lunes, 31 de agosto de 2026

Hermanito

Rosario Sánchez Infantas


Ma, hoy sí te voy a hablar sin floro. Quiero contarte toda la verdad. Volver a ganarme tu confianza. Admito que, si me lo contaran, yo también pensaría que es mentira.

Mi rival literario había viajado en avión al Cusco, ¡la capital del Imperio inca!, en busca de inspiración para escribir un cuento. Yo estaba convencido de que mi cuento sería el ganador del taller Iniciación literaria. Pero también necesitaba encontrar una historia.

Seré completamente sincero. Si me acompañaba Katy, nos ibas a dar más presupuesto para que tu hijita esté más cómoda. Prácticamente arrastré a Katy en este viaje. Le convencí de aprovechar el feriado largo para practicar sus técnicas fotográficas del instituto. Además, es simpática y aventurera la chiquita. Con tu apoyo emprendimos el viaje en bus hacia ese valle andino, que tú ya sabes. «Cuídala con tu vida, recién tiene dieciséis años», dijiste al partir.

Estaba convencido de que tenía que esforzarme el doble, transitar caminos inéditos y explotar el pensamiento divergente.

En el trayecto hacia la capital del departamento, a mi pedido, el chofer iba mencionando los atractivos de los pueblos que íbamos atravesando. La verdad estaba harto de pachamancas, truchas, lagunas encantadas o danzas, nativas o mestizas. Así no iba a desplegar mi creatividad para escribir el cuento ganador. No había punto de comparación. Él visitando fortalezas con mil años de antigüedad, construcciones megalíticas y abismos dominados por los incas. Mi picante de cuy, bizcochuelos o panes de anís no eran competencia.

Cuando los sembríos multicolores dieron paso a otro poblado con nombre de santo católico, comenzaron las descripciones: más danzas, filigrana en plata, mención a una cacique muy rica. Nada de eso resonaba en mí. Que su iglesia fue construida a los ocho años de llegados los españoles al Perú, ya me interesó un poquito. Tú sabes que desde la primaria me apasiona la historia de los incas y su resistencia a ser conquistados por los europeos. Escuchar que en el lugar ocupado por la iglesia existía una escultura de un puma, y un manantial venerado por los antiguos pobladores, ya me hizo pensar en una lucha de titanes incas y españoles. Huaca contra Iglesia católica. ¡Había potencial!

—Me tinca que aquí sí la hacemos —dijo Katy con una gran sonrisa mientras asentía una y otra vez. Tú sabes, como esos perritos de cabeza articulada que tenemos en el auto.

Nos quedamos en el pueblo cuyo nombre nos conviene omitir (ya me darás la razón). Katy y yo estiramos las piernas entumecidas. El aire frío olía a humo de eucalipto; a lo lejos sonaban unas campanas. Comenzamos a caminar por las calles estrechas, entre casas de tapial y tejas, mientras el sol iba calentando la mañana.

Dimos con la iglesia principal. Al cruzar la portada, nos pareció ingresar al siglo XVI: adoquines oscuros y gastados, un coro de madera rústica y querubines de piedra, de facciones tan severas que parecían guerreros incas. A los lados, toscas pilas de agua bendita descansaban sobre troncos pintados.

El techo mostraba desnudas sus vigas y tablas. ¿Por qué lo habían dejado así? Sentí tristeza y pudor ajenos. Al frente, hermosos altares barrocos contrastaban con el abandono: imágenes descoloridas, vestimentas raídas y empolvadas. Y, para colmo, ¡goteras, madrecita!

Katy tomaba fotos de los altares laterales. Le había escandalizado el uso de muchas capas de pintura sobre detalles arquitectónicos, que casi los ocultaban.

—¡Parece baño de chifa barato! —refunfuñaba.

Yo atrapaba imágenes y anotaba mis impresiones en el móvil. Reflexionaba sobre Santiago Mataindios en aquel templo venido a menos, levantado sobre un antiguo santuario inca derribado. De pronto ingresó por una puerta lateral un joven sacerdote y comenzó a oficiar una misa. No había más presentes que Katy y yo. Sabes que no creemos en Dios. Pucha, pero nos dio pena el curita. Levantamos los hombros resignados y nos quedamos. Ahí nos enteramos de que era una misa por un difunto. A los diez minutos llegaron, casi corriendo, con luto severo, unos veinte parientes del muertito. Yo elucubrando situaciones para mi cuento.

