lunes, 25 de abril de 2011

Conversaciones sobre lo mismo

Oscar Pastor


Apenas había terminado de acomodarse en el sillón, tomó el teléfono, distrajo su vista en un viejo cuadro frente a él y en el gran reloj que marcaba las nueve y diez minutos y llamó a su secretaria.
- Martha, dile al gerente que venga a la oficina
- En este momento señor.
Unos minutos después se abrió la puerta que dejó salir el aroma de tabaco que todas las mañanas masticaba el presidente de directorio
- Buenas tardes presidente, para que soy bueno
- Para nada, -le contestó con un tono poco cortés - parece que de un tiempo a esta parte no eres bueno para nada.
- No entiendo, la empresa tiene utilidades, la gente habla bien, el personal está contento, debe haber algún mal entendido.
- Los dueños de la empresa no quieren números, no sabes entenderlos.
- Sigo sin entender, siempre dijo que mi responsabilidad es la empresa y de usted las relaciones con la gente importante, -le respondió mientras miraba con atención uno de los tantos adornos sobre el escritorio- yo no converso con los dueños, el día que quise hacerlo los directores y el presidente dijeron que era un acto de deslealtad, recuerde eso.
- Encima me echas la culpa, parece que no te das cuenta de lo que está pasando
- Usted se pone nervioso por cualquier cosa, o por lo menos eso quiere hacernos creer. Presidente, tengo cientos de cosas que atender todos los días, mi compromiso es hacerlo bien, para que usted pueda mostrar los resultados a los dueños, así ha sido los últimos cuatro años, nunca hemos tenido una situación favorable como ahora, en ningún momento he puesto en peligro a la empresa.
El presidente se levantó de su cómodo sillón, se alejó del escritorio y empezó a jugar con las perillas de una vieja radio que adornaba un anaquel lleno de libros, tomó uno de ellos que levantó señalando al rostro del interlocutor.
- Ese es el peligro, todos creen que la empresa camina sola y que tú ya no eres necesario. A los directores no les interesa la historia, quieren otras cosas.
- Hace unos años nadie daba un peso por la empresa. Usted lo sabe mejor que yo.
- Te repito por última vez, no importa la historia, importa lo que pasa ahora y lo que puede pasar.
- Que quiere que pase presidente, empecemos por ahí.
- Bueno, hay gente que ya no te quiere por aquí.
- Si eso es todo, pídame que me vaya y listo, es fácil.
- Bueno te lo pediremos y por la amistad que tenemos, sugiere un nombre para tu puesto, uno que no le ponga trabajas a lo que quiere el directorio.
- Pero hasta ahora no me dice que quiere el directorio, además de verme lejos.
- No te hagas el tonto bien que lo sabes.
- Presidente, el gerente no es adivino, es muy peligroso si se pone a adivinar.
El presidente había vuelto a su sillón, se recostó, cruzó las piernas y preguntó casi para que no lo escucharan.
- ¿No adivinas lo que se viene?
El Gerente estiró la mano y tomó un cenicero de metal, lo giró a manera de acomodarlo cerca a una ruma de papeles que siempre adornaban el escritorio y respondió.
- Mi compromiso va más allá que mantener contentos a un grupo de personas que lo último que quieren es el bienestar de la empresa.
- Ese es tu problema, te crees bacán.
- Ese es su problema presidente -le contestó levantando la voz y sin perder la calma-, recuerde que cuando las cosas estaban mal en la empresa nos juntábamos para ayudar, ahora que están bien, se juntan para demostrar su poder; a mí me van a recordar por lo que se ve, no por lo que se habla. Las mentiras  tienen patas cortas y las patas cortas obligan a mirar hacia arriba, casi implorando; como puede ver las mías son bastante largas.
Un breve silencio recorrió la oficina, sonó el teléfono, el presidente no deseaba ninguna comunicación, levantó el aparato y lo volvió a poner en su lugar, aspiro aire y continuó.
- Te crees mejor que los demás, por eso te quieren ver lejos.
La respuesta fue más rápida de lo que podía esperar.
- Yo no tengo la culpa de sus temores y complejos, mi preocupación son los resultados y darle confianza a la gente, no llenarlos de miedo.
- Realmente eres insoportable con los resultados, yo quiero otros resultados y no haces nada por ayudarme, ya no puedo hacer mucho para que te quedes.
- Nunca me dijo presidente cuales son los resultados que quiere, nunca me dijo nada, esas indirectas no ayudan. Usted y sus amigos deberían ser más claros y decirme que quieren y yo les contestaré si puedo ayudarlos desde donde estoy, sino puedo también lo diré.
- No son mis amigos, y sigues con lo mismo.
- Presidente, estamos dando vueltas. Hasta ahora no me ha dicho que quieren de la empresa, le aviso que los trabajadores tienen una idea de lo que están buscando y si se hace pública van a tener problemas.
- Me dijeron que cuando te ves perdido sacas tus armas, ahora lo compruebo.
- Que paranoico, no puedo decir nada.
- Lo que pasa es que los directores están desesperados, quieren que te vayas.
En toda la conversación el gerente había permanecido sentado, se levantó y se tomó la correa trató de acomodarse el pantalón para luego seguir.
- Sería bueno que se pongan los pantalones y pidan que me vaya, que no manden indirectas, que terminen la costumbre de decir una cosa y hacer otra, que ofrezcan y no cumplan y si algo sale bien, desesperados se atribuyan los resultados. La gente ya no les cree.
- Si quieres decirme algo, es mejor que seas directo.
- Sabe bien de que estamos hablando presidente, pero dígame que  quiere el directorio, o por lo menos alguno de ellos.
- Solo que te vayas.
- Mi oficina está vacía, si me piden que me vaya no me demoro más de un minuto.
- Si aún te queda algo de amistad, dame un candidato para la gerencia.
La conversación se había vuelto circular, había perdido la intensidad del comienzo, ahora parecía más reflexiva; fuera de la oficina del presidente los trabajadores no pensaban igual, pocas veces en los últimos años se había producido una conversación tan larga a puerta cerrada. El Gerente se levantó de la silla nuevamente y se alejó hacia una de las ventanas.
- Candidatos hay muchos, ustedes no quieren un gerente, quieren un títere y de esos hay muchos, no necesita buscar, levante la mano y vendrán como moscas a un pastel.
- Bueno, estamos que nos tiramos piedras a las ventanas y aún no se rompen, te recomiendo que mañana vengas preparado para todo, yo reforcé mis vidrios.
- No tengo vidrios. Yo camino por toda la empresa, no escondido ni agazapado como sus amigos. Hemos hablado un buen rato y no ha tenido la valentía de decirme cual es su proyecto, quiere que lo adivine para confirmar una de sus sospechas.
- Ya no hay más que hablar, creo que finalmente todo lo que empieza termina
- Por primera vez de acuerdo, una pregunta final; que es lo que comenzó y que es lo que termina.
- Eres insoportable.
- Lo mismo decía mi mamá y me abrazaba para que no me vaya, eso no pasa aquí, ¿verdad?
- Necio
Dejó pasar unos segundos y respondió despacio, como arrastrando cada una de las silabas.
- Insoportable, ……………. fue lo que dijo hace unos minutos.
- Por qué no arreglas tus cosas y te vas sin hacer bulla.
- Por qué no toman la decisión, se han vuelto expertos en aplicar la estrategia de los rayos “X”.
- Solo por curiosidad que es eso -preguntó el presidente.
- No se mueven, no respiran. Se están haciendo los muertos para afuera y muy activos para adentro. Tomen una decisión el tiempo dirá si fue la mejor.
- Volvemos a lo mismo, mejor lo dejamos ahí, las cartas ya están echadas
- Así es, la empresa es un casino donde se echan cartas y se juegan dados.
- Eres insoportable.
- Y necio, no se olvide.
- Buenas tardes gerente.
- Ex, sería más honesto.
- Bueno, ex.
- Gracias por haber sido sincero por una sola vez, por lo menos al final. Gracias
- Es todo gerente, puede retirarse.
- Eso es todo presidente, y en algún momento futuro ex presidente.
- Insoportable.
- Necio………… fue lo que dijo.

