viernes, 12 de noviembre de 2010

El apellido de Don Ramón

Rocío Vallejos


La noche ya estaba sobre la ciudad, hacía dos horas que no podía dormir y no dejaba de dar vueltas en la cama.  Alguna vez alguien le dijo que lo mejor en esas ocasiones era levantarse y hacer otra cosa.  Leer, ver un poco de televisión, escuchar música o si podía, hacer ejercicio.  No es bueno que estés en la cama con el insomnio encima”.
Tenía ya los ojos abiertos y pensaba sobre qué es lo que podía hacer.  Le costaba tanto levantarse de la cama debido al dolor urente que tenía en las rodillas, que de ninguna manera haría ejercicios.  Lo más probable es que terminara en el suelo. Escuchar música le gustaría, pero el equipo estaba en el piso de abajo y de sólo pensar en que tenía que bajar escaleras perdió el interés.  Leer sería una solución pero de igual manera, sus lentes estaban en el piso de abajo, en su escritorio, otra vez las escaleras eran su gran impedimento.  Lo único que le quedaba era ver televisión, tenía el control remoto sobre la mesita de noche, al lado suyo.  Tomó el control remoto y prendió el televisor.  ¿Qué programas pasarán a estas horas?, se preguntó.  Comenzó el “zapping” de siempre, película violenta, fútbol alemán, película de terror, programa de concursos en chino, programa en árabe, fútbol italiano, telenovela brasilera, telenovela mexicana.  Apagó el televisor.  ¡Esto no sirve! Se dijo a sí mismo.
Comenzó a pensar en su realidad actual, pero los pensamientos se fueron mezclando con recuerdos.
¡Terrible llegar a ser viejo!, sentirse tan inútil.  Mi madre decía en cambio ¡Que triste que es la vejez!  Soy más viejo que mi madre hoy en día.  Es gracioso lo que te hace la vida, comprendo a mi madre ahora, como si yo fuera su padre.  Pensar que cuándo era yo era joven me parecía tan quejumbrosa.  Pobre mi madre.  Lo que sentía era soledad, como yo la siento ahora. 
He trabajado tanto en mi vida ¿pero para qué?  Tengo sólo cosas.  El trabajo no me ha dado más que eso.  Algunas las he disfrutado mucho, es cierto, pero otras, la mayoría, están hacinadas en las esquinas de esta casa tan grande.   Era el orgullo de mi Paquita tener un hermoso mobiliario, heredado o comprado en los pocos viajes que pudimos hacer y ahora, no sirven sino para acumular polvo.  Ojalá los que me siguen puedan disfrutar de tantos muebles, aunque sea como antigüedades.  Tal vez puedan conseguirles hasta un buen precio y gastar el dinero en algo que les de placer, como viajar, conocer nueva gente con la que puedan conversar, disfrutar de un buen vino en esos momentos pequeños pero mágicos que tiene la vida, cuando se tiene juventud.
-¿Está despierto Don Ramón?, preguntó una voz suave que venía desde la puerta de su habitación. ¿Quiere una pastilla para relajarlo?
-Sí Amalia, estoy despierto como tú y no quiero ninguna pastilla.  Estoy pensando y tratando de recordar.
Amalia, era la enfermera de noche que Don Ramón tenía.  Había sido impuesta hacía dos años por su hija Cecilia.  Ahora le resultaba indispensable.
-Converse conmigo Don Ramón. Cuénteme cuando era joven, le dijo Amalia, mientras encendía una lámpara, de luz muy tenue, lejana a la cama.
Don Ramón lo pensó y se dijo que sí, conversar era uno de los pocos placeres que le quedaban.
-¿Sabías Amalia que mi familia vino con los conquistadores?
-No me diga, ¿desde tan antiguo vienen?
-Sí, desde muy antiguo Amalia, le contestó sonriente Don Ramón.  Recuerda que los que vinieron con Pizarro eran personas poco cultivadas. La indecencia y la ignorancia se fueron perdiendo con los años, diría yo. Digamos que las generaciones se fueron cultivando, como las uvas y hubo muy buenas cosechas que crearon buenas reservas y finalmente, le dieron algún lustre al apellido.  Es una tontería porque el primero que usó nuestro apellido era un vulgar ladrón, que de buena gana nos dejaría sin un quinto si resucitara.
Claro, nunca fuimos perfectos, en cada generación debo reconocer que hubo uno que otro traspié que tuvimos que ocultar como algo muy secreto, y sólo para mantener este bendito apellido. Pero la sangre se mezcla Amalia, y para eso no hay remedio.  A veces se mezcla para obtener un bien y a veces lo que obtuvimos fue tan malo que costó fortunas pagarlo. Y sin darse cuenta, Don Ramón dejaba de hablar para perderse entre sus recuerdos.
Amalia, que lo escuchaba con atención, cuando notaba que se perdía, lo traía de vuelta con alguna pregunta o algún comentario.
-Cuénteme más, Don Ramón.
Don Ramón volvía y continuaba con sus anécdotas.
Repentinamente comenzó a reírse sólo.
-Ahora ¿De qué se ríe?, preguntó interesada Amalia.
Don Ramón, sonriendo le dijo, ¿Te conté alguna vez sobre mi bisabuela?
-No, nunca Don Ramón.
-Mi bisabuela, era una mujer muy creyente, y en su época habían nativos, indios, como les decían en ese entonces, a los que ella daba instrucción religiosa.  Cuentan en la familia, que se sentaba en el jardín de la vieja casa, con todos los indios jóvenes, arrodillados a su alrededor y comenzaban a rezar el Credo.   Cuando llegaban a la parte de “y descendió a los infiernos”, había uno al que mi bisabuela quería mucho, llamado cristianamente Matías, que de paporreta repetía “diez indios a los infiernos  y siempre mi bisabuela le tomaba un pedazo de cabello, se lo jalaba y le decía “contigo once, Matías”.
Don Ramón reía.
Algo, al escuchar esta historia hizo cambiar el rostro de Amalia, quien con el entrecejo hizo que dos arrugas brotaran de su frente.
-¿Alguna vez se enteró cuál era el apellido de Matías?
-Se que el apellido de Matías fue Orco, porque aunque no lo creas formó parte de la familia.
-¿Será posible?, preguntó Amalia.  ¿Se murió el señor Matías?
-Seguramente se murió en algún momento, pero no mientras fue parte de la familia.  Es más, mi madre siempre me dijo que todos lo respetaban y querían mucho.  Era un hombre de bien.  Indio o no, la grandeza de espíritu siempre resplandece.  Te aseguro que debió ser de buena familia.  Hay cosas que sólo son transmitidas por la sangre.