Al terminar la misa, los parientes se acercaron al altar mayor. Nosotros nos alejamos del grupo y seguimos explorando el templo. Descubrí un anda semejante a un bote antiguo, sostenida por cuatro ángeles que parecían muñecas de plástico desnudas. Pensé que Katy podría lograr una linda foto y la busqué en el pasillo de enfrente. Estaba en cuclillas, examinando la base de un retablo lateral. Un rayo de sol le caía sobre el rostro. Sonreía y balanceaba impaciente la cámara colgada del cuello. Con la cabeza inclinada y los ojos muy abiertos, intentaba captar detalles del frontal del altar, cerca al piso.

Me fui acercando mientras ella rascaba con la uña la pintura que simulaba ser mármol. Lo recuerdo como en cámara lenta. Salieron varias capas de pintura, debajo yeso húmedo que se deshacía al rascarlo. Al pasarle la voz, ella se sobresaltó, perdió el equilibrio y apoyó una mano en la superficie que exploraba. Se hizo un agujero. No era una pared, sino un nicho, una pequeña área hueca. Adentro podían entreverse crucifijos y pequeñas imágenes sacras, descoloridas, rotas o mostrando parte de su armazón de madera. Miramos hacia el altar mayor. El curita salpicaba agua bendita a los deudos y a sus ramos de flores. Tras una última foto a través del agujero, Katy colocó el trozo mayor de yeso en su lugar, pero este se volvió a caer. Ella oprimió con más fuerza el trozo con el resultado de que se hundió un fragmento aún mayor. Desde el altar mayor llegaron las voces de los deudos que comenzaban a despedirse del sacerdote. En cualquier momento saldrían y nos verían.

Tac, tac, tac. Un anciano avanzaba lentamente hacia nosotros. Una jovencita al parecer trataba de alcanzarlo. ¡Qué dilema! ¿Qué hacer?

—Le daré dinero al curita para que lo mande a arreglar —susurré—. Podrá incluso arreglar sus imágenes. ¿Cuánto debo darle?

Katy no respondió. Miraba a través del agujero. Yo también lo hice, entonces vi la imagen polvorienta de un Niño Jesús, de unos cuarenta centímetros de alto, sin cabeza. Sobresalía del cuello del Niño, un envoltorio de alguna fibra asegurado con una cinta. Parecía una momia diminuta. O un tesoro escondido. Esto sí da para cuento, me dije. Miré al altar, el padre colocaba sobre él un ramo de flores, obsequio de los deudos. El anciano más cerca, ahora del brazo de la muchacha. Los otros deudos se nos acercaban.

Revisé la billetera calculando cuánto podría darle al sacerdote. Ante mi espanto Katy introdujo su mano, sacó al niño momia y lo envolvió con su casaca. Jaló cuatro billetes grandes de mi mano, los introdujo por el agujero. Colocó un folleto turístico delante de él, tapándolo. Con la cabeza me hizo una seña para escapar.

Salimos volando, tomamos un taxi a la capital del departamento, no hablamos los treinta minutos que duró el viaje. No podíamos referirnos, ante el taxista, al delito cometido.  Rentamos allí una habitación. Olía a humedad y desinfectante, y desde la calle subían los bocinazos. Lo recuerdo y vuelvo a sentir angustia. Le pedí explicaciones. Dice que vio el deleite con el que miraba yo al Niño sin cabeza y que era claro que alguien quería ocultar esas imágenes. Que, con el dinero dejado, iban a volver a esconder esos objetos. Tenía lógica después de todo. Sin embargo, mil ideas bullían en mi cabeza. Quizás este cura no supiera nada del escondite, pero ya se habría dado cuenta del daño. A lo mejor sí se percató del robo y ya habría hecho una denuncia policial. Tenía que acordarse de los muchachos, probablemente foráneos, con casacas térmicas, chalinas, guantes y… ¡el gorro fucsia con orejas de conejo de Katy!

Me sentía miserable por haberme dejado arrastrar por la acción de mi hermana menor.

—Entiende, menso, estaban escondiendo, no exhibiendo esa imagen.

