martes, 11 de octubre de 2011

Dulces criollos

Víctor Mondragón

La muchedumbre era inmensa, Graciela nunca había estado en  una procesión  tan aglomerada; percibía el aroma del sahumerio y el mayoritario hábito morado de los fieles; la joven  y su padre habían caminado dos largas horas acompañando la procesión del Señor de los Milagros, una de las más concurridas del mundo católico.
La adolescente miraba cuanto acontecía a su alrededor, el olor a multitud, los rostros  y sobre todo la fe de los asistentes; en su mente,  aún guardaba  lejanos recuerdos de una niñez dormida, vagamente rememoraba escenas de cuando había tenido cuatro o cinco años de edad.
La inquieta muchacha apreciaba cosas que le eran familiares; sugirió un alto a su padre para contemplar una vendedora de arroz con leche, le llamó la atención  los relucientes dientes de la morena que  parecían iluminar la noche.
La joven pidió a su progenitor que le comprara aquel atrayente dulce,  aquella  familia residía en la península Ibérica y habían viajado por unos días a la ciudad de Lima; un envase descartable le fue entregado conteniendo  arroz con leche muy caliente. Graciela saboreaba las primeras cucharaditas de tan agradable manjar:
-Se parece pero no es igual al que solemos comer  -exclamó la muchacha.
-Es un dulce que frecuentamos con deleite en Perú y España, es una herencia de los hijos de españoles radicados en el Perú, de niña cantabas la canción de arroz con leche, ¿recuerdas? -contestó el padre.
-Claro que sí pero mis amigas  no conocen esa canción y eso que vivimos cerca a Portugal –respondió la niña.
Padre e hija se sentaron a un costado de la vía pública, una vieja banca de rústica madera  servía a la vendedora para atender a sus clientes.
-La canela, el clavo de olor, las pasas y ciertas frutas secas,  fueron traídos por los españoles y se complementaron con ingredientes autóctonos: el maíz morado, el chuño (1) y la piña conformando de este modo la tradicional mazamorra limeña que estoy degustando -dijo el padre mientras consumía tal dulce.
-¿La procesión se llama Señor de los Milagros o Señor de Pachacamilla? -preguntó Graciela.
-Hay una relación  curiosa en el nombre de Pachacamilla, en los primeros años de la colonia, estas calles estaban fuera de las murallas de la ciudad, eran habitadas por aborígenes desplazados desde el santuario de Pachacamac, por eso al barrio se le llamó así –respondió su padre.
-¡Ah!, Pachacamac donde estuvimos ayer –replicó la joven.
-Efectivamente, ayer visitamos el santuario pre-inca  de Pachacamac,  en tiempos remotos,  numerosos pobladores peregrinaban   desde lejanas tierras  hacia Pachacamac, eran atraídos por su acertado oráculo y  su misticismo –añadió el padre.
-¿Por qué los pobladores de Pachacamac se trasladaron? –replicó la joven.
-Como nos explicó el guía ayer, los españoles querían extirpar las idolatrías,  al llegar  a Pachacamac pidieron  ver a tan afamado dios; los sacerdotes del lugar les exigieron ayuno previo, discutieron y no se dejaron entender; solo  mostraron un ídolo de figura humana con los brazos abiertos,  tallado en madera de lúcumo –dijo el progenitor.
Como partimos  del Perú cuando eras niña, conoces poco de la historia peruana; los conquistadores no quisieron indagar más sobre el tema,  ordenaron en el acto quemar vivos a los sacerdotes, al ídolo e infringir severo castigo a los adoradores; de ese modo se perdieron los fundamentos de tan afamada adoración. Los pobladores de Pachacamac fueron obligados a abandonar el lugar;  Lima también  conserva docenas de pirámides   que se construyeron para diversos cultos reflejando el  sentido teológico  de los aborígenes suramericanos  –concluyó el padre.
-Sigo sin entender la relación entre Pachacamac y Jesucristo -inquirió Graciela con tenue pero insaciable voz.
-No te aflijas, para muchos compatriotas no les es fácil establecer esta relación, Pachacamac significa “el hacedor del universo o de todo lo creado”,  un ser  personificado que estaba por encima del sol y la creación,  ni los incas pudieron superar dicha creencia y solo atinaron a construir en un costado sus templos del sol y de la luna; habría sido un dios  pan-andino cuyos orígenes se remontarían desde Caral (2); los  incas lo  asociaban a Viracocha (3) –contestó el padre.
Graciela estaba un tanto confundida, su padre le pidió tener paciencia.
-Las tradiciones que escuché  en mi niñez narran que  los aborígenes desplazados hacia Pachacamilla conservaron secretamente los fundamentos de un dios  hacedor del universo, posteriormente lo  transmitieron a una cofradía de negros esclavos angoleños que solían reunirse en  el mismo barrio;  éstos   también deseaban dirigir su fe hacia un Dios verdadero que desconocían, pero lo intuían y fue así que  un negro esclavo angoleño bajo un desconocido impulso  pintó con temple rústico, en un muro de adobe, una imagen de  la Santísima Trinidad con Jesucristo crucificado; la pared era tosca,   imperfecta y  colindaba con una acequia -narró el padre.  
Para Graciela la explicación iba tomando forma,  de pronto sintió como que la miraban,  ocurrió un alboroto,  la negra vendedora cogió  del brazo a un ladronzuelo que  con ávido sigilo quería sustraerle parte de su  dinero bien ganado; tras un intercambio de gruesas palabras, el ladrón huyó velozmente.
-Déjame continuar mi relato, como recordarás, Lima está situada en una zona telúrica, en noviembre de mil seis cientos cuarentaicinco un fuerte terremoto sacudió la ciudad provocando miles de muertos y la caída de innumerables edificios entre ellos la cofradía de los negros angoleños, pero para sorpresa de todos, la pared con la imagen del crucificado permaneció intacta –dijo el padre.
