Alejandra Cantarero Concha
Isabella despertó, sudando, antes de que sonara la
alarma. Eran las cuatro y media de la mañana, pero se levantó. Aún intranquila
por una pesadilla que no recordaba del todo. Solo miedo, roces, una opresión.
En el dormitorio, el silencio era tan perfecto que bastaba el ritmo de su
respiración para marcar el inicio del día. Con el control remoto abrió todas
las cortinas del penthouse y fue por su café con leche.
Mientras admiraba las luces de la ciudad, su imagen
en la ventana le devolvió la mirada con el ceño fruncido. El eco de las
palabras de su sobrina había calado hondo. «Yo te cuidaré cuando seas viejita».
Se sacudió los recuerdos y volteó para volver a la seguridad de su apartamento.
El aire olía a cloro y jabón neutro. Todo estaba en su sitio: los libros
alineados por color, los sofás blancos con sus mullidas mantas en tonos tierra,
las repisas con flores secas. Los cuchillos relucientes bajo la lámpara del
comedor. Vivía sola, como debía ser.
Tenía la certeza de que el desorden era una forma de
enfermedad, igual que la dependencia. Por eso no tuvo hijos, pareja ni
mascotas. «La maternidad deforma el cuerpo, y el amor, la voluntad», había
dicho una vez, riendo, en un cóctel de la clínica. Algunos se ofendieron; a
ella no le importó. La doctora Isabella Bianchi no había permitido que nada la
desgastara. Su piel, su cuerpo y su mente eran su victoria.
Cada mañana, a las cinco en punto, practicaba una
hora de yoga. Luego, en el baño, se miraba largo rato frente al espejo. El
reflejo le devolvía lo que ella más admiraba: control. Cabello sin canas,
cuello firme, ojos sin sombra de cansancio. Era una médica brillante,
dermatóloga, dueña de una clínica y de su imagen.
En el trabajo, los hombres la miraban y se detenían,
como si intuyeran que avanzar tenía consecuencias. Ella lo sabía y disfrutaba
de ese dominio. Era respetada, temida y deseada. Los residentes la seguían con
la obediencia de quien teme equivocarse. Los cirujanos mayores,
condescendientes, intentaban halagarla; Isabella respondía con una sonrisa
breve y quirúrgica, como si hiciera una incisión.
Ese día, después de salir de la ducha, comenzó con
su rutina facial. Al aplicar la crema, notó una línea. Minúscula, casi
invisible. Se inclinó, estudió el surco junto a la comisura de la boca. La luz
del baño parecía más blanca, más cruel. Alzó una ceja, y el reflejo tardó un
segundo en responder. Parpadeó, incómoda. Volvió a hacerlo. Otra vez el
retraso. «Estoy cansada, maldita pesadilla», murmuró. «El espejo no miente
—pensó—, pero exagera». Sonrió.
Sacudió la cabeza y fue a vestirse. Pantalón blanco
con pinzas, suéter níveo con cuello de tortuga, tacones a juego y accesorios.
Se roció con Chanel, tomó el abrigo, el bolso y las llaves del Jaguar.
Conduciendo hacia la clínica, evitó verse en el retrovisor. Cambió los canales
de noticias con más frecuencia de lo acostumbrado; no miró a otros conductores
al detenerse en los semáforos.
El resto del día se sintió vigilada. En el ascensor
de la clínica, el acero pulido le devolvió un rostro que no era del todo suyo.
Las ojeras parecían más hondas. El cabello sin brillo. Intentó desviar la
vista. Pero el reflejo, en el metal, la seguía incluso cuando giraba la cabeza.
Rehuyó mirar hacia los ventanales y espejos de la
clínica. En los pasillos los colegas la saludaron como siempre, con la misma
cortesía. Los residentes la observaban con idéntica admiración. Así que, con
paso firme, se dirigió a su consultorio.
Justo después de colocarse la bata clínica, entró el
nuevo residente.
—Isabella, buenos días. Soy el doctor Fernando Cuéllar,
me toca rotación contigo —dijo, mostrando su mejor sonrisa, mientras, con
confianza, se sentó frente a ella.
—Doctora Bianchi para usted —señaló, seca, y
recorriéndolo con una mirada penetrante de arriba abajo.
—¡Disculpe, doctora! —exclamó al tiempo de
levantarse y tenderle la mano temblorosa.
«Aún tengo el toque», pensó Isabella, con una chispa
traviesa en sus ojos, que el residente no notó. No se atrevía a mirarla directo
a los ojos.
—Bien, buenos días, doctor Cuéllar, estaré con usted
en cinco minutos. Comenzaremos con una biopsia de cuello; espero que esté
preparado.
—Por supuesto, esperaré afuera.