Era cierto. Quizás el cura no sabía que existía. Si se quedaba ahí terminaría convertida en polvo. Si el padre quería cerrar el hueco, ya tenía dinero. Algo más resignado decidí desenvolver lo tomado. Era una imagen algo tosca, de un color marfil, desteñido y empolvado. Vestía una túnica, cinturón y sandalias del mismo material que parecía gamuza. Con una mano sostenía una esfera. La otra en alto, con los deditos anular y meñique doblados sobre la palma, «En actitud de bendición», dice Google.

Sacamos el pequeño envoltorio del interior del Niño Jesús. La cinta de lana se deshizo en pedazos. Ya la habíamos fregado. Katy me siguió sorprendiendo. ¿Dónde estuve cuando crecía? Mientras afirmaba que, si se peca, hay que pecar bien, fue retirando las coberturas de unas fibras ásperas sobre la mesa de noche. Se levantó un polvillo con olor a grasa rancia. Al interior apareció una botella de cerámica cerrada con un tapón del mismo material. Los dos tuvimos miedo de destaparlo. Una hora después de googlear ya sabíamos que algunos gobernantes incas tenían una representación llamada wawqui, algo así como su hermano o su doble. Podía representarlos en las ceremonias y hasta recibir honores en su lugar.

No querrás saber. Había hermanos diversos. Fuimos descartando hipótesis.

—Este hermano es la momia de un inca.

—Negativo.

—Es una efigie del inca hecha con metales preciosos.

 —Descartado.

—La botella solo puede contener: ¡los pelos, las uñas, alguna prenda de vestir u otros restos corporales del mandatario inca! —dije, yo fascinado, pero también con repugnancia.

Katy volteó la botella y la sacudió lentamente, cayó un polvo negruzco, fragmentos de la cinta de lana y un pequeño mechón de cabellos negros opacos. Quedó asomando la botella una banda de lana que los incas se ponían en la cabeza. Cada vez nuestro delito era mayor. La volvimos a introducir, tapamos el recipiente y echamos el polvo al inodoro.

—¡Lávate bien las manos! —le dije alarmado.

Todavía se me pone la piel de gallina al recordar el olor del jaboncito corriente del hotel.

Nos pusimos a pensar.

—¿Quién y cuándo, metió el hermanito dentro del Niño Jesús?

—Un español hubiera destruido y, no escondido al hermanito —dije.

—Cierto.

—¿Quién metió el Niño Jesús sin cabeza bajo el altar y lo hizo cerrar?

—Quizás un cura quería deshacerse de las reliquias que no podía mandar a arreglar... No. ¡El albañil que rompió la imagen! —dijo Katy. 

—Podría ser que, a finales del incanato, para un acto importante traían el hermano del inca y los sorprendió algo muy grave. ¿La conquista española?... ¡Claro! Antes que la extirpación de idolatrías quemase los objetos de culto indígenas, algún ceramista nativo quiso preservar por siempre este hermano de uno de los últimos gobernantes.

—Je, je, je —rio Katy. ¿Te imaginas?, católicos rezando a la botella.

—¿Existiría una fraternidad que ha estado cuidando del hermanito encubierto hasta que se le rompió la cabeza al hospedaje y alguien lo escondió?

Ni se nos ocurrieron explicaciones místicas.

Con ayuda de la IA encontré un paper sobre un culto, en el Ecuador, a un Niño Jesús que incluye rituales y atuendos precolombinos. ¡Esto es inca, madrecita! Había que ser, aunque sea un poco, responsables. Fuimos al museo de un pueblo cercano. Ingresamos con un grupo de visitantes y, poco a poco nos quedamos atrás. Cuando estuvimos solos en la primera sala, dejamos la botella, envuelta y acompañada de una nota, sobre una vitrina. Regresamos hacia la puerta de ingreso. Ya la cruzábamos cuando un empleado del museo, aparecido de no sé dónde, nos llamó. Habría descubierto el paquete. Seguimos caminando. Entonces empezó a tocar su silbato. Creímos que quería detenernos y echamos a correr sin mirar atrás. Había cámaras por todas partes. A cada paso sentíamos que dejábamos un rastro, que podían alcanzarnos o reconocernos. Tomamos tres vehículos distintos antes de llegar al aeropuerto y subir al avión de regreso a casa.

Estamos «haciendo hora» donde mi tía Gloria, hasta que nos digas que nos perdonas. Sé que gasté la mensualidad de la universidad en los pasajes aéreos. Sé también que lo que hicimos puede traernos problemas.