La conversación se había tornado interesante, los visitantes agradecieron a la vendedora y se dirigieron hacia un costado donde otra vendedora ofrecía sus tradicionales picarones, otro dulce netamente criollo y producto del mestizaje de la cocina ibérica y la peruana.
-Como has podido notar, esta procesión es famosa por sus milagros; por esos años el ciudadano español Antonio de  León imploró con mucha fe a la imagen y fue curado de un tumor maligno en la cabeza; el milagro fue como  el beso de la misericordia de Dios. De ese modo empezó la veneración a dicha pared; pero como  acudía gente de toda índole e intenciones,  las autoridades intervinieron prohibiendo las reuniones y mandaron destruir la imagen –narró el progenitor de Graciela.
En mil seiscientos setenta y uno, un capitán y dos escuadras de soldados cumplirían la orden, inicialmente un  pintor indígena de brocha gorda  quiso cubrir la imagen pero tuvo  temblores y una fuerte  impresión pese a sus repetidos intentos. Un segundo indígena intentó raspar la imagen, pero perdió el dominio de sus brazos, finalmente un soldado real  fue conminado a ejecutar la orden, pero una vez frente a la imagen quedó paralizado al ver la belleza de la obra y contemplar que la corona cambiaba de color –prosiguió  el padre.
Graciela no lograba escapar de su inquietud, poco a poco se  contaminaba de  curiosidad.
-Papá, ¿y de donde sabes tanto de este tema? –inquirió la joven.
-Soy miembro de la Hermandad del Señor de los Milagros y como tal fui instruido en su historia: una vez informado de lo acontecido, el Virrey Conde de Lemos ordenó construir una ermita  y brindar culto a la mencionada imagen;  la humilde pared dejó que sobre ella pasaran los años,  tiempo después, aconteció otro violento terremoto seguido de un fuerte maremoto que arrasó la ciudad  del Callao. Gran parte de  Lima se derrumbó, incluyendo la ermita alrededor de la imagen venerada; para  sorpresa de todos nuevamente la pared permaneció erguida y  la imagen intacta. El español  Sebastián de Antuñano, mayordomo de la imagen,  al contemplar la figura sintió una tibia luz que le iluminaba y una dulce voz que le dijo “Sebastián, ven a hacerme compañía y a cuidar del esplendor de mi culto”. Motivado por tal  experiencia, el hispano contrató la confección de una copia al óleo de la figura que el terremoto perdonó, esa es la imagen  que estamos viendo sobre las andas; la pared original fue refaccionada y la imagen retocada se aprecia en el templo de Las Nazarenas.
Mientras tanto en la procesión, más devotos se sumían en el sueño de la fe y la esperanza  hasta que de súbito una gran masa humana presionó sobre  Graciela y su padre provocando su separación. La joven muchacha mantenía la calma y la seguridad de que aquel percance se superaría pronto, vio  que varios fieles hacían ofrecimientos de sacrificio caminando descalzos o de rodillas; por otra parte apreció que eran numerosos los asistentes en sillas de ruedas, ciegos y tullidos que aceptando las insuficiencias de sus vidas, asistían a implorar el favor divino. 
Graciela era consciente de que gran parte de la sociedad limeña era jerarquizada e incluso racista, sin embargo en la procesión los asistentes sin distingo de color  o de status se unían en una fe común.  
 -Avancen hermanos –era la frase repetida por pobres y pudientes.
De un momento a otro Graciela percibió tras de sí un tumulto,  escuchó alabanzas y gracias a Dios;  un hombre tullido se había levantado de su silla de ruedas y caminaba dando gloria a la misericordia de Dios, muchos murmuraban; pese a su juventud, la muchacha sabía diferenciar lo adjetivo de lo sustancial y su mente se inclinaba hacia la racionalidad.
En aquel tumulto exasperado y aquella búsqueda incierta, Graciela  se  preguntaba si el dios de Pachacamac había sido en verdad un anticipo de Jesucristo, hombre verdadero y Dios verdadero, además continuaba pensando en la ciudad de Lima y sus numerosas pirámides que le parecían mudos testigos de la fe de los antiguos pobladores.  De pronto el tullido, que  caminaba sollozando de felicidad, fijó su mirada en ella, Graciela quedó impresionada,  un par de gotas de cristal se desplazaron por sus mejillas, sin oír algo,  sintió como  una voz que le reprochaba su falta de fe, atinó a levantar la vista y percibió  como que la imagen del Cristo crucificado la  mirase, perdió el dominio de su voz,  sus pies le parecían adheridos  al suelo, absorta, casi no percibía el mundo físico.
Oh dicha de entender, mayor que la de imaginar o la de sentir, la joven exhaló un hondo suspiro de paz y tras  unos segundos escuchó la voz de su padre que la abrazó.
-He visto la grandeza de Dios -dijo la joven.
Con racionalidad  al principio, cautela después, con fe al fin; Graciela se sintió diferente,  apreciaba más hermosos los colores; más sublimes los sonidos; más agradables los aromas; todo le fue dilucidado en aquellos instantes.
-Pachacamac es el mismo Jesús que no conocieron; pero que imaginaron los antiguos pobladores –dijo Graciela a su padre.
La alegría embargaba a la muchacha  mientras se dirigía hacia una vendedora que ofrecía turrones; para Graciela dicho dulce le fue  muy distinto al que  acostumbraba degustar  pero le parecía tan agradable como aquel y fue así que entre fe y caprichos gastronómicos recordaría por mucho tiempo aquella noche de octubre.


