martes, 17 de mayo de 2011

Una amarga espera

Santos Padilla



María, una mujer de treinta y siete años de edad, ama de casa y esposa de Humberto, un fornido obrero de construcción civil, habitantes de una ciudad del interior del país, una ciudad tranquila, ubicada en la zona interandina del sur oriente, esperaba con ansiedad el nacimiento de su primer vástago, luego de quince años de feliz convivencia y de muchos intentos de procrear un producto, fruto del amor que se profesaban con mucho respeto y cariño.

- Muy pronto tendré la dicha de ver nacer a mi hijo, luego de casi quince años de casada -pensaba en voz alta María- valió la pena la  espera, me he cuidado mucho para este gran momento.

Estaba en el noveno mes de gestación, lucía orgullosa un voluminoso vientre de un embarazo controlado en la posta de salud del distrito, donde una obstetriz  la evaluaba, dictándole la conducta a seguir para llevar a buen término el embarazo y poder alumbrar en las mejores condiciones de salud, en un parto institucional.

Había pasado los últimos tres meses conservando su peso en base a un esquema nutritivo riguroso y consumo de vitaminas y medicinas especiales, que un familiar radicado en Europa le proveía mensualmente. Para esa época tenía la ilusión y la sospecha de que podía tratarse de un varoncito.
-         María, apuesto que por la forma de su barriga va tener un varoncito -señaló un amigo tres meses antes.
-         Gracias Ruperto, yo también deseo que sea varoncito, Humberto quiere que su primer hijo sea hombrecito, estoy segura que se sentirá bien orgulloso.

A inicios del noveno mes de su embarazo, María sentía con cierta frecuencia los mareos y antojos para comer lo que durante su vida cotidiana, ni siquiera le apetecía, del mismo modo, percibía unos golpecitos en su abdomen, lo que lejos de alarmarla, le otorgaba la tranquilidad necesaria para sobrellevar su estado, con la certeza de que los movimientos percibidos sobre su pronunciada barriga, eran claros indicios de que la criatura gozaba de buena salud, augurando un feliz alumbramiento.

Humberto, se sentía el hombre más afortunado de la tierra, al tener la certeza de que su futuro hijo nacería en un ambiente de paz y amor, adecuadamente controlado por los hombres de ciencia, no se cansaba de pregonar a sus amigos de su trabajo la felicidad que le embargaba, y que no veía las horas de que llegue el dichoso momento de ver nacer a su hijito, y acompañarlo durante su crecimiento y desarrollo.

-         Amigos, estoy seguro que mi “guaguito” va ser un futbolista de primera, su primer regalo que voy a darle, será una pelotita para que vaya practicando desde “corito” -afirmaba orgulloso e hinchando pecho delante de todos.
     Van a ver que todos lo clubes de aquí se lo van a arranchar, pero yo lo voy a
     preparar para que juegue en un equipo de primera de la capital, ya verán.

Estaba en la semana final de su embarazo, María cada vez más entusiasmada hacía el conteo de los días que faltaban para la fecha esperada, pasando por alto los síntomas cada vez más mortificantes que la aquejaban, no soportaba el olor de las comidas, las nauseas se presentaban en todo momento las que desencadenaban una sucesión de vómitos previa e inmediatamente después a la ingestión de sus alimentos, todo lo cual María las consideraba como parte de su gestación a término, despejando cualquier duda de algún terrible e insólito desenlace.

Una noche en la que Humberto se demoraba en regresar a casa, María observó que de manera intempestiva, algo no marchaba bien, súbitamente sintió que las cosas le daban vueltas a su alrededor, por lo que tuvo que apoyarse en una de las sillas de la sala, de pronto una sensación de una sustancia gelatinosa y líquida que le recorría sus piernas, percatándose que era una sustancia de tono rojo pálido que discurría hasta el suelo, tomando aire avanzó resueltamente atravesando el umbral de la puerta para ganar precipitadamente la acera, justo en el momento que pasa muy cerca un taxi, que la conduce al hospital más próximo de la zona.

-         Señora, ¿a que hora se produjo el sangrado?
-         No hace mucho doctor, estaba preparando la cena cuando de repente me sentí muy débil, cuando vi la sangre que aparecía entre mis piernas, me asusté mucho, pero estaba solita, felizmente me trajo un carro al hospital.
-         Bueno señora le informo que no está muy bien su bebito, no se perciben los latidos y los movimientos, vamos a tener que operarla con suma urgencia ¿Ha venido sola?
-         Si doctorcito, mi esposo no debe tardar en venir, ya debe estar buscándome.
-         Espero que venga lo más pronto posible para que nos autorice intervenirla quirúrgicamente y compre algunos medicamentos necesarios para la operación- señaló el galeno.

Se entró en un compás de espera, María cada vez más ansiosa y preocupada, sudando y tiritando de frío, miraba el reloj del establecimiento, murmurando en voz baja.

Pasaron casi dos horas desde que María ingresó al hospital, cuando apareció por la entrada del tópico Humberto jadeando, sudoroso y preocupado.

-         Por fin te encuentro María, que susto me distes, pensé lo peor -señaló Humberto.
-         ¡Que me iba a imaginar que todo esto ocurriera, justo cuando debe nacer nuestro bebito!  -expresó María
-         ¡Que bien ya está aquí! su esposa debe ser intervenida en el acto para dar término al embarazo- dijo el galeno
-         -¿No le pasará nada a mi esposa  y al bebito doctor? .
-         Si no la operamos ahora, ambos pueden pasarla muy mal señor, de usted va depender que tanto su esposa como su bebito se salven -mencionó en forma muy segura el galeno.
-         Está bien doctor, haremos todo lo que usted diga, con tal que no les pase nada- respondió Humberto aún dudando sobre la necesidad de la operación.


Inmediatamente, Humberto firmó la autorización para la intervención quirúrgica recibiendo la receta que contenía el listado de medicamentos necesarios, que  compró en la farmacia del hospital, quedando de esta manera su esposa lista para pasar al centro quirúrgico del hospital.