¡Amalia, de tanto hablar contigo, ya me dio sueño!  ¿Ves que conversar es mejor que una pastilla? ¿Te molesta si la conversación la dejamos para mañana?
-Por supuesto que no, Don Ramón, respondió un poco confundida Amalia.  Mañana conversaremos.  Pero lo vamos a hacer más temprano, de manera que pueda dormir toda la noche sin despertarse.
-Me gustaría conversar de tu familia mañana Amalia ¿Qué te parece?
-Huy, le dijo Amalia, sorprendida, vamos a tener que conversar muy largo.  Mi familia viene desde la época de los Incas, es más antigua que la suya Don Ramón.
Don Ramón la miró, mientras se acomodaba la ropa de dormir
-Las cosas no han cambiado mucho en tanto tiempo ¿Verdad Amalia?
-No señor, no mucho.
Finalmente, Don Ramón, comenzó a dormir.
Amalia, lo miraba con cariño, como si mirara a su abuelo
Las cosas no han cambiado mucho, pero han cambiado las personas, pensaba Amalia, mientras apagaba la lamparita que encendió y a oscuras y sin hacer ruido, salió de la habitación de Don Ramón y se dirigió a la suya, que estaba al lado.  Tomó nuevamente el libro, que había dejado al sentir el televisor de Don Ramón y continuó leyendo.
Llegó la mañana y con ella el cambio de turno. Amalia conversaba con Marlene, la enfermera de día y le entregó el cuaderno azul dónde estaba anotado, con mucho detalle todo lo acontecido durante la noche.  Se fue sin despedirse de Don Ramón porque aún dormía. Tenía dos horas más de descanso por delante.
Amalia ardía en deseos de llegar a su casa y hablar con su madre. Tenía que preguntarle ciertas cosas que sólo ella sabía. Quince minutos más tarde de lo acostumbrado, cansada y medio malhumorada llegó a casa, después de comprar el pan del desayuno.
-Mamacha llegué, dijo en voz alta.
-Te has demorado mucho Amalia, le contestó una voz ubicada a su derecha. Me has tenido muy preocupada.
Amalia, reconociendo la voz de su madre se acercó a ella y le dio el beso de todas las mañanas.
-Es el transporte mamacha, había “muchisisima” gente esperando en los paraderos.
-Vamos a desayunar que tengo que ir al mercado a comprar lo del almuerzo.
Amalia trozó el pan chuta de todas las mañanas y se sentó con su madre a tomar café con leche. Quería preguntarle, pero no sabía cómo empezar. 
-Mamacha ¿Cómo era el cuento ese del tío Iyapa Orco?
-¿El Iyapa Orco?
-Sí, ¿Te recuerdas lo que lo que la mamita Chasca nos contaba?
-Pero eso es un cuento viejo, viejo, viejo. No sé si mi lo “arrecuerde” bien.
-Vamos mamacha, hoy pensé en el tío. Cuéntame.
-Iyapa Orco, era hijo de Kusi Orco, tenían todas las tierras del sur, en el Cosco. Era un wilaqucha (1) y con “muchisisimas” llamas con verde, negro y amarillo.  Kusi era el más importante llamero de la zona.  Si alguien encontraba una llama con esos colores en la oreja, tenían que devolverla al dueño.  A veces las llamas se pierden buscando ichu “numas”.  Cuando uno devolvía una llama perdida, Kusi Orco, siempre le regalaba una oveja al que la traía de “guelta”.
-Si mamacha pero ¿Qué pasó con Iyapa Orco?
-Un día el Iyapa Orco si perdió.  Unos “deician” que se lo llevó el Cóndor.  Otros “deician” que el zorro del monte.   Pero “ultimadamente” todos supieron que se lo llevaron al trabajo de casa de un hombre “muy importantísimo” en la capital.  Kusi Orco quería que su hijo regresara puis.  Tenía harto monte y animales para dejarle cuando tuviera que morirse.  Viajó el mesmito a la capital con tawa trun ka (2) llamas para dárselas al señor.  Pero no se lo devolvieron.  Al Iyapa le cambiaron el nombre, “yera” un sirviente más de la casa.  Con el tiempo al Iyapa le gustó el trabajo y se quedó en la capital.  La mamita Chasca contaba que estaba wayna (3) de la hija del señor de la casa.  La hija también waynadel”.  Pero a la hija del patrón le tocó wañuy (4) de parto.  Entonces él se “jue”.  Deicen” que para “la España”. Al Iyapa Orco nunca más se le vio.  Kusi Orco le dejó todito lo que tenía a su hermana Ima, tu “bisagüela” como “deicen” por aquí.  ¿Por qué tanta “preguntadera” Amalia?
-Es que estuve pensando toda la noche en el tío, ya te conté.
-Amalia, mejor duermes porque tienes que trabajar más tarde.  Yo te aviso para el almuerzo.
Amalia, se fue a dormir pensando que Don Ramón y ella tenían un pariente en común.  ¡Emparentada con Don Ramón!,
Se durmió sabiendo que durante la madrugada, cuando Don Ramón no pudiera dormir y se pusiera a conversar, ella podría contarle lo de Iyapa Orco.  Podría tal vez averiguar qué pasó con él.
El atardecer llegó y Amalia se arreglaba para irse a su trabajo. Sentía una emoción grande al pensar qué le contaría a Don Ramón sobre su pariente. Se despidió de su madre y a toda prisa se fue a conseguir el transporte que la llevaría al trabajo.
Ya en la habitación, recibió los últimos reportes de Marlene quién estaba preocupada porque durante el día Don Ramón no quiso bajar a leer a su escritorio.
-Está recordando mucho Amalia, le dijo y sabes que en una persona mayor eso no es buena señal.
Amalia, despidiendo a Marlene, dándole suaves golpecitos sobre la espalda, mantenía la cabeza gacha y asintiendo constantemente.
 -¡Buenas noches Don Ramón!
-Buenas noches Amalia. Has llegado justo para pedirte que me alcances los lentes que los tengo en el escritorio.  Esta noche voy a leer un poco.
-Como no, Don Ramón.  Enseguida vuelvo.  Y bajando a toda prisa se fue hasta el escritorio y recogió los lentes y el periódico del día.
-Don Ramón, le dijo, le traje también el periódico de hoy. Ya Marlene me informó que no lo ha leído.
Don Ramón no contestó.  Estaba ligeramente inclinado hacia un lado de la cama con un brazo colgando.
Amalia, apagó un grito en su garganta.  Don Ramón estaba muerto.  Jamás sabría de Iyapa.  Acercándose a Don Ramón lo acomodó, tomó el teléfono y marcó un número.
-Aló, ¿señora Cecilia?, sí, es Amalia, la enfermera de noche de su papá…
 