1.     Chuño: patata deshidratada, también fécula de patata.
2.     Caral: Primera ciudad estado de América, a 170 Km. al norte de Lima aproximadamente 3500 años A.C.
3.     Apu Kon Ticci Pachayachachic Viracocha: Hacedor del universo, proviene de culturas anteriores a los Incas

martes, 4 de octubre de 2011

Una noche en el paraíso

                                     Ricardo Ormeño


                           Cuando el cansancio determina acompañarnos, puede ser tan intenso y pegajoso que se apodera de nosotros totalmente y hace lo que le apetece, hasta invita al dolor para que participe como su pareja de baile. Uno juzga que la hora de recostarse ha llegado pero no donde sea, sino en el lugar adecuado, indicado, recomendado, anhelado, soñado, por ello nuestra mente se dirige rauda e instintivamente a la querida cama, al mullido sofá, exótico diván, hamaca o el mueble que sea, cualquiera es la mejor elección para ese querido cuerpo, es entonces que esta sensación se convierte en el más sublime deseo y somos capaces de renunciar a todo, menos a la intimidad que nos ofrece el descanso, queremos que nuestra alma se vaya a dar un paseo. 

                             Jorge se hallaba así, tan agotado que sus piernas le transmitían dolor y una extraña sensación que le hacía suponer que si se reclinaba en cualquier mueble y estiraba sus miembros inferiores, una severa contracción de los músculos de su pantorrilla aparecería de manera brusca e intensa, calambres que para él ya eran casi costumbre después de un severo agotamiento físico. Por fin aborda su habitación, casi moribundo como hacía algunos años atrás, cuando por el alcohol ingerido en las fiestas y discotecas que acostumbraba frecuentar todos los fines de semana arribaba totalmente  fatigado pero en esta oportunidad la causa concreta era la extenuación de tantas horas de trabajo que lo llevaba casi al colapso físico y mental.-No fumaré, creo que si enciendo un cigarrillo, ¡me muero! –pensaba Jorge. 

                              El doctor Frías juzga no retirarse aquella ropa ligera usada en los quirófanos que por su comodidad semejara un pijama muy cómodo.-Creo que mejor me quedo dormido así como estoy, total en cualquier momento me vuelven a llamar –acotó el galeno.              

                              El doctor Frías no se durmió, se desmayó en su lecho sin mucho preámbulo, apenas había podido quitarse aquellos zapatos deportivos que lo mantenían como resorte ante cualquier emergencia y se trasladó a un sueño profundo sin poder importarle nada, sólo se limitó a dejarse llevar por aquella luz blanca que alumbraba su onírica oscuridad como si fuera una linterna que trataba de guiarlo con determinación hacia algún lugar. 

                               Cuando aquella enigmática luminiscencia se hacía más clara e intensa, advierte ruidos muy fuertes producidos por explosiones y disparos, esa noche fresca y húmeda del pequeño pueblo escondido en la selva donde se encontraba Jorge había sido súbitamente invadida por el desconcierto de todos los habitantes, esas detonaciones estremecedoras producidas por armas de guerra no dejaban pensar fríamente a nadie, solo aterraban, haciendo que la población se movilice rápidamente buscando cualquier refugio. Jorge se precipita hacia la parte trasera del centro de salud, ingresa a un oscuro jardín,  luego regresa y entra directo al almacén del establecimiento sanitario llevando algunas cajas y jeringas, volviendo a dirigirse a la terrorífica selva que se encontraba detrás de la institución, se mantenía tan concentrado en lo que hacía que los frescos aromas a naranjos y mangos que tanto adoraba habían pasado a un segundo plano y más bien empezaba a percibir un aire enrarecido por la pólvora. El ir y venir lo tenía loco, hasta que termina por fin lo que para él era importante y sale trotando hacia la casa de la enfermera más cercana. 

                                    Fue cuando las largas lenguas de fuego que eran producidas por aquellas ráfagas de balas se fueron disipando, los intervalos cada vez más largos hacían presagiar que la pequeña comunidad había sido tomada, sitiada y dominada por aquel  desalmado grupo de terroristas. 

                                    El doctor Frías decide retornar vertiginosamente a su centro de salud, desesperado va al lado del camino tropezándose a menudo con el follaje y arbustos tratando de evaluar con prontitud que era más riesgoso, desplazarse por el margen lateral del sendero, que la gente llamaba calle y ser alcanzado por algún proyectil, o huir por aquellos matorrales al lado del camino y convertirse en una potencial víctima de la mordedura  de alguna serpiente venenosa, tan temidas en aquella zona. Su mente tenía una idea fija, llegar al establecimiento de salud que él dirigía. Tomaba y exhalaba aire por la boca lo que hacía que su respiración fuera enérgica y muy sonora, luego de unos interminables minutos de seguir corriendo al margen del camino, decide ingresar bruscamente por el matorral dirigiéndose a la residencia médica que se encontraba en la parte lateral de dicha institución.

-¡Qué diablos no me queda otra no hay tiempo! -pensaba ansioso Jorge- ¡Ayúdame Dios mío qué no se me cruce una serpiente! Empuja bruscamente la puerta de madera hacia la sala de la residencia y se cambia de zapatos deportivos, los que llevaba puestos se encontraban húmedos y totalmente enlodados. Inmediatamente después se marcha a grandes trancos por aquel largo pasillo lleno de puertas igualmente de madera pintadas de color gris claro que comunicaban a los consultorios, tópicos de curaciones, hospitalización, administración y en la penumbra de aquel lúgubre lugar logra acercar una silla a la puerta y al subirse en ella arranca el letrero que dice almacén y en su reemplazo coloca uno que anuncia farmacia, dejando a la verdadera botica sin rótulo alguno. No sintiéndose agotado y mucho menos pensando en detenerse, sigue en su veloz carrera contra el tiempo hacia su consultorio donde localiza con facilidad un mandil blanco que se coloca rápidamente.
-¡Así no me harán nada…soy médico!... ¡Tranquilo Jorge tranquilo! –pensaba el doctor Frías tratando de aquietarse. 

                                  Su corazón latía al máximo y ya transpirando profusamente sale del nosocomio y se sienta en uno de los escalones de la puerta principal, inclina su cabeza sobre sus piernas que flexionadas presionan su abdomen y es donde siente que la cordura decide dejarlo..
- ¿Por qué?... ¿Por qué?... ¿Qué estoy haciendo? Soy médico, mi juramento… mis principios  ¿Por qué tuve que venir a trabajar aquí? –se cuestionaba el atormentado doctor Frías. 

                                   Sus lamentos se detienen bruscamente al sentir pasos muy intensos, rápidos y determinantes  que le hacen suponer a Jorge que se tratan de botines de guerra. Efectivamente un grupo de diez personas fuertemente armadas se dirigían hacia él en particular. Llevaban puestas aquellas características gorras rojas.
-¡Doctor rápido llévenos a la farmacia! –ordenaron al doctor Frías que aún no salía de su asombro.
-¡Sí!... ¡Sí! Claro ¿Qué necesitan? -preguntó Jorge con mucho temor.
-¡Todo!... ¡Necesitamos todo! ¿Entiende?... ¡No hay tiempo!... ¡Vamos doctorcito, muévase! –ordenó el revolucionario.         

