Moisés Panduro Coral
—Biología molecular, al fondo, a la
izquierda, el número tres, señora —le indica a la dama el vigilante de camisa
celeste y corbata gris del laboratorio Bioneth.
Morelia Azán camina sin apuro por
el pasadizo de porcelanato. La ancha vincha blanca que sujeta su cabello teñido
de rubio, hace juego con la playera, el pantalón buzo y las valerinas que lleva
puestas.
Las hojas de vidrio de la puerta número
tres emiten un leve zumbido y se corren hacia los costados en cuanto captan su
calor.
La joven que la recibe la invita a
llenar una declaración jurada. «Sólo hay que poner nombre y apellidos, la fecha y la firma,
pero lea los términos, por favor»,
Puro trámite. Nombre, apellidos, fecha, pero la firma…
«¡Ah, la bendita firma!». Desde hace un año, trazar el garabato
de su apellido paterno hace que los finos vellos de su piel se levanten. Quería
cambiarla, pero no: El triángulo en forma de A con la que empieza y la N con la
que termina como si fuera una ola de mar extendida en la playa, fluyen de forma
natural.
El interior del laboratorio huele a disolvente aséptico. «Este
sillón es de primer mundo. Vale la pena hacer el gasto».
«¿Estamos listos?», le pregunta sonriente la laboratorista,
mientras va preparando una bandeja de aluminio con frascos, jeringas, ligaduras,
algodón y alcohol.
Con sus brazos descansando sobre las almohadillas blancas del
sillón clínico, Morelia recuerda la tarde en que ella y Angelina, su madre, limpiaban
y ordenaban la salita de su modesta vivienda. Se encontraba a mitad de la
escalera engrampando unos adornos a la pared, cuando el ruido seco de un frasco
haciéndose añicos hizo que volteara su mirada hacia una esquina.
Bajó de un brinco y corrió hacia allí. Angelina yacía en el
piso, con la mirada confusa y la palma de la mano derecha semiabierta. Cerca de
sus pies se hallaban los fragmentos del recipiente de vidrio que, unos segundos
antes, contenía una combinación de doce flores de lavanda, cuyo aroma ya se
sentía en el ambiente.
«¡Mamá!
¡Mamá!»
De la boca de Angelina no volvió a salir ninguna palabra.
Una semana más tarde, en el hospital, el neurólogo informó a
Morelia que ya nada sería igual en su familia. Tendría que acomodar su tiempo y
sobrellevar la discapacidad, el silencio y la desmemoria irreversibles que
envolverían el resto de la vida de su madre.
Ella tenía un trabajo, sí, pero su
sueldo alcanzaba apenas para el pago de los servicios y la manutención de su
madre y su único hijo, todavía estudiante universitario. Angelina tuvo ingresos
hasta que, joven aún, fue despedida por las hijas del dueño de la constructora
donde laboraba. Su padre, Estuardo, había fallecido a poco de jubilarse. ¿Cómo
iba a atender las necesidades derivadas de la nueva situación?
¡Eran tantas cosas las que la
abrumaban! Hasta que, un día, por casualidad, encontró un haz de luz en el
sótano de su desvencijada casa, y decidió iniciar una demanda.
La mano de la laboratorista posándose
en su brazo la saca de sus recuerdos. Se relaja. Total, no se necesitan más que unos
cuantos microlitros de sangre para obtener el ticket de entrada a una nueva
vida. «Aquí
vamos, Morelia». Cierra los ojos cuando siente la primera punción en su vena. «Para demandas de
paternidad, las pruebas de sangre son las más seguras», le
había dicho su abogado.
En
una exclusiva residencia del distrito de Los Florales, la mucama recibe un
documento con el nombre y apellidos del patriarca de la familia. Este, a pesar
de sus noventa y cinco años, goza de la suficiente soltura y lucidez para abrir
el sobre y revisar su contenido. Desde el mullido sofá donde está tendido estira
la mano hacia la mesita rodante que tiene a su costado. De todas maneras, necesita
de sus lentes para lidiar con esas odiosas letrillas del escrito jurídico.