                                                                                                                                                       

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(1)  Caballero.
(2)  Cuarenta.
(3)  Enamorado.
(4)  Murió.

martes, 9 de noviembre de 2010

La Adivina

Gianfranco Mercanti

Cuando Narda llegó a Lima era apenas una jovencita poco agraciada. Sus padres la enviaron a estudiar enfermería en un instituto tecnológico y, a través de unos amigos, le consiguieron un cuarto en una pensión de mujeres en el centro de la ciudad. Era una casa antigua de quincha, de cuyas paredes húmedas y descascaradas se desprendía olor a moho.
La dueña del lugar, doña Matilda, era una viuda de unos sesenta años que a la muerte de su marido se las agenció convirtiendo la casa en pensión, y leyendo las cartas, para lo cual a ciertas horas se paraba en la puerta de la casa con su baraja española, buscando clientes. A Narda siempre le llamó la atención la seguridad como leía el futuro de las personas, le parecía un oficio más interesante que la enfermería.
-Doña Matilda enséñeme como leer el futuro -le decía Narda, cuando la encontraba sola, sentada en el viejo sofá de la sala fumando un cigarrillo barato, de esos que traían de contrabando.
-Hay hijita, es muy complicado, son años y años de estudio y dedicación -le contestaba Doña Matilda con su eterna voz gangosa, sin revelarle nada de su arte. ¿Cómo van  tus estudios?, le preguntaba, buscando cambiar el giro de la conversación, lo cual sabía hacer con maestría.
Un tarde,  Narda encontró a doña Matilda sola en el sofá  tomando ron, cosa que le pareció extraña, por lo que le preguntó si tomaba para celebrar o para olvidar.
-Por ambas cosas hijita. Hoy es mi cumpleaños y cómo verás ya nadie se acuerda. Una se envejece y va pasando al olvido… siéntate y brinda conmigo.
Fue entonces que por primera vez, doña Matilda le contó de su juventud, de su esposo, del hijo que perdió en un atentado terrorista. Finalmente, presa de los efectos del ron, y la insistencia de Narda, accedió por fin a contarle sobre su arte.
-No hijita, esto no se aprende en los libros, tienes que estudiar a las personas, y con el tiempo te bastará ver a alguien para conocerlo, por sus gestos, su ropa, sus anillos, todos los detalles te hablan, sino que nadie se detiene a escucharlos. ¿Las cartas? Es lo más sencillo, miras las cartas y dices lo primero que venga a tu mente, y después los clientes hacen cuanta tontería les recomiendo para cambiar su suerte -le reveló mientras reía a carcajadas.
Narda nunca olvidó esta revelación. Así, mientras trabajó como enfermera en el Hospital Dos de Mayo, se ejercitó en estudiar a los cientos de personas con las que trataba diariamente. Cinco años después, al ver que ya había aprendido lo suficiente, y que el negocio de la adivinación podía rendir más que lo que le pagaba el estado por trabajar todo el día, decidió renunciar para ser una adivina a tiempo completo.
Con sus beneficios sociales alquiló una casita en San Luis, y contrató publicidad en las páginas de avisos económicos de varios diarios locales. La fama no tardó en llegarle de la mano de personajes de la farándula limeña y políticos variopintos. Decían que por lo menos una vez al mes la recogía un lujoso automóvil para llevarla a palacio de gobierno, dónde permanecía largas horas.
Para mi buena suerte, cada día hay más ingenuos, y toda la gente sale satisfecha de mis consultas, porque les confirmo que hay traiciones, envidias, mujeres u hombres trigueños que son infieles, dinero en camino, viajes. Soy una artista, si doña Matilda me viera, estaría orgullosa de lo bien que aproveché su enseñanza, lo que a ella le faltaba era el marketing y las relaciones sociales que siempre dejan información que vale oro. Pobre vieja, terminó ahorcada con una media de nylon por una de sus inquilinas, y ella que se jactaba de conocer tanto a la gente. No la vio…
Narda no creía en adivinos, poderes o brujerías, pero a juzgar por su creciente clientela era considerada muy acertada en sus lecturas y trabajos. Cada vez que alguien le decía lo buena que era en su oficio, ella simplemente sonreía para sus adentros, y aprovechaba para ofrecerle un amuleto o seguro, por un precio exorbitante, que normalmente era pagado con gusto.
La incredulidad de Narda cambió, cuando una tarde un político –cuyo nombre mantendré en reserva- le pidió que eliminara a uno de sus adversarios, que buscaba inculparlo de ciertos desfalcos. Ella respondió que no hacía ese tipo de trabajos, que únicamente trabajaba con Dios y con los santos. Sin embargo, sus ojos parpadearon imperceptiblemente cuando el cliente le ofreció diez mil dólares contra resultados.
-Como le digo, yo no hago trabajos para el mal; sin embargo, tratándose de usted que es cliente antiguo y de la justicia de las razones que me dice, déjeme ver que se puede hacer -mientras extendía sus viejas cartas sobre un paño rojo en la mesa.
-Veo que su enemigo está protegido por el mismísimo diablo, mire esta carta, seguro hasta tiene pacto, eso hace difícil y muy riesgoso para mí lanzarle un hechizo de muerte, por el rebote ¿Me entiende? Yo podría hacerle el trabajo por diez mil, y contra resultado cinco mil más. El político aceptó de inmediato, y ella pasó a pedirle algunos cabellos de la víctima, y un adelanto para preparar la mesa. Quedaron en verse  cuando la luna estuviera en cuarto menguante, ahí mismo, a las doce de la noche.
El día acordado Narda lo esperaba en su casa con un muñeco de cera negra, que según dijo había bautizado con agua bendita de siete iglesias. Le colocó hábilmente los cabellos traídos por el cliente valiéndose de unas gotas de cera, y previo pago de lo acordado, empezó el ritual invocando con su maraca a un conjunto de fuerzas espirituales, a las que pedía la muerte inmediata de la víctima. Luego de cuarenta y cinco minutos ordenó al cliente pisar el muñeco con todo el odio que era capaz de sentir, tras lo cual lo despidió, no sin antes decirle que  enterraría los restos en el cementerio, antes que canten los gallos.
En realidad se fue a la cama y se quedó acariciando el grueso fajo de billetes durante largo rato, mientras reía y pensaba en las cosas que iba a comprar, hasta que finalmente logró conciliar el sueño. A la mañana siguiente, cuando estaba limpiando la habitación donde había realizado el ritual, y se aprestaba a botar los restos del muñeco que habían quedado en el piso, le llamó la atención un nombre que se mencionaba en la radio, era el nombre del enemigo del político, de su víctima.
¨… según trascendió, siendo aproximadamente la una de la madrugada, el congresista retornaba en su vehículo de una reunión familiar en localidad de Chaclacayo, cuando chocó aparatosamente contra un tráiler que se encontraba detenido y sin luces en medio de la pista, falleciendo instantáneamente…¨
No podía dar crédito a lo que escuchaba; no, no era una simple casualidad. Eran demasiadas coincidencias: La víctima, la hora y la forma de la muerte. Era claro que había muerto como consecuencia de su ritual, aunque la culpa ante los ojos de todos la cargaría el conductor del tráiler.
Empezó a sudar frío, su conciencia por primera vez le reclamaba algo, y ella buscaba aquietarla pensando que era imposible, que no tenía poderes, que el ritual lo había inventado, y por último, que ella no manejaba el tráiler, o el auto, pero ante la contundencia del resultado, sus pensamientos resultaban inútiles. Rápidamente buscó sus cartas y echó tres sobre la mesa. No había dudas ni ambigüedades, las cartas eran claras, el mago, la justicia y la muerte.
Mientras pensaba a dónde o a quién acudir para modificar su suerte, sonó el timbre. Entreabrió la puerta, y dos hombres  la empujaron violentamente, lanzándola al suelo. Ahí, la empezaron a patear y a insultar. Narda supo en lo más íntimo que la justicia le había llegado, tan pronto como había actuado su fulminante hechizo.
-¡Danos dinero o te matamos, bruja estafadora! -le gritaban mientras la arrastraban hacia las habitaciones, torciéndole el brazo cada vez con más fuerza. Ella no podía más, no tuvo opción, y les señaló el lugar secreto en el ropero donde guardaba sus cosas de valor: Pulseras, collares, sortijas, y un grueso fajo de billetes. Luego, agarrándola toscamente de los cabellos la arrastraron hacia el baño y sin piedad la ahogaron en el inodoro.
Aquella noche el político, luego de regresar del velatorio de su rival trágicamente fallecido, recibió de su guardaespaldas un sobre manila, abriéndolo rápidamente sacó un fajo de billetes y lo contó. Diez mil dólares. Completo -dijo mientras sonreía y prendía el televisor para ver las últimas noticias del día.