                                    Se dirigieron hacia la farmacia, disponiéndose a transportar las cajas de medicamentos, alcoholes, gasas, jeringas, en fin todo lo que pudieran llevar apresuradamente, incluso el doctor Frías fue invitado enérgicamente a ayudarlos en el desplazamiento de dichas cajas hacia una camioneta rural que aguardaba afuera y que había sido tomada a la fuerza minutos antes. Salieron velozmente dejando nuevamente al doctor sentado en los primeros escalones de la puerta principal, cuando de pronto un grupo de jóvenes empiezan a llegar con algunos heridos de aquel tiroteo, el galeno empezó su trabajo con prontitud, hacía las veces no sólo de médico sino de enfermera al no contar con ninguna en ese momento.
-¿Dónde estarán estas muchachas?, ¡seguro que protegiendo a sus esposos cuando ellos son los que deben defendernos!... ¡Para eso se casan con los lugareños!... ¡Pierden la objetividad! –refunfuñaba el doctor consigo mismo.

                                        Sus reclamos felizmente son escuchados tal vez como plegarias y tres enfermeras se hacen presentes, volviendo más efectivo el trabajo; sueros por todos lados, mantas con sangre, frascos abiertos casi formando una alfombra. Jorge Frías camina de un lado a otro pateando cajas y frascos, hasta que una de las licenciadas de la salud le solicita que acuda raudamente hacia el otro ambiente, ingresa corriendo y encuentra a un paciente sostenido por dos amigos que le dan su nombre, Marco Tafur de apenas veintisiete años de juventud y cinco años como rondero protegiendo su terruño junto con su padre y hermanos, Jorge lo conocía muy bien, siempre lo veía pasar con su moto azul, sobre todo los domingos trasladando siempre a la misma simpática adolescente detrás de él, pero ése no era Marco, para el doctor Frías no era nadie conocido, su rostro totalmente deformado lo hacía realmente irreconocible. Pobre Marco por tratar de alertar a la población  de aquel ataque terrorista, se había estrellado con una gran roca al lado del camino, sus dos kilómetros de recorrido habían terminado allí y ahora lo tenía frente a él intentando colocarle un poco de anestésico local en aquella gran herida en el dorso de la nariz la cual prácticamente ya no existía. De pronto Jorge se asusta al ver que el anestésico infiltrado en los bordes de la herida termina fluyendo por el paladar, cayendo cual manantial, no hay mucho que decir, el desdichado Marco Tafur, se encontraba  grave, era irreconocible y no podía hablar. Jorge da la indicación de sacarlo del pueblo hacia la ciudad más cercana.
-¿Qué hospital doctorcito si los terrucos están camino a la ciudad? -preguntaba uno de los amigos de Marco.
-¡En fin cubriré las heridas y le haré un procedimiento de emergencia! -informó el médico con cierta agitación.
-¡Señora Luisa!... ¡Usted que tiene más experiencia, ayúdeme a realizar una traqueotomía ahora mismo o se nos muere Marco! -ordenó Jorge. 

                                           Frías se encuentra ahora frente al paciente con el bisturí en la mano y trata de recordar los procedimientos para realizar dicha traqueotomía, nunca la había hecho y sentía que iba literalmente a degollarlo. La enfermera se percata de su titubeo sin embargo trata de no expresar nada que no sea de utilidad, Jorge se siente ahora seguro y procede, dejando a Marco Tafur con un tubo en el cuello que le devolvió la respiración y así pudieron controlar mejor el sangrado y curar esas grandes e impresionantes heridas hasta que pudiera ser derivado a un hospital, sea el que sea. 

                                            Una semana después, Marco Tafur sentía alguna mejoría pero siempre esperando y rogando a Dios que el camino hacia el hospital se encuentre libre de guerrilleros. El doctor Frías se halla en su consultorio, cuando de pronto ingresa Luisa la enfermera corriendo con la noticia que apenas a unos cuarenta kilómetros de allí un pelotón del ejército había logrado capturar a los saboteadores que habían atacado el pueblo siete días antes, la balacera no había sido intensa a pesar de las circunstancias, la mayoría se entregaron sin ofrecer mucha resistencia, llamaba la atención que se encontraran aturdidos por sus fallecidos casi de manera fulminante, parecía como si una infección diabólica hubiese arrasado con todos los heridos, hasta un pequeño rasguño se había convertido en una herida profunda y mortal comentó alguno de ellos. ¿Qué hiciste Jorge con esas medicinas de la farmacia? ¿Qué le inyectaste a los frascos?

                                               Quince días después un regimiento militar arriba al pueblo para efectos de protección, al menos temporalmente. Jorge se encuentra en su habitación cuando de pronto, oye algunas pisadas enérgicas e intensas de botines de guerra  que se detienen bruscamente frente a su puerta - ¡Doctor Frías! … ¡Debe acompañarnos al cuartel! –anuncia una gruesa voz.

                                                 Jorge se mueve en su cama, siente que la luz que aclaraba sus sueños, se desvanece, se hace más tenue hasta que aquella enérgica voz es reemplazada por otra  muy conocida para él.
-¡Doctor Frías!... ¡Acercarse a emergencia! -ordenaba aquella siempre sensual pero fantasmal voz de la enigmática dama de la Clínica Santa Felicia donde laboraba Jorge Frías.