Umberto Ossorio es un anciano afortunado.
Su familia ha crecido en integrantes, en posición social, en capital y en patrimonio.
Su carrera se vistió de éxito
cuando era un joven ingeniero. Su empresa había logrado hacerse de varios
contratos de obras en el gobierno de su gran amigo, ni más, ni menos que el
presidente de la república. Se le abrieron las puertas de palacios y de clubes
exclusivos donde la alta sociedad degustaba causas criollas, lomitos saltados y
suspiros limeños. Brindaba con champaña del noreste de Francia y con pisco sour
del valle del Sama, a la par que cerraba suculentos negocios.
Lo más cimero de aquella época era conquistar
a alguna integrante de la socialité para coronarla ante el altar y adueñarse
de su cuerpo entre las sábanas de lujosas habitaciones con paredes de mármol e
inmensas arañas doradas colgadas del cielo raso.
Fue así que se embarcó en un feliz matrimonio
que años más tarde, por obra y gracia de la genética, le concedió el título de
chancletero entre sus amigos. Buscando un príncipe para su linaje, procreó
cuatro hijas cuyos primeros nombres hacían referencia a su devoción por la
Virgen María.
De rato en rato, todavía tendido en
el sofá, se le escucha refunfuñar. Cuando llega al final del documento, se
queda en un silencio prolongado. Su mirada se concentra en un cuadro imponente que
tiene al frente suyo, donde él, su esposa, sus cuatro Marías y su Gino Alessandro,
posan sonrientes y alborozados. «Mis
cuatro herederas, mi quinto…». Tose tres, cuatro, cinco veces. Acude, atenta, la mucama.
«Llama a mi hijo,
necesito hablar urgente con él», ordena,
quitándose los lentes.
Varias décadas atrás, Angelina llegaba
a una suntuosa oficina del centro de Lima. Vestía de manera conservadora, formal,
con traje de sastre: falda negra, blusa de manga rosada impecable, blazer
negro, y zapatos negros cerrados, con taco aguja.
Una asistente la anunció con el
gerente. «Buenas tardes, señor Ossorio»,
saludó con cortesía. Él la invitó a tomar asiento en el sofá contiguo a
su escritorio. Ella se sentó con la columna erguida sin tocar completamente el
respaldo, con las piernas y rodillas inclinadas hacia el lado derecho y las
manos descansando sobre su regazo, una sobre otra. Alisó suavemente su falda
para evitar que se arrugara.
—¿Cuál es su nombre, por favor?
—Angelina Romero Apaza, señor.
—¿Cómo se enteró de esta
oportunidad de trabajo?
—Por el aviso clasificado en “La
Prensa”, señor.
—Según su currículum tiene veintidós
años ¿Tiene experiencia laboral?
—Como secretaria en la empresa “Cora
Construcciones”, señor. Laboré dos años.
—¿Casada?
—Efectivamente, señor.
Angelina fue la ventana abierta por
la que escapó el otro lado de su ser. Su cabello liso con corte a la altura del
hombro, su tez blanca, sus pestañas largas y cejas delineadas, sus labios
carnosos y su sugerente sonrisa, le daban un aire a Ava Gardner interpretando
“Venus era mujer” en la década de los cincuenta.
Ella llegó como llega un remolino
de río: silencioso, veloz y envolvente. Una espiral de agua que te atrapa, te
hunde y te estrella en las piedras de su lecho. Sin proponérselo, el departamento
de recursos humanos había puesto a su alcance un fruto prohibido. Y él estaba
dispuesto a tomarlo.
La
Angelina de la fiesta no era la de la oficina. Ella había notado las reiteradas
veces que su jefe se empeñó en agradarle. Y esa tarde, el licor y la algarabía
del ambiente confabularon para derribar la débil compuerta que contenía su
recato de mujer casada. Comparaba cada palabra, gesto o atención del empresario
millonario con el trato rutinario de Estuardo, su esposo, un empleado público
cuya única riqueza era la casa de adobe que heredó de sus padres en Chaclacayo.