miércoles, 20 de abril de 2011

El precio de la otra cabeza

Clara Pawlikowski

Viajé a Iquitos para visitar a mi hermana Estefita como lo hago todos los años durante mis vacaciones. Ella vive en Picuroyacu. Picuro como le conocen todos, es un pueblo muy pequeño. Estaba al borde del río Nanay pero ahora que los ríos han aumentado en sinuosidad y han hecho de sus riberas un misterio, Picuro ha terminado al borde del Amazonas.
Navegué el río Nanay un par de horas en el peque-peque hasta que llegamos. Las aguas del Nanay oscuras y calmas las sentí balancear al bote con un oleaje leve. No hubo nubarrones, el sol quemaba bastante,  de tanto en tanto, estiraba mis brazos para mojar las manos en el río y refrescarme.
En el puerto nos esperan como siempre, ciento cincuenta gradas de cemento que remontarlas no es cosa fácil. Alcancé la cima literalmente con la lengua afuera.
Los escalones hechos como para gigantes son agotadores, tuve que descansar de trecho en trecho. A la expectativa de pasajeros estaba el único motocarro que da servicios entre el puerto y el pueblo. Es una moto a la que le han acoplado una especie de tolva  que en ambos lados tiene un par de bancas angostas de madera. Apretados entramos seis personas, más las canastas y un par de gallinas.
Después de un penoso crujir arrancó la moto aullando por el excesivo peso, me quedaba la última media hora de viaje en un sendero angosto lleno de baches y bordeado de árboles frondosos y de yerbas altas.
 Estefita, mi única hermana,  vive sola en una casita de madera con techo de calamina, no le gusta Iquitos, dice que le ahuyenta el ruido, sobrevive vendiendo mermelada de guayaba y mantequilla de maní.
Para mí, es un descanso visitarla, me olvido del tráfico de Lima, de los accidentes, de los robos y ahora último de las discusiones entre los políticos.
Cuando estoy en Picuro mi objetivo es armar mi historia, esa historia que uno la tiene a pedazos o con vacíos que los llenamos de cualquier modo. Esta vez rebuscando entre papeles viejos encontré escrito lo siguiente:
 “Cuando abrieron la extraña encomienda, todos quedaron perplejos. Ahí, con los ojos y los labios cosidos estaba la cabeza decapitada y reducida de don Juaneco Poma, por cinco años desaparecido en la espesura de la selva. Y como nota, aún más curiosa, entre los hilos que cosían los labios, lucía un diamante.”
Lo leí varias veces. Cuando llegó mi hermana Estefita no le puso mucha atención; después de preparar el almuerzo me dijo:
─Eso fue lo que salió en el periódico El Oriente.
 ─ ¿Y a quién se refería? ─le pregunté.
Estefita aún con las manos amarillas manchadas de guisador, limpiándose en su delantal respondió:
─A nuestro abuelo. Para despistar pusieron ese nombre. No quisieron comprometer al alcalde, todos en el pueblo sabían que el abuelo andaba en negocios turbios con él. Su verdadero nombre era Celso Manama Sahuarico. Por eso somos Manama. Le apodaban “cara de huicungo”, tenía el pelo trinchudo, era retaco, flaco como una tangana, medio rengo y feísimo.
─ ¡Qué tal tipo nos resulto el abuelo! ¿Y eso del diamante dirás que es otro cuento?
─Claro, antiguamente la gente se engastaba “una chispa” de oro entre sus dientes delanteros en señal de prestigio. Pero acá ¿dónde iban a sacar diamantes?
─ ¿Y eso de la cabeza reducida?
─También eso es otro cuento. En realidad la historia es la siguiente: Celso, el abuelo, se encontró con Karaki en la Polinesia; en uno de esos viajes que como grumete hizo por el mundo. Karaki lo vio y no le quitó la vista de encima hasta que se hizo su amigo. Como Celso era aventurero aceptó ir a Bonganville con Karaki, dicen que allí la cabeza de un blanco vale mucho.
 Cuando llegaron Celso se puso contento porque los recibieron con danzas de tambores, todos vestían taparrabos y se acercaron a la orilla bailando acompasados por el sonido del tan tan para darles la bienvenida. Se veían muchas flores y el día estaba radiante, con mucho sol y una brisa marina muy agradable; el agua era turquesa, cristalina.
Después lo cargaron en andas adornadas con hojas de palmeras y pasearon a Don Celso  por toda la isla, caminaron por el borde del mar y  entonaron diferentes canciones. Luego lo bajaron y en un tris, uno de ellos descargó su hacha filuda, cortándole limpiamente la cabeza.
 ─Dime Estefita ¿Y tú cómo sabes tanto?
─Bueno mi hijita, prefiero dar rienda suelta a mi imaginación, leer a John Russell, en la biblioteca de mi compadre Fonseca,  que leer las mentiras que sacó ese pasquín.
─ ¿Así?
─Aquí no te reducen la cabeza, ni te dejan en la boca un diamante. Si eres narco y además soplón como Don Celso, el abuelo, te dan la vuelta con un wínchester y te tiran al río.
─ ¿De lo demás, se ocupan las pirañas?

lunes, 18 de abril de 2011

Cuando cayó... en depresión

Ricardo Ormeño


La mañana transcurría normalmente en aquel gran hospital que por su modernidad y su tan alardeada y publicitada construcción antisísmica, era de la atención no sólo de todo el distrito sino de quizás toda la provincia. Jorge Frías aquel médico cirujano, bonachón, obeso y mujeriego, se encontraba en el consultorio que le habían asignado para esa mañana ; siempre en el sótano, frío y algo húmedo pero para él , siempre caluroso, sentía que la temperatura era adecuada para poder soportar ese grueso mandil blanco. Sentado siempre en el mismo escritorio de metal mirando frente a él, mientras  frota con los dedos sus espesos bigotes como si quisiera peinarlos, una mesa de curaciones con distintos frascos todos muy parecidos pero con etiquetas donde se podía leer, alcohol yodado, bencina, jabón líquido, merthiolate entre muchas más,  destinadas a las curaciones de las distintas heridas, creando una divertida gama de colores y de aromas que invadían totalmente el ambiente; a su izquierda una larga camilla precedida por un biombo de color blanco, significaba para él las distintas batallas libradas en aquel mueble con alguna que otra enfermera de turno y ahora,  Laurita, la joven y nueva enfermera de piernas impresionantes, tenía a Jorge recorriendo con la mirada todo el ambiente como preparándose imaginariamente para la nueva batalla que tendría que librar una vez más, terminado su sacrificado turno de trabajo. Eran las diez de la mañana  y a Jorge le faltaba atender más de veinte pacientes trataba de atender y curar a todos con la misma simpatía y prontitud para que el tiempo no le gane, cuando de pronto la rutina de aquella mañana se vio interrumpida por un estrepitoso ruido, los pacientes, médicos y enfermeras se sobresaltaron, una de ellas, Laurita cogió rápidamente una silla y parándose encima trató de observar por la pequeña y alta ventana sin percatarse que sus bellas piernas producían una mirada fija en el doctor Frías. Laura se esforzaba por mirar detenidamente, pudiendo ver sólo un tumulto de gente rodeando algo, Carlos Venturo era ese algo y esa mañana había decidido quitarse la vida ingresando furtivamente al nosocomio y dejándose caer desde el quinto piso, logrando alcanzar el jardín vecino a la vereda. La inmensa tristeza que sentía lo acorraló, el haber sido abandonado por su joven esposa realmente lo había matado.

A la mañana siguiente Carlos se encontraba hospitalizado en el séptimo piso con las dos piernas totalmente enyesadas y contusiones por todas partes pero aún mantenía esa barba de siete días,  el cabello ondulado, desordenado y luciendo una que otra cana que hacía pensar que Carlos pasaba los cuarenta. Dado su grave estado tanto físico como psicológico, fue internado en una habitación unipersonal. Dos días después, Carlos se encontraba en tratamiento médico completo, incluyendo un psiquiatra y el padre José, joven párroco del hospital quien se acercó a él como lo hacía todas las tardes con todos los pacientes graves. Luego  de la confesión vino la bendición y finalmente una corta conversación de tal manera de ahorrar un poco de tiempo para otros pacientes, sin embargo a pesar de lo breve de la visita,  el párroco sentía que sus palabras surtían el efecto deseado.
-¡Padre…no volverá a pasar!... ¡Se lo prometo! –casi susurraba Carlos.
-¡Lo sé hijo!...¡Lo sé ¡…¡Dios está contigo! –animaba el padre José a Carlos.
-¡Nunca pensé que me dejaría padre!... ¡Era toda mi vida!... ¡El dolor es muy grande padre!-exclamaba Carlos mientras las lágrimas empezaban a correr por sus blancas mejillas.
-¡Lo importante es que Dios te ha salvado Carlos!... ¡No olvides eso nunca! …¡Además no tienes hijos ¡ …¡Pero podrías tenerlos en el futuro y necesitarían de un papá fuerte y decidido!-exclamaba el párroco.
-¡Así es padre, gracias!-respondía Carlos.
El padre se alejó dejando detrás suyo a aquel desdichado hombre tendido en aquella cama envuelto en vendas elásticas y de yeso, sueros, cables a monitores; encerrado e inmovilizado con esas especies de ataduras, como obligado a que su trajinado cuerpo descanse, aunque su mente despierta aún en sueños trabaje las veinticuatro horas del día.