El comienzo del nuevo orden

 Ana Alemán Carmona


Bernardus Vlassov nunca pensó que entre las cinco jovencitas que con tanta pasión entrenaba e iniciaba en las artes de la guerra y de la magia ancestral estarían las futuras heroínas de todo Piro, las que cambiarían de muchas formas la historia de esta ciudad. Cinco niñas que de repente un día serían las más temidas guerreras, leyendas en su propio tiempo, parecía poco probable al principio, nadie estuvo de acuerdo con él cuando decidió reclutarlas.

Serían criadas como hermanas, lo cual era casi obligatorio en el clan Vlassov, todos formaban una gran familia, con la salvedad que en realidad si habían lazos de sangre entre ellos. Sin embargo estas niñas no eran Vlassov de sangre ni tampoco descendían de familias nobles. Eran hijas del pueblo, huérfanas y extranjeras cuya suerte hubiera sido la muerte temprana, al menos conmigo morirán de manera gloriosa -decía Bernardus cuando justificaba su experimento.

Gina, Leila, Anjou y Zarina fueron traídas una mañana a la casa por Vlassov, quien desde que las vio percibió que eran fuertes, todas estarían entre los ocho y los diez años de edad, habían sido sobrevivientes de trágicos desenlaces familiares, sus padres pudieron haber sido criminales o ladrones de poca monta eso le traía sin cuidado al buen Dr.  -lo importante es la esencia y yo siento algo poderoso en ellas, el fuego en la mirada de los que ya sobrevivieron la muerte, además no tienen nada más que perder, serán buenas ya verás -Balthazar Vlassov, el hermano menor de Bernardus no estaba muy de acuerdo con la idea -perviertes la pureza del clan con tus aventuras, ahora eres ¡Pigmalión!, quieres crear a tus guerreras míticas, quieres tener otra Leonor, la sangre pesa, ya veras de lo que hablo cuando ellas te fallen  -Lina, la nieta de Bernardus, y la única Vlassov se unió al grupo, y desde ese día nunca tuvo el clan guerreras tan enfocadas en cumplir con la misión de la casa Vlassov.

Ahora sentado en lo alto de las Montañas Azules Balthazar estaba seguro que Anjou y sus hermanas estaban planificando las estrategias y preparándolo todo para regresar a Piro y tomar el trono y acabar así con toda esta sangrienta historia. Hermano cumpliste tu tarea demasiado bien –encendía un cigarrillo y mientras veía las volutas de humo subir por el aire se iba quedando dormido, aún los inmortales se cansan, el alma envejece después de todo.

Torunelle es un país tranquilo y pacífico, cualquier lugar lo es comparado con Piro, eso era lo que sentían las Vlassov, habían decidido que aquel era el mejor espacio para proteger  a las niñas y preparar todo, el único temor que tenían es que Lina, adivinará sus intenciones y las persiguiera. Lina había permanecido fiel a la causa de su abuelo y las consideraba a todas ellas unas traidoras –muerden la mano que les dio de comer, que les salvó la vida, no las entiendo, ¿cómo es posible tanta traición? –Los demás generales Vlassov estaban de acuerdo con ella, la guerra había sido declarada –acabaremos con ellas y con Santino, esta será solo una anécdota que cantaremos el próximo año –intentaba sonar segura pero en el fondo sabía que sus hermanas eran fuertes y estaban unidas, sentía miedo, no de morir sino de tener que matarlas, las amaba y las odiaba con la misma intensidad, pero debía ser fría y consecuente, ahora era  la jefa de clan Vlassov y no iba a dejar que se extinguiera.

Gina se levantó a las cinco de la mañana como siempre, había cortado sus cabellos negros la semana pasada, este era una especie de ritual de antes de la guerra: los cabellos cortos, las espadas afiladas, la mente enfocada en la victoria y el corazón tranquilo. Todavía recordaba sus días de entrenamiento con el Dr. Vlassov, estaba haciendo su rutina de ejercicios diaria en el jardín de la casa cuando Zarina llegó con un sobre abierto y el rostro desencajado.

-¿Qué te pasa?, traes una cara de fantasma –era otoño y las hojas de los árboles habían empezado a caerse, el viento soplaba fuerte arrojando las hojas de un lado para otro todo eso le daba un marco más dramático a la delgada figura de Zar que llegaba apurada, apretando un papel sobre su pecho, realmente parecía un espectro.
-Fantasma dices, tal vez eso seremos todas en los próximos días, toma lee y luego me dices si mi rostro está fuera de lugar –Zar era la más sensible de todas, también sus rubios cabellos estaban cortos y la hacían verse frágil enmarcando una piel pálida y sus ojos azules, toda su fisonomía la delataba como la única rusa dentro del grupo de huérfanas rescatadas por Vlassov, le dio la carta a su hermana y se sentó en el pasto –entiendes el problema que se nos viene.
-Cállate estoy intentado leer, has llorado sobre la carta pedazo de tonta y casi no se distinguen las letras –los enormes ojos violetas de Gina se abrían asustados, lo que estaba leyendo no era más que una amenaza.
-Anjou todavía no la ve, estamos perdidas, Lina no se detendrá lo sabes tan bien como yo, está jugando todas sus cartas, sabe que no nos rediremos que si caemos será muertas, eso lo tolero soy una guerrera y morir no me da miedo, pero meterse con gente inocente, estoy asustada Gina, tanto como cuando supe que Leila había muerto, siempre supe que allí empezaba un destino incierto.
Ya cállate Zar!, ¡ya cállate quieres!, tus lamentos no van a solucionar nada
-Tampoco tu cólera, y no me digas que hacer o sentir  o te juro que –se calló de repente recogió la carta y salió corriendo del jardín, rumbo a su habitación.

Después del almuerzo, cuando Anjou y Santino regresaron del pueblo se sentaron en la sala a leer la carta, para no alterar a las niñas las enviaron a sus habitaciones. No habían podido escoger mejor lugar, lo oscuro de la habitación pintada de gris comulgaba con el ánimo que los embargaba. La chimenea estaba encendida, Zar parecía nerviosa sentada en el piano, jugando con las teclas, Gina miraba por la ventana a la calle, veía a todos los paseantes tan ajenos a sus penas, los envidiaba. Santino y Anjou estaban sentados en el viejo sofá granate.