Katy duerme en el sofá. Yo llevo horas escribiendo. Ya terminé mi cuento. Lo he titulado Hermanito. Pero no pienso presentarlo en mi taller universitario; lo haré en un certamen de Extremadura. Espero ganar y allí no tendré que dar muchas explicaciones.

Ahora que lo pienso, este viaje sí me sirvió para encontrar la historia que estaba buscando.

Solo que me equivoqué de hermanito.

 

Tqm.

Fernando.

jueves, 27 de agosto de 2026

Disociación

Alejandra Cantarero Concha

 

El control de daños siempre fue mi especialidad. Si una marca comercial caía un veinte por ciento en su primer trimestre, yo no entraba en pánico. Cambiaba el enfoque, reestructuraba el presupuesto. Una marca en picada es solo un problema de estrategia, una oportunidad.

 

Esta noche, la marca que se está hundiendo soy yo. Son las tres cuarenta y dos de la madrugada. Estoy de pie frente al espejo del baño, único lugar del departamento con luz blanca directa. Analizo el informe que me devuelve la imagen de mi propio cuerpo. El panorama es catastrófico. No queda rastro de la gerente de marketing que controlaba juntas de más de diez personas sin pestañear. En su lugar, veo el reflejo de una desconocida con ojeras color asfalto, cabello opaco pegado por el sudor. Vistiendo una polera de algodón manchada con un cerco amarillento de leche agria.

 

Mi baño, antes un santuario de pulcritud, ahora está invadido por el olor penetrante de pañales sucios y toallitas húmedas de lavanda. Mi marca personal se ha devaluado a cero. Desde la habitación contigua llega el sonido. Ese llanto, un ruido de fondo que devora mi capacidad de procesamiento: Catalina.

 

El dolor en mi pecho izquierdo es agudo. Una punzada que me recuerda que el cliente más exigente de mi vida no acepta negociaciones. Cada succión es una transferencia de energía que me deja vacía. Un contrato abusivo que firmé a ciegas durante los meses de embarazo, cuando la campaña de expectativa fue perfecta. Todo era luz, cunas de madera nórdica y una ilusión romántica que hoy se revela como publicidad engañosa. Nadie te advierte que el producto final absorbe tu identidad hasta borrarte.

 

Recurrí a un banco de donantes. No había tiempo en mi agenda para una relación. Así que no hay equipo de asistencia, tampoco un departamento de operaciones que mitigue el impacto. Estoy sola en esta crisis.

 

Regreso a la habitación a oscuras. Me acerco a la cuna y observo a Catalina. Llora con los puños apretados, mostrando una eficiencia destructiva que admiro y detesto a la vez. Siento el dolor del pezón agrietado antes de que siquiera toque su boca. Me asfixia saber que no tendré un minuto a solas en las próximas veinticuatro horas. Ni en las siguientes.

 

Con la frialdad con la que solía recortar un proyecto que generaba pérdidas, la idea cruza mi mente limpia y certera: si la bebé no estuviera aquí, el retorno de inversión sería inmediato. Todo volvería a ser fantástico. Mi vida volvería a números verdes.

 

Antes, una crisis tenía principio y fin. Ahora, el organigrama se ha reducido a una sola línea de ensamblaje que funciona las veinticuatro horas, donde yo soy la única operaria y la máquina principal no tiene botón de apagado.

 

Estoy en la mecedora, a medio dormir. El cerebro en modo de ahorro de energía, flotando en esa zona gris donde las pestañas pesan y la lógica se disuelve. Catalina está prendida a mi pecho izquierdo. El dolor se ha transformado en un costo fijo predecible. Siento los tirones mecánicos de su succión mientras mis ojos están fijos en la penumbra. «¿Cuántos minutos de tregua estoy comprando con esta transacción?».

 

Cuando su mandíbula finalmente se relaja y su respiración se vuelve pesada, ejecuto el protocolo de transferencia con precisión. Retengo el aire. Desprendo su boca con delicadeza, confiando en no activar sus sensores de movimiento. Me levanto milímetro a milímetro, intento desplazarme en silencio. La deposito en la cuna. Retiro mis manos como si desactivara un explosivo de alta sensibilidad. Paso completado.

 

Camino hacia mi cama, arrastrando los pies, saboreando los minutos de sueño que acabo de financiar. No alcanzo a tocar las sábanas. La alarma se activa de nuevo. El llanto estalla en la habitación, agudo, penetrante, un fallo crítico del sistema. Todo lo anterior, invalidado. Hay que reiniciar el proceso.