Habrían pasado dos semanas del accidente cuando un grupo de enfermeras que realizaban la visita a todos sus pacientes, siempre muy temprano y antes de las ocho de la mañana, llegaron a la habitación de Carlos y se percataron que no se encontraba en su cama, inmediatamente corrieron al baño sin poder abrir la puerta,  gritaron su nombre repetidas veces mientras golpeaban la madera fuertemente. Al no obtener respuesta alguna la desesperación  se apoderó de los presentes, peor aún cuando observan que debajo de esa misma puerta de pulcro color blanco corre un hilo de sangre que pretende ensuciar los zapatos de las enfermeras. La voz de emergencia fue dada tanto por intercomunicadores como por gritos en los pasillos, que, estos últimos, surtiendo un rápido y veloz efecto, atrajeron la presencia del personal de limpieza más cercano quienes sin titubear y rompiendo la cerradura encuentran a Carlos tendido en el suelo, el cual es llevado de inmediato a la sala de emergencias donde sus venas serían atendidas y suturadas minuciosamente  por el doctor Frías.

Al día siguiente Carlos es confesado nuevamente por el padre José quien con mucha paciencia y cariño le ofrece su ayuda y la de Dios.
-¡Hijo mío, no te derrumbes!... ¡Confío en tu fortaleza!... ¡Confía en la fortaleza de Dios que está para ayudarte!-exclamaba el párroco con aquel tono suave y apaciguador.
-¡No sé que me pasó padre!... ¡Mi cabeza me daba vueltas!... ¡Algo dentro de mí me angustiaba y me daba ideas horribles padre!-sollozaba Carlos.
-¡Carlos eres hijo de Dios, y sólo él puede quitarnos la vida!-afirmaba el padre sin perder su peculiar entonación.
-¡Lo sé padre, no volverá a ocurrir…se lo prometo!-aseguró Carlos.

Una semana después el Dr. Frías caminaba con un grupo de alumnos;  sin ser profesor de ninguna universidad, se encargaba de cubrir, con mucha alegría y sana voluntad, a su jefe, cuando éste se encontraba en sala de operaciones .La mañana para él era estupenda no por encontrarse rodeado de alumnos y poder demostrar sus virtudes pedagógicas sino más bien por encontrarse a su lado Laurita ahora su enfermera, asistente, amiga, compañera, pero nunca hermana. Mientras  realizan la visita a cada uno de los pacientes el alegre doctor no deja de pellizcar de vez en cuando a la enfermera de cautivantes piernas quien se limita a sonreír. Jorge…Jorge…como disfrutas de tu soltería. Por último llegan a la habitación del paciente Venturo quien aún con vendas en las muñecas,  sin olvidar  los impresionantes yesos en la totalidad de ambas piernas, los saludó muy afectuosamente.
-¡Qué tal doctor!... ¡Que alegría verlo por aquí!-exclamó Carlos.
-¡Hola Carlitos…te veo muy bien!... ¡Espero que tus muñecas también!... ¡Vamos a curarlas en estos momentos!-acotó alegremente Jorge.
-¡Gracias doctor, gracias a todos por venir!-respondía Carlos muy tímidamente.
-¡Mira Carlitos, como te veo mucho mejor, afeitado y peinado te voy a prestar a Laurita para que te revise la cicatriz por mí, cada  que me encuentre en sala de operaciones!... ¿Te parece?-propuso el bonachón doctor.
-¡Muy bien doctor, gracias!-respondió Venturo.

Una semana después el doctor Frías caminaba nuevamente con sus alumnos muy temprano en la mañana, cuando al pasar justo por la habitación de Carlos, decide entrar y darle una visita rápida, su asombro se dibujo inmediatamente en su rostro al observar en el borde de aquella gran ventana, dos piernas totalmente enyesadas resbalando lentamente hacia el vacío, todos corrieron y sujetaron inmediatamente ambos miembros tratando de impedir que el cuerpo caiga desde una altura de siete pisos. El popular Carlos que ya era conocido por todo el personal que trabajaba allí, fue visitado nuevamente por el joven párroco.
-¡Hijo mío!...-exclama el padre siendo interrumpido.
-¡Lo siento padre!... ¡No fue mi intención!... ¡Fue sólo una recaída! …¡No volverá a pasar!... ¡Se lo juro padre!... ¡Se lo juro!-suplicaba el desdichado.

Dos meses después Carlos fue dado finalmente de alta, sus piernas quedaron prácticamente como nuevas, sus confusiones y tormentos  parecían cosa del pasado, él volvía a trabajar y en sus horas libres se había comprometido con el padre José para asistir con él a las psicoterapias y poder así no sólo ayudarse así mismo sino a todo aquel paciente que se encontrara en su trágica situación. Hasta que una mañana el doctor Frías se encontraba  en el húmedo, pero para él refrescante consultorio del sótano examinando con su mirada cada rincón de dicho ambiente. Cuando le faltaban aproximadamente veinte pacientes por atender, se oye un ruido muy fuerte, como una bomba, Laurita, la enfermera subió a la silla para tratar de observar algo por la pequeña ventana.