Las enfermeras vieron salir al doctor con cara de
adolescente enamorado. Se miraron con complicidad y sonrieron.
—Salga de ahí, doctorcito, podría ser su mamá —le
dijo, calladamente, la mayor.
—Es muy joven para eso y no vi argolla —indicó Cuéllar,
sonriendo con picardía.
—Bueno, recuerde que se lo advertimos, no pierda la
residencia.
De vuelta en su casa, Isabella cenó ensalada de
atún. Se sumergió en las burbujas mientras disfrutaba de la lectura, y luego se
fue a dormir. Esa noche soñó con su baño. El espejo estaba empañado. Detrás del
vapor, una figura anciana imitaba sus movimientos con lentitud. La piel colgaba
del rostro, grisácea, húmeda. Cuando la figura levantó la mano, Isabella vio
que las uñas eran negras. Despertó gritando. Eran las tres en punto. Encendió
la luz, se miró las uñas, impecables. Se tocó la piel de la cara, tersa como
siempre. «¡Qué mierda te pasa, Isa! ¡Cálmate de una vez!». Respiró hondo, tomó
un somnífero y dejó la luz encendida.
Al día siguiente, la línea de la comisura seguía
ahí. Más marcada. Bajo la luz del baño, su reflejo parecía más opaco. Se
inclinó sobre el lavabo, tocó su rostro: la piel era la misma, firme. Pero el
reflejo devolvía una textura distinta, casi rugosa. Frunció el ceño. El gesto
del espejo tardó un instante en responder. La idea la inquietó. Encendió y
apagó la luz varias veces. El reflejo la seguía, pero con una fracción de
segundo de retraso. «Necesito vacaciones», pensó.
A partir de entonces, el espejo se volvió su enemigo.
Cada día, la imagen envejecía un poco más: arrugas nuevas, manchas oscuras,
labios marchitos. Ella se examinaba con las manos temblorosas. La piel seguía
turgente, pero el reflejo no.
En la clínica, Cuéllar la seguía como un perrito
faldero. Eso la tranquilizaba un poco; al parecer nadie más notaba el cambio
que devolvían los reflejos. Pero su concentración y aplomo no eran los de
siempre. Isabella evitaba mirarse; sin embargo, la clínica estaba llena de
superficies pulidas: ventanas, instrumental, vitrinas y espejos. En todas,
aparecía esa imagen desgastada de sí misma.
Esa noche, en la santidad del baño, mientras
contemplaba esa versión que no reconocía como suya, los recuerdos volvieron. Con
lágrimas silenciosas rodando por sus mejillas, le preguntó al reflejo:
«¿Tú quién eres? ¿Qué has hecho con la que fui? Esa
niña alegre, con ropa gastada, que corría riendo por los campos. Y ahora que lo
tiene todo, pasa las noches gritando».
Otra imagen vino a su memoria. Cerró los párpados con
fuerza y apretó los puños. La noche de la fiesta. El alcohol. Manos sobre su
cuerpo inmóvil, incapaz de responder. Vergüenza por la pérdida absoluta de
control. Con el tiempo, encontró a los tres que la habían drogado; los hizo
arrepentirse. Sí, el control no era un error, era necesario. Abrió los ojos.
El reflejo pareció asentir levemente. Isabella apagó
la luz de golpe. Esa noche se durmió junto a sus viejas fotografías. Soñó con
un largo pasillo, forrado de espejos. En cada uno se reflejaba una versión de
sí misma: niña, joven, madura, anciana. En el último espejo, la piel se
descolgaba como un velo húmedo, y los ojos se hundían hasta volverse opacos.
Despertó sudando.
Durante la semana siguiente, el reflejo empeoró. El
cabello del espejo tenía hebras grises; las manos, venas marcadas; el cuello,
flácido. Isabella evitó mirarse. Pero, en la clínica, cada superficie pulida
mostraba a la anciana de mirada hueca.
El jueves, mientras suturaba, escuchó su voz
ordenando las pinzas y se detuvo. No era su voz. Era la de una mujer mayor,
ronca, gastada. Soltó los instrumentos. El doctor Cuéllar la miró sin entender.
—Doctora… ¿Todo bien?
Isabella no respondió. En las pinzas, que brillaban
frente a ella, vio su reflejo anciano sonreír. Sacudió la cabeza, afinó la
mirada centrada en la herida y terminó su trabajo, sudando. Al salir del
pabellón, corrió a su oficina y se encerró con llave. Se sentó, puso la cabeza
entre las manos y comenzó a contar sus respiraciones. «Me estoy volviendo
loca», pensó. Dejó a Cuéllar a cargo de los pacientes de la tarde y se marchó.