Pasaron unas tres horas de duración de la cesárea, cuando irrumpió en el pasillo el cirujano con el rostro que denotaba sorpresa y preocupación. Humberto fue a su encuentro rápidamente sospechando que algo no había salido como lo esperaba.

-         Doctor dígame ¿Cómo está María y cómo ha nacido el bebito? dígame la verdad doctorcito por favor -mencionó Humberto preocupado y algo atolondrado.
-         Mire usted señor, le puedo decir que su esposa está muy debilitada en este momento, luego de la cesárea a la que ha sido intervenida, debe pasar a piso de hospitalización para que se recupere porque ha perdido mucha sangre y ha quedado muy conmovida por lo que ha pasado.
-         ¿Y como esta mi hijito?  ¿Está sanito? -inquirió muy ansioso Humberto.
-         El bebé, no se como decirlo, pero debe comprender que a veces no sale todo como uno lo ha planificado, a veces hay algo que escapa a nuestro control, y por alguna razón muchas veces no entendible nos damos con unas sorpresas que en la vida lo hubiéramos imaginado-  afirmó resueltamente el galeno.
-         Pero ¿Doctor me podría explicar con mas claridad, que es lo que quiere decir con eso de que se pueden dar sorpresa?  no alcanzo a comprender, o es que me está ocultando algo terrible que no desea que sepa -le interpeló con un tono más enérgico Humberto.
-         Cálmese señor, lo que estoy tratando de decirle es que el producto de la cirugía ha sido un fenómeno que no se espera así como así, puede suceder un caso en  millones de partos. Es muy raro e incluso los casos en el mundo son contados con los dedos de la mano.
-         ¿Qué ha sido finalmente doctor, nació o no nació mi hijo? ¿Está vivo o no?.
-         Señor, lo que esperaban ustedes no se ha producido, no ha habido un embarazo real. Lo que se ha encontrado en la cesárea es una masa deforme gelatinosa de tono oscuro y consistencia muy blanda. En términos técnicos médicos puede ser una variedad de una mola hidatiforme que simula la forma de un cuerpo fetal, pero que no tiene ningún signo de vida como un ser humano. Esa masa le compromete la funcionabilidad de los órganos reproductores, razón por la que nos hemos visto obligado a extirpar de raíz todos los órganos afines como el útero, las trompas, los ligamentos y los ovarios, porque puede comprometer la vida de su señora.
-         Y ahora  ¿Que va a pasar con nosotros? ¿Podemos tener hijitos?
-         Lamento decirle que su señora jamás dará a luz. Lo que podría hacer es adoptar un niño y criarlo como si  realmente fuera de ustedes.
-         Y mi esposa ¿Ya sabe de esto? -volvió a preguntar Humberto.
-         Aún se está reponiendo de los efectos de la anestesia, cuando se despierte le informaremos de lo acontecido. Va ser duro para ella aceptar la realidad, pero debe saberlo.

Terminada la entrevista con el doctor, Humberto se retiro totalmente apesadumbrado y cabizbajo. De nada sirvieron todos lo planes y las ilusiones que había alimentado conjuntamente con María. Lo que no podía comprender es cómo no se percataron durante todos esos meses en que estuvo en espera, de nada valieron todos los cuidados y las medicinas tomadas.
-         ¡Medicinas! ahora que recuerdo muchas de las medicinas, no eran las que indicaban en la posta. Eran medicamentos mandados desde Europa -recordó Humberto con un tono de misterio y preocupación.
   ¿Y si las medicinas que nos enviaban de afuera no eran las que María realmente
    necesitaba? ¿Porqué no nos dimos cuenta de eso?  –razonó Humberto.

Tan abstraído estaba en sus pensamientos y cavilaciones, cuando un grito de dolor, llanto y angustia lo volvió a la realidad. Eran los gritos lastimeros de su señora que seguramente había recibido la noticia por parte del galeno. Tuvo ganas de entrar al dormitorio para estar al lado de su esposa, y brindarle todo el apoyo y el valor que requería en ese instante, pero se contuvo sopesando que lo mejor sería que se calmara un poco, para compartir el dolor que le embargaba por lo acaecido.

Una hora después, no se percibían los lamentos a través del cuarto. Humberto tomó la resolución de estar al lado de María para darle el aliento y la fuerza moral que requería, pero la encontró dormida. El doctor había indicado a la enfermera la aplicación de un sedante para tranquilizarla y pudiera reposar hasta el día siguiente.

 A la mañana siguiente Humberto estaba al lado de María, tratando de explicarle en su lenguaje lo que el doctor le había informado con respecto al supuesto embarazo, María solo se limitaba a escuchar sin proferir una palabra o una queja. Se encontraba como desconectada del medio, no formulaba comentario alguno, ni lloraba ni sonreía, era como si estuviera portando una máscara con un mutis e indiferencia. Humberto comprendió que mal haría tratar de hacerla reaccionar en ese momento, pensaba en su interior que con el paso de los días paulatinamente iría volviendo a la vida rutinaria.

Tres días más tarde, fue dada de alta con las recomendaciones por parte del médico, para que fuera sometida posteriormente a una evaluación psicológica y de ser posible a una revisión psiquiátrica que sirviera para reforzar su autoestima y volver a desarrollar una vida normal.

Pasaron los días, las semanas y los meses, Humberto no veía una recuperación en su esposa, por más que se esforzaba para que hablara y cambiara de actitud, no conseguía salvo algunas gesticulaciones y  movimientos de los párpados de María. Es cuando toma la decisión de acudir donde un psiquíatra, quién luego de realizar una historia y una evaluación minuciosa, menciono lo siguiente.
-         La señora está todavía atravesando por una fase de shock post traumático que le ha comprometido la esfera mental del campo emocional. Lo extraño de todo esto es que se está prolongando esta fase, a lo más no debería de pasar de cinco o seis meses en casos mas extremos -mencionó el galeno.
-         ¿Y que debo hacer doctor? ¿Podrá volver a su vida como era antes? -inquirió Humberto por demás preocupado.
-         Sólo el tiempo lo dirá señor. Por lo pronto su esposa deberá tomar estos medicamentos que le voy a prescribir, religiosamente, a la hora exacta.
-         Está bien doctor, ojala que esta vez pueda curarse, sino puedo yo también enfermarme y eso complicaría mi vida por completo.
-         Pierda cuidado señor, tenga fe en que su esposa va a recuperarse de ese estado y en el momento menos pensado volverá a ser la misma de antes.