Ella
valía más. Tenía que aspirar a más. ¿Por qué no? Empezó a imaginarse una vida
de boato, con viajes, playas, recepciones y brindis de la mano de Umberto Ossorio.
Sabía cómo seducirlo. Una mirada intensa y exquisita, un mohín que nadie más
que él pudiera notar, un roce fino y calculado de sus pechos contra su esternón,
el compás cadencioso de sus caderas.
Y es que los
hombres, más allá de sus devociones, sus credos y lealtades, son un océano de
hormonas dispuestos a levantar olas, las más altas, si fuera necesario, para
romper cualquier canon que pretenda poner orillas a su impulso adánico.
Cerca
de las ocho de la noche, Ossorio se ofreció a llevarla. En el trayecto, vio cómo
su jefe dirigía ansioso su mirada hacia los lados de la pista. Redujo la
velocidad cuando distinguió el letrero luminoso que buscaba. Ella le asió del
brazo suavemente, no para impedir la desviación del carro sino para asegurarse
de que lo dirigiera hacia la entrada de la cochera del motel.
«Fue el comienzo de
la historia…». Un suspiro
profundo brota de la respiración del nonagenario al recordarla.
En la cena, Umberto Ossorio está a
punto de llevar a su boca el primer trozo de merluza a la plancha que, acompañado
de patatas con mantequilla doradas al horno, le sirvieron. Su médico le ha
recomendado comer proteínas de fácil absorción.
La vibración del celular que tiene
a su lado lo interrumpe.
—¡Hola, papá, buenas noches!
—Gino, querido hijo, buenas tardes,
¿estás en Lima?
—Acabo de llegar, estaba en vuelo,
papá. No pude contestarte.
—Necesito hablar contigo urgente,
aquí en la casa, ahora mismo —dice, con voz grave.
Gino Alessandro Ossorio fue el
quinto, el último hijo con su esposa. Vivió la niñez y la adolescencia rodeado
por el cariño de su madre y sus cuatro hermanas. Al salir del Markham College,
lo enviaron a estudiar derecho en la Universidad Complutense de Madrid, pero
había un problema: Montesquieu le interesaba mucho menos que Van Gogh. Los
colores, las formas y las texturas pudieron más que los libros de leyes. Terminó
en la Facultad de Bellas Artes de Valencia.
Sus obras, pletóricas de vida, se
exhiben en las mejores exposiciones del mundo, por lo que no es extraño que un
día esté en París, al día siguiente en Roma y, antes del fin de semana, en Nueva
York. Su intención estética íntimamente ligada a sus vivencias, le permiten
imaginar escenas, paisajes, contextos, retratos que apresan el fino gusto de
sus admiradores.
Lo que nunca pudo imaginar fue que
su propia vida había jugado a las escondidas con la vida de otro ser de su
misma sangre que se nutrió de una placenta diferente a la que le alimentó a él.
La pasión, la libido y la genética juegan, a veces, con un cubilete y cinco
dados sobre la mesa del destino.
Solía tener largas tertulias con su
padre. Sentía haberle fallado. Cuando Umberto Ossorio dejó la empresa constructora
en manos de sus hijas y se involucró con éxito en la política, la esperanza de sucesión
tenía su nombre. El patriarca soñaba con su vástago siendo un hombre de
derecho. De derecho y de derecha. En lugar de eso, le salió un genio del lienzo
que hacía mucho dinero con la mixtura hedonística del ser humano.
Acostumbrado
a su hablar pausado, Gino Alessandro había notado esa noche una cierta ansiedad
en la voz de su padre, por lo que enrumbó apurado hacia Los Florales.
