iluminadas y muy ventiladas, que se mantenían  impecablemente limpias y ordenadas. 
Malena se detuvo un instante al tope de la gradería y respiró profundo -dicen que este colegio es  muy viejo, que aquí ocurrieron muchas cosas malas y que hay almas en pena -recordó. 
En el enorme patio central bordeado de grandes arcos de piedra  ya se encontraban muchas niñas, perfectamente uniformadas, limpísimas y un poco alborotadas… un agradable rumor de risas y voces juveniles,  llenaba el ambiente. El patio aún se mantenía fresco debido a que el sol no lo alcanzaba a esta temprana hora de la mañana… instantes después, apareció una monja bajita y regordeta, con enormes lentes de gruesas lunas y tocó la campana; de inmediato se produjo un revuelo y las niñas empezaron a alinearse ordenadamente, “las grandes” de quinto y cuarto, las de tercero, las de segundo y finalmente  “las nuevas” de primero, que trataban de organizarse sin saber muy bien como.
-Sssshhhhh, silencio que viene la directora -dijo con vocecita suave la monjita regordeta de mirada maternal y se hizo un total silencio.   Alta, de contextura gruesa, impecablemente vestida en su hábito obscuro, calzada con unos suaves zapatos negros,   la superiora apareció por el arco más cercano a la fila de “las nuevas”  y con caminar pausado, se encaminó hacia al extremo del patio rectangular, en donde se veía una gradería que usaban como tribuna para los espectáculos deportivos y otras actividades y desde la cual se dirigiría a las alumnas para darles la bienvenida.   La cabeza erguida, casi con altivez, las manos blancas, otrora tersas, portando una magnífica alianza de oro, símbolo de su unión a Cristo,  semejaba mas una reina con invisible corona, desplazándose entre sus súbditos, que una sierva de Dios.  Se detuvo un instante delante de “las nuevas” y las observó con fijeza… la mirada azul,  fría y despectiva recorrió a cada una y por un breve instante se detuvo en Malena y una ligera mueca, que parecía una sonrisa, se dibujó en su rostro maduro. – ¡Qué suerte, parece que le caí bien¡ -pensó Malena, mientras la  veía avanzar  en medio de un absoluto silencio. 
-En este colegio  -decía la madre  -se forma a las alumnas con esmero, inculcándoles no solo principios y valores religiosos, sino también civiles y éticos.  Las alumnas provienen de diferentes estratos económico-culturales, pero a todas se les educa por igual… “ricas o pobres, pero honradas”… el aseo, el orden y la disciplina son fundamentales… ustedes deben ser “señoritas” en todo el sentido de la palabra... dentro y fuera del colegio… sencillas, pudorosas, de caminar pausado y delicado y de  conducta intachable- 
En las siguientes semanas, Malena fue conociendo a cada una de las monjas y a aquellas “casi monjas” que eran llamadas ”hermanitas”, encargadas principalmente de realizar las innumerables tareas domésticas; indignas aún de llevar los hábitos oscuros,  vestidas con unos muy sencillos de color claro, protegidos por una especie de delantal blanco;  eran ellas las que tenían contacto con el mundo externo para hacer las compras y las gestiones documentarias obligadas del colegio…   todas despertaban la curiosidad de Malena que no podía apartar sus ojos cuando las tenía cerca… ya conocía sus nombres y  sin quererlo, empezaba a construir pequeñas historias de cada una de ellas…  
… la hermosa madre Delfina, profesora de literatura, no tendría más de 26 años y a quien, según se decía, no dejaban salir a la calle porque los muchachos le lanzaban piropos; ella  siempre hablaba de Dios y de los santos con una voz melodiosa, suave y educada,  pero lo cierto es que no encajaba en ese ambiente…  parecía estar sumida en un mundo inalcanzable; “las grandes” la observaban con envidia, admirando las facciones finas, perfectas,  la piel de porcelana, tersa, impecablemente limpia, la figura esbelta que no  podía disimular bajo el hábito sin forma… se diría que caminaba con cierta coquetería…  -¡vade retro…  malos pensamientos!- y sus hermosos ojos negros, de pestañas tupidas, no podían ocultar un leve toque sensual en la mirada esquiva.   – ¿Tendrá piernas bonitas? –se preguntaban las “grandes”, tratando de ver bajo el borde del hábito que le llegaba hasta los tobillos cubiertos con impecables medias blancas… -parece una Virgen –decían las tontas “nuevas”…. –¡virgen!.. ja! –se burlaban las grandes.