viernes, 1 de abril de 2011

Martínez

Oscar Pastor


El sol aún no se apropiaba del día, y como todas las mañanas Martínez se levantó pensando en su paseo por la playa, pasó por la ducha, se vistió con el pantalón caqui, una polera descolorida y un gorro de lana, luego se fue a la cocina para prepararse un té a medio endulzar que acompañó con un pan; a su perro le tiro otro pan del día anterior. Después de terminar de desayunar le colocó la correa al pescuezo, recorrió con la vista toda la habitación, se acomodó el gorro y  salió a la calle. Esa mañana estaba preocupado, quería desahogarse, contar algo que nunca pensó hacer; los primeros minutos de su paseo matinal pasaron inadvertidos, miro al perro y le preguntó si quería escuchar una historia reciente, el canino le contestó con un par de ladridos, movió la cola y saltó sobre la arena, la respuesta fue positiva.
Ayer en la noche -empezó el flaco- hice algo que de seguro me voy a arrepentir toda la vida, tú no sabes de sufrimiento Perro -hizo una pausa para seguir-, estaba convencido que no se darían cuenta de mi presencia, entré a la casa de un viejo amigo y caminé agazapado hasta encontrarla, me acerqué sin hacer ruido y le puse un trapo negro sobre la cabeza, lo apreté con fuerza para que no despertará a las demás y salí con el mismo cuidado con el que ingresé. Perro, ¿te parece bien? --el mejor amigo prefirió la indiferencia- he cometido este delito empujado por la sociedad que abusa de los que no hemos tenido la suerte de nacer en cuna de oro, o mejor dicho: con alguna vara. El sistema nos ahoga, nos hace trabajar como mulas y nos paga una miseria. Perro, tú vives conmigo, te doy de comer todas las mañanas, te doy abrigo y paseamos por la playa, tú naciste en cuna de oro; en cambio yo tengo como único trabajo, buscar trabajo.
El flaco Martínez perdía su mirada donde el color del cielo y del mar se funden, donde el estado líquido y gaseoso tienen una separación sutil, allí puso su atención y luego de inhalar aire puro, templó la correa del Perro y preguntó airado. ¿Me estas escuchando carajo?, el perro le entregó una mirada triste y suplicante. La historia debía seguir, así lo hizo.
Luego del secuestro llegue a la casa, tú estabas durmiendo, busque un lugar lejos de la calle para que no se escuche los gritos, debía mantener mi fechoría en silencio, ¡Perro escucha!, te estoy hablando -gritó-, busqué un cuchillo filudo y un lugar donde pueda dar fin a una vida, ¡Perro estaba a punto de matar!, más podía mi odio a la sociedad que mi promesa de no delinquir; me pregunto: ¿Por qué si tengo todas las condiciones para triunfar, si soy mejor que muchos, no me toman en cuenta?, ¿por qué tengo que empezar todos los días paseando a un Perro?, preguntas que el canino respondía con una mirada entre triste y preocupada.
El perro, ya sin la correa, se tomo todo el tiempo del mundo para corretear gaviotas y cangrejos, o perseguir la juguetona orilla del mar, era su momento de libertad. El flaco se quitó el gorro que cubría su escasa cabellera, miró al canino con algo de rabia y le repitió un grito familiar ¡Me estas escuchando carajo!, el Perro colocó el rabo entre sus patas y lanzó un gemido que espantó a las gaviotas que se encontraban cerca.
El viejo Martínez empezó a desandar lo andado, la confesión no había terminado, -con voz más pausada continuó- estuvo frente a mí con la cabeza cubierta más de dos horas, el trapo negro no le dejaba ni cantar, me comí todas mis uñas, estuve a punto de pedir ayuda, de regresarla a su casa, por un momento pensé que no podía matarla, cogí el cuchillo varias veces, nunca había transpirado tanto, decidí hacerlo, antes me acerque a la puerta de calle para comprobar que no había nadie, encendí la radio a todo volumen, luego la apagué, prendí un cigarro y salí a fumar afuera, aproveche para reflexionar las consecuencias de mi futuro acto. Tenía la necesidad de vengar toda la indiferencia de la sociedad. Por qué unos tienen más que otros, ¡Perro!, tienes alguna respuesta, -le gritó- ¿tienes?, -la respuesta fue algunos ladridos y la cola nuevamente en movimiento-. Tú no sabes nada -le gritó nuevamente-, fuera de aquí. El perro volvió a mirar la arena y meter el rabo entres sus patas. Martínez se puso de rodillas y le acarició el hocico y luego la cabeza completa, el perro le respondió con varios ladridos fuertes y algunas piruetas, volvió a congraciarse con su dueño.
Creo que estás de buen humor nuevamente, si pudieras me ayudarías a explicar que no se puede mantener la desigualdad, la falta de oportunidades, no soy socialista, tampoco imperialista, solo soy Martínez, aquel que ayer mató por hambre, y lo hice también pensando en tu hambre perro de mierda, ahora entiendes que mi cariño para ti es sincero, ahora entiendes de donde he conseguido la cena de hoy, Perro sé que me entiendes, la próxima vez matas tú -terminó su discurso y apresuró el paso.
El perro subió al techo de la casa y se sentó en una esquina que de tanto ocuparla había adquirido un color negro, Martínez extendió la ropa húmeda sobre el cordel, semidesnudo entró al baño y en menos de tres minutos salió chorreando agua, cogió la gallina que había matado el día anterior y con destreza la descuartizo, separó en un plato la cabeza, patas y menudencias, después preparó un guiso simple que se quedó en la olla esperando hasta medio día, sus olores llegaban hasta el techo de la casa y provocaba los ladridos del comensal desesperado.
Una mañana como tantas Martínez terminó de vestirse frente al espejo, centró su mirada en sus largas orejas, recordó que ese fue por muchos años el motivo de la burla de sus amigos, ahora no llaman la atención a nadie, en realidad él tampoco llama la atención a nadie, colocó la correa al cuadrúpedo ladrador como lo llamaba a veces y salió hacia la playa. Perro estoy recordando lo viejo y achacoso que esta el sordo Vergara, ¿me quieres escuchar verdad? -preguntó-  cada vez lo veo más doblado y tose como él solo, ayer lo vi caminando despacio y con una de las manos en el bolsillo del pantalón, ojalá que no se muera este fin de semana, hace mucho calor para ir a velorios, eso de la salud es una joda Perro, con la salud no se juega, el trago y los cigarros se demoran en pasar la factura pero un día llega, y parece que al sordo le llegó con intereses. El perro saltó varias veces hasta que logró que le suelten la correa y salió corriendo hacia la orilla, unas gaviotas combinaron el canto y el vuelo, dieron una pequeña vuelta sobre el encrispado mar y regresaron a la arena.
Las nubes se oponían a los deseos del sol, la sensación de frio era alta, el flaco se acomodó el gorro y gritó a su fiel amigo, ¡deja de jugar carajo! ven aquí, necesito que me escuches, el perro regreso con la lengua afuera y se sentó cerca a su dueño, momento que aprovechó para sacudirse la arena, Martínez le puso la correa, quería contarle una conversación reciente y no sabía si alegrarse o sentir indignación. Perro, te acuerdas de Nandito, el mecánico, ayer lo mande a la mierda, escúchame con atención y dime si tenía o no razón. El perro empezó a caminar muy cerca al flaco, despacio, tratando de no distraerlo, el viejo continuó, sabes que el enano trabaja hace más de cuarenta años, no sale a la calle ni para comprar pan, eso es malo, uno debe salir y conversar con los amigos, bueno le pregunté que cuando se iba a jubilar y me dijo que se va a morir trabajando, es un cojudo, eso no es posible. El perro sabía que si no corría en ese momento tendría que esperar un día más para hacerlo, salió raudo hasta el borde de la playa, ladró mientras trataba de coger una botella de plástico que ya es parte del paisaje playero, Martínez se tomó la cabeza y volvió a pensar lo mismo, eso del mejor amigo es un cuento, cuando lo necesitas se va. Fíjate que le dije que se consiga un perro para salir a caminar a la playa, el muy pendejo me dijo que no necesitaba más perros que los que lo venían a visitar, lo mande a la mierda y lo amenacé con no volver a verlo, me despidió diciéndome que no ladre cuando cierre la puerta, te imaginas Perro, el cree que ahora ladro, no sabe de lo que soy capaz le dijo frotándose la cara con ambas manos. El paseo llegaba a su fin, cerca a la casa el flaco se acercó a la oreja de su fiel amigo y le dijo en voz baja, Perro te cuento que estoy tramando algo grande, estos días he estado conversando con algunas personas y creo que ha llegado el momento de dar el gran salto, uno de estos días te voy a dar una sorpresa.
Llegaron a la casa, la ducha, la ropa, la azotea, lo mismo de siempre, hasta el día siguiente que empezaba la rutina de la nueva caminata. Como dice la canción, todo tiene su final, o todo tiene un día para empezar. El día siguiente fue totalmente distinto, el viejo, flaco y orejón Martínez se subió a la azotea de la casa y trató de convivir con el silencio, ha hablar con el mismo, sin intermediarios, sin un destinatario real de sus devaneos.