Luego
de cenar, Umberto Ossorio se relaja revisando un álbum familiar. Se detiene en
una foto donde Sally posa feliz en su quinto embarazo, acostada sobre el verde
prado de una finca. «Angelina dio a luz un mes antes…», recuerda. Cerca de él,
su mastín tibetano, Norbu, reposa en una alfombra de gel frío.
Gino
Alessandro, no tardará en llegar.
—¡Listo, ya está! —dice la laboratorista
colocando un esparadrapo sobre un trocito de algodón medicado que cubre el
punto sanguinolento del brazo de Morelia. —Repose unos minutos —agrega,
indicándole una camilla.
Se sentía reconfortada. «Eres Morelia
Azán, pero también la hija de alguien que decidió esconderte», se dijo a sí
misma.
Poco después de que cumpliera sus dieciocho
años, Angelina la llevó a un palacio colmado de gente. Se quedó extasiada. Desde
los antiguos balcones orlados de rojo y blanco bajaba una ovación cerrada cada
vez que alguien era llamado para poner la mano sobre una biblia y pronunciar: «¡Sí juro!» frente a un crucifijo. Morelia sentía el
calor de los cuerpos, el roce de las telas elegantes y el eco de los aplausos
rebotando en el hemiciclo.
Alrededor del cuello les colocaban una
cinta rojiblanca en cuyo extremo colgaba un brillante medallón que el
juramentado lucía con orgullo a la altura del corazón. Los aplausos, los
vítores, las felicitaciones, no cesaban.
A Morelia la invadió la jactancia
de saber que el hombre que se fotografiaba con su esposa, cuatro chicas
estilizadas, y un jovencito de cabello abundante y desordenado, más o menos de
la misma edad que ella, fuera un conocido de su familia. Esa jactancia creció cuando,
desligándose por un momento de los suyos, el senador Ossorio se acercó a
saludarlas. Tenía que comentar ese suceso con sus amigas.
Días más tarde, por indicación de
su madre, llevó un folder de manila con sus datos a la oficina de personal del Parlamento.
«Sí que es un buen amigo de
mamá», pensó, al momento de recoger
su fotocheck en la ventanilla.
Por el rabillo del ojo ve que la
laboratorista viene hacia ella.
—Si lo considera, puede
incorporarse ya, señora Azán. En cinco días podrá recoger los resultados.
El bus naranja avanza como una
tortuga por la avenida de mayor tráfico en el centro de Lima. Transitarla a las
seis de la tarde requiere de una paciencia de Job. El endemoniado
embotellamiento, el terrible vaho de la quema de hidrocarburo, y el olor a
sudor y humo de los tapices que cubren las espumas de poliuretano, son disgustos
que deben soportar a diario quienes no tienen un auto propio.
En la esquina de la plaza Bolívar, el
semáforo en rojo detiene el vetusto vehículo abarrotado de gente. Morelia va
reposada en un asiento posterior. No puede evitar una mirada nostálgica al
antiguo palacio del Congreso.
«Treintaicinco... No, no, son más… Ya son cuarenta años que
entré aquí por primera vez».
Sonríe al recordar que sus
compañeros creían que tenía un romance con el senador. En los dos primeros
meses, el poderoso político visitaba su oficina con algún pretexto para
preguntar por ella y su madre. «¿Es empatía por nosotras? ¿Estará enamorado de
mí? ... Te alocas ya, Morelia. No,
qué va, es un señor de edad con una linda familia. Lo que pasa es que quiere
asegurarse de que ha hecho una buena recomendación».
Pero esa carta que encontró hace
unos meses en un baúl de cuero empolvado, lo cuenta todo.
Un sentimiento de rabia y tristeza
se apodera de ella. «¿Cómo pudieron engañar de esa manera tan desalmada a mi
papá Estuardo? Aunque, bueno, no fue mi papá… o, mejor dicho, sí fue mi papá.
No soy su sangre, pero soy su afecto, su hechura». El semáforo cambia a verde.