Esa noche, usó el baño con la luz apagada y los ojos
cerrados. Tomó doble dosis del somnífero, esperando alejar las pesadillas. En
el sueño, vio su apartamento desde el espejo, sucio, con olor a encierro. La
vieja del reflejo tendida en su cama la miraba con una sonrisa desdentada.
Despertó con un alarido, las sábanas húmedas.
Ese viernes, al cepillarse los dientes, escupió
sangre y un molar. Se tocó la boca, contó sus piezas dentarias con la lengua.
Todo en su lugar, la toalla perfecta. Entonces, cubrió los espejos del penthouse
con toallas. Pensó en buscar ayuda; lo descartó al instante. No podía mostrar
debilidad frente a sus colegas. Seguro era algo pasajero. Decidió que se
marcharía de vacaciones. Sin perder tiempo, hizo las reservas para el spa de
las montañas.
Más tarde, en su oficina, mientras dictaba una
biopsia, escuchó su voz y no la reconoció. Era otra vez la de una vieja. Guardó
silencio. La voz siguió un instante más, sola. Empezó a temer el sonido de su
propia respiración. En los pasillos, los colegas le hablaban igual que siempre,
pero ella percibía algo distinto: una lástima invisible, un leve gesto de
incomodidad. Sentía que la observaban con extrañeza, como si notaran algo.
Luego, en la cafetería, el doctor Cuéllar, adulador
incurable, se acercó con una sonrisa.
—Se ve distinta, doctora. ¿Todo bien?
Ella lo miró con el ceño fruncido.
—Perfectamente.
Él bajó la mirada. En la cafetera metálica, Isabella
vio su reflejo: el rostro arrugado, las ojeras profundas, los labios resecos.
Detrás, el doctor Cuéllar se reflejaba joven, tal cual era.
Manejando hacia su hogar, las manos aferradas al
volante como garras de animal salvaje. La música encendida, pero ella no
escuchaba. Las lágrimas brotaban sin cesar. Sonó el teléfono. «¡Si es de la
clínica, me van a escuchar!», pensó irritada. Miró la pantalla y era su
sobrina, respiró hondo, acercó la mano. Se detuvo justo antes de responder. No
podía. Así no. Ver la cara de la joven en la pantalla le recordó la niña que
ella había sido, antes de que la vida la corrompiera. Por eso la había
protegido y mimado. No quería que la escuchara así. Cuando se cortó, vio
aparecer un mensaje: «Feliz cumpleaños, tía». Lo había olvidado por completo.
Tal vez esa era la respuesta, las hormonas de la menopausia. El llanto se
intensificó. Se limpió las lágrimas con un pañuelo, a toques precisos, para no
arruinar el maquillaje.
En casa, el reflejo la encontraba en todas partes:
en la cuchara del café, en el cristal del reloj, en las ventanas, hasta en el
agua del lavabo. Se fue a dormir, dejó la luz encendida. Mañana se iría al spa.
Esta pesadilla tenía que terminar. Escuchó una voz proveniente del espejo.
—Te estoy esperando —decía la voz—. No te cansas de
fingir juventud.
Tiritando, alcanzó los somníferos. Se cubrió la
cabeza con las mantas y trató de dormir. El sueño no llegó. Se armó de valor y
fue al baño. De un tirón retiró la toalla del espejo, sin prender la luz. Se
sentó frente al espejo, esperando que los ojos se acostumbraran. Cuando la
silueta apareció, el reflejo sonreía. Ella no.
—¿Quién eres? —chilló.
El reflejo movió los labios sin sonido. Luego, la
voz salió del espejo, áspera y temblorosa.
—Elegiste ser princesa en el país de las mentiras.
Isabella retrocedió, tropezó con la bañera. El
corazón le latía con violencia. El reflejo, anciano, cansado, siguió
hablándole.
—Soy lo que no fuiste. Todo lo que negaste. Cada
noche que dormiste sin amar, cada hijo que no tuviste, cada gesto de afecto que
te guardaste… fueron míos.
Golpeó el vidrio con todas sus fuerzas. El sonido
agudo y crujiente retumbó por todo el departamento. Los fragmentos se
dispersaron por el suelo, pero en cada uno quedó atrapado un trozo de su rostro
envejecido, moviéndose, respirando. Miles de bocas marchitas repitiendo su
nombre.
Los vecinos oyeron gritos aterradores.
Cuando la policía entró al día siguiente, el
apartamento estaba impecable. Las toallas limpias, el piso recién encerado.
Todo olía a desinfectante. En el baño, el espejo sobre el lavabo lucía recompuesto,
sin grietas. Ellos no vieron a la anciana que se reflejaba, sentada frente al lavamanos,
con los ojos en blanco. Acomodándose el cabello.