Pasaron dos semanas, siguiendo rigurosamente las indicaciones del galeno, sin mostrar mayores indicios de mejoría, cuando al observar una noche a María sentada en el sofá, apreció que una masa gelatinosa discurría a través de la piernas de María…

viernes, 13 de mayo de 2011

Bikila y mis recuerdos

Clara Pawlikowski

Odié al zapatero portugués que confeccionaba los   botines que mi madre me obligaba a usar de niña. El pobre hombre nunca supo de mis sentimientos.
           La memoria aunque apacible y mansa como el agua de los ríos de la selva, nunca es la misma. Siempre hay detalles que uno olvida, otros que uno añade. Con dolor uno omite pero la presión de los recuerdos hierven dentro y nadie los para, salen a borbotones, son ágiles y van tan veloces que uno se enreda en ellos.
           Eso me está pasando, las imágenes son coloridas y tienen sonido, veo a mi hermano Shito riendo sin parar, el eco multiplica sus carcajadas, lo veo mojado con los pies descalzos chapoteando en el agua que entraba en la canoa a través de las rendijas, nos incita a quitarnos los botines y las medias; mi hermana y yo sin pensarlo muchos desatamos los pasadores y en un santiamén teníamos los pies refrescándose en el agua.
           No puedo detallar la libertad que sentí en esos momentos, odiaba los botines. Esos botines de cuero marrón que usé por muchos años, con las puntas duras y poco flexibles que eran una cárcel para mis dedos.
           Por eso cuando supe que Abebe Bikila había corrido descalzo la maratón en Roma en 1960 y que aún así ganó la medalla de oro en esas olimpiadas, lo comprendí enteramente. No creo que yo podría haber corrido una maratón sin zapatillas pero debo decirles que disfruto mucho cuando camino descalza, se desgranan en mi memoria miles de recuerdos, el agua de la canoa, el verde de la vegetación tupida que nos rodeaba y escucho las risotadas de mi hermano y el frío del agua que hasta ahora lo siento entre los dedos.
           Bikila fue etíope, no les voy a contar en cuantas olimpiadas participó ni cuantas medallas de oro ganó, les diré que este africano pertenecía a la guardia imperial del emperador Haile Selassie, nació de una familia numerosa y pobre. Más bien mi memoria me lleva por otros rumbos y mi pluma corre suave sin intentar batir ningún record.
           En esa maratón Bikila  tuvo que correr descalzo porque sus zapatillas estaban desgastadas y no le quedó tiempo para adecuarse a las nuevas. Además, descalzo corría más rápido, según su entrenador.
           Corriendo pasó por el obelisco de Aksum. Este fue robado por los italianos en la segunda guerra etíope-italiana. Aksum es una ciudad al norte de Etiopía y constituyó una de las más antiguas civilizaciones del norte de África. Sus pobladores construyeron este obelisco de veinticuatro metros de altura, en el siglo IV de nuestra historia. Se derrumbó, quizás por la acción de un terremoto, porque la zona es altamente sísmica y se partió en tres grandes moles.
           En 1937, el obelisco fue llevado a Italia como trofeo de guerra donde permaneció adornado la ciudad de Roma hasta no hace mucho. Italia se comprometió a devolver el obelisco, sin embargo no movieron un dedo casi medio siglo. La presión internacional ayudó a que Italia cumpla su compromiso, las quinientas toneladas de piedra llegaron a Italia en barco y retornaron a su lugar de origen por avión.
            Volviendo a Bikila, les contaré que  no sólo pasó por el Obelisco de Aksum, sino que culminó su meta en el Arco de Constantino, construido de mármol y ladrillos alrededor del año 300 DC con los despojos de otros monumentos para conmemorar la victoria de Constantino sobre Majencio, un emperador romano que terminó ahogado en el Tiber cuando intentaba huir.
           De este arco partió Benito Mussolini, el Duce, veinticinco años antes de la maratón de Bikila para conquistar Etiopía. Conquista, que hizo con artes poco santas, a un país empobrecido. Usó gases mostaza para derrotar no sólo al ejército etíope sino a la población civil. Gases prohibidos  por acuerdos internacionales que fueron violados por Italia con la complicidad de Inglaterra y Francia que solaparon este hecho criminal.
          Observo la fotografía de Mussolini y lamento su postura rígida, su uniforme ceñido al cuerpo y ajustado a la cintura con una correa ancha y más abajo sus pobres pies encarcelados en unas botas altas que le llegan hasta las rodillas. Su poder no le permitía disfrutar en público la libertad de los pies descalzos. Quizás tuvo una madre como la mía.

Todo es un cuento

Antonio Bardales


Es las 6.40 p.m. El ocaso de este día desde mi oficina se ve espectacular. El sol radiante se oculta tras las densas nubes de contaminación nocturna. Como me gustaría ver este anochecer desde Vichayito en Piura, cerca a Mancora. Que verano excepcional.

En Vichayito, me levantaba muy temprano para apreciar el amanecer mezquino en una ciudad como la capital. El sonido de las olas del mar, la refrescante humedad de la brisa marina, la melodía orquestal de los insectos que se despiden al llegar la alborada, observar la inmensidad del mar otorgan al visitante una peculiar paz y armonía sin igual.

Todos los días – increíblemente - me despertaba a las 5.00 a.m. Inmediatamente, me sentaba en el balcón de la habitación para apreciar aquel cuadro natural, esquivo a los habituales “ruidos” de nuestra profesión en Lima. En cambio, ella dormía con serenidad y dulzura, su cuerpo de hermosa piel canela sobre aquellas sabanas blancas expresaba una placidez y ternura angelical, pese a mi estrepitoso comportamiento. Una excepcional y cálida compañía. 