viernes, 30 de septiembre de 2011

La ilusión del sueldo mínimo

Marco Antonio Plaza


Julio trabaja como mozo en un restaurante en el centro de Lima, desde  las ocho de la mañana en que atiende el desayuno. Se levanta a primera hora y camina como veinte minutos para poder tomar una combi que lo lleve a su destino pero esto no lo afecta por su juventud. Vive en el cerro San Ignacio de Loyola, más o menos lejos de su trabajo. Regresa por la noche a su casa después de pasarse prácticamente todo el día atendiendo clientes, quienes por lo general, no son muy delicados en la forma de tratarlo.
Junto a su casa vive su buen amigo Enrique, vecino de hace muchos años quien se desempeña como obrero en la industria de la construcción. El trabajo de ambos es similar en muchos aspectos, pues, los dos laboran por horas y no tienen beneficios sociales, es decir, ni salud ni una futura pensión. Los empresarios siempre le manifiestan a ambos que su situación de trabajadores informales se debe a que el sueldo mínimo es muy alto, muy por encima de lo que normalmente se paga en el mercado de gente no calificada y que por el contrario a lo que se cree, esta medida afecta a los más pobres. Todo esto es consecuencia de la pésima política económica implementada por los diferentes gobiernos hace décadas sobre todo en temas laborales.
Ambos no entendían nada de lo que les decían. Pero lo que les importaba a ellos es que el salario que reciben de manera informal, aun siendo muy bajo, les permite mantener un hogar pequeño, de un hijo cada uno. Las esposas colaboran a la economía familiar cocinando en un comedor popular por horas.
Un día, el dueño del chifa, el señor Yan, quien fumaba como chino en quiebra, lo llama a Julio y le dice con un tono de voz ronca y gastada propio de un fumador empedernido:
-Julio, he decidido aumentarte el sueldo a seiscientos nuevos soles y a partir de ahora serás un trabajador formal, y te pagaré tus derechos sociales. Sé que serás más productivo, te vas a identificar más con el negocio y te sentirás mucho mejor. Te iré incrementando tu ingreso por pocos, dependiendo de nuestra eficiencia y sobre todo, del trato al cliente y de la calidad de la comida. Debes tener paciencia, pues estoy dando el primer paso.
-Gracias jefecito, usted se pasa –le dice Julio con mucha reverencia-. No esperaba su intención de hacerme sentir parte de este restaurante. Es verdad, tendré más ganas de chambear. Gracias nuevamente. Se lo contaré ahora mismo a mi familia.
Julio retorna a su hogar de noche, cansado pero contento listo para contarle a su mujer e hija. Una vez conocida la noticia, todos estaban felices porque era la primera vez que se convertía en un trabajador formal y eso lo beneficiaba no solamente por el mayor sueldo sino también en el aspecto sicológico porque se sentiría más integrado a la sociedad.
Después de seis meses, el país se encontraba  dividido en el aspecto político por la campaña electoral. Uno de los  postulantes a la presidencia prometía aumentar el sueldo mínimo vital a la suma de setecientos cincuenta nuevos soles. Julio se ilusionó porque en su trabajo le iban a pagar lo que la ley manda ya que ahora era un trabajador formal.
Terminada la campaña electoral, dos meses después, el candidato que idolatraba Julio ganó las elecciones. La ansiedad era máxima por escuchar el mensaje presidencial. Y justamente, el flamante presidente de la República planteó el incremento del sueldo mínimo tal como lo había dicho en la campaña. En la casa de Julio estaban llenos de júbilo porque sería el segundo aumento en menos de un año.
Una tarde del primer día útil después del mensaje presidencial, el señor Yan lo llama a Julio a su oficina:
-¡Hola Julio!, tengo que hablar contigo y esta vez, al igual que la vez pasada, voy a ser sincero contigo –le dice con una voz de preocupación y con cierto sentimiento de culpa.
-¿Qué pasa jefe, he metido la pata con algún cliente? Usted sabe que yo los trato muy bien y muchos de ellos son mis causas y me quieren.
-¡No Julio, no es eso, es otro tema!, se trata de la nueva medida del gobierno relacionada al sueldo mínimo vital.
-Sí manyo el tema jefe, se lo dejo en sus manos –decía Julio de la boca para afuera, pero en ese mismo instante pensaba «me tienes que subir, no te hagas el loco chino tísico, no puedes zafar esta vez, te jodiste» Sin embargo presentía algo negativo por la manera como le hablaba Yan. No estaba alegre como la vez pasada cuando le dijo que le aumentaba el sueldo a seiscientos nuevos soles. En esta situación difícil, no le quedaba otra cosa a Julio que esperar la noticia por muy mala que sea.
-Julio, he realizado unas cuentas y si te pago setecientos cincuenta nuevos soles, tendría problemas financieros justamente por los beneficios laborales que se incrementan como la espuma de mar; igual me pasaría con el resto de muchachos, pues, realmente yo los quiero tener como trabajadores formales, pero no me queda otra que seguir pagándoles lo mismo, prometo mantenerles el sueldo pase lo que pase, pero regresarían a ser informales. Yo quiero que sigan trabajando conmigo. Ya veremos qué hacer en el futuro.
-Jefe, qué problema realmente, lo entiendo, usted no nos quiere fregar, pero si sube el sueldo a setecientos cincuenta mangos, el negocio peligra y sería peor para nosotros, ¿no?
-Cierto Julio, quisiera saber si deseas seguir trabajando, con el mismo sueldo, pero de manera informal, ¡lo siento mucho!
Julio ya había tomado la decisión de aceptar porque peor era quedarse sin nada de dinero, pero anímicamente se sintió muy mal, y pensaba qué le iba a decir a su familia. Él nunca fue un desempleado, tenía que ganarse la vida trabajando como lo hizo su padre y eso lo llenaba de orgullo.
-¡Acepto jefe! –dijo Julio con una voz tembleque.
Al día siguiente, viernes por la noche, se encuentra con su amigo del alma, Enrique.
-Amigo, vamos a chuparnos unas chelas a la esquina y te cuento lo piña que soy en la chamba.
En eso enrumbaron hacia la cantina hablando de otros temas. Una vez sentados en la mesa, José llama al mesero.
-Oye chochera, tráete un par de pomos al polo como le gusta a la gente brava
- Al toque mister, ya vuelvo.
 Después que ambos se habían tomado casi las dos cervezas y ya un poco picaditos, Enrique le dice:
-José, ¡cuéntame lo del chifa antes que te embombes y te dé la llorona!
- Ja ja ja, no es para tanto cuñadito. Bueno, te cuento que el chino Yan no me pudo subir el sueldo porque de lo contrario el negocio tendría un roche económico.
-¡Qué cosa! – dice de manera sorprendida Enrique- ¡No te atraco! Si ya eres formal tiene que subirte el billete, porque si no lo hace el tío manca contigo. Estás en tu derecho amigo y puedes ir a quejarte al ministerio de trabajo.
-¡No seas monse causita!, tú sabes que el chino no tiene la obligación de darme chamba, y si lo hace, es porque quiere. Además, él me ha dicho que desea seguir trabajando conmigo y que jamás me disminuirá el sueldo. Así que he aceptado seguir en el chifa.
-Oye cuñadito,  ¿vas a aceptar semejante desfachatez? ¡Quéjate! ¡No te me arrugues! ¡Presiónalo a ese chino! ¡No seas conformista!
-¿A quién me voy a quejar causita? Tú sabes que firmo contrato cada tres meses y justo vence en unos días. Además, yo sé que Yan no es mal intencionado, yo soy su chocherita. El chino es buena gente. ¡Créeme carajo, ya me estás llegando con la misma huevada, pareces disco rayado!
- Ja ja  ja, ¡tá bien! ¡tá bien!, ¡no te me achores!  Bueno compadre, haga lo que crea conveniente, al fin y al cabo, “a mí me pasa lo mismo que a usted”, como dice una canción de la época de mi viejo. Somos dos informales ¡y qué! ¡Nunca entenderemos a los políticos ni esas huevadas del sueldo mínimo, de la inclusión social y tanta cojudez! Sigamos disfrutando de estas chelitas y hablemos de fútbol. ¿Qué te parecieron los goles del exterminador de Guerrero contra Venezuela en la última copa América? ¡Excelentes! ¿No? ¡Habla!