Cuantos días estoy fingiendo que todo está bien criando un perro de mierda que lo único que sabe hacer es ladrar y cagar si no hago algo voy a volverme loco cualquier cosa no importa debo hacer algo rápido hasta ahora mi única preocupación es joder comer y el perro eso no está bien no puedo mantener una conversación con mis amigos todo es pelea lo único que tengo es mi preocupación por regresar a la casa a comer y ver al perro esto debe terminar ya me lo han dicho debo hacer algo tengo experiencia estoy demorando la decisión tengo que comenzar o me voy a morir con la pena de no haber empezado a cambiar la historia de mi pueblo me duele la cabeza pero no importa si no hago algo me muero.
Los siguientes días no salió a pasear con el perro, la comida la dejaba en un plato cerca a la puerta de la azotea que permanecía cerrada, el animal prefería el ayuno para llamar la atención de su dueño, que usaba su tiempo para pensar como ingresar a la política, trató de recordar uno a uno a los políticos y a sus partidos y se confundía, podía identificar a las personas pero no a sus partidos, o recordaba a los partidos pero no sabía quienes lo dirigían actualmente. Luego de reflexionar concluyó que las ideas ya no le pertenecían a los partidos, si es que alguna vez las tuvieron, ahora eran propiedad de sus ocasionales líderes. Se le vino a la memoria la imagen del cangrejo Ramírez, viejo político curtido en mil batallas, él podía tener una mejor visión de las cosas. Decidió visitarlo.
Antes de tocar la puerta, el viejo Martínez revisó las hojas de preguntas y respuestas que preparó muy temprano, ingresó a la casa y se sorprendió al ver sobre una mesa de vidrio un crucifijo de madera que dominaba toda la sala, los muebles eran austeros, los adornos no eran abundantes, había bastante espacio, tanto como para ver en el comedor algunas fotos de Ramírez con importantes figuras políticas del país. El visitado ingresó a la sala con un vaso de agua en la mano, saludó al visitante con un apretón de manos y tomo asiento en una silla de madera con amplias coderas acolchadas en tela verde.
- Como estás flaco, viejo y orejón Martínez -fue el saludo que recibió del político.
- Bien jefe, bien, he venido a decirle que ya no soporto más la indiferencia de las autoridades, claro eso no lo incluye a usted. Todo está mal y empeora y nadie hace nada, solo promesas. ¿Dígame que puedo hacer yo para acabar con esto?
- Nada, nada, ese no es tu problema. Tú eres el problema, date cuenta si no existieras no habría problema, así que deja esas cosas como están.
- Me está diciendo que muerto soy de más ayuda.
- No dramatices flaco, pero eso que acabas de decir es filosófico, debería tomarse en cuenta.
- Pero jefe, yo quiero ayudar, no quiero ser el problema, quiero ser la solución
- Bueno, creo que no nos vamos a entender, la solución a tus problemas no la tienes tú.
- Jefe, -se levantó de su silla- si los políticos no tienen los huevos para cambiar las cosas, por qué no se van.
- No te voy a permitir que me hables en ese tono y en mi casa -gritó el cangrejo Ramírez, se levantó como impulsado por un resorte-, ¡retírate!, ¡retírate! -le volvió a gritar.
La reunión terminó de manera abrupta, de regreso el flaco Martínez pensó que la única forma de cambiar las cosas era tomando el poder, algunas cuadras más de caminar en silencio y con la cabeza gacha, decidió poner en marcha una idea que le quitó el sueño los últimos tiempos, formar su partido político, un grupo que defienda a todos los que son ignorados por los políticos tradicionales. El nombre lo había pensado hace un buen tiempo “Basta Ya”. Antes de llegar a su casa ya tenía una propuesta de los cargos y algunas ideas para financiar el partido, los años de sindicalista le sirvieron para planear su incursión en la política, se imaginó dando discursos en la plaza de los pájaros muertos llena de gente.
Toda la tarde se la pasó escribiendo, sobre la mesa tenía varios fólderes con títulos como: Temas importantes, Reglas y castigos, Financiamiento, Padrón, Otros partidos, Ideas sueltas, folders que estaban acumulados uno sobre otro. El sol hacía varias horas que había escondido sus encantos, subió con cuidado a la azotea, el Perro estaba inmóvil en una esquina, como tratando de no gastar las pocas energías que le quedaban, el flaco reconoció su silueta en la oscuridad, pensó que estaba durmiendo, y le lanzó unas palabras que rompieron el silencio.
- Así como estas, no creo que puedas matar para comer, Perro recuerda el compromiso, una vez yo y otra tú.
Inmediatamente levantó los brazos en señal de triunfo, ese era el lema que estaba buscando para el partido, bajó con prisa y escribió en letras grandes varias propuestas: “Ahora te toca a ti”, otro decía “Todo lo hago por ti”, finalmente repitió la idea inicial “Una vez yo y otra tú”, se alejó para leerla con calma, la tarjó con una cruz, suena muy erótica pensó mientras se sonreía. Esa noche durmió de una sola pieza, tenía un plan de vida.
Los días siguientes se las pasó visitando a sus amigos, primero a los de su época, viejos todos y con pocas fuerzas para interesarse en un proyecto político, luego los más jóvenes, que incrédulos escuchaban la propuesta animados por la idea de ser autoridades del pueblo y tal vez, más adelante, del país, luego empezó a hablar en las plazas, mercados, paraderos, finalmente se animó a recorrer el pueblo casa por casa, en estas últimas recibió opiniones y expresiones de apoyo, rechazo, indiferencia, sonrisas, y demás. Todas las experiencias y sugerencias positivas o negativas las escribía y guardaba en el folder Otras ideas, fueron días intensos, sin Perro y con nuevos amigos que empezaban a visitarlo con frecuencia, las tertulias no tardaron en llegar, la noche y el día se abrazaban en medio de interminables conversaciones.
Varios meses fueron necesarios para difundir sus ideas, el rechazo natural a los viejos políticos jugaba a su favor, sin darse cuenta cientos de ciudadanos se habían inscrito en el partido y junto con ellos había realizado varias actividades deportivas para generar ingresos al partido “Basta Ya”.
El flaco Martínez dejó de visitar el parque de los pájaros muertos, hasta que una tarde le puso la correa al pescuezo del Perro y enrumbó en busca de sus amigos. Antes de llegar a la tienda de Don Julián, fue abordado por el cangrejo Ramírez, tomó un poco de distancia y lo saludó respetuosamente, se miraron unos segundos y el visitante empezó el diálogo.
- Se que te está yendo bien con tu aventura política, me alegro. ¿Te puedo ayudar en algo?
- Gracias señor, no hace falta.
- Tutéame, ¿tienes unos minutos?
- Podemos caminar al parque, si no le molesta señor.
- Carajo, no seas rencoroso -le dijo en tono paternal-, uno tiene días malos, no hay problema.
- Yo no soy el problema, ahora tú eres el problema.
- Tienes que confiar en los que sabemos manejar los hilos políticos, si vas solo te harán papilla, yo conozco como es la cosa, el partido está creciendo, ahora más que nunca necesitas mi ayuda.
- Te llamaré en unos días.
- Bueno, por ahora tú decides, no te olvides, en política tienes amigos o enemigos, los otros no existen, por ahora espero tu llamada, amigo.
- Mal comienzo cangrejo, mal comienzo -dijo en voz baja.
El viejo Martínez se despidió de Ramírez y siguió su camino saludando sin cesar a conocidos y desconocidos, sus preocupaciones empezaron a crecer, tenía que seguir inscribiendo a nuevos partidarios, conversar con los posibles candidatos para las próximas elecciones locales, ampliar la organización del partido que ya empezó a tener presencia en las localidades aledañas, jamás estuvo en sus planes tomar decisiones por otras personas, pero la situación lo había llevado a intervenir en problemas que hasta hace algunos meses eran totalmente ajenos a él.
Su casa fue remodelada en más de una oportunidad, todo el primer piso se acondicionó para realizar actividades partidarias, se abrieron oficinas de inscripción, salones de discusión, oficinas para los dirigentes. Le construyeron un cuarto en la azotea de su casa, Martínez acepto vivir al lado del Perro, aún así no tenía tiempo para conversar con su vecino. Su cumpleaños lo pasó inadvertido, varios días después, los bastayas se disculparon de tamaño olvido; para remediar la descortesía acordaron que el diez de julio sería el aniversario del partido.
El día de inscripción del partido ante la autoridad electoral fue una fiesta popular inolvidable, una impresionante marea roja y azul invadió las calles del pueblo, cientos, miles de personas se reunieron cerca al estadio para gritar sus alegrías. Luego siguieron intensas jornadas para definir los mecanismos de selección de pre candidatos, en ese proceso recibió sus primeras decepciones, empezaron a aparecer los verdaderos intereses de algunos partidarios.