En nuestras largas caminatas y conflictivas conversaciones a la luz de la alborada y al borde del mar, le trasmitía mis más severas frustraciones:

-                 Ya no sé que hacer. En casa todo me aburre. La oficina y las continuas reuniones son improductivas. Los proyectos elaborados en la universidad acerca del  trabajo decente y productivo, y que son presentados a los ministros, a los políticos y a quienes dirigen los grupos de presión son despreciados y duramente criticados, dicen que son cosas del pasado. Siempre dicen: Trabajo Decente, eso es de la OIT, no sirve - Se lo narraba con especial firmeza y extraña convicción.

Ella me miraba con cariño. El silencio en el que se mantenía era cómplice de mis frustraciones. Pero al terminar mis quejas, dijo:

-                 Enseña. Dispersa tu experiencia. – afirmó con severidad, como si conociera mis más profundos anhelos.  

En ese momento la mire, y puntualice con ajena modestia:

-                 No es momento. 

Luego vilmente enfatizó:

-                 Me aburres.

Es la 7.00 de la noche. Sigo en la oficina. Un lugar amplio y caluroso. Los gatitos que ingresan y salen, las sucias persianas antiguas, el piso alfombrado pero agujereado, el escritorio de metal, los ventiladores colgantes con aspas de molino y las computadoras, resaltan la antigüedad de la construcción y del decorado. Durante más de quince años, los directores siempre han dicho que no existen fondos para decorar el ambiente de trabajo o para aumentar el pago. Pero es ingrata la sorpresa cuando lees a ocultas las Actas del Directorio y ves que los estados financieros muestran ahorro, reducción de costos y gastos. Al menos hoy, en este lugar, puedo idear un cuento - me dije.

Pienso en Borges. Recuerdo a Bryce. Busco algo escrito por Mario. Trato de evocar alguna historia de Julio. Revisó “La Rebelión en la Granja” de George Orwell. Aprecio una frase de Voltaire, marcada hace doce años, que dice: “Detesto lo que dices, pero defendería hasta la muerte tu derecho a decirlo”. No inspira ni satisface. Lo dejo. Saco de mi alforja el Proceso de Kafka. Lo exploró. Me desanimo. Leo el Castillo. Igual ímpetu que con el anterior. Revisó unos cuantos periódicos pasados. No hay nada de nada.  Simplemente no puedo. 

Veo mi celular y el reloj marca las 7.30 p.m. La llamó. La hermosa morena que me sentenció como aburrido me contesta:

-                 Gordo. Estoy cerca de la casa. Vienes a comer pollo o aún seguirás en la oficina – me lo dijo con cierta aflicción y pena. Interiormente me pregunte si acaso esa voz será porque no la visito.

Sin dudarlo contesté:

-                 Claro que sí. Estoy saliendo.

Es las 7.40 p.m. y tengo que partir. Salgo apresurado de la oficina. Me despido de los felinos. La noche es oscura, pero la luz de los departamentos ilumina la calle. Con dificultad cuento las pocas monedas que tengo en el bolsillo. La remuneración no alcanza. Vi un taxi. Estiré mi brazo. El conductor detuvo el vehículo. Negociamos y luego subí al auto.

No recuerdo el camino ni cómo llegue a la calle y al edificio donde vive Rebeca. Mi reloj marca las 8.30 p.m. Saludé al guardián. Esta chica me tiene medio loco - le dije sonriente. Estoy frente a la puerta del departamento. Toco el timbre. Abren la puerta. Con su tierna sonrisa me invita a pasar. Su escultural figura me deja con un indescifrable asombro. Y el brillo de su ceñido vestido rojo me deslumbra. Deseo su cuerpo. Ella me mira y me dice:

-                 El pollo no tarda en venir.

La miro. La contemplo. Y lo único que me queda decirle es:

-                 ¿Tus papás se encuentran?

Ella me mira, se acerca a mi oído, y escucho atentamente lo que me comenta:

-                 Hoy no – siento que me susurra en el oído con su sensual voz y luego expresa con tono enérgico a unos cuantos pasos lejos de mí – están en su cuarto.

No pierdo tiempo y hablo con ella acerca de la dificultad que tengo para escribir.  Ella me mira, bosteza y dice:

-                  ¡Ay! Que aburrido estás.

A pesar de su crítica, narro detenidamente la historia que pensé. Se aburre más. No le gustó ni el inicio ni el final. No me importó y sentencié que así sería. El pedido al restaurante jamás llegó. Ella se quedó con hambre y la gorda de su madre también.

Es las 10.30 p.m. Estoy en el taxi rumbo a mi casa. Estoy en la Costa Verde. La marea es alta. El recuerdo de Vichayito retoma mis pensamientos. Llego a mi casa. Abro la puerta. Entró. Me dirijo a la habitación de mis padres. Veo que mi papá y mamá descansan. Me dan pena despertarlos. Suspiro y me retiro de su habitación. Entro a la mía. Me saco el reloj y veo que es las 11.30 p.m. Prendo mi portátil y mientras enciende, me cambio de ropa. Revisó mis correos y en un mail muy particular se lee:

Estimado 
Estoy a la espera de un cuento tuyo para la publicación del libro. Es cosa de ir dándole vueltas a una historia y cuando la tengas más o menos formada te sientas ante la pc y a escribirla.

Saludos cordiales

Miro el correo. Lo leo. Lo vuelvo a leer. Sonrío con cierto asombro y en silencio agradezco al autor del mensaje. Pero no tengo el cuento. El cansancio apremia. Reviso unas páginas vinculadas a la estructura política del mundo del trabajo. No tengo la menor idea de qué escribir.  No rompo el silencio de la página blanca. La rutina del día llama al descanso. Me acuesto. No me doy cuenta y duermo.

Agarró el celular y observo que es las cinco de la mañana. El portátil está encendido. Me da pereza apagarlo. Mamá abre la puerta de la habitación y pregunta:

-                 ¿Vas a ir?
-                 Sí ma. Ya me estoy levantando. Te veo en la piscina.
-                 Chau hijo. No demores.