La carta era terrible, Lina había mandado a decirle a sus hermanas que las había encontrado, fue un trabajo relativamente fácil, el dinero compra muchas cosas, información y conciencias, pero eso no era lo preocupante, les estaba dando la oportunidad de rendirse de regresar a Piro con Althea, Zoe y Santino como prisioneros, estos serían condenados a muerte pero con la benevolencia de su Alteza Real serían perdonados y exiliados –Anjou leía en voz alta. Si rechazaban la oferta que tan magnánimamente les estaba otorgando, en Piro pagarían las consecuencias gente inocente, niños huérfanos como ellas, hijos de criminales como ellas, como medida de seguridad, para evitar que la mala simiente corrompa la estructura de Piro.


-Está demente, intenta decirnos que si no nos rendimos ¡comenzará a matar niños! Es absurdo, no podrá hacer eso, la gente de Piro no lo permitirá –Gina expresaba su malestar con energía.
-Gina es que sí es posible, no lo harán público, cuantos niños mueren a diario sin que a nadie le importe, entiéndelo de una vez ella, como nosotros alguna vez, es una criminal, tú crees que le importa si mata niños inocentes, solo le importa ganar a toda costa. Además se está vengando metafóricamente de ustedes, huérfanas que se revelaron contra la casa que las acogió, matar a esos inocentes será como matarlas a ustedes una y mil veces, siempre dije que los Vlassov estaban mal de la cabeza.
-Tranquilo Santino –Zar lo miraba de reojo, ese era un tema muy delicado para ellas, siempre les habían reprochado sus humildes orígenes.
-Ustedes no son Vlassov, tú Zar eres una rusa judía, Gina  y Leila son árabes, si no fuera suficiente para hablar de mezclas extrañas, está Anjou una francesa, seguramente hija de una ramera y un ladrón. Bernardus las sacó de la calle y a Lina le duele ver el resultado. Esto va a funcionar si de una vez entienden que ya no son parte de esa familia, sus verdaderas familias son esa gente de Piro y esos niños que podrían morir.
-Pero si es un discurso del príncipe de sangre pura, ya me está cansando que me saquen todos en cara lo despreciable de mi linaje, vete al diablo Santino –Zar no contenía la ira y el despecho.
-¿Qué haremos ahora?, ¿la carta dice algo más? -preguntó Santino tratando de calmar el tenso clima de la sala.
-Que Blathazar ha muerto, su cabeza está siendo expuesta en el Palacio, malditas arpías –Anjou nunca pensó sentir tanta lástima por la muerte de alguien que la trató tan mal cuando niña, pero al final resultó ser su aliado, no pudo evitar una lágrima.

No era un plan fácil acabar con él, ningún Vlassov quería la misión de matar a Balthazar, luego de muchas discusiones Sasha fue el encargado de hacerlo, su pupilo favorito, y quien conocía más a su maestro, sabía que estaría en las Montañas Azules, en la cueva de las esmeraldas, siempre escapaba allí cuando tenía que recobrar fuerzas, era un lugar de belleza bucólica, calmado y pacífico, parecía sacado de la imaginación de un poeta, solía decir Balthazar. Sasha decidió ir por la mañana, lo encontró meditando, de rodillas sobre las rocas de la montaña, sus ropas azules hacían ver su piel más pálida, sus cabellos blancos caían sobre sus hombros, era una imagen única la paz en el rostro de quien espera que la muerte lo encuentre en cualquier momento. Sasha esperó a que Balthazar se pusiera en pie, lo miro y saludó en silencio.
-Imagino no viniste a hacerme compañía viejo amigo –Balthazar suspiró, estaba agotado, no quería pelear más.
-No maestro, he venido a matarlo –Sasha lo miraba a los ojos sin ánimo de intimidarlo, lo respetaba y amaba, pero era fuerte y seguiría las órdenes de Lina.
-Esta bien Sasha, entiendo. Alcánzame la espada por favor, está en la cueva –mientras su contrincante entraba a la cueva por la espada Balthazar escuchó la voz de Eleazar, no la oía desde la noche que murió Bernardus.
-Es hora de partir, lo sabes muy en el fondo, no temas hijo mío esta noche volverás a descansar, deja que Sasha cumpla su sino, él morirá pronto también si te da consuelo, es el fin de un ciclo, no quedará en pie la casa Vlassov, en el lejano futuro volverá a florecer, como las rosas negras de tu jardín, Balthazar nuestra casa renacerá limpia y libre de las culpas del pasado –Balthazar sonreía, sus ojos estaban llenos de esperanza y cuando regresó Sasha le dio la orden de matarlo.
-No pelearé Sasha, mátame, este es el final perfecto para mí, es un honor morir por tus manos –puso su rodilla derecha en el piso y rezaba por su alma cuando Sasha levantó la espada sobre su cuello, el golpe fue certero, la cabeza de Balthazar cayó al lado de su cuerpo. Sasha llamó a Lina y llevó la prueba al palacio. Lloró todo el camino.

Todavía era muy pronto para regresar a Piro y reclamar el trono, decidieron que lo primero que debía hacerse era vencer al clan Vlassov, pero sin recurrir a los Guillón, era necesario hacer esto solos sin nadie que pueda pervertir otra vez el trono de Piro. Las niñas se quedarían en Tournelle en el orfanato del convento de Santa Ana, estarían mejor allí y además protegidas, Santino las dejaría diciendo que debe partir a buscar empleo. Antes de llevarlas Gina hizo un ritual  muy poderoso, ella había sido enseñada en las artes de la hechicería por Eliezer, tenía el don, lo llevaba en la sangre debido a su madre quien fuera una bruja reconocida en todo el Medio Oriente que murió de manera trágica en la tierra hostil de Piro, como averiguaron luego.

El sortilegio las ataba al lugar sagrado al que estaban a punto de entrar, nadie podría lastimarlas mientras estuvieran dentro del convento o morirían en el acto, las niñas estaban recibiendo la protección de viejas almas de guerreros caídos. Esta era una magia antigua y peligrosa, las consecuencias era difíciles de predecir pero era necesario tomar precauciones mientras estaban lejos, no había en quien más confiar, les daría tiempo. La Madre Superiora sintió simpatía por las niñas desde que las vio, Santino las registró como sus hermanas pequeñas con nombres falsos como otra medida de seguridad, las besó en la frente y eso fue todo.

Partieron a la mañana siguiente de dejar a las niñas en el orfanato, estaban preparados para la batalla que las esperaba, el plan era simple vencer a Lina, no era necesario matarla, si la casa Vlassov quedaba expuesta y vencida ya no contaría con el apoyó de la corona, los Guillón volverían, entonces, a sus tropelías y también sería fácil mantenerlos bajo control con estrategias más políticas que militares, después de todo tenían tres candidatos al trono, podrían negociar una paz momentánea, ya el futuro rey o reina, tendría que hacerse cargo de los Guillon, quienes son su familia de origen después de todo, ahora no tenían tiempo para eso.