El Jefe Bastaya Martínez se dedicó a recorrer los pueblos cercanos, estaba convencido que para lograr los cambios debería tener la mayor cantidad de autoridades propuestas por su partido, fue tanto el impacto de su movimiento que se vio obligado a visitar otras ciudades más lejanas, sus ilusiones por mejorar su situación personal las cambió por los ideales del partido. Recibió invitaciones de los partidos de alcance nacional, que empezaron a darse cuenta que los Bastayas eran ya una fuerza electoral que era mejor tenerla de aliada. Ya no viajaba solo, lo hacía en compañía de otros dirigentes, el partido en pocos meses empezó a funcionar como una organización, los jóvenes se involucraron totalmente.
Las reuniones con los empresarios en las localidades donde pretendía presentar candidatos se realizaban en medio de sabrosos desayunos, escuchaba los problemas en su opinión groseramente exagerados; luego, algunas palabras de halago y finalmente los pedidos que en un eventual gobierno local bastaya serían resueltos, en medio de los agradecimientos y compromisos mutuos llegaban las ofertas de apoyo económico y después los abrazos que ponían fin a la reunión.  Los encuentros con los representantes de gremios sociales transcurrían con mayor intensidad a medida que se acercaba la fecha de las elecciones, todos exponían sus problemas y ofrecían apoyo al partido, apoyo condicionado a que sus demandas sean integradas al plan de gobierno local, lo mismo sucedía en las diferentes pueblos que visitaba, la gente escuchaba, aplaudía, bailaba y se comprometía con dar su apoyo, siempre y cuando se firme una acta de compromiso que garantice que una vez ganadas las elecciones se realicen determinadas obras. Le costó tiempo y mucha paciencia aceptar que en política nadie ofrece o da algo sin pedir nada a cambio.
Su tiempo ya no le pertenecía, una agenda que era llevada escrupulosamente por un grupo de muchachos le dictaba lo que tenía que hacer los próximos días. Estaba cansado, quería tomarse unos días para retomar a sus antiguas actividades pero le era imposible por ahora, el comité responsable de las actividades del jefe del partido no tenía planes de descanso, más ahora que en algunos medios empezaban a difundir comentarios poco serios del cangrejo Ramírez pero de gran impacto mediático. Siempre da réditos atacar a los que acaparan el mayor interés electoral.
Hacía mucho tiempo que no paseaba por la playa, que no miraba pasar el día en el parque de los pájaros muertos. Faltaban poco menos de cuatro meses para iniciar la campaña electoral, debía seleccionar a sus precandidatos y a los suplentes, nombrar coordinadores y personeros de mesa, aprobar la estrategia y planes de campaña, elegir a los responsables de la publicidad y del manejo de los fondos, darle forma legal a sus actividades electorales; además comprar y distribuir suvenires, regalos utilitarios, buscar vehículos, alquilar locales de campaña, contratar medios, organizar mítines, hacerse cargo de las entrevistas, viajar, comer, dormir y mantener siempre una sonrisa en público.
Las relaciones políticas del cangrejo Ramírez con los partidos tradicionales estaban en el mismo nivel que las que tenía con el jefe bastaya: rotas, él quería participar en las próximas elecciones por el partido que tenía las mejores perspectivas. La desesperación unida a la experiencia lo llevó a profundizar una campaña mediática contra el flaco Martínez, su casa la pinto de azul y rojo y puso un gran cartel anunciando un nuevo local partidario bastaya, con la que dio inicio a una campaña agresiva de captura de cuadros jóvenes para formar una fuerza que le de contrapeso al gran poder que había acumulado el jefe y fundador del partido, los resultados fueron impensados, en poco tiempo ya contaba con un buen número de seguidores, aparentemente el partido realmente iba camino a serlo, se partía en dos.
Los titulares y editoriales de los periódicos, que eran repetidos en radio y televisión, resaltaban la poca trayectoria política de Martínez, su avanzada edad, su precaria salud, la vida en solitario, sus reducidos recursos económicos y la falta de transparencia de los gastos, las noticias reales o inventadas concluían que Martínez era un oportunista que ha estado engañando a ilusos jóvenes y que en realidad no desea llegar al poder para resolver los problema locales, lo único que busca es llenarse los bolsillos de dinero -decían-. La demoledora campaña inicialmente no recibió ninguna importancia de los bastayas, cuando conocieron de denuncias judiciales que le atribuían hijos abandonados y negocios al margen de la ley, la preocupación creció y se volvió en desesperación, las reuniones de emergencia y de control de crisis -como las llamaron- se hicieron frecuentes, fue tal el impacto que se empezó a perder presencia en las localidades cercanas; las recomendaciones del rumbo a seguir cambiaban con la misma velocidad con la que llegaban nuevas denuncias, el jefe Martínez entró en cura de silencio por unos días, silencio que coincidía las fechas para seleccionar a los candidatos por el partido. El cronograma electoral partidario se cambiaba a cada momento.
Empezó a ser frecuente ver llegar a la casa del cangrejo Ramírez a jóvenes dirigentes bastayas, a jóvenes rebeldes que cambiaron sus ideales fundacionales por la intención de gobernar la localidad, el viejo político les decía que de nada sirven las ideas si no se pueden llevar a cabo, y mejor si se llega junto con gente de experiencia. La lucha por el poder se daba en varios frentes, en los medios, en el poder judicial, dentro del partido y en las calles con mítines y reuniones que buscaban mostrar a un cangrejo identificado con el pueblo y un viejo que en el final de su vida pretendía en base a engaños llenarse de dinero.
 El flaco no estaba preparado para este tipo de cosas, pidió unos días de descanso para alejarse del fulgor de la campaña, tiempo que aprovechó para retomar sus paseos por la playa, el mudo compañero compartía con su dueño el fastidio y la desilusión por la política, cada cierto trecho se adelantaba para verlo venir, con los ojos entre tristes y preocupados le pedía explicaciones que el viejo Martínez le ofreció después de algunos minutos de silencio.
Perro, todo lo que he hecho es poco para lo que se puede hacer, por primera vez los jóvenes se han interesado en la política, por primera vez han entendido que el pasado y el futuro no se juntan en el presente –tragó un poco de saliva-, un presente que no existe, ¿qué es el presente?, un segundo, un minuto, un hora, un día, el presente es fugaz, pasa tan rápido que no se siente, lo que existe son las ganas de cambiar las cosas, de llenarse de energía, por eso busqué a los jóvenes, lo que existe son sueños y energía para alcanzarlos, cada vez que me sentía cansado, los miraba trabajando y perdía mi fatiga. Sabes que aprendí Perro -lo dijo en un tono  casi clerical-, aprendí a ver el pasado con tranquilidad y el futuro con esperanza, trate de ver lejos, aprendí a soñar por otros, me imaginé cosas, que cojudo fui, no me di cuenta que otros también empezaron a soñar por ellos mismos. Ahora he sido castigado con una ráfaga de energía negativa, los jóvenes con su temor y tal vez pensando en su futuro cercano, no tienen la fuerza para luchar sin doblegarse, -el agua llegó a sus pies descalzos, el ruido de las olas pidió un silencio para ser escuchada- Mira el mar, nunca se rinde, viene y va, cambia de humor y sigue siendo el mismo, puedes jugar, alimentarte de el, pero no puedes dejar de respetarlo, esa era la esencia de Basta Ya, convivir y respetar a todo lo que nos rodea, fuimos puros y tontos también al no darnos cuenta que hay otros intereses, que hay otros que si creen en el presente y están dispuestos a matar sueños ajenos para vivir entre la diversión y el miedo. Perro, nunca te interesó que te llame por tu nombre, si te olvidaste es Uñez, en memoria a un imbécil. Lo peor que le puede ocurrir a una persona no es recibir ataques, es no tener la capacidad para convertirlos en energía para seguir y en esto los jóvenes tienen mucho que aportar, para ellos los ataques son la muerte andando o un payaso que está perdiendo su capacidad de distraer, en ellos no hay medias tintas, se es bueno o se es malo, nunca se es medio malo. A algunos los ataques les llego como la muerte y muy rápido se fueron a lado del payaso, aunque no se diviertan con sus humoradas.
El perro miraba inmutable a su dueño, parecía entender, se percató de las lágrimas que mojaban la cara del viejo Martínez y saltó hacia él para lamerlo como en los buenos tiempos, el aprendiz de político lo recibió en sus brazos con sorpresa, tambaleo un poco luego recupero el equilibrio, el Perro paso incansablemente su lengua por la cara del viejo, la energía llega cuando uno menos lo espera, el flaco Martínez tomó al animal y lo apretó con fuerza contra su pecho, luego decidió volver a su casa, en realidad a su partido, aún tenía sueños, aún tenía que seguir pensando por los otros, aún creía en el futuro.