Me levanté. Me aliste y salí. Son las 5.25 a.m. Ingreso al local de la academia. Entro al vestuario. Me miro al espejo. Veo la barba crecida. Como han pasado los años.

Hace diez años atrás, la barba demoraba en crecer una semana. Ahora crece tan rápido como la hierba mala. Me ducho, luego me seco. Listo para nadar. Camino hacia las instalaciones de la piscina. Saludo al chino. Con su voz habitual y atenta se dirige a mí:

-                 Con tu mamá al carril tres. Te lleva unas cuantas piscinas – me dijo.

Pienso al borde de la piscina. Veo el reloj. Son las 5.45 a.m. Aún no tengo ideas para transformar. Me pongo los lentes, doy un brinco y comienzo a nadar. Como jugando trato de alcanzar a mi madre, pero aún así, cada braceo, significó un pensamiento en el olvido. Es la 7.30 a.m. Estoy en mi casa haciendo el nudo a la corbata. Paso por la cocina. Como un pan y tomo el jugo de naranja. Me despido y salgo.

Son las 8.30 a.m., me encuentro con los clientes que me esperan desde las 8.00 a.m. No lo sabía. Habían acordado esa hora con la secretaria. Para variar no avisa. A las diez tengo una diligencia judicial. No se ilumina mi imaginación. Son las 12.00 p.m. acaba de terminar la diligencia. Sin ideas para el cuento ¿Dónde está la diosa inspiración? Rumbo a la oficina, el tránsito es un asco. El ruido de los motores molesta. Es la 1.00 p.m. Encuentro a mis amigos y almorzamos. No tardo ni quince minutos en alimentarme. Agradezco y me levanto de la mesa. Me retiro. Ingreso a la oficina. Cierro la puerta y me siento. Trato de crear un cuento. Los párpados me pesan. Bostezo. Mis brazos se languidecen. Me veo frente al mar de Vichayito. 

Tocan la puerta. El llamado molesta:

-                 ¡Doctor! ¡Doctor! ¡Doctor! ¡Despierte! ¡Despierte! ¡Wake up!
Abro mis ojos. Estoy sentado en la silla de mi oficina. Son las 3.00 p.m. Siento la pesadez del almuerzo. Mientras me estiro, la secretaria me comunica que han llegado unos clientes. Que pasen – se lo dije con cierta amargura. Ingresan a la oficina y los invito a tomar asiento. Lamentablemente, observan con desagrado los expedientes que están en el escritorio y sin mayor ceremonia abordan el problema:

-                 Doctor, la empresa atraviesa por mal momento. La crisis nos afectó. Despediremos personal. La mano de obra en el país es cara. Pagamos salarios, gratificaciones, vacaciones, horas extras, utilidades, asignación familiar, CTS y el monto de indemnización es muy alto. Toda esa normativa laboral y los sindicatos generan un alto costo al negocio. Queremos trasladarnos a otro país.

El hombre más joven y alto, expresó:

-                 Doctor De la Romaña. La decisión ya fue tomada, desmantelaremos la empresa poco a poco y nos ubicaremos en otra región donde el costo y gasto sea menor.

Mientras ellos hablaban, recordé lo que en la noche anterior leí. Ubique mis apuntes y repase:

“Las normas y prácticas laborales son demasiado rígidas y costosas. Los sindicatos son fuertes e impiden el funcionamiento empresarial. Los empresarios organizados con mucha astucia libraron duras batallas para lograr sustituir la negociación colectiva por la individual, eliminar la clasificación rígida de los puestos de trabajos para lograr flexibilidad y adaptar la fuerza de trabajo a las fluctuaciones de la oferta y demanda del mercado”

Alce la cabeza. Mire a los hombres de empresa. Les indique y explique los procedimientos regulados por las normas. Les advertí las contingencias y responsabilidades.  Me miraron con extrañeza, y uno de ellos expresó:

-                 Estimado doctor, entendemos las prerrogativas legales y entendemos su ilustrado parecer, pero no queremos al personal. La mano de obra es muy cara – aseveró con vehemencia y seguidamente dijo – Gracias doctor. Estaremos en contacto.

Ambos señores se despidieron. Es las 5.00 p.m. Y la diosa inspiración no visita. El ocaso aparece. Un minino asoma su cabeza por la puerta de mi oficina. Lo veo. Me mira. Le devuelvo la mirada. Me paro y sale corriendo. Gato miedoso. Estoy al frente de la computadora. Ingresó a la web. Leo algunos cuentos. Me deslumbro con la imaginación de aquellos. El reloj marca las 7.30 p.m. El celular timbra. Contestó. Acuerdo una reunión para las 8.30 de la noche. Aún no imagino el cuento, y vuelve a timbrar mi celular. Mi padre había sido despedido.

Una noche en el paraíso

Ricardo Ormeño


                           Cuando el cansancio decide acompañarnos, puede ser tan intenso y pegajoso que se apodera de nosotros y hace lo que quiere, hasta invita al dolor para que se  convierta en su pareja de baile. Uno siente que  la hora de recostarse, no donde sea, sino en el lugar adecuado, indicado, recomendado, anhelado, soñado, ha llegado, por ello nuestra cama, nuestro sofá, nuestro diván, hamaca o el mueble que sea, es la mejor elección para ese querido cuerpo, es entonces que esta sensación se convierte en el más sublime deseo y somos capaces de renunciar a todo, menos a la intimidad que nos ofrece el descanso, queremos que nuestra alma se vaya a dar un paseo.

                             Jorge se encontraba así, se encontraba tan agotado que las piernas empezaban a dolerle y una extraña sensación le hacía suponer que si se reclinaba en cualquier mueble y estiraba la piernas una severa contracción de los músculos de su pantorrilla aparecería de manera brusca e intensa, calambres que para él ya eran casi costumbre después de un severo agotamiento físico. Por fin llega a su habitación, casi moribundo como hacía algunos años atrás, llegaba casi moribundo no por el alcohol ingerido en las fiestas y discotecas que acostumbraba frecuentar todos los fines de semana, sino concretamente por la extenuación de tantas horas de trabajo que lo llevaba casi al colapso físico y mental.-No fumaré, creo que si enciendo un cigarrillo ¡me muero! –Pensaba Jorge.