La que se ganó su afecto desde el primer día, fue la hermanita Paulina, encargada de la formación y de tocar la campana, dulce y tierna como un osito de peluche, incapaz de castigar a nadie y siempre lista para hacerse de la vista gorda, cómplice de olvidos y tareas no cumplidas, abogada incondicional de quien fuera que estuviera en falta…  -tal vez entró al convento muy joven porque realmente amaba a Dios- pensaba Malena… y la hermanita Evangelina, menudita, pálida, jovencísima, aún con rastros del acné que seguramente sufrió en sus no lejanos años de adolescente, tímida como un ratoncito blanco, se deslizaba silenciosa por los pasillos como un pequeño fantasma, tratando de pasar desapercibida, inspirando lástima y un deseo de protección que chicas y grandes compartían…  -¿habría sentido que no era suficientemente bonita para ir por el mundo y por eso decidió ingresar al monasterio? 
Se decían muchas cosas de la superiora… que si era española, nacida en el Perú… que si fue regente de una cárcel de mujeres… que sus padres la enclaustraron por rebelde… que odiaba a las mujeres… que detestaba a las ”razas inferiores”… y que era mala… muy mala.  Estos rumores eran más que suficientes para que las “nuevas” temblaran al verla aparecer… las grandes, en cambio, la miraban con rencor disimulado… más de una había ya probado el amargo sabor de su autoridad y disciplina.
… y la madre Flora, profesora de educación cívica, madura, delgada, de facciones irregulares y tez morena, ojos oscuros, un poco abultados, de mirar inteligente y voz de trueno,  recorría a grandes trancazos los corredores y mantenía a raya a las alumnas, que pronto descubrían tras esa imagen de rigor y disciplina, un corazón blando que se ganaba el respeto y el afecto de todas, especialmente de “las nuevas”  –yo creo que se quedó solterona y por eso decidió entrar al convento –pensaba Malena.  Tardó más que las otras alumnas en tomarle afecto y ella tardó mucho más en tomarle afecto a Malena  - no me quiere –pensaba Malena –nunca me sonríe… a las otras sí  -pero la directora no la quiere, siempre le da órdenes con voz enojada  -se consolaba  en voz alta, con cierta satisfacción.
Pronto empezarían “las nuevas” a sentir la mano dura de la otrora regente, primero a través de “las reglas del colegio”, que les repetían una y otra vez como una eterna letanía… -la falda del uniforme debe quedar diez centímetros por debajo de la rodilla,  uñas recortadas;  en el colegio no está permitido ningún tipo de maquillaje ni de joyas,  deben llevar cabellos cortos o sujetos con cinta de color blanco o azul  y portar siempre un pañuelo blanco y peine en el bolsillo del guardapolvo.  No está  permitido tomar alimentos en el aula ni el uso de jerga ni de sobrenombres... la voz, risa  y juegos deben ser siempre moderados.
Eran tan exigentes las normas, que ni fuera del colegio se salvaban las alumnas…  con la venia de los padres, las monjas ingresaban a la matiné del domingo del cine público, provistas de linternas, para atrapar a las parejitas que allí se refugiaban y si encontraban alguna niña del colegio en alguna romántica situación, la sacaban sin miramiento alguno, en medio de los chiflidos, risas, aplausos y chacota del joven público presente…  muy pocas se atrevían a correr semejante riesgo.
Cualquier intento de incumplir las disposiciones internas, era severamente sancionado con  el castigo de “la vergüenza pública”, cuya ejecución estaba a cargo de la madre mayor, en presencia de todo el alumnado, convirtiendo el patio central en el “paredón de las torturas”, en la última grada,  hasta donde se iban acercando una a una “las castigadas” para recibir la sanción que les tocaba.