Eran concientes de que era posible no sobrevivir a este enfrentamiento, solo una basta para hacer llegar alguna de las niñas al trono, es tiempo de ver nuestras vidas y partir a la batalla en paz con ellas, la muerte es solo la puerta para encontrarnos con nuestro Señor y con los que más amamos. Partamos sin miedo hermanas, a matar o morir –Santino escuchaba la oración de ellas, la voz de Gina era clara y emocionada, imaginaba a Leila diciendo estas palabras, tal vez las pronunció en silencio mientras se enfrentaba a los Guillón, no dejaba de pensar que tal vez ya ella era feliz en dónde fuera que estuviera –si yo tuviera esa fuerza que tenías amor, si yo pudiera como tú sacrificar mi vida por algo más grande que yo, no fui digno de ti, ojala muera hoy y me encuentre contigo  –contenía las lágrimas y apretaba el puño de su espada de rubíes, la espada de ella, de Leila– ya es tiempo, vamos.

Cuando llegaron a Piro era de madrugada, habían conducido durante cinco noches, a través de las montañas y las carreteras auxiliares. Antes de partir le enviaron una carta a Lina, con la esperanza de que su hermana la recibiera a tiempo. La carta llegó a tiempo, Lina, leyó con fría calma en encabezado de la misma, reconoció la letra de Anjou, y las firmas de todas sus hermanas:


Lina,
Hermana nuestra, gracias por tu gesto y la mano que nos ofreces para salvar nuestras vidas y almas, hemos leído detenidamente la oferta de su Excelencia, pues sabemos que es a ella, la reina Elisa, a quien le debemos esta oportunidad.

Pero debemos rechazarla, a pesar de nuestras vidas y también de la tuya, tenemos una misión más grande y valiosa, ya no se trata de proteger a una casa real por tradición, es momento de hacer las cosas bien, si el rey Paolo, y la reina Elisa, ahora, hubieran sabido manejar los asuntos de nuestro país con justicia y honor, si ya no tuviéramos que hablar de familias nobles y de plebeyos insignificantes sino de ciudadanos de un país en el que todos somos iguales, no tendríamos que enfrentarnos así. Nos costó entenderlo pero al final es el único camino. No es traición, le debemos la vida a Bernardus Vlassov, tu abuelo, tal como se la debes tú, pero él se perdió en medio de su arrogancia y sed de poder, no te pierdas tú también.

Adiós hermana, con dolor partimos a tu encuentro, no podemos dejar que mates a un solo inocente por nuestra causa, enfréntate a nosotras, te buscaremos llegando a Piro. Te amamos, no lo dudes, pero en el campo de batalla serás nuestra enemiga. Llegaremos en luna llena.

                 Anjou                   Zarina                       Gina

                                                                                      Tournelle, 23 de octubre del 2010


Lina tomó el papel lo acercó a sus labios para besar cada uno de esos nombres, faltaban dos, el de Leila y el de ella, las cinco estrellas del clan Vlassov. Arrojó la carta al fuego y sacó su espada, hoy era noche de luna llena, eligió esperar por ellas en el jardín de la casa de Bernardus. Llamó a sus genérales y les dio la orden de presentarse, todavía no se abortaría la misión secreta de matar a los huérfanos, pero quería evitar que lo hicieran –soy una guerrera no una asesina, esta bien hermanas será con honor, ustedes y nosotros, a muerte.

Entraron al jardín, no esperaban ver a los generales Vlassov allí, todos ellos, príncipes rusos todos, al fondo Anjou reconoció la sombra de Tatiana –Las esperábamos, traje a lo mejor de mi clan para enfrentarse a las mejores, ¿él es ahora parte de su clan hermanas? –Dijo Lina señalando a Santino –Bienvenido seas, ¿preparado para morir? –A Santino siempre lo sacó de quicio toda la ceremonia y ritos de los Vlassov en general, pero en batalla era peor, el pensaba que si querías atravesarle la espada en el corazón a alguien era bastante hipócrita decirte cuanto lo admirabas –no, en realidad  hoy vine a acabar contigo, lista para morir Lina –Tomó su espada y dio un paso al frente.

Sasha y Eliezer los dos generales más viejos se abalanzaron sobre ellos, así comenzó la batalla de los Vlassov, Gina hirió a Demetrius en el hombro y sin mirar atrás se fue encima de Sasha quien ya estaba sobre Zarina –vamos Sasha es lo mejor que tienes –el golpe fue seco, el cuerpo del ruso yacía en medio de un charco de sangre, Anjou estaba entre Edmund e Irina, eran fuertes, ella los conocía bien, habían compartido muchas batallas, casi con los ojos cerrados golpeaba con su espada lo que se moviera, no podía ver los rostros de sus muertos, no de estos muertos, cuan duro. Lina ahora estaba luchando con Santino, quería matarlo -por ti la Bendecida cayó, por ti infeliz francés mi hermana murió como una traidora ¡morirás!

Anjou a la perra –gritó Zarina mientras corría en dirección de Irina para dejar que llegara Anjou donde Tatiana, quien estaba huyendo –normal cobarde, sucia arpía, siente por fin el frío acero, saluda de mi parte a Bernardus -no la dejó reaccionar, la espada zumbo el aire y la cabeza de Tatiana voló, cayó sin luchar.

Santino había reducido a Lina quitándole la espada verde, la pelea cesó, Zarina gritó con todas sus fuerzas, Gina no se movía su pesada espada estaba inmóvil a su lado, más allá Irina le cerraba los ojos a Demetrius, estaba herida también pero lloraba por su esposo muerto. Sasha había caído junto a las rosas, y Eliezer temblaba herido al lado de Gina, había perdido mucha de su energía combatiendo a su antigua aprendiz de magia.

-Es suficiente, ríndete Lina, acaba con este dolor –la voz de Anjou reprimía sus lágrimas.
-El dolor no lo podré evitar ya, mátame y acaba con esto, no me dejes ver la miseria de mi casa, dame paz –le imploraba a su hermana con los ojos fijos en los de ella.
-¿Los niños?, la orden será cancelada
-Reclámaselo a Estela, te será fácil, ninguno de nosotros hubiera matado a esos niños, pero le dije que era la mejor forma de hacerlas rendirse, me equivoque.

Anjou no pudo matarla, Lina tomó su espada y la apoyó sobre su vientre, miró a Santino y este entendió que debía hacerlo - Proshchaĭ Vlasov[1] –estas fueron sus últimas palabras y durmió en el sueño de sus ancestros. La luna llena lo iluminaba todo, la sangre era más negra esa noche y las lágrimas más saladas. Al día siguiente enterraron a los muertos según la tradición de la casa, con sus espadas. Zar cantó dulcemente durante todo el rito.

