miércoles, 11 de febrero de 2026

El caballero errante

Edgar Ulises Olveda Álvarez


En los tiempos en que los dioses todavía respiraban bajo la tierra, cada uno eligió un lugar para dormir y moldear el mundo desde su sueño. A los reyes les enviaron visiones en noches sin luna, órdenes sin voz: levantar castillos sobre ellos para que las casas reales gobernaran en armonía con la voluntad divina. Bajo cada trono, enterrado en distancias tan hondas que ninguna pala humana podría alcanzarlas, yacía un dios dormido, cuyas pulsaciones movían raíces, piedras, viento y agua. Nada vivía sin que ellos lo soñaran.

El reino de Valdora, edificado sobre el descanso del dios Aureon, era un santuario de luz. Sus árboles crecían con hojas doradas y cortezas pálidas, su agua tenía reflejos plateados, y quienes nacían allí juraban que el aire tenía un sabor dulce, como si estuviera hecho de polvo de sol. Durante generaciones, Valdora fue un refugio de paz y prosperidad, un sitio donde la vida avanzaba sin heridas.

Pero una noche, en un punto profundo, algo habló. No fue un temblor ni un rugido: un murmullo, una respiración ajena, un sonido que no provenía del dios ni de ninguna criatura terrestre. Una presencia invisible recorrió las raíces y las grietas, deslizándose como un veneno por la columna del mundo. Y al poco tiempo, Valdora se marchitó.

Primero se apagaron los colores. Luego murieron los pájaros. Después, los animales comenzaron a torcerse en formas antinaturales: bestias peludas con placas duras en su espalda, criaturas de ojos vidriosos y movimientos espasmódicos. Los humanos fueron los últimos en caer, levantándose otra vez con cuerpos rígidos y retorcidos, animados por una voluntad que no era la suya.

Cuando la noticia se esparció por el continente, llegó al conocimiento del caballero que más tarde sería llamado simplemente el Errante. Todo lo que amaba ya había sido consumido y ahora su camino es un horizonte sin rumbo y a donde sea que el viento lo lleve, él irá.

Aldeanos de aquel reino, vendedores, altos mandos de la nobleza y la última sacerdotisa del reino huyeron hace mucho de aquel gótico lugar. La sacerdotisa en su lecho de muerte, le tomó la mano. Él aún recuerda su voz, templada por el dolor:

—Encuentra la Corona Dorada… y cierra lo que fue abierto.

La corona, comprendió tiempo después, no era un símbolo de verdad. Era un sello antiguo, creado para contener un despertar divino si alguna vez ocurría. Pero lo que había despertado no era Aureon.

El Errante emprendió la marcha hacia Valdora, ahora convertido en un desierto rojizo y enfermo. La tierra crujía bajo sus botas como una costra vieja. Las raíces salían a la superficie como dedos huesudos intentando escapar. Montículos gigantes se inflaban y desinflaban como si respiraran. El aire tenía un sabor metálico, casi sanguinolento; la garganta ardía con cada inhalación. Criaturas deformadas rondaban en grupos silenciosos. Lo más inquietante era que no lo atacaban hasta que él las observaba, como si una mente profunda y desconocida vigilara a través de los ojos del Errante. Un ser tan omnisciente que existe en cada rincón de lo que la realidad toca.

Nada en Valdora seguía siendo humano.

Tras cruzar valles de huesos, bosques carbonizados y ríos convertidos en surcos secos, llegó por fin a la fortaleza del rey. Las piedras estaban cubiertas de una capa oscura, hecha de raíces muertas que todavía se movían débilmente, como gusanos bajo la piel de un cadáver. El trono estaba vacío. Sobre el trono yacían dos fragmentos de la corona. El tercero no estaba. Nadie parecía haber notado su ausencia. Al tener todos los fragmentos podría unirlos y completar la corona.