 

Al acercarme a la cuna, el olor me golpea de frente. Una ola densa, ácida, orgánica, que rompe la última barrera de mi resistencia física. Mi estómago, vacío, se contrae. No hay tiempo de llegar al baño. Me doblo sobre el basurero y las náuseas se materializan en un espasmo violento. Vomito el poco té que tomé a medianoche. El sabor amargo me inunda la boca mientras las lágrimas, provocadas por el esfuerzo, me nublan la vista. Me limpio con el dorso de la mano.

 

Catalina sigue llorando. El volumen sube, el tono se vuelve más exigente. Ajena por completo al colapso de su única proveedora. Con los ojos inyectados en sangre y el pulso tembloroso, comienzo a desmantelar el pañal sucio. Mis manos, antes hábiles con el teclado, fallan con los adhesivos plásticos. Limpio la piel de la bebé con toallitas húmedas que huelen a lavanda artificial. Ahora detesto este aroma. Coloco el repuesto. Cierro los broches del mameluco. Mis movimientos son torpes, no hay nada de la ternura maternal que los manuales prometían. Soy un autómata ejecutando tareas de mantenimiento.

 

La acuesto otra vez. No se resiste; el esfuerzo de su propio llanto la ha agotado. Me incorporo despacio y miro hacia la ventana. Entre las rendijas de las persianas comienza a filtrarse una luz gris, fría y deprimente. Miro el móvil: son las seis de la mañana. La jornada laboral del resto del mundo está por comenzar; la mía nunca terminó. Otra noche en blanco. Otro balance diario con pérdidas absolutas de sueño, salud y cordura.

 

«Maldita criatura. Es un agujero negro logístico. Un parásito que optimiza sus propios recursos absorbiendo, segundo a segundo, cada fragmento de la mujer que solía ser. Todo lo consume».

 

Hay que subcontratar. Es la regla de oro. Si el personal no da abasto con la carga de trabajo, se busca un proveedor externo. A las nueve de la mañana, tras limpiarme el rostro con agua helada, llamo a la agencia de niñeras. Solicito el servicio prémium de urgencia para ese mismo día. No pregunto por tarifas; el dinero es lo único que conservo de mi vida anterior. Estoy dispuesta a quemar mis ahorros si eso me compra dos horas de silencio absoluto. Un par de horas de ser Victoria otra vez.

 

La niñera llega a las once y media. Se llama Mariana. Tiene unos veintitantos años, cabello castaño recogido en una trenza impecable, ropa deportiva de marca que huele a suavizante. Su semblante delata noches de ocho horas de sueño. Cuando entra a mi departamento, es un golpe directo a mi amor propio. Yo, la mujer que dictaba tendencias estéticas, soy un espectro en chándal holgado y pantuflas. Mariana se ve más ejecutiva en su rol de cuidadora que yo en mi papel de madre.

 

A mitad de la entrevista, el dispositivo de alerta se activa. Catalina empieza a llorar desde la habitación. El sonido me perfora los tímpanos. Siento el latido en mis sienes. En lugar de levantarme, me quedo estática en la silla del comedor, oprimiendo los puños debajo de la mesa. Mis dientes apretados, cierro los ojos, inspiro profundo. Intento aplicar la técnica de bloqueo que usaba en la oficina: desconexión cognitiva. Trato de convertir el llanto en ruido blanco, como la estática de la televisión.

 

—Si me permite, señora Victoria, puedo encargarme yo —dice Mariana con una sonrisa empática que me parece insultante. Su tono es suave, el de alguien que no ha sido destruido a base de privación de sueño.

 

Asiento sin hablar, incapaz de articular palabra mientras el zumbido en mi cabeza amenaza con hacerme gritar. La chica se levanta con una ligereza envidiable y camina hacia el pasillo.

 

En ese instante, mi teléfono corporativo vibra. Es el tono de llamada exclusivo de emergencias. Respiro hondo y deslizo la pantalla. La voz de mi director de cuentas me devuelve la vida; es un shock de adrenalina.

 

—Victoria, perdón que te moleste en tu baja por maternidad, pero el cliente de la campaña automotriz está amenazando con retirar la cuenta. El nuevo gestor de estrategia hizo un desastre con los indicadores de rendimiento y el barco se hunde. Tú sabes manejarlo y es tu cuenta.