Esa tarde fueron Zar y Anjou al palacio real, Santino partió a Tournelle, ya no era necesaria su presencia en Piro por ahora. Estela, la consejera de la reina estaba sola sin guardias en el salón del trono, las guerreras entraron al palacio de manera silenciosa por un escondite secreto que llegaba a esa habitación y solo conocido por los Vlassov y la Familia Real. Estela se sorprendió al verlas, antes de que pudiera decir o hacer algo para llamar la atención de los guardias que estaban fuera del salón, Zar la tomó por el cuello desmayándola y usando la puerta falsa detrás de un viejo cuadro del salón fueron hacia las habitaciones de la ReinaElisa, despierta es hora de hablar de unos asuntos importantes, las cosas están así, la casa Vlassov ya no existe, su última heredera, Lina, murió ayer junto con varios de sus generales, los que quedaron vivos eligieron partir en paz renunciando a sus derechos sobre la casa, eso significa que estás sola, no hay más Vlassov que te protejan las espaldas. Solo vinimos a decir esto y a ponerla sobre aviso, pronto regresaremos con las herederas y tomaremos el trono de Piro. Hasta entonces, sea justa e inteligente su Excelencia y alejé a la zorra Estela de su lado, demás está pedirle que cancele la orden tan nefasta con la que pretendió hacernos rendir, ¡no juegue con nosotras, entiende!  –Anjou no había visto nunca a Zarina tan fuerte y segura como mientras decía esto, la muerte de Gina la golpeó duro, las muertes de todos.

-Santino, ¿crees que esto funcione?, ¿qué tengamos paz algún día? –Zoe lloraba por la muerte Gina, en este corto tiempo fue una gran presencia en sus vidas.
-No lo sé, pero debemos ser fuertes, pronto será el tiempo.
-¿Pero quién de nosotros será el monarca?, ¿cómo saberlo?, es importante, si Balthazar estuviera vivo podría oír otra vez la voz de Eleazar y saber la verdad completa –Althea estaba inquieta.
-Thea, ten paciencia, no sabemos nada más –muy en el fondo de su corazón Zoe intuía  que su hermana es quien sería reina y que tal vez ella y Santino morirían antes de verla coronada, era lo que siempre soñaba desde que salieron de Piro, y estaba confundida, Eleazar le estaba hablando en profecías.