Pero detrás del trono había algo que no pertenecía a ningún diseño humano: una abertura irregular en la pared, como si la piedra hubiera sido desgarrada desde dentro. El borde estaba hecho de materia endurecida, parecida a raíces quemadas. Un olor antiguo emanaba de ahí, un olor que hacía vibrar los huesos.

El Errante descendió por el agujero. Cuanto más profundo bajaba, menos humano se volvía el castillo. Las columnas parecían respirar, contrayéndose apenas cuando él pasaba. Los pasillos se alargaban cuando se daba vuelta. La piedra tenía textura de hueso. La oscuridad no era completa: pulsaba, como si tuviera un corazón propio.

En la cámara final encontró al dios Aureon, o lo que quedaba de él. Era un torso colosal, petrificado y lleno de grietas. Raíces negras se aferraban a su carne mineral como parásitos que hubieran crecido desde dentro. Moviéndose entre su esqueleto dormido, había una forma imposible: un organismo delgado, alargado y blanquecino que aún se retorcía en el cuerpo del dios. Vibraba como si se percatara de lo grata que es la carne del dios, pero no tenía boca visible. Las raíces que consumían al dios provenían de esa criatura.

Fue ahí cuando el Errante comprendió la verdad.

Aureon no había despertado. Estaba siendo devorado.

Fue la esencia de un parásito venido de las estrellas lo que sentenció al reino. No solo se alimentaba de la carne física del dios, sino de toda una zona llena de vida. Donde desgraciadamente convivían seres humanos, animales y plantas.

Todo lo que ocurría arriba —las deformaciones, la muerte, la locura— era apenas un subproducto de esa criatura alimentándose.

Entonces las paredes se movieron.

Cuerpos humanos y animales, incrustados en las raíces como marionetas, se desprendieron y cayeron al suelo. No caminaban: se arrastraban como si cada articulación les doliera, pero avanzaban todos en sincronía. No buscaban matarlo. Querían llevarlo hacia el corazón del parásito.

En medio de la lucha vio brillar el tercer fragmento para completar la corona. Cuando lo agarró, una visión lo sacudió: la corona había sido creada para sellar la conciencia de un dios en caso de catástrofe. Pero Aureon estaba demasiado debilitado para contener lo que lo estaba devorando.

La única forma de detenerlo era separando al parásito del dios.

El Errante clavó su espada entre la raíz negra y el hueso del dios. La criatura dejó escapar un sonido que no pertenecía a este mundo, un sonido que, más que escucharse, se sentía como un temblor en el estómago. Los cuerpos que lo atacaban convulsionaron al unísono. El torso del dios vibró, como si intentara liberarse después de siglos.

La raíz se partió. Aureon dejó escapar un último destello de luz. El parásito cayó al suelo, retorciéndose, y fue aplastado bajo el peso del dios que colapsó sobre él. Todo quedó inmóvil.

El castillo comenzó a temblar. Sin la conciencia divina sosteniéndolo, el reino bajo tierra se derrumbaba. El Errante presenció los fragmentos de la corona flotaron frente a él y se recomponían. Un reflejo de miedo lo hizo huir de tal inteligencia sobrenatural, sin embargo, la corona lo perseguía. Colocándose encima de su cabeza la corona buscaba donde reposar, el caballero creyó que la corona, que parecía una manifestación de una forma, lo iba a atacar. Fue todo lo contrario.

La corona exigía un alma para sellar lo que quedaba.

El Errante cedió. Era fría y hambrienta. Se colocó sobre su cabeza. El derrumbe cesó.

El parásito murió.

Pero el caballero no regresó.

Y Valdora sanó, lentamente.

Nadie sabe que su salvación la deben a un hombre sin nombre.

Ni imaginan que, bajo de ese reino de luz y belleza, hay oscuridad y muerte. Tampoco conocen la existencia de la corona y el caballero, y que cuando este muera, ella exigirá otro guardián.

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