 

Una crisis real. Un problema con variables que puedo controlar, con personas a las que puedo exigirles resultados. Un escenario donde soy la jefa, no la esclava.

 

—Llego en una hora —respondo. Mi voz sale firme, recuperando por un segundo su antiguo registro de autoridad—. Ten a mi equipo en la sala de juntas.

 

Cuelgo. Mariana sale de la habitación con Catalina en brazos; la bebé ya se ha calmado, arrullada por el perfume de la desconocida. Una punzada de rabia mezclada con alivio. Le entrego mi tarjeta de crédito a la niñera para los gastos del día. Voy a mi cuarto y me pongo el traje que aún me queda. Me recojo el pelo y aplico algo de maquillaje. Tengo una campaña que rescatar.

 

El regreso a la oficina es una inyección de dopamina. Cruzar las puertas de cristal, el murmullo de los teclados y pantallas con gráficos de rendimiento; es como volver a conectar con el sistema. Entro en la sala de juntas y asumo el control de la mesa. Durante tres horas, desmonto el error del novato, reasigno las pautas digitales y resuelvo la crisis. Soy eficaz, brillante. La mujer de antes.

 

La ilusión dura poco. Al terminar la reunión, mi director se me acerca con una sonrisa compasiva mientras guarda su laptop.

 

—Oye, Victoria, de verdad agradecemos el rescate, pero ¿por qué sigues aquí? ¿No deberías estar en casa disfrutando de tu bebé? —me pregunta, mirándome con una mezcla de curiosidad y reproche—. Digo, apenas tiene un par de semanas. ¿No la extrañas?

 

La pregunta cae en la sala como un informe de auditoría rechazado. Siento las miradas de los demás analistas. El estómago se me aprieta, igual los dientes. Una penalización social que no sé cómo gestionar. Mi marca personal bajo sospecha. Balbuceo una respuesta corporativa sobre «el compromiso con la empresa» y salgo de la oficina sudando frío.

 

En el taxi de regreso al departamento, el efecto de la adrenalina desaparece. El dolor físico de mis pechos vuelve; están llenos de leche, manchando mi blusa de diseñador. Recordatorio biológico de que sigo atada a la máquina. La idea de regresar a casa y escuchar el llanto me presiona las sienes.

 

Subir en el elevador es como estar en un montacargas camino a un sótano sin ventilación. Abro la puerta del departamento con cuidado, esperando el estallido acústico. No hay ruido.

El espacio está en silencio, iluminado por una lámpara de luz cálida. Mariana está sentada en el sofá con Catalina en brazos. La escena es perfecta, digna de un banco de imágenes para una campaña de bienestar familiar. Mariana acaricia su espalda con un ritmo pausado, transmitiendo una paz que este departamento no conoce desde hace semanas.

 

No quiero mirar a la bebé. Si lo hago, el registro de propiedad me obligará a hacerme cargo.

 

—Tienes que quedarte esta noche —digo sin preámbulos, con la voz seca—. Duplica la tarifa en la aplicación si es necesario. Pon el monto que quieras, pero no te puedes ir.

 

Mariana detiene el movimiento de su mano. Me mira con sorpresa y lástima. Se acomoda a la bebé con una destreza que me violenta y se levanta del sofá con cuidado.

 

—Lo siento, señora Victoria, pero no funciona así —responde en un susurro profesional—. Para el servicio nocturno, la agencia exige un contrato específico firmado con veinticuatro horas de anticipación. Además, necesito venir preparada con mis cosas y saber cuál será mi habitación. Política de la empresa por seguridad laboral.

 

—Te pago en efectivo. Fuera de la plataforma —insisto, y mi voz de negociación suena desesperada—. El triple.

 

—No es un problema de dinero —interrumpe ella, manteniendo una calma exasperante—. Mañana mismo puedo volver temprano si deja la solicitud hecha esta noche. Cuando todo esté formalizado, me podré quedar.

 

La chica camina hacia la cuna de la estancia, deposita a Catalina con suavidad y se acerca a mí poniéndose su chaqueta. Mira directo a mis ojos cansados y baja la voz, asumiendo un tono de consejera que no le he pedido.

 

—Un consejo, señora, la bebé está muy sensible. Ella nota cuando usted está estresada o distante. Los recién nacidos huelen el miedo, pero también sienten el cariño y se calman con eso. No necesita hacer grandes cosas; simplemente sea su mamá.