Fin








[1] Adiós Vlassov

miércoles, 27 de octubre de 2010

Oir

Rocío Vallejos

Esa mañana me desperté bruscamente, sentí algo diferente en mí.  ¿Qué me pasa?, pensé mientras trataba de levantarme.
-José, ¡Levántate o llegarás tarde a la oficina!, decía en voz alta mi madre.
-Ya voy mamá, le respondí.  Ya estoy despierto.
Mi madre se asomó a mi cuarto y me preguntó -¿Estás soñando todavía hijito?-, aún no te pasé la voz porque faltan doce minutos para tu hora de levantarte.
-Seguro mamá, le respondí, recién acabo de despertarme y estaba soñando con que me pasabas la voz.  Creo que hoy me he despertado antes que tú.
-Este muchacho que todo lo que hace es asustarme, decía mientras se alejaba rumbo a la cocina para preparar el desayuno.
-Mamá, ¡no murmures! Que ya me estoy levantando, le dije mientras trataba de hacerlo a pesar que mi tibia cama me recomendaba un ratito más de sueño.
-Pero si no he dicho nada muchacho, alcancé a oír.  Vete a la ducha de una vez a ver si te despiertas del todo.
Mientras estaba aún en la cama, la sensación que tuve al despertarme no desaparecía.  Tenía como un zumbido en los oídos.
Oía como mi papa renegaba por no encontrar una de sus babuchas.  Usó lo más florido de su lenguaje cuando tuvo que arrodillarse a mirar bajo la cama, para ver si estaba allí.  Ya lo oía. ¡Cómo me duelen estas rodillas por Dios! ¡Pero si todas las noches las dejo bien colocadas y todas las mañanas es lo mismo!, ¡Es ese maldito perro de mi mujer que le gusta dormir bajo la cama!  ¡Si la ha mordido, lo mato!
 -¿Papá te ayudo a buscar tu babucha?, pregunté, mientras trataba de no sonreír imaginándomelo tirado en el suelo buscando su zapato perdido.
Me senté en la cama y busque mi bata.  Cuando me disponía a ir al baño me encontré con mi papá en la puerta de mi cuarto mirándome fijamente y preguntándome:
-¿Me has hecho una broma y has escondido mi babucha?
-No.  Lo que pasa es que te escuché renegar diciendo que no encontrabas una de tus babuchas, que te dolían las rodillas, que vas a matar a “Rufus” y como no quiero que pelees con mami por culpa del perro, es que me ofrecí a ayudarte.
-Hijo, me dijo mi padre, tú eres telépata o yo estoy reblandecido y dándose la vuelta se fue a su cuarto con sólo una babucha puesta.
No entendí bien lo que dijo mi papá en ese momento, pero ya no tenía tiempo para más cosas.  Efectivamente iba a llegar tarde al trabajo si no me apresuraba.
Las prisas de la vida, muchas veces hacen que uno tenga pésimas costumbres.  Reconozco que ese era mi caso, ya que no podía sentarme a tomar desayuno con mis padres como Dios manda porque nunca tenía tiempo.  La rutina de mi vida era de lunes a viernes salir corriendo por la puerta después de tomar una taza de leche medio fría.  Las buenas costumbres regresaban siempre los fines de semana ya que durante esos dos días, los desayunos eran tan largos como los almuerzos y las siestas.  Sábados y domingos eran bien vividos en familia.
Salí raudo, como de costumbre, pero los oídos me seguían zumbando.  Traté de no darle importancia pero, una vez que me subí al micro, eso ya no fue posible.  El zumbido se intensificó tanto que comenzó a dolerme la cabeza.  Ese dolor era una sensación extraña porque a mí nunca me dolía nada.  Siempre fui sano, fuerte, comía bien, descansaba bien y era muy aseado con las manos.  Siempre las lavaba para evitar precisamente, enfermedades.
El día en el trabajo fue un martirio.  Todo el mundo me repetía las cosas.  Me sentí un principiante que no da una en las labores encomendadas.   La señora Margarita, secretaria del gerente general me dio pastillas para el dolor de cabeza, pero no me sirvieron de nada.  El zumbido se había convertido, al terminar el día, en un tambor dentro de la cabeza.  ¡Bum!, ¡Bum!, ¡Bum!
El regreso a casa fue igual, las personas dentro del micro no hablaban, gritaban.  Quería pararme de mi cómodo asiento y decirles a todos ¡CALLENSE LA BOCA QUE ME DUELE LA CABEZA!
Cuando llegué a casa le dije a mi mamá:
-Creo que me voy a enfermar mami, me duele mucho la cabeza.
Mi mamá con cara de preocupación se acercó y me tocó la frente con su mano y me dijo –No tienes fiebre, pero es posible que te vayas a resfriar.  Come y te llevó un té con limón a tu cama y un par de pastillas para la gripe.
El tambor ya no era tal cuando me fui a la cama.  Esa noche no deseaba ver televisión para escuchar las noticias, lo único que quería era dormir y así lo hice.  Besé a mis padres y me fui a mi cuarto en donde me esperaban una taza de té y un sobre con pastillas para el resfrío.
Trataba de conciliar el sueño pero mis padres, como nunca, estaban hablando muy alto.  Seguro era por el perro, pensé, así que contra mis costumbres, cerré la puerta de mi dormitorio.
Ya en la soledad de mi habitación poco a poco el zumbido fue desapareciendo, mi cuerpo se fue relajando y me quedé dormido.
No sé cuántas horas dormí pero desperté súbitamente. Y como si alguien hubiese hecho un chasquido con sus dedos en mi oído, el zumbido se fue.  Abrí los ojos y supe lo que me pasaba. 
Agucé el oído y escuché el ruido de los carros a lo lejos, pude ver nítidamente la lámpara en el techo de mi cuarto, pude sentir con la palma de mis manos la trama de las sábanas, moví los pies de un lado al otro y finalmente me incorporé y bebí el último sorbito del té con limón que mi mamá me preparó y olfateé su clásico olor y sentí su sabor, frío pero agradable.  No he perdido ningún sentido, me dije. ¿Será posible?
¡Creo que escucho lo que piensan las personas!  Por eso el viaje en el micro fue insufrible.  Por eso también en la oficina me sentí como un tonto, con las personas repitiéndome lo mismo.
Siempre escuché que cuándo una persona pierde un sentido, otro se desarrolla.  No es mi caso.  Tengo mis cinco sentidos en perfecto estado.  ¿Será verdad lo que creo que me está pasando?
Estaba ansioso porque empezara el día, pero el reloj me dijo que eran las tres y cuarto de la madrugada.  Tenía que esperar un buen rato para confirmar mis sospechas.  Sin notarlo, siquiera, me quedé dormido nuevamente.
-Este muchacho va a llegar tarde al trabajo, decía mi mamá, tal vez tenga que llevarlo al médico.
Abrí los ojos lentamente y me pregunté -¿Lo dice o lo piensa?- Miré hacia la puerta de mi cuarto y vi cuando mi mamá la abrió.
-¡José, hora de levantarse!
Vi el movimiento de sus labios y vi cuando ella me miró.  Se acerco a mi cama y me toco la frente nuevamente.
-No tienes fiebre hijo.  ¿Cómo has amanecido?, ¿Todavía te duele la cabeza?
-No mamá ya no me duele.  Estoy bien.  Me curaste muy bien, le dije, dándole un beso en la mejilla.
¿Rufus se comió la babucha de mi papá?, le pregunté.
-Dios quiera que no hijo, me dijo, porque sería un gran problema con tu padre.  La vejez le ha dado por pelearse con el perro.
-¿Por qué me miras así? hijo, me asustas, me dijo mi mamá cuando yo estaba tratando de ver si hablaba o pensaba.
-Te miro así porque te quiero mucho.  Ayer me curaste con tus yerbas mágicas.
-Ay, mi hijito, me dijo mi mamá.  No sabes lo preocupada que estuve anoche.  Casi ni dormí pensando en que estabas enfermo.
Si hubiera dormido con la puerta abierta, seguro la escuchaba, pensé.
Dándome un gran beso mi mamá me levantó de un tirón de la cama y me dijo –a la ducha niño- que ayer ha sudado usted bastante, y caminando frente a mí se fue rápidamente a la cocina a preparar el desayuno.
Estaba ansioso por salir de casa.  No escuchaba ni los pensamientos de mi papá ni de mi mamá.  Seguro en el micro los escucho pensaba, mientras tomaba rápidamente mi taza de leche, besaba a mis padres y salía de la casa.
El viaje en micro comenzó a ser una desilusión.  No escuchaba ningún pensamiento de nadie.  Oía lo que hablaban pero eso era todo.  Ya estaba pensando en que debía visitar a un psiquiatra cuándo de repente, una chica parada al lado mío dijo “Estos zapatos me están matando”.  La miré y ni siquiera devolvió la mirada, pero siguió diciendo “Tengo un dolor de “patas”, espantoso”.  Lo dijo todo sin mover los labios.
-Siéntese, por favor, le dije, parándome y ofreciéndole mi sitio en el micro.
-Gracias joven me dijo, ya no hay personas amables como usted, “que tonto” y sin pensarlo se sentó rápidamente en el sitio que le cedí.
Estaba en “shock”.  Es cierto.  Escucho lo que las personas hablan.  Poco a poco el sonido en el micro fue amplificándose, como si las treinta personas que estaban en él, se hubiesen convertido en cien.  Oía de todo, penas, risas, burlas, quejas, sueños, gritos.  Me sentí anonadado.  No podía seguir una oración sin que fuese interrumpida por otra.  Estaba asustado, pero encantado.
En el trabajo fue lo mismo que en el micro.  Trabajo en una empresa que tiene aproximadamente cuarenta personas y parecía que trabajaba en el Poder Judicial con tres mil personas.  No podía creer cuánto piensa una persona.  Los pensamientos de cuarenta, eran realmente inimaginables.
Estoy convencido que ese día realmente fui el tonto de la oficina.  No entendía ni lo que me decían.  Tuve que poner como excusa que me iba a dar la gripe y que me sentía muy mal.  Mi jefe me tenía que repetir las cosas dos veces para poderlo entender, es que sus pensamientos que iban a mil, se mezclaban con la solicitud del trabajo que quería que hiciera y al final no entendía ni lo que tenía que hacer yo, ni lo que estaba pensando él.
Mi jefe me despachó de la oficina a mi casa a eso de las dos de la tarde.  Me dijo que tomara pastillas para la gripe y descansara, junto con “no sé cómo diablos contraté a este estúpido que no entiende ni lo que le dicen, prefiero hacerlo yo”.  Ese día terminó para mí a las dos de la tarde sin saber si estaba despedido o con descanso médico.
Fui a trabajar al día siguiente y las cosas estaban mejor que el día anterior.  Podía distinguir el pensamiento de la palabra.  Mejoré mucho durante esa semana de trabajo.  Me anticipaba a las necesidades de mi jefe y “escuché” muchos pensamientos elogiosos sobre mi persona.  Conforme se afinaba mi capacidad para “oír los pensamientos” de las personas, también mi conocimiento sobre ellos se concretaba.  Tuve muchas desilusiones, porque mucha gente que pensé que me quería, apenas me toleraba.  Muchas personas a las que admiraba, iban cayendo como ídolos de barro, porque sus pensamientos eran totalmente egoístas y moralmente reprobables.  Me di cuenta que las personas no son lo que vemos o escuchamos que nos dicen, las personas realmente son pensamiento.
No sé por qué asumí que el camino normal de las cosas es pensamiento-habla, con el nuevo don que tenía, aprendí que uno piensa una cosa y dice otra completamente diferente.  Muchos hablan sin que exista un pensamiento previo y muchísimas personas, sólo piensan. Estas personas hablan de muchas cosas, pero la sustancia, no la convierten en habla.
Me acostumbré a mi don secreto y traté de no sacar, de mala fe, provecho de él.
Un día, como cualquiera, me desperté y el don se había ido.  Me sentí en un hoyo inmenso y vacío.  Por eso ponía el televisor, el radio, el equipo a todo volumen.  Por eso gritaba yo también.  Quería salir de ese inmenso hoyo en el que estaba.  Lo demás, ya lo sabe, mis padres me trajeron aquí.
-Doctor, ¿Cuándo saldré?