                              El doctor. Frías decide no quitarse aquella ropa ligera usada en los quirófanos que por su comodidad, pareciera que uno se encuentra con un pijama muy cómodo.-Creo que mejor me quedo dormido así como estoy, total en cualquier momento me vuelven a llamar –acotó el galeno.

              
                              El doctor Frías no se durmió, se desmayó en la cama sin mucho preámbulo, apenas había podido quitarse aquellos zapatos deportivos que lo mantenían como resorte ante cualquier emergencia y durmió profundamente sin importarle nada, sólo se limitó a dejarse llevar por aquella luz blanca que alumbraba la oscuridad de su sueño como si fuera una linterna que trataba de guiarlo hacia algún lugar.

                               Cuando aquella enigmática luz se hacía más clara e intensa, siente ruidos muy fuertes producidos por explosiones y disparos, esa noche fresca y húmeda del pequeño pueblo escondido en la selva donde se encontraba Jorge había sido súbitamente invadida por el desconcierto de todos los habitantes, esos ruidos estremecedores producidos por armas de guerra no dejaban pensar fríamente a nadie, solo aterraban, haciendo que la gente se movilice rápidamente buscando cualquier refugio. Jorge corre hacia la parte trasera del centro de salud, ingresa a un oscuro jardín,  luego regresa y entra directo al almacén del establecimiento sanitario llevando algunas cajas y jeringas, luego vuelve a dirigirse a la terrorífica selva que se encontraba detrás de la institución, estaba tan concentrado en lo que hacía que los frescos aromas a naranjos y mangos que tanto adoraba, habían pasado a un segundo plano y más bien empezaba a sentir un aire enrarecido por la pólvora. El ir y venir lo tenía loco, hasta que termina por fin lo que para él era importante y sale corriendo hacia la casa de la enfermera más cercana.

                                    Fue cuando las largas lenguas de fuego que eran producidas por aquellas ráfagas de balas se fueron disipando, los intervalos cada vez más largos hacían presagiar que la pequeña comunidad había sido tomada, sitiada y dominada por aquel  desalmado grupo de terroristas.

                                    El doctor Frías decide regresar rápidamente a su centro de salud, desesperado va velozmente al lado del camino tropezándose a menudo con el follaje y arbustos tratando de evaluar con prontitud que era más riesgoso, correr por el margen lateral del sendero, que la gente llamaba calle y ser alcanzado por algún proyectil, o huir por aquellos matorrales al lado del camino y convertirse en una potencial víctima de la mordedura  de alguna serpiente venenosa, tan temidas en aquella zona. Su mente tenía una idea fija, llegar al establecimiento de salud que él dirigía. Tomaba y exhalaba aire por la boca lo que hacía que su respiración fuera enérgica y muy sonora, luego de unos interminables minutos de seguir corriendo al margen del camino, decide ingresar bruscamente por el matorral dirigiéndose a la residencia médica que se encontraba en la parte lateral de dicha institución.
-¡Que diablos no me queda otra no hay tiempo!-pensaba ansioso Jorge-¡Ayúdame Dios mío que no se me cruce una serpiente! Empuja bruscamente la puerta de madera hacia la sala de la residencia y se cambia de zapatos deportivos, los que llevaba puestos se encontraban húmedos y sucios de barro. Inmediatamente después corre a grandes trancos por aquel largo pasillo lleno de puertas igualmente de madera pintadas de color gris claro que comunicaban a los consultorios, tópicos de curaciones, hospitalización, administración y en la penumbra de aquel lúgubre lugar logra acercar una silla a la puerta y al subirse en ella arranca el letrero que dice almacén y en su reemplazo coloca uno que dice farmacia, dejando a la verdadera farmacia sin letrero alguno. No sintiéndose agotado y mucho menos pensando en detenerse, sigue en su veloz carrera contra el tiempo hacia su consultorio donde localiza con facilidad un mandil blanco que se coloca rápidamente.
-¡Así no me harán nada…soy médico!...!Tranquilo Jorge tranquilo! –Pensaba el doctor Frías tratando de tranquilizarse.

                                  Su corazón latía al máximo y ya transpirando profusamente sale del nosocomio y se sienta en uno de los escalones de la puerta principal, inclina su cabeza sobre sus piernas flexionadas presionando su abdomen y es donde siente que la cordura decide dejarlo.
.
- ¿Por qué?... ¿Por qué?... ¿Qué estoy haciendo?, soy médico, mi juramento…mis principios… ¿Por qué tuve que venir a trabajar aquí?-Se preguntaba el atormentado doctor Frías.

                                   Sus lamentos se detienen bruscamente al sentir pasos muy intensos, rápidos y determinantes  que le hacen suponer a Jorge que se tratan de botines de guerra. Efectivamente un grupo de diez personas fuertemente armadas se dirigían hacia él en particular. Llevaban puestas aquellas características gorras rojas.
-¡Doctor rápido llévenos a la farmacia! –Ordenaron al doctor Frías que aún no salía de su asombro.
-¡Sí!... ¡sí! Claro ¿Qué necesitan?-Preguntó Jorge con mucho temor.
-¡Todo!... ¡Necesitamos todo! ¿Entiende?... ¡No hay tiempo!... ¡Vamos doctorcito, muévase! –Ordenó el terrorista.
        
                                    Se dirigieron hacia la farmacia , disponiéndose a llevar las cajas de medicamentos, alcoholes, gasas , jeringas , en fin todo lo que pudieran llevar rápidamente , incluso el doctor Frías fue invitado enérgicamente a ayudarlos en el desplazamiento de dichas cajas hacia una camioneta rural que esperaba afuera y que había sido tomada a la fuerza minutos antes. Salieron muy rápidamente dejando nuevamente al doctor sentado en los primeros escalones de la puerta principal , cuando de pronto un grupo de jóvenes empiezan a llegar con algunos heridos de aquel tiroteo, el doctor empezó su trabajo con prontitud , hacía las veces no sólo de médico sino de enfermera al no contar con ninguna en ese momento.
-¿Dónde estarán estas muchachas?, ¡Seguro que protegiendo a sus esposos!... ¡Para eso se casan con los lugareños!... ¡Pierden la objetividad! –refunfuñaba el doctor consigo mismo.