Estuardo era delgado, mestizo y
medio tristón. Un empleado público abstraído en sus informes, en el respeto de su
horario laboral y en el cuidado de Morelia. Amaba a Angelina. Para él, su mujer
era la eficiente secretaria de una renombrada constructora que llegaba tarde a
casa porque su exigente trabajo demandaba de ella tiempo extra. «Pobrecita ella,
pocas veces tiene el privilegio de estar con nuestra niña».
Y el señor Ossorio era un hombre bondadoso
que entendió el estado de su mujer. Le dio permisos, le pagó bonos y cubrió los
gastos del parto en una clínica privada. «Buena gente el hombre hasta que se le
ocurrió meterse en política y entregar a sus hijas el mando de la empresa… Y
ellas, lo primero que hicieron es despedir a Angelina ¡Qué injusticia!».
Su vida rutinaria se alteró cuando
nació Morelia. Vinieron los pañales, las corridas al hospital, el jardín de la
infancia, la escuela y el colegio público, y, luego, el trabajo a tan temprana
edad. Estaba orgulloso de ella.
Un fibroma venía consumiendo su
pulmón derecho a poco de jubilarse. Partió en un amanecer sereno, sin saber que
la bebé de piel rosadita que le acariciaba el rostro no germinó en su
dormitorio sino en la oficina alfombrada de una empresa constructora.
«Mejor que no lo supiera. Hubiera sufrido mucho más de lo que
ya sufría. A nadie le hace feliz saber que le han traicionado», se consuela Morelia.
—Ya le di sus pastillas a mi
abuelita Angelina. ¿Cómo te fue hoy,
mamá? —la recibe su hijo.
—Bien, cariño. Vamos bien.
Morelia deja su cartera sobre su
cama. Ha sido un día largo. Se cambia de polera y se pone unas sandalias.
Camina hacia la habitación de Angelina. Entreabre la puerta con cuidado y la ve
sumida en un profundo sueño.
«Ay, mamá. No sé lo que te diría si
pudiéramos hablar. Tú ya estabas casada con mi papá cuando te entregaste a
Umberto Ossorio».
El sol se levanta sobre la vieja
casa de Morelia en Chaclacayo. Nada ha cambiado desde que Estuardo y Angelina la
ocuparon. Allí sigue con sus adobes, su piso a medio pulir, su techo de
aluminio, su tosco camino de piedras, la impávida mirada del cerro cercano, la sombra
de los molles, acacias y eucaliptos que la rodean.
A esa misma hora, un anciano
ingresa al laboratorio tomado del brazo de su hijo. El hombre de artes tiene la
presión arterial algo elevada. Le preocupa la salud de su padre. «No tienes
salida, papá, tu abogado y el mío dicen que es mejor cumplir con la prueba de
paternidad. Hay que llevar el tema en silencio».
A Gino Alessandro no le preocupa tanto
la partición de bienes y caudales que podría darse. Lo que da vueltas en su
cabeza y acelera su pulso es ese apéndice filial que tendría que anexarse a la
biografía de su padre. ¡Y ni contar la reacción de sus cuatro hermanas!
Morelia
se despereza en su cama. Extrae la carta que está dentro de un sobre de manila.
De tanto leerla ya la sabe de memoria, pero una vez más dirige su vista hacia esas líneas que pretendieron
ocultarla por cincuenta y ocho años: «Soy un hombre público. Haría un grave daño a mi imagen que se
sepa que soy el padre de Morelia».
En el laboratorio, la encargada de
las muestras hace su mejor esfuerzo para encontrar una vena robusta debajo de
la piel matizada de lentigos del anciano.
En Chaclacayo,
las tortillas de espinacas del desayuno dietético que Morelia está preparando
para Angelina, van adquiriendo, al ritmo del fuego, su típico color pardo verduzco.
«Seré su quinta heredera, señor Ossorio. Tal vez cambie mi apellido, pero jamás cambiaré mi firma, ni mi ser, ni mi identidad. Seré Morelia Azán toda la vida».
No hay comentarios:
Publicar un comentario