 

«Simplemente sea su mamá». La frase entra como un clavo ardiente en la llaga de mi incompetencia. Como si la maternidad fuera un interruptor que decidí no encender. Como si el amor estuviera disponible en el inventario y solo me niego a distribuirlo. No digo nada. Me limito a asentir, abro la puerta y dejo que se vaya.

 

En cuanto la puerta se cierra y me quedo sola en el departamento, reservo una nueva jornada en la aplicación. Mi máscara se rompe.

 

«¡Maldita sea! ¡Maldita criatura de mierda!», grito al vacío de la estancia. El insulto sale de mi garganta, como un veneno acumulado. Mis manos tiran el saco Chanel, odiando la mancha de leche y el olor a lavanda artificial que flota en el aire.

 

El silencio que tanto ansiaba se destruye de inmediato.

 

El llanto estalla. No es el de siempre. Es más agudo. Más alto. Rebota en los muros y vuelve. Me atraviesa las sienes. No para. Respiro por la boca. El aire no alcanza. Sigue.

 

Camino hacia la cuna. Los pasos rígidos. Tengo la mandíbula tan apretada que los dientes crujen. El pitido aparece detrás del llanto. Constante. Me perfora. Me inclino. Catalina está roja. Abierta en ese grito que no se apaga.

 

Estiro el brazo hacia el sillón sin dejar de mirarla. El cojín. Lino frío. Hundo los dedos. Cede. El llanto sigue. Un paso más. Lo levanto. Lo sostengo en el aire. Tiembla. El grito llena todo. Un segundo. Dos. Bajo el brazo.

 

No. Algo se corta. Arrojo el almohadón con violencia contra la pared. Las piernas no me sostienen. Caigo de rodillas sobre la alfombra, temblando. Lloro en silencio. Saliva. Moco. Me limpio con la manga.

 

«¿Qué estoy haciendo?». Las palabras salen rotas, pegajosas. «Yo quise». Trato de seguir. No puedo. «Yo… la elegí». Trago. Me duele la garganta. La miro. Respira a tirones. La boca abierta. Roja. Espero algo. No llega. Nada.

 

Me arrastro hasta el borde de la cuna y la miro. Todo se vuelve borroso. Busco algo. No sé qué. No lo encuentro.

 

Una nueva lógica, más coherente y perversa, se abre camino en mi mente. No es mi culpa. Es un error de logística. Las clínicas manejan cientos de entregas al día; los protocolos de etiquetado pueden fallar. Esta criatura no comparte mi ADN, por eso no hay compatibilidad en el sistema. Me la cambiaron. Por eso mi cuerpo la rechaza y no siento nada. Esta no es mi hija.

 

Una calma fría y mecánica se apodera de mí. Me pongo de pie, me limpio la cara y ejecuto el proceso automatizado. Tomo al espécimen en brazos. Lo paseo por el pasillo con un vaivén rítmico, desprovisto de afecto. Funciona. Sus ojos se cierran. Voy a mi cama, la acuesto a mi lado y me quedo inmóvil, mirando el techo. Esperando el siguiente hito del cronograma.

 

Una hora más tarde, el llanto por hambre reactiva la alarma. Vuelvo a descubrirme el pecho. Dejo que se prenda de mí; ahora la sensación me enferma a un nivel visceral. Sentir los fluidos de un cuerpo extraño entrando y saliendo del mío me provoca una repulsión insoportable. Ya estoy convencida de la teoría del error de entrega. El problema es que en este sector no existen políticas de devolución. No tengo una garantía. No hay departamento de atención al cliente que gestione un reembolso. Estoy atrapada con un producto defectuoso que no me pertenece.

 

Mientras proceso mi desesperación, el olor a acidez orgánica vuelve a inundar las sábanas. Otro pañal saturado. El reflujo de Catalina se activa por el esfuerzo y me vomita, directamente en el abdomen, una masa líquida y tibia que traspasa la ropa. El espécimen vuelve a estallar en un alarido de incomodidad, un bucle infinito que no puedo detener.

 

Estoy en modo automático. Llevo al espécimen al baño. Mis manos se mueven con destreza fría, desprovista de cualquier rastro de humanidad. Limpio la piel, retiro los fluidos y desecho los materiales inservibles, como quien limpia una cocina sucia después de un evento. No hay asco ni náuseas.