                                        Sus reclamos felizmente son escuchados tal vez como plegarias y tres enfermeras se hacen presentes, haciendo más efectivo el trabajo; sueros por todos lados, mantas con sangre, frascos abiertos casi formando una alfombra. El doctor camina de un lado a otro pateando cajas y frascos, hasta que una de las enfermeras le solicita que acuda rápidamente hacia el otro ambiente , ingresa corriendo y encuentra a un paciente sostenido por dos amigos que le dan su nombre, Marco Tafur de apenas veintisiete años de juventud , Jorge lo conocía muy bien , siempre lo veía pasar con su moto azul , sobre todo los domingos llevando a una simpática adolescente detrás de él, pero ése no era Marco , para el doctor Frías no era nadie conocido, su rostro totalmente deformado lo hacía realmente irreconocible. Pobre Marco por tratar de alertar a la población  de aquel ataque terrorista, se había estrellado con una gran roca al lado del camino, sus dos kilómetros de recorrido habían terminado allí y ahora lo tenía el doctor frente a él intentando colocarle un poco de anestésico local en aquella gran herida en el dorso de la nariz, nariz que prácticamente ya no existía. De pronto Jorge se asusta al ver que el anestésico infiltrado en los bordes de la herida termina apareciendo por el paladar, cayendo cual manantial , no hay mucho que decir, el desdichado Marco Tafur, se encontraba  grave, era irreconocible y no podía hablar .El doctor Frías da la indicación de sacarlo del pueblo hacia la ciudad más cercana.
-¿Qué hospital doctorcito si los terrucos están camino a la ciudad?-Preguntaba uno de los amigos de Marco.
-¡En fin cubriré las heridas y le haré un procedimiento de emergencia!-Informó el doctor.
-¡Señora Luisa!... ¡Usted que tiene más experiencia, ayúdeme a realizar una traqueotomía ahora mismo o se nos muere Marco!-Ordenó Jorge.

                                           Jorge se encuentra ahora frente al paciente con el bisturí en la mano y trata de recordar los procedimientos para realizar dicha traqueotomía, nunca la había hecho y sentía que iba literalmente a degollarlo. La enfermera se percata de su duda sin embargo trata de no expresar nada que no sea de utilidad, Jorge se siente seguro y procede, dejando a Marco Tafur con un tubo en el cuello que le devolvió la respiración y así pudieron controlar mejor el sangrado y curar esas grandes e impresionantes heridas hasta que pudiera ser derivado a un hospital, sea el que sea.

                                            Una semana después, Marco Tafur sentía alguna mejoría pero siempre esperando y rogando a Dios que el camino hacia el hospital se encuentre libre de terroristas. El doctor Frías siempre en su consultorio, cuando de pronto entra Luisa la enfermera corriendo con la noticia que apenas a unos cuarenta kilómetros de allí un pelotón del ejército había logrado capturar a los terroristas que habían atacado el pueblo siete días antes, la balacera no había sido intensa a pesar de las circunstancias , la mayoría se entregaron sin ofrecer mucha resistencia, se encontraban aturdidos por sus fallecidos casi de manera fulminante , parecía como si una infección diabólica hubiese arrasado con la mayoría.¿Qué hiciste Jorge con esas medicinas de la farmacia? ¿Qué le inyectaste a los frascos?

                                               Quince días después un regimiento militar arriba al pueblo para efectos de protección, al menos temporalmente. Jorge se encuentra en su habitación cuando de pronto, oye algunas pisadas enérgicas e intensas de botines de guerra  que se detienen bruscamente frente a su puerta.

- ¡Doctor Frías!... ¡Debe acompañarnos al cuartel! –Anuncia una gruesa voz.

                                                 Jorge se mueve en su cama, siente que la luz que aclaraba sus sueños, se desvanece, se hace más tenue hasta que aquella enérgica voz es reemplazada por otra  muy conocida para él.
-¡Doctor Frías!... ¡Acercarse a emergencia!-Ordenaba aquella siempre sensual pero fantasmal voz de la enigmática dama de la clínica santa Felicia donde laboraba Jorge Frías.

viernes, 6 de mayo de 2011

Fin de fiesta

                                                                                             Clara Pawlikowski
                                                                       

Sus aventuras con taxistas fueron los temas de mis compañeras en ese fin de ciclo.

Al terminar el taller de literatura programamos continuarlo, como se hacía de costumbre, almorzando en alguna parte. El profe conocedor del Rimac, nos propuso ir a comer donde un conocido suyo. Detuvimos un taxi, nos acomodamos como pudimos, todos íbamos tan apretujados que se nos quitó hasta el deseo de conversar sólo se escuchaba la voz de García que daba la dirección al taxista. Celia hacía equilibrio con sus manos para sostener un envase de plástico con salsa a la huancaína que ella preparó para la ocasión y Jezabel acomodaba sus caderas al fondo del asiento con meneos frecuentes. Miguel sentado al filo tenía una mano cogida del cinturón de seguridad del asiento delantero.

Luego de cruzar la ciudad y hacer mil volteretas  llegamos al restaurante, bajamos adormecidos,  cerca de un cerro desnudo al que desembocaba una calle llena de niños y jóvenes jugando fútbol. El restaurante estaba en el segundo piso de una vivienda a medio construir en un barrio de edificaciones humildes, las gradas de la escalera de ladrillos sin el acabado de cemento y el techo fabricado con plásticos de diferentes colores. No había otros comensales, en un espacio amplio se encontraban colocadas varias mesas de tamaños diversos con manteles de hule con grandes florones. García, el profe, se saludó efusivamente con el dueño que en pocos minutos regresó con un trapo viejo para limpiar la mesa que elegimos.

Lo primero que hicimos fue  beber el vino que llevó Miguel. Lo acabamos  en un sólo round y aún con los estómagos vacíos.