 Sonia, de cuarto, la morenita de cara bonita, que ya tenía enamorado,  asistió ese día al colegio  con las pestañas rizadas y rubor en las mejillas… ahí estaba, en la fila de las castigadas… daba lástima verla encogidita y asustada esperando su turno y luego,  acercarse a la zona de castigo,  subir las gradas lentamente hasta quedar delante de la directora, con la cabeza gacha, las manos enlazadas en la espalda, tratando de tanto en tanto de frotarse las mejillas para borrar el rubor… aterrada ante la incertidumbre de cuál sería el castigo.  De pronto  apareció la hermanita Evangelina, asustada como si ella  fuera la castigada, portando un lavador y una pastilla de jabón… 
-Las niñas no se rizan las pestañas –decía la madre, en tanto le lavaba la cara con rudeza… -tampoco se pintan la cara –continuaba con voz amenazadora y mal disimulada sonrisa mientras le restregaba las mejillas poniéndoselas aún más coloradas  y luego, le levantaba el rostro como un trofeo para que todas la vieran…  gruesos lagrimones caían por la cara bonita de Sonia y en sus ojos brillaba una rabia intensa… -¡qué vergüenza!  -decían las “grandes”... las nuevas ni chistaban.
-¡Rosa Castro!… llamaba la voz amenazadora por segunda vez. Rosa estaba petrificada en la fila de las castigadas, la Tutora se acerca decidida y le pone la mano en el hombro... –Anda Rosa, será peor si no vas –dice con voz baja pero firme,  mirándola a los ojos con tristeza.
  –En este colegio solo estudian “señoritas” - ¡esta no es una señorita!... las señoritas no van por las calles mostrando las rodillas… – retumba la voz de la monja mayor, en tanto levanta el borde de la falda del uniforme de Rosa y de un solo tirón le descose el dobladillo, que cae diez centímetros más abajo, irregular y deshilachado… -este dobladillo lo arreglaste tú –adivina furibunda. Rosa no llora, pero tiembla de vergüenza y de rabia, pensando como saldrá a la calle con el dobladillo descolgado.  Las “grandes” clavan sus miradas en la monja… las “nuevas” permanecen en silencio, cabizbajas, algunas al borde del llanto.   
Malena no sabía exactamente porque, pero lo cierto es que la madre Luisa María parecía mirarla con cierta simpatía, cosa que fue rápidamente observada por “las grandes”…
-Ahí está la blanquita - decía alguna en tono de sorna… -la engreída de la madrecita,  mira, ¡son igualitas!- 
A Malena no le disgustaba la directora, pero  su cercanía le producía ansiedad y debía reconocer que también le producía un sentimiento parecido a la admiración… tan recta, tan exigente y autoritaria… así debía ser, claro que a veces era muy dura, pero tal vez quería que el colegio destacara por su disciplina y buena formación. No se podía ignorar que las alumnas causaban muy buena impresión en los desfiles y actos públicos y eso gustaba a los padres y autoridades.   Malena se sentía orgullosa del prestigio que gozaba el colegio y  procuraba cumplir con todas las reglas…  esperaba nunca tener que estar en la fila de las castigadas.
-Malena,  a la dirección –le ordena la tutora de Aula.
-¿Porqué, qué hice señorita?  -pregunta Malena sin poder evitar un escalofrío.
-No sé Malena –apúrate,  pasa por el baño, arréglate el cabello, alisa la falda y limpia los zapatos… toca suavemente la puerta  y pide permiso para entrar… manos atrás.   Malena sigue al pie de la letra las instrucciones y en pocos minutos está ya en la puerta de la Dirección, esperando la orden para ingresar.
-Pasen –dice la voz que todas temen… y Malena ingresa a la oficina principal,  amplia, limpísima, ordenada,  con un suave  y agradable olor a madera, libros y jabón.
-Permiso madre, me envía la tutora –dice Malena conteniendo el aliento.
-Malena, necesito hablar con tus padres.  El próximo mes nuestro colegio deberá ser representado en la convención de colegios católicos, en Lima.  Asistirán dos religiosas y tres alumnas. Tú has sido elegida para representarnos. Irás con otras dos, una de quinto y otra de tercero, además de la madre Delfina y yo misma.  Es muy importante que nuestro colegio esté bien representado.  Los espero mañana mismo.