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Misa de difunto

Víctor Mondragón

Corría la década de mil novecientos setenta y se cumplía un año del  fallecimiento de Jorge Champa Nicho, era la primera vez que Willy  y Pedro Pichilingue,  primos y adolescentes  amayinos (1), asistían a una misa de difunto; un lejano olor a paja quemada y la característica brisa marina del barrio de Amay  besaban el rostro de los deudos, en la puerta de la iglesia recibían   fraternos y solidarios saludos de familiares y amigos respondiendo a cada uno de ellos con  inconfesada y tal vez ignorada tristeza.
-Los esperamos en la casa –era la respuesta común de los familiares del finado.
En la ciudad de Huacho, una misa de difunto era un evento especial, mucho más que una simple  tradición, los deudos se solían preparar con meses de antelación para realizar una digna reunión  que contentara  al finado; los familiares  juntaban  ahorros, viajaban  desde diversos lugares  para conmemorar el recuerdo del ser querido.
Por un camino sin asfaltar y rodeados de árboles de pacaes (2), los asistentes  de la misa transitaron hacia la casa de la familia Champa;  en el trayecto el grupo  se fue engrosando con auto invitados que aparecían en el camino; aquellos  eran conocidos como los invitados a la mesa (muy distintos de los invitados de la misa), solían colarse a  esas reuniones interesados en una segura comilona. Mientras caminaban, dejaban escuchar sus murmullos.
-Fue un gran hombre el finado –decía uno de adelante.
-Era una persona muy buena –comentaba uno del costado.
-Cuanto sentimos su ausencia -decía un auto invitado.
Por su parte, mientras caminaban,  los primos   conversaban:
-Por lo visto  no hay muerto malo –dijo Willy.
-Caramba, nuestro abuelo tenía mal carácter, con los gastos hechos no alcanzará para comprarme zapatos, estoy molido, todo el día hemos estado limpiando la casa de la tía –respondió Pedro.
-¿Es verdad que has repetido el año escolar? –preguntó Willy.
-Los profesores se me prendieron, quiero ir a la capital a trabajar -respondió Pedro; sus padres se habían separado hacía poco.
Ya cerca de la casa se percibía un penetrante olor a leña, propio de un promisorio festín; en una  cocina al aire libre, varias mujeres se afanaban  en la preparación de la comida, por su parte Willy y Pedro  repartían  vino entre los invitados; pasados los minutos, los rostros compungidos y serios se tornarían  en  risueños,  los temas de conversación ya no serían tal o cual finado, sino temas del recuerdo y relatos anecdóticos.
Fuera de la sala, sobre un suelo de tierra aún húmeda, bajo unas parras de uva,   unos vecinos se congregaban  contando historias de brujos y curanderos de la región; el rojizo atardecer había dado paso a la penumbra mientras contados lamparines mezquinaban su  luz.
Varios vecinos  se jactaban de haber conocido a tal o cual chamán, pero al unísono reconocían que no hubo mayor brujo que José Yancunta Santos.
-Señor, ¿Usted ha conocido a Yancunta? –preguntó Willy.
Don Anselmo, anciano de la zona, puso sus manos sobre su cintura y con  voz ronca y pausada manifestó:
-Yancunta nació a fines del siglo XIX,  provenía del barrio de Luriama,   era ciego, revisaba  a sus pacientes  con el tacto,  delicadamente examinaba  los rostros, luego frotaba sus manos sobre sus cueros cabelludos y posteriormente rozaba sus abdómenes, allí Yancunta  parecía escribir extrañas figuras con los dedos, al parecer sus percepciones estaban supeditadas a ritos ancestrales,  yo lo vi hacerlo varias veces.
-¿Y  cómo era ese curandero? –replicó  Willy.
-Tenía tez trigueña, baja estatura, se apoyaba en un bastón de huarango (3) que en su extremo llevaba tallada una cabeza de serpiente –contestó el anciano.
-¿Era ciego? entonces,  ¿cómo curaba ese señor? –contestó Pedro con  tono desafiante.
-Ese curandero solía estar acompañado por un muchacho a modo de lazarillo, su ceguera no era impedimento para ver  más allá del mundo físico, antes de voltear una esquina  decía -ahí veremos a tal o cual persona con tal característica física o psíquica -replicó don Anselmo.
Los adolescentes se miraron haciendo  gestos de incredulidad y desdén, seguidamente intervino otro vecino:
 -Yancunta era aficionado a las peleas de gallos y tan solo escuchando su canto podía inferir quien sería el ganador, sin embargo le atribuyen que su mayor prodigio fue convertirse en cerdo, pato u otro animal, nadie sabe a base de qué sugestión, truco o engaño lograba hacerlo –dijo don Simón.
Las horas transcurrían mientras se congregaban nuevos asistentes fuera de la casa, se les solía llamar los huele-guiso quienes atraídos por el olor de la comida, se conseguían prestado algún traje, se colaban al evento y en el momento oportuno se abalanzarían sobre la comida; argumentarían haber conocido también al difunto, no era para menos, el plato fuerte de la reunión sería la sopa huachana.
–No creo esas cosas, estos ancianos nos están contando historietas para asustarnos –dijo Pedro.
-No importa, hay que creerles solo la mitad -contestó Willy estallando en fuerte carcajada.
-Los huachanos provenimos de pueblos que vivieron como sociedades estado organizadas hace cinco mil años;   Bandurria y Caral (4) son solo una muestra de aquel desarrollo;  el conocimiento sobre plantas curativas, presuntos maleficios y artes esotéricas proviene de tiempos ancestrales -dijo don Anselmo respondiendo a las risas de los mozalbetes.