miércoles, 30 de marzo de 2011

El filántropo

Gianfranco Mercanti

Desde niño Teófilo mostró una gran sensibilidad frente al dolor ajeno. A los cinco años tuvo una gran impresión cuando su madre lo llevó por primera vez a una iglesia en Huaraz: Frente a la gran escultura del Cristo en el altar empezó a gritar y llorar desconsoladamente.
-Por qué no lo bajan, por qué no lo curan – clamaba mientras la gente lo miraba con curiosidad.
-Es que así murió por nosotros hijito, ya no llores que sino el curita nos va a botar –le decía su madre al oído, tratando de calmarlo mientras le secaba las lágrimas tiernamente.
Fue luego del terremoto del año mil novecientos setenta, cuando contaba con doce años de edad, que definió su vocación. Diariamente veía muchos médicos venidos de todo el mundo que trabajaban sin descanso atendiendo a los centenares de víctimas del sismo y el aluvión. Decidió que él tenía que ser como aquellos galenos que daban los mejor de sí, aún en las más difíciles condiciones.
Sabía que sus padres, pequeños agricultores, no tendrían los medios para pagar los largos años de estudio que impone la carrera de medicina. Por ello, se dedicó a estudiar con ahínco para lograr acceder a una de las codiciadas vacantes en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Ahí, aún cursando los primeros ciclos le tocó atender e incluso esconder estudiantes heridos a quienes ni siquiera conocía, y que por lo demás desaparecían tan pronto podían ponerse en pié.
Años después, como médico en la asistencia pública de la Av. Grau, con sus escasos recursos compraba las suturas o los anestésicos para pacientes graves, muy pobres, que eran dejados en las puertas del lugar. En realidad, sentía una gran satisfacción de ayudarlos a mitigar sus males. Alguno de ellos, como el ¨Cojo Mame¨ regresaba días después a agradecerle y dejarle algún dinero en el bolsillo de su delantal.
Si bien no lo dejaba traslucir, Teófilo se angustiaba mucho al ver cuántos ancianos con enfermedades terminales, abandonados a su suerte, pasaban las últimas horas de sus vidas retorciéndose de dolor en los fríos pasillos de la emergencia. Se las ingeniaba para conseguirles una dosis de analgésicos que calme por algún tiempo su suplicio, y trataba de consolarse pensando que Jesús, siendo hijo de Dios, también sufrió largamente en la cruz.
O quizá han sido personas malvadas, que pasaron su vida haciendo daño, y son merecedores del dolor y el abandono. Qué tan malos pueden ser que ni en su agonía los pueden perdonar. No interesan a nadie, la ciencia tampoco puede sanarlos. Viven su purgatorio antes de partir…
A diferencia de otros médicos, Teófilo trataba de escoger los turnos de madrugada los fines de semana, para atender y reconfortar a estas personas, muchas de ellas morían apaciblemente tomadas de su mano. Se comentaba entre el personal de la asistencia que de seguro muchos morían creyendo, en su agonía, que se trataba del hijo, del hermano, o del ser querido al que esperaban antes abandonar su lucha con la muerte.
El director de la asistencia empezó a corroborar que, las estadísticas históricas, que nunca se había tomado el trabajo de leer, evidenciaban una sorprendente mortandad en los turnos de madrugada, y especialmente en aquellos en los que estaba de guardia Teófilo. Consideró entonces, varias hipótesis que pudieran explicar dicha coincidencia, pasando  varios meses en estas cavilaciones.
Una noche de invierno, Teófilo asistía al sufrimiento interminable de un hombre cuyas vísceras estaban totalmente tomadas por el cáncer, pero cuya fortaleza física lo mantenía vivo hacía días. La morfina ya no calmaba sus terribles dolores. Había empezado a aplicarle una inyección cuando tres policías vestidos de civil, acompañados de un fiscal lo detuvieron, le quitaron la inyección -que fue cuidadosamente depositada en una bolsa plástica- y se lo llevaron esposado, ante la sorpresa y protesta de sus colegas presentes.
Al día siguiente RPP Noticias narraba lo sucedido: ¨El médico asesino Teófilo Leyva fue detenido el día de ayer siendo las cuatro y diez de la madrugada en la Asistencia Pública de Grau, en circunstancias en que se disponía a quitar la vida a un paciente aplicándole una sobredosis de insulina, la Fiscalía tiene pruebas que dicho sujeto, bajo la misma modalidad, habría dado muerte a más de cincuenta pacientes en dicho nosocomio, tratándose pues de un peligroso asesino en serie…¨
Tres años después, la Corte Suprema de Justicia de la República declaró no haber nulidad en el fallo que condenó a Teófilo Leyva Meza a veinticinco años de pena privativa de la libertad, al haber atentado contra la vida de treinta y siete  personas, con alevosía, puesto que las víctimas no estaban en condición de defenderse.