La mamá de Malena, lee con atención la esquela y dice,  -después de todo lo que me has contado, a mí no me gusta esa monja, -¿tú quieres ir?  -Malena sacude la cabeza en franca negación, a pesar de que el viaje a Lima le hacía ilusión, pero es más fuerte su temor a estar cerca de la directora y cometer algún error.   A partir de aquel momento en que Malena no aceptó el  viaje, algo cambió en su relación con la madre… dejó de mirarla con simpatía y nunca más le dedicó una de sus raras sonrisas.   Malena  se daba cuenta ahora era una más en el montón…  
No podía creer lo que acababa de suceder… ¡estaba castigada!  Cecilia y Esther, sus mejores amigas,  la convencieron de ingresar a hurtadillas por el enorme hueco que descubrieron en el jardín a los pocos días de haber empezado las clases.
-Es la entrada al subterráneo –decía Esther con voz emocionada. –Está prohibido entrar…. ¿vamos?-
-Dicen que ahí vivían los monjes y que cuando excavaron, encontraron esqueletos de mujeres y de niños –agregaba Cecilia... -pero eso fue hace como ocho mil años… -sí, vamos, pero para que nadie nos vea en el próximo recreo salimos rápido del salón y entramos de una en una-
Malena, la última en llegar, descendió por la escalera de piedra hasta que sintió que pisaba el suelo cubierto de tierra… qué oscuro estaba, era exactamente como estar en un túnel… solo se distinguía, unos ciento cincuenta metros adelante,  un circulo de  luz que marcaba la salida al otro extremo del lugar por el cual ingresaron… por unos momentos quedaron las tres cogidas de las manos, en total silencio, pero poco a poco se fueron acostumbrando a la penumbra y empezaron a distinguir detalles del pasadizo subterráneo… las paredes terrosas… el techo abovedado… el intenso olor a humedad era casi asfixiante.  A lo largo del pasillo se distinguían los umbrales de habitaciones pequeñas que seguramente se usaron como dormitorios para los monjes…  -qué miedo –pensaba Malena… acá deben haber fantasmas y almas en pena… y ¿si nos agarran y no podemos salir nunca?…mejor nos vamos-
… pero ya era tarde… la curiosidad era más fuerte que el temor y decidieron caminar hasta “la luz”. Avanzaban por el centro, despacito, mirando a cada lado, tomando más y más confianza a cada paso y pronto se sintieron contentas y empezaron a reír y a imaginarse historias, en tanto aceleraban el paso …  finalmente estaban allí, a unos pocos metros  y  abriendo los brazos como aves a punto de volar,  cruzaron de la penumbra al brillante resplandor del sol… para encontrarse cara a cara con la madre Delfina… el extremo del túnel daba a un gran patio interior, por donde transitaban las monjas.
De nada valieron los ruegos y promesas… Delfina, temerosa de no reportar la indisciplina y ser cogida en falta,  las llevó a la Dirección.  La mirada fija, fría y enojada de la madre Luisa parecía centrarse especialmente en Malena, como culpándola de haber propiciado la falta…  -siete días hasta las ocho de la noche en el colegio, el castigo empieza mañana, avisen a sus padres-
-Por lo menos no nos castigaron en público -pensaba Malena con alivio-  pero nunca olvidaría esos siete días, encerrada entre aquellas enormes paredes y altísimos techos.  De cinco a seis y media de la tarde, permanecían con el grupo de alumnas internas en el aula de estudio, haciendo sus tareas en absoluto silencio, impedidas totalmente de conversar entre ellas y con un hueco en el estómago por las muchas horas sin probar alimento… pero lo peor era cuando las internas terminaban su hora de estudio y se dirigían al comedor, dejándolas solas y a puerta cerrada.