-Con la conquista española muchos conocimientos se perdieron, otros fueron  guardados por los chamanes para que llegaran a las más apartadas generaciones y que no los tocara el olvido -concluyó.
-La conmemoración de la muerte y la comilona posterior son extensiones del culto a los muertos y provienen de tiempos pre-incaicos, la momificación de los  difuntos en el antiguo Perú es tan remoto como las momias egipcias -añadió don Simón.
Doña Jacinta,  hija del finado, hizo un alto en la cocina, sin disimular su olor a humo, salió a saludar a los asistentes.
-Dinos cual es el secreto de la huachana –dijo un auto invitado.
-El secreto es el agua  de  acequia huachana –respondió la cocinera.
Aquel momento fue aprovechado por un  orador espontáneo, hacía horas  que esperaba el momento propicio, caminó rápidamente  hacia el centro de la sala, con sus brazos llamó la atención a los asistentes y elevó un discurso de recordación para un finado que no conoció
- …y Dios lo tiene  en su santo reino –concluyó el orador quien por el precio de cinco soles brindó sus servicios.
El consumo de bebidas alcohólicas había despertado el apetito de los concurrentes, penetrábales el  olor de las comidas preparadas; Pedro había visto alguna vez un plato de sopa huachana y no le atraía su apariencia; el joven se dirigió a la cocina donde fue reprendido por entrar; a las mujeres no les gustaba que entren hombres a la cocina, peor aún  si las cocineras se estarían aseando o hermoseando,   la ardua tarea había causado estragos en sus maquillajes y menjunjes. 
-¿Hay algún otro plato? -preguntó Pedro.
-Hay  también seviche de pato (6),  pepián de choclo (7) y cerdo asado pero las comidas se servirán por orden de edad -contestó su tía.
Algunos asistentes amparados por la natural impunidad del desorden, se afincaron  cerca de la cocina, lugar de donde salía la cerveza,  bebían con imprevisto entusiasmo, uno de ellos  llamó a Pedro y disimuladamente le entregó un billete doblado,  sellaba un pacto informal, el asistente aseguró así su aprovisionamiento de alcohol.
Willy y Pedro regresaban con frecuencia  al patio donde  fluía entretenida la reunión, la conversación principal y de mayor interés seguía siendo acerca de brujos y curanderos, poco a poco más oyentes se fueron contaminando de curiosidad y se aunaron al grupo.
-En esos años, una vez  a medianoche,  vi un pato subido en un árbol, me  llamó la atención y de repente vi un hombre desnudo que caminaba al borde de una acequia; grande fue mi sorpresa al identificar a Yancunta que se alejaba presuroso -dijo don Anselmo quien  seducía a los jóvenes con el hechizo de sus relatos.
Un conocido vecino intervino diciendo  que no creía en brujos, pero quiso narrar una  experiencia que no podía olvidar pero si contar.
-Hace unos meses  en compañía de tres efectivos cercamos a un  hombre que tenía orden de captura por violación, el  delincuente corrió y se refugió en una casa en el centro de una chacra, no había forma de huir, era de tarde; dos de mis efectivos irrumpieron en la casa de adobe mientras los otros dos cuidaban el exterior.
-¿Nos va a contar que el fugitivo desapareció? -replicó Pedro en tono altanero. El oficial tomó aire, miró a los adolescentes  y prosiguió
-Aquella casa tenía sólo un ambiente, dos ventanas cerradas y encontramos  a nadie, solo vimos un perro negro salir corriendo, buscamos falsos pisos en la habitación pero  nada hallamos.
-Ese fugitivo seguro no entró en esa casa -contestó Pedro. El oficial se sirvió una copa de vino, miró al suelo, levantó la mirada y exhalo un hondo suspiro mientras replicaba.
-Al día siguiente uno de mis subordinados me contó   que el hombre que buscábamos era nada menos que el hijo de Yancunta Santos y que  habría heredado los secretos de su padre -seguidamente el oficial levanto la voz.
 -¡Carajo! yo no creo en brujos pero ese pendejo desapareció.
-Tras la muerte de Yancunta llegaron extranjeros para indagar sobre los legados del chamán, tanto americanos como rusos, estuvieron tras unas hojas de plátano donde  presuntamente habría descrito  como un ser humano podía adquirir la apariencia de animal, dicen que  esas hojas están  ocultas -concluyó don Anselmo.
-Yo no creo –dijo Pedro en tono desafiante.
-Estos tíos nos están meciendo, vamos al cerro colorado, allí van chamanes, yo los he visto –dijo Willy.
-¿Tú también crees en eso? –preguntó Pedro.
-Estamos a un kilómetro de distancia, en poco más de una hora estaremos de regreso, nada perdemos con verlo en persona –contestó Willy.
-El tío de un amigo es brujo y una  vez me pidió que sea su ayudante –añadió.
-¿Y no te asusta? –replicó su primo.
-¡Nada que ver!, hasta me han dado propinas –respondió Willy.
-A veces he ido  a huaquear al cerro colorado y los brujos me compran lo que encuentro. Recogí  cuatro calaveras,  dicen que cuidan la casa de ladrones –añadió.
Los primos marcharon presurosos,  cruzaron chacras, se dirigieron    hacia un cerro  ubicado frente al mar; estando cerca a las faldas del cerro detuvieron sus  pasos y sigilosamente observaron el escenario  tras el amparo de una loma. A lo lejos ubicaron el perfil de un individuo solo, los jóvenes se echaron al suelo a fin de no ser vistos,    escucharon  palabras de un extraño lenguaje; divisaron  un sujeto que levantaba los brazos, cantaba, cogía objetos del suelo  y extraía tierra bajo la luz de la luna.
-¿Esta bailando? –preguntó en voz baja Pedro.