El restaurante estaba bordeado de una pared de pequeña altura, la cual permitía observar el vecindario. Estaba circunvalado de un lado por cerros ennegrecidos con grandes rocas en sus laderas y por el otro un paisaje extenso de casas a medio construir, azoteas atiborradas de fierros y desechos, tiras de alambre que sostenían ropa multicolor recién lavada. La azotea de al lado tenía  pilas de cajas con botellas vacías de cerveza y periódicos acumulados por todas partes y un gallinero gigante con varias gallinas que cacareaban a menudo.

El vino hizo su efecto muy rápidamente, sin  más ni más, Jezabel, una compañera que canta tangos con una voz ronca y que diríamos es una mujer muy “bien despachada”, que siempre viste faldas apretadas y tacones altos, lucía esta vez una cabellera húmeda recién recortada, comenzó a contarnos su historia. Los demás, la escuchábamos sin decir palabra, unos curiosos y otros sorprendidos sólo atinamos a mirarla.

El relato comenzó a tomar cuerpo después de los prolegómenos de cómo Jezabel conoció a un taxista, pues sin pensarlo mucho nos dijo que terminaron en un hostal de la calle Marsano. Un excelente hostal para ella, muy barato y que uno puede llevar el CD que prefiera y bueno, podríamos hacer el amor con la música de nuestro agrado. Nos contaba que su libido va in crecendo con cada nueva conquista. Tenía verdad aquello que leí por alguna parte, que los hombres o en este caso las mujeres frustradas pugnan por desprenderse de sus inhibiciones.

Al día siguiente de su “revolcón”, continuó Jezabel, el taxista se levantó temprano, alrededor de las siete de la mañana y le dijo:
−Amorcito  ¿Nos vamos?

Jezabel se dio vueltas en la cama y no le contestó nada, siguió remoloneando, total, nos dijo, en el hostal la hora del check-out era al medio día y ella necesitaba antes de salir una buena ducha caliente para sacarse el olor a perfume barato. Si “el pata” tenía que irse era su problema, él para mantener a su familia debía taxear desde muy temprano. Diomedes, abandonado por su amante, no intentó suicidarse sino que la miró  frustrado y se retiró,  a seguir circulando por las calles limeñas. Al bajar indicó en la administración que la señora pagará la cuenta.

Jezabel habló sin parar durante casi media hora, en el ínterin, los platos que encomendamos ya estuvieron listos. Gallito, el dueño del restaurante, los traía a la mesa uno a uno, tomándose un tiempo entre ellos para poder oírnos,  lo apreciaba sorprendido al escuchar los temas que tratábamos. Cuando terminó de servirnos, disimuladamente se sentó en una banca cerca de nosotros.

Entre las cosas que nos narró Jezabel fue que llevó al taxista a presentarle a su madre, una mujer que bordea los ochenta.
−Madre éste es el muchacho con el que salgo últimamente ¿te acuerdas que te conté? El taxista…
−Ya lo veo, está excelente, ¿me podría dar un paseíto por La herradura?

Miguel tenía la cara roja por el vino y por la vergüenza, así nos reveló al regreso por lo insólito de las historias. El profe interesado en que los demás soltaran la lengua contó que en una oportunidad, en una reunión de escritores cada comensal terminó relatando sus intimidades, “ese es un buen ejercicio para soltarse”, nos dijo.

Me recordaba los jóvenes de los cuentos de Bocaccio, que salían por las tardes a contar sus historias bajo los árboles de los campos, ya no de temas didácticos y de moral característicos de la Edad Media sino de lujuria y pasión. También, parecía el día consagrado a Venus cuando las ninfas se reunían en un lugar agradable, sentadas en torno  a Ameto, para relatar las historias de sus amores.

Escuchando a Jezabel, me dirigí a Celia:
−Excelente tema para un cuento, hay que tratar de recordarlo.
−De ninguna manera −me contestó− yo estoy en edad de merecer y también tengo una historia con un taxista −y a renglón seguido,  contó como terminó enamorándose de un taxista que le había llevado en un día muy frío a su trabajo, la galanteó en el trayecto y se citaron al final de la tarde. Con gran sorpresa, el taxista le estaba esperando puntualmente en la esquina donde habían convenido.

 Los detalles de su encuentro amoroso en la Costa Verde fueron dándonos sorpresas tras sorpresas. Celia bordea los sesenta y cinco años y nos dijo que su taxista  fue muy joven. Entre otras cosas relató que el carro era estrecho, que  el olor a gasolina y a trapos sucios fue intenso y, que el taxista apenas llegó se la “comió entera”. Arreglándose el vestido ya de vuelta a su casa ella se sentía  rejuvenecer, hacía mucho tiempo que no se había rozado con músculos duros y muy bien formados, recordando aún la flacidez de su marido muerto años atrás. Repitió varias veces que la pasó bien hasta que de regreso a casa, Celia se percató que no tenía el monedero con el aguinaldo que ese día le dieron en la oficina por fiestas patrias. Al día siguiente, mientras disfrutaba mirándose al espejo, notó los excesos que el taxista había dejado en su cuello.

Nadie tuvo quejas sobre la comida, después de beber el vino y las cervezas llevábamos un hambre voraz, el cebiche se terminó, los chicharrones de calamares casi llegando fueron asaltados por todos, esperábamos las papas que encomendó Celia para usar la salsa que ella preparó.

Todos estábamos satisfechos, cuando llegó la hora de partir, Gallito se había cambiado de ropa, era otro, se lo veía con los cabellos mojados como saliendo de una buena ducha, se adelantó y quiso ayudar a Jezabel ofreciéndole la mano, ella se volteó y dijo:
−Todavía puedo.
Gallito bajando la voz susurró:
−Yo también taxeo y no tengo costumbre de hacer perro muerto en los hostales.

Cuando nos dirigimos caminando a la calle más concurrida de vehículos para tomar un taxi, vimos a Jezabel montarse en el tico de Gallito. García se quedó con los crespos hechos, cuanto hubiera dado por tener un tico.