jueves, 10 de marzo de 2011

La carta

Oscar Pastor

El día había terminado, las luces de las casas se fueron apagando poco a poco y la oscuridad tomo por asalto las calles, los perros ladraban insistentemente y competían con el golpear de las olas, esa noche el incesante grito marino era más fuerte que todo el ruido nocturno de la ciudad, ciudad que baja desde el desierto y se abre paso entre terrenos agrícolas y casas antiguas, hasta llegar a la costa. En los hoteles la gente descansaba o por lo menos eso se debería pensar, los negocios hacía muchas horas que habían cerrado sus puertas, a excepción de algunos locales donde se festejaba el aniversario de las ciudades de Arequipa y Huánuco, los pescadores dormían con la confianza del día siguiente, sus embarcaciones y aparejos de pesca como todas las noches estaban amarradas y  seguras en la bahía. Nada es lo que parece.
El diario más importante del Perú tituló en su primera plana una cifra escalofriante: “7.9 grados”, la página no tenía el tamaño suficiente para albergar la fotografía de la derruida catedral de la ciudad de Pisco, que entristecida y totalmente destrozada guardaba aún los cuerpos humanos enterrados por sus escombros, el tabloide mostraba indolente el tamaño del desastre. Todos los periódicos del país dedicaron la primera plana y varias hojas interiores para dar cuenta del sismo de mayor destrucción de los últimos años, no había ningún pronunciamiento oficial, solo información periodística. Nadie que haya vivido esa experiencia podrá borrar de su mente el fatídico quince de agosto, ese día todo cambio de repente, el presente se acabó y el futuro dio un gran salto a la nada.
La familia Chuski, desde abuelos a nietos vivía en una casa de adobe y techo de calamina, sólo la sala tenía un delgado piso de cemento, lo demás era totalmente natural, caña, madera y tierra, las paredes de adobe sin ningún tratamiento revelaban la precariedad de la vivienda, las aves de corral, perros y gatos desparramaban sus olores y cantos, ladridos y maullidos por toda la casa, en donde los abuelos enseñaron a sus hijos y estos a los nietos que lo que se hace se paga, nunca escucharon hablar de la Ley del Talión, con esa única regla aplicada a la perfección, ganaron respeto y consiguieron autoestima.
Sentado sobre unos terrones de adobe en la derruida Plaza de Armas de Pisco, René Chuski evocaba a su familia que el terremoto le quitó, con lágrimas en los ojos  dibujaba el rostro de su pequeño hijo abrazado a su madre, en cada pared derruida, en cada techo caído, con el polvo que no terminaba de asentarse pintaba los recuerdos de sus seres queridos que ya no estaban con él. Hacía varios días que no salía a pescar, que regresaba a su casa y volvía a salir inmediatamente, que caminaba sin rumbo ayudando a quien podía, comiendo lo poco que le alcanzaban, en su casa ya no había quien lo reciba con un pescado frito, ya no escuchaba los gritos del pequeño ni los ladridos del perro.
Ya eran tres las noches que pasaba a la intemperie, sin luz y sin asearse, sin recuerdos del último bocado que lo mantenía en píe; como jalado por un ser sobrenatural volvió a la bahía de San Andrés, solo a comprobar el gran desastre, sus compañeros de trabajo aún no habían iniciado la reparación de sus botes, ni recogido sus aparejos de pesca regados a cientos de metros de la playa, el presente era brutal, el futuro incierto.
De su casa quedaba muy poco, había improvisado una carpa de plástico azul sobre el patio, único lugar que no fue destrozado por el terremoto, las gallinas ya no formaban parte del patrimonio familiar, del gato no se supo nada y el perro seguro estará aprendiendo a vivir como salvaje, por ahora hay cosas más importantes que atender a un perro.
René Chuski era pescador por necesidad y declamador por convicción, ahora que no puede salir a pescar, recuerda los días de frió, las largas caminatas desde el puerto hasta su casa, acompañado de poesías que no se cansaba de repetir. Ahora todo es distinto, el día lo dedica a esperar la ayuda caritativa que llega tarde y nunca. Una mañana se despertó muy temprano y salió con la seguridad de no volver a su casa, empezó a caminar los cuatro kilómetros de carretera hasta San Clemente en la panamericana sur, mientras lo invadía la ilusión de llegar a Lima se dio cuenta que no era el único que transitaba por la allí, familias enteras hacían el mismo camino, el corto tramo que servía para despedirse de su Pisco querido se había convertido en el camino al infierno, quejas y maldiciones eran lo único que escuchaba a cada paso. La naturaleza sin ninguna razón se había ensañado con el puerto, poco a poco se dio cuenta que también lo había hecho con otras ciudades más grandes y más pequeñas, de la costa y de la sierra, la naturaleza no respetó clases sociales, color, raza, ni edad, a todos los castigó por igual. Ante tamaña ofensa cabía una gran venganza -pensó el moreno- aplicar las viejas enseñanzas de la casa.
En la pequeña localidad de San Clemente el desorden era mayor, los pocos vehículos que podían llegar hasta allí debían sortear los escombros y a los desplazados ambientales que se abalanzaban sobre los camiones, el hambre y las demás necesidades podían más que el respeto por lo ajeno. René Chuski estuvo allí otros cuatro días, sobreviviendo como pudo, ayudando a los vehículos a entrar o salir a Pisco a cambio de un poco de comida. Las noches llegaban con los temores de otro sismo, era el mejor momento para huir del lugar, después de algunas conversaciones eminentemente comerciales, logró convencer a un chofer de camión para que lo lleve a cualquier lugar en la ruta a Lima, el camino no era fácil, la carretera también estaba destrozada, el trayecto lo hizo en completo silencio, esperando la orden del conductor para descender del camión.
Sin nada más en el alma que un deseo de buena suerte echado por el chofer llegó a Lima, ya estaba acostumbrado a ignorar el hambre, así lo hizo hasta que llego la noche,  la pasó en el banco de un parque cercano a la terminal de buses, el frío y la intemperie le eran conocidos, aún así no le fue fácil dormir, sus temores por el sismo los cambió por otros más terrenales, con los que convivió varios días. De tanto caminar llegó al colegio estatal Mariscal Castilla, allí habían improvisado un albergue para los damnificados por el sismo, aunque no conocía a nadie, se sintió en familia, su capacidad para trabajar y organizar las tareas fueron importantes para ser respetado, tanto como su personalidad y el apego a la ley de Hanmurabi. Los primeros días, René entregó toda su fuerza de pescador para ayudar, su dedicación al trabajo y su testarudez le trajeron problemas con alguno de sus compañeros de infortunio. Su deseo de ayudar le trajo una etiqueta que parecía estar pegada en la frente: responsable de todo
La caridad de las personas y la que encontraban en los mercados se agotó muy rápido, el desánimo y las rencillas llenaron todos los espacios del albergue, la monotonía invadió a los refugiados, el reclamo y la espera por ayuda le ganó la batalla al trabajo diario, las reuniones de coordinación, si es que las había, servían para culpar a René Chuski por la falta de ayuda. Una noche, sentados frente a una olla con agua hirviendo discutieron sobre las responsabilidades de cada uno, René trató de convencerlos de la necesidad de estar unidos, de trabajar y más adelante llevar ayuda a los que no habían podido abandonar Pisco, todo era inútil, el hambre siempre le gana la batalla a la razón.
Señores pasajeros, quien les habla es un desplazado ambiental del terremoto de Pisco, mi vida y la de muchos peruanos ha sido destrozada, busco una oportunidad para salir adelante. No quiero venganza, contra la naturaleza no se puede hacer nada, quiero ayuda, ustedes pueden devolverme la fe, por favor no me den la espalda, les ofrezco estos ricos caramelos que le endulzaran la vida, muchas gracias.  -discurso que René repetía cien, doscientos veces en el día-. Se había convertido en vendedor de golosinas al paso, aprendió a leer los ojos de los pasajeros, a hablar con soltura, a imaginarse un escenario, nunca hizo amigos, solo clientes, se saludaba con algunos choferes y cobradores, comía con la misma velocidad con la que subía y bajaba de los ómnibus, con el tiempo aprendió a moverse más rápido en las horas punta, a descansar a media tarde, conoció también pequeños restaurantes donde podía declamar en las tardes.
El trabajo le dejaba algo de tiempo para dedicarse a leer poemas de Neruda, Vallejo, Benedetti y tantos otros, se levantaba más temprano que de costumbre, practicaba sus poemas en soledad, en cuanto tenía algunos ahorros visitaba con algo de temor las tiendas de ropa del centro comercial de Gamarra en Lima, camisas blancas, pantalones negros, zapatos de charol, fueron sus primeras compras, salía a caminar de noche para acostumbrarse a su nuevo atuendo, hacia un buen tiempo que ya no vendía caramelos, los fines de semana trabajaba todo el día en plazas y parques, los demás días declamaba en los restaurantes, aprendió hacerlo tan bien que podía mezclar versos de diferentes poetas sin que el público se percatara de ello, más atención llamaban los lentes de filósofo y su gorra de pensador que las improvisaciones, que eran muy aplaudidas.
Compraba y cambiaba libros pequeños y grandes, nuevos y viejos, en un día podía aprenderse poemas completos, que compartía con un grupo de bardos de la Asociación de Poetas de Lima, grupo que lo acogió con agrado; le bastaban dos bocanadas de aire, un par de muecas en la cara y algunos ejercicios ligeros de estiramiento para empezar a declamar, trabajo que realizaba con pasión, aún en los ensayos recibía aplausos, su arte empezó a ser reconocido y en poco tiempo se convirtió en un personaje de la lírica, muchos poetas jóvenes lo buscaban para que diera vida a sus creaciones, valoraban su entonación, el cambio de ritmo, sus movimientos corporales, los gritos desgarradores, el alma de pisqueño herido como él solía decir.
Con el tiempo sus presentaciones se hicieron más seguidas, sus viajes más continuos, su carga de trabajo creció tanto que poco a poco fue armando un grupo de trabajo que le ayudaba a montar espectáculos poéticos, que poco a poco fue aprendiendo las artes de la organización de eventos, a administrar contratos y dinero, en su empeño se cayeron y levantaron varias veces, René todo lo resolvía con más trabajo y algunas sonrisas, cada vez que sufrían un tropiezo sugería cambiar el nombre de la compañía, deberíamos ser Fenix, en honor a esa ave inexistente que llena nuestra existencia, les decía, confíen mí, soy como la muerte siempre llegaré a salvarlos. A trabajar era la mejor arenga para un grupo que aprendió a desenvolverse en todos los terrenos, que aprendió a respetar los silencios y rabietas del artista.
Su éxito crecía, empezó a formar parte de una clase social a la que no hacía muchos meses odiaba por insensible. Llevaba ayuda a Pisco como pescador, prefería el anonimato, al comienzo pidió y recibió ayuda de autoridades, después la buscó en los religiosos y por último el mismo se encargó de distribuirla, no podía permanecer más tiempo oculto, su imagen aparecía en los periódicos y noticieros televisivos, sus viajes de ayuda empezaron a ser motivo de encendidas polémicas, cuestionaban la calidad de los productos, los destinatarios, la lentitud, reclamos que en más de una oportunidad le hicieron pensar en abandonar su propósito. Las expectativas de la población pasaron de la provisión de alimentos de manera permanente a la solución de la carencia de servicios básicos, las demandas no paraban, otros pueblos también reclamaban su presencia, en un tiempo corto se convirtió en intermediario entre la población y sus autoridades, después entre las autoridades locales y las nacionales. Nadie podía explicarse como le alcanzaba el tiempo para cumplir con sus presentaciones y estar siempre en su puerto querido, su equipo que inicialmente se ocupaba de la organización de sus eventos, ahora tenía más trabajo en la coordinación de ayuda nacional e internacional.
Los meses de trabajo incansable, de descanso ligero y alimentación despreocupada le trajeron problemas de salud, empezó tosiendo un poco, después se cansaba al caminar, su siempre delgado cuerpo empezó a mostrar los huesos que había sabido ocultar muy bien, los ojos se hundieron y se oscurecieron más. No se preocupen un malestar lo tiene cualquiera era la respuesta a toda pregunta por su evidente debilitada salud. De visitar médicos pasó a clínicas y hospitales, término en una sala especial del Hospital Grau de Lima, su vida se fue apagando lentamente. Los primeros días lo visitaban autoridades, artistas de reconocido prestigio, familias enteras de Ica, Pisco y otros lugares, a las semanas solo lo hacían sus trabajadores de la compañía, y muy al final su madre que se quedaba días enteros, la tuberculosis necesitaba de compañía.
Todavía no había vivido ni la mitad de la vida que le correspondía, no había gozado de todo su talento, prefirió ayudar a ser ayudado, prefirió el recuerdo y la nostalgia, elementos que se convirtieron en leña para el fuego divino que le daba fuerzas para seguir. Sus sueños se acabaron el quince de agosto de hacía dos años. Como todo pescador testarudo quería volver a empezar, pero tenía que hacerlo a su manera, arropado en sus lecturas, abrigado en sus sueños, en sus poemas.
Una mañana limeña, con ese sol medio hipócrita que amenaza con salir y nunca cumple, René decidió escribir una carta: Queridos padres -alejó el papel y luego lo tarjó-. Queridos amigos -volvió a tachar-. Empezó la carta sin destinatario y sin fecha. Pocas veces la vida le da a un hombre la oportunidad de ser feliz, en el terremoto perdí a mi familia, mi casa quedo destrozada y yo con pocas ganas de vivir, piensen conmigo si esas no son razones suficientes para dejar este mundo, a ello súmenle la desidia del gobierno, el desinterés de los amigos y la indiferencia de los demás. Sobre esa plataforma empecé una nueva vida, sobre esa plataforma me comprometí a ser feliz y ustedes saben que lo logré. Recibí todo a cambio de nada, como pasajero para llegar a Lima, como refugiado en el colegio, como vendedor de caramelos, como poeta callejero y después sabe Dios qué más hice o dejé hacer para ser feliz. Estuve cerca del cielo tantas veces que ahora siento que lo conozco, ¿De qué me perdí?, ¿Qué no hice a cambio de lo que me toco recibir?, ¿Con que me quede de lo mucho que me dieron?, no preguntaré que me faltó hacer por qué sería demasiado ambicioso y egoísta creer que yo tenía hacerlo solo, sería prudente preguntar ¿Qué nos faltó hacer?, ¿Realmente tendríamos algo que hacer? o haberlo hecho antes de otra manera, antes del terremoto, No. No debimos hacer nada, la vida y la naturaleza se encargan de hacerlo por nosotros, nadie se preocupa de las goteras del techo cuando no llueve, y cuando llega la lluvia esa lluvia malcriada nadie quiere arreglar sus goteras y mojarse, es mejor esperar que pase la lluvia para olvidarse del problema hasta la siguiente temporada de aguas.
La vida me enseño a devolver exactamente lo recibido -la primera vida quiero decir-, la segunda me enseño a dar sin esperar nada a cambio; uno puede vivir varias vidas, solo es cuestión que todos estemos de acuerdo con vivirlas. La desgracia me sacó del mar y me lanzó a los libros, allí donde siempre debí estar, el terremoto me quito a mi pequeña familia y me dio otra más grande, que se pierde en los tiempos y en la historia, y que va más allá de lo que podemos imaginar, ese terreno que conocía solo de oídas cuando niño, me hizo llegar al cielo varias veces, conocí historias inimaginables, personajes que ahora los siento como amigos, sentí el amor, sentí esas palabras que salen ardiendo para calentar el frio de afuera. Me perdí el amor de padre, no lo pude recibir, tampoco lo pude dar, en realidad no me perdí de nada, uno nace calato y calato se va. Esta carta la escribo frente a mi madre que partió a la segunda vida junto a su nieto y a su inacabable pobreza el mismo quince de agosto, y hoy dos años después celebramos la alegría de estar juntos, como todos los días antes y después del quince de agosto, ese día mi vida cambio. Si, he vivido varias vidas y no tengo que negarlo, aún después de dejar el mundo se puede seguir viviendo varias vidas, ustedes son parte de todas ellas, ustedes también las han vivido conmigo.
Cuando estemos juntos seguimos esta charla, por hoy he terminado.