-Es parte de su ritual –contestó su primo.
De pronto el cuerpo del extraño individuo empezó a contorsionarse bruscamente, la luna fue cubierta por nubes y  un viento frío golpeó los rostros de los primos, el lugar donde trabajaba el presunto chamán resplandeció,  una extraña sombra cubrió al  individuo mientras un  olor fétido inundaba el ambiente.
-Corre …von –dijo Willy a su primo.
Como alma que lleva el diablo, ambos jóvenes corrieron mientras percibían  como si  una sombra los persiguiese, minutos después divisaron las luces de las primeras casas del barrio de Amay  y arribaron a la casa de su tía.
-Están sucios, ¿donde han estado? –pregunto don Simón.
-Fuimos al cerro colorado, vimos un brujo  y nos asustó –respondió Willy.
-¡No cometan imprudencias!, en día sábado y a estas horas lo único que allí pueden encontrar son brujos maleros, aquellos que tienen pacto con el maligno –dijo don Simón.
-Los daños suelen hacerse con tierra de muerto y en huacas, ¡Nunca vuelvan por allí de noche! –añadió don Anselmo. 
Minutos después, la tía de los primos les entregó una fuente con cubiertos para  llevar a  los asistentes, aquello era  señal de la pronta repartición de la comida. Pedro y Willy degustaron el apetitoso plato de seviche de pato acompañado de yucas, el sabor ácido conseguido con naranjas agrias, el punto de ají y la suavidad del ave le obligaron a pedir repetición, como la mayoría de comensales que acudieron al breve mar de las soperas; en una misa de difunto podía faltar cualquier cosa menos harta comida; fue todo un festín, los asistentes terminaron satisfechos y había la creencia de que el difunto se alegraría mucho por aquello. En el patio los primos acompañaban a los ancianos.
-Trae más vino para soltarles la lengua a los ancianos –dijo Pedro a su primo.
-Tengan cuidado de los falsos chamanes, esos solo buscan dinero, un verdadero chamán solo pide obsequios o la voluntad de los pacientes –dijo don Simón a los primos.
-¿También me dirá que cree en los amarres y el daño? –preguntó Pedro.
-Es difícil de afirmar o de negar, dicen que los brujos maleros venden su alma al maligno,  consiguen poderes y hacen cosas maravillosas –contestó don Simón.
-Los buenos chamanes dicen poder revertir cualquier maleficio hecho por malas artes y aun más, devolverlo al causante –añadió don Anselmo.
-A mi me han pagado por los objetos que desentierro del cerro colorado –dijo Willy en forma presumida.
-No se dejen embaucar, esos brujos maleros atraen a los incautos y los utilizan –añadió don Simón.
-En pleno siglo XX, ¿Cómo pueden seguir creyendo en esas cosas? –dijo Pedro.
-Todo a su tiempo, la vida les dará sorpresas en el momento menos esperado –contestó don Simón.
El ambiente estaba envuelto de algarabía, se escuchaba bromas de todo calibre mientras otros no se cansaban  de alabar a las cocineras y reconocer las atenciones de la familia del difunto. Tras la comilona y pasadas las horas la gente se fue retirando no sin antes despedirse de los deudos.
-Don Jorge debe estar muy contento –decía un familiar.
-El finado está muy satisfecho –dijo un invitado.
-El muertito ha compartido con nosotros –dijo otro familiar.
Ya de madrugada, de regreso a sus casas,  los primos caminaron entre chacras, por   un descampado,  les alumbraba la luna, los  movimientos  de los árboles o el sonido del viento les llamaban la atención, les inquietaban, angustiaban; de súbito vieron a lo lejos un pato subido en un árbol de lúcuma (8);  los jóvenes sintieron temor y curiosidad a la vez, aquel camino solía ser transitado por ellos, sin embargo decidieron esquivar aquel  árbol.
-El pato ha desaparecido -exclamó Willy.
-¡Mira!, un hombre calato -gritó Pedro.
Vieron un hombre  desnudo que se alejaba presuroso por el borde de una acequia, a  lo lejos escucharon el fuerte canto de un gallo mientras  el espanto hacia presa de los jóvenes.
-¿Viste lo mismo que yo? –dijo  Pedro con un ansia atolondrada por correr y al mismo tiempo por quedarse.
-No jodas, corre …vón –contestó Willy jadeando.
Los primos nunca comprendieron lo sucedido, durante años transitaron por el mismo lugar,  nunca volvieron  a ver pato alguno y mucho menos una persona desnuda; con el tiempo se lamentaron no haber arrancado a los mayores alguna otra confidencia, gozaban en secreto con los recuerdos de aquella noche, solían cuestionarse si lo que vieron había sido producto de una sugestión, acaso su imaginación o alguna broma de mal gusto, mientras estas interrogantes   inundaban  su mente  había  algo que si era muy cierto y  que siempre quedaría grabado en su ilusión de adolescentes: era haber visto al gran chamán José Yancunta Santos.



1.       Amay: barrio de la ciudad de Huacho, a 140 kilómetros al norte de Lima
2.       Pacae: del quechua pacay, fruto de este árbol
3.       Huarango: árbol de la costa peruana, de madera muy dura.
4.       Caral y Bandurria: primeras ciudades estado de América, aproximadamente 3400 años A.C.
5.       Panca: Hoja que cubre el maíz.
6.       Seviche de pato: exquisito plato de Huacho, pato cocido en jugo que contiene entre otros naranja agria.
7.       Pepián: plato peruano a base de choclo molido, arroz u semejante.
8.       Lúcuma: Árbol de Chile y del Perú, de la familia de las Sapotáceas, de hojas casi membranáceas, trasovadas y adelgazadas hacia el pecíolo. Su fruto, del tamaño de una manzana pequeña, se guarda, como las serbas, algún tiempo en paja, antes de comerlo.