 El comedor y otras instalaciones que usaban las monjas y las internas se encontraban en un ala distante del colegio, fuera del alcance de las alumnas, de manera que las aulas permanecían en la zona de penumbra, aislada y  totalmente vacía por el resto de la noche. La hora y media que Malena y sus “cómplices”, como las llamó la superiora, debían permanecer solas en el aula, se hacía interminable. Hasta ellas llegaban ruidos extraños, distorsionados por su imaginación, haciéndoles creer que se trataba de almas en pena arrastrando cadenas y lanzando lamentos por bocas oscuras,  sin fondo  y sin forma… Malena sentía por momentos que no podía soportarlo y los ojos se le llenaban de lágrimas… pero pronto aparecía la hermanita Paulina con su vocecita tierna, hablándoles a través de la cerradura para que mantuvieran la calma, arriesgándose a ser descubierta y castigada… -canten niñas, canten, les decía… -ahora recemos...”niño Jesusito, manso corderito...” y luego, a través de una pequeña ventana, les alcanzaba una bolsita con pan de yema, que comían en silencio.
Malena llegaba a casa cuando ya las calles estaban oscuras,  cansada, hambrienta y silenciosa… su madre le tenía advertido que la indisciplina merece un castigo y el colegio es quien manda… -toda falta, tiene una sanción –le dijo con pena y con fastidio.   Los días transcurrieron lentos y agobiantes para las tres castigadas. Malena recordaría por siempre aquellas noches oscuras, pobladas de fantasmas y ruidos amenazadores… y no olvidaría la ternura de la hermanita Paulina y mucho menos la dureza de la superiora ante la travesura inocente  de niñas pequeñas… de allí en adelante Malena tuvo mucho cuidado de no “caer  en tentación”, pero no dejaba de preguntarse cuándo la madre recibiría su castigo… deseando que llegara pronto. 
Aquel día la fila de las castigadas era más larga que de costumbre y Malena no podía dejar de  alegrarse por  no estar en ella…  pero pronto descubrió que la que sí estaba, era  su querida vecina de barrio… la dulce Lucy… de inteligencia brillante, tímida, educada, la mejor alumna del  salón de cuarto… delgada, alta y de rasgos indudablemente orientales  –¿Qué podía haber hecho Lucy  - se preguntaba Malena  -si es tan buena, tan educada y tan respetuosa-
  -Lucy Cam -llamó la voz áspera y enojada…  Lucy, dejó la fila y avanzó con pasitos tímidos y mirada desconcertada… sabiendo que aquel día sufriría una grave afrenta. Ni Lucy, ni ninguna de las que allí estábamos olvidaríamos nunca aquel día… la monja le lavó la cara, le soltó el dobladillo rasgándole la falda del uniforme y finalmente, provista de una tijera mal afilada, le cortó los hermosos cabellos lacios que caían sueltos pero ordenados sobre su espalda, dejándole la cabeza convertida en un revuelto de mechones sin forma.   No contenta con semejante humillación, ordenó que la pusieran en la puerta del colegio,  obligándola a caminar hasta su casa con la falda deshilachada.  Lucy escondía la cara entre las manos avergonzada y Malena casi lloraba, sintiendo más rabia que pena.  El castigo era a todas luces injusto,  tratándose de una alumna aplicada y que siempre mostraba buena conducta.
¿Fue acaso una señal  de advertencia destinada a servir de ejemplo a todo el alumnado para mantener el orden, la obediencia y disciplina?... ¿hizo algo Lucy que desencadenó una sanción desproporcionada?... ¿sería tal vez cierto que en la conducta de la madre se percibía un matiz racista, como decían los padres de familia…¿ó fue un acto de absoluta arbitrariedad y manifestación de poder e insensibilidad?
Ese día la madre Luisa María firmó su sentencia.  Lucy provenía de una familia pobre pero muy unida. Ella y sus hermanos, al igual que sus padres inmigrantes, mantenían vivo el espíritu de dignidad y de lucha.  Dicen que el hermano mayor de Lucy, joven profesor del colegio de varones,  no paró hasta llevar a la superiora a juicio público y en asamblea de padres de familia  exigió que “la monja sentada en el banquillo de los acusados”, pidiera perdón público a la familia y renunciara a su cargo de directora, so amenaza de denunciar a través de los medios  a la agresora.   Nunca más volvimos a verla.
Al otro día en el colegio,  todas las alumnas compartían con deleite los detalles del “juicio” que sus padres les contaron… ¡era un día de fiesta…  estrenaban nueva directora… bienvenida querida madre Flora!