Juana Ortiz Mondragón
Sus sueños eran cada vez más extraordinarios. Se veía rodeado de unicornios de diversos
colores pastando en las verdes praderas. En las noches lo visitaban Alicia y El
Sombrerero. Cuando se asomaba al patio de casa observaba al gato de Chesire aparecer
y desaparecer entre los árboles frutales: mandarinos, cerezos, brevos y
naranjos en flor llenaban la casa de dulces aromas. Solía jugar allí cuando era
chico al escondidijo. Era un espacio de sesenta metros cuadrados, en el que
había también flores y unas bancas de madera para descansar bajo la sombra. Algunos
de sus cuentos fueron inspirados por los
colibríes y los azulejos que iban a nutrirse del néctar de las flores. Además
de soñador, amaba la naturaleza, no comprendía en qué momento había empezado a
confundir la realidad con las historias que leía desde que era chico.
Se llamaba Ton. Sus padres y conocidos lo llamaban
“mil cuentos”, apodo que se había ganado con orgullo, debido al planeta que
solía habitar, que poco o nada tenía que ver con el de la cotidianidad. Ton era
un chico de veinte años, estudiante de literatura de una prestigiosa
universidad al norte de Bogotá. Entre sus más preciados deseos estaba ser un
reconocido escritor de novelas fantásticas y desde muy niño se había puesto en
esta tarea. Como rutina leía muchas horas en el día y luego practicaba la
escritura. Hacía salidas de observación por el campo y la ciudad, para nutrir
su imaginación y los personajes de sus cuentos. Para él, el perro de María su
vecina, tenía características fantásticas: podía tocar su cola con la nariz,
perseguía gatos por cuadras sin cansarse y siempre dormía con los ojos abiertos
como un buen perro vigilante. María era rolliza, de buen tamaño y rostro
hermoso. Ton se había inspirado en ella para escribir su primer cuento
infantil, llamado “La tía María”.
Pensando en otras cosas parecía no escuchar a las
personas que estaban cerca a él. Así fue quedándose solo, rodeado por las
palomas de la plaza principal y los ancianos que se sentaban en las bancas. Era
este otro de los espacios favoritos, un lugar tradicional, de forma circular,
adornado por una bella arquitectura italiana. Fresco para pasar las tardes de
verano, vendedores ambulantes colmaban el lugar de un ambiente festivo. Las
noches lo tomaban por sorpresa en el umbral de la puerta, contemplando la
salida de la luna. Contaba ovejas de uno a mil hasta quedarse dormido y en sus
sueños recorría montañas, lagos, castillos y parajes encantados. Lo acompañaban
duendes y elfos, danzaba con las más hermosas princesas. Se despertaba con una
sonrisa en el rostro y empezaba a escribir. Luego se marchaba a la universidad,
lugar en el que su imaginación se expandía, a merced de Lewis Carroll, Edgar
Allan Poe y los clásicos que sus maestros compartían con él. Ton trabajaba en
las tardes en la biblioteca pública cercana a casa, incentivando a jóvenes y
adolescentes por el camino de la lectura y la escritura. Esta edificación, considerada
como un importante patrimonio cultural era visitada diariamente por los
habitantes del barrio. Un sitio antiguo de varios pisos, cubierto por
maravillosos ventanales. Muy bien amoblado y provisto con las mejores colecciones
infantiles, juveniles y para adultos.
Allí, tenía un taller de creación literaria que se llamaba “Los duendes laboriosos”. Además de escribir, jugaban ajedrez y se divertían con otros pasatiempos que
agilizaban la mente y la memoria.
Una mañana, mientras caminaba absorto en sus sueños y
próximas líneas, se tropezó con una hermosa joven, que vestía un largo traje
azul ceñido al cuerpo. El cabello ensortijado le caía a media espalda y sus
ojos claros lo dejaron en shock. Ella se llamaba Alicia, veintiún años de
caminar por el mundo y ahora deseaba seguir su camino con Ton. Cariñosa como ninguna, Alicia empezó a ser para Ton, inspiración y
maravillosa compañía: recorrían la ciudad en bicicleta en las tardes de verano, contemplaban el amanecer
desde la montaña más alta, escribían a cuatro manos y cocinaban manjares. Pasaron
unos maravillosos meses, de cuento quizás, pero se fueron estancando en la
rutina, perdieron la esencia de sus personajes y decidieron cada uno continuar
su vida por rumbos diferentes.
Ton quedó sumido en la soledad, que no le era extraña,
ahora un nuevo sentimiento lo acompañaba, se llamaba amor. El haberlo perdido
lo atormentaba un poco, pero al menos lo había conocido. Pasó días de encierro
y poca productividad, sentía que su
don se había marchado. Una noche, todo fluyó como de costumbre y
estuvo acompañado de los seres que tanto amaba. Caminó por verdes parajes y
cabalgó en corceles blancos, como el caballero de un prestigioso ejército, pero
herido por una mortal flecha, no pudo despertar jamás de ese cuento.
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