 

Regreso a la habitación. Desmonto las sábanas manchadas de vómito y leche agria con movimientos mecánicos. Meto todo en la lavadora. Coloco ropa de cama limpia. En medio de esta disociación, arrastrada por una marea de sueño que anula mis sentidos, me meto bajo las cobijas. Sin darme cuenta, en un acto reflejo, me llevo el bulto de la bebé conmigo, atrapándolo bajo mi peso.

 

El cansancio me vence. El apagón es absoluto. Cuando mis ojos se abren de nuevo, la luz del sol se cuela por las persianas. Reviso el reloj: las ocho y media de la mañana. He dormido varias horas seguidas. Horas de un silencio sepulcral, bendito, sin alertas, sin interrupciones.

 

Me estiro lentamente y mi mano tropieza con un cuerpo rígido debajo de las sábanas. Aparto la cobija. Catalina está ahí. Su piel es de un color cenizo. La toco. Está fría. No hay expansión en la caja torácica, no hay exigencias de suministro. El motor se ha detenido.

 

Lo primero que experimento es alivio. El balance diario vuelve a números verdes. Ya no habrá más llanto. No más dolor en el pecho. No más pañales sucios. Vuelvo a tener el control absoluto de mi tiempo.

 

Me levanto de la cama con una ligereza que no sentía hace meses. Camino descalza hacia la cocina, disfrutando del silencio. Enciendo la cafetera. Mientras el agua sube y el aroma a café desplaza los restos de la lavanda artificial, me apoyo en la barra de granito. Miro a través del ventanal. Todo es fantástico.

 

Una burbuja de aire me sube por la garganta y, de pronto, suelto una carcajada. Es una risa ligera al principio; rápidamente se transforma en un ataque incontrolable. Rebota en las paredes vacías de la cocina. Me río de la publicidad engañosa de la maternidad, de las niñeras con trenzas perfectas, de los colegas y sus preguntas idiotas. Me río porque el control de daños ha sido un éxito rotundo.

 

En el punto más alto de mi risa, el sonido agudo del timbre interrumpe la frecuencia. Dos campanadas limpias. Reviso la pantalla del intercomunicador con la taza de café humeante en la mano: es Mariana. El proveedor externo ha vuelto a la hora exacta para comenzar su jornada.

miércoles, 19 de agosto de 2026

El círculo

Ninfa Patiño Sánchez


Sofía Isolina abre los ojos. El olor a desinfectante y el pitido regular de un monitor la sitúan en la habitación del hospital. Sobre ella, el techo blanco recibe un tenue rayo de luz que se filtra por la ventana. Una mascarilla de oxígeno le cubre la nariz y la boca; varias sondas la mantienen conectada a los equipos. Con dificultad, levanta la mano derecha y toca el cofrecillo que lleva colgado del cuello. Una lágrima resbala por su mejilla mientras sus pensamientos, convertidos en fractales púrpuras y azul añil, la trasladan hasta Santorini, el archipiélago de casitas blancas erguido sobre el Egeo.

Todo comenzó porque a Flor se le ocurrió que el próximo encuentro debía coincidir con el dieciséis de julio, cumpleaños de su madre. El lugar indicado sería Grecia, porque Sofía Isolina siempre había soñado con conocer la cuna de los ilustres filósofos.

Sofía, igual que ella, es el primer nombre que puso a sus hijas; había escuchado a su progenitora decir que en griego significa amor por la sabiduría. Así las llamó: Sofía Priscila, Sofía Gabriela, Sofía Atenea, Sofía Tatiana y Sofía Flor.

Era un viernes de julio. En el aeropuerto internacional de Atenas, desde muy temprano y con diversos horarios, las Sofías iban arribando desde diferentes destinos. El reencuentro estuvo marcado por abrazos, risas y algunas lágrimas. Sofía Isolina recibió a cada una en silencio, demorándose más de lo habitual antes de soltarla. Cuando Flor le preguntó por qué se llevaba la mano a la garganta, ella sonrió y culpó al cansancio del viaje. Sofía Isolina hacía algún tiempo venía teniendo problemas de la garganta, pero no les prestó mayor atención, tampoco lo comentó a sus hijas. Se automedicaba con esencias de eucalipto, rábano, miel de abeja y jengibre. Convencida, se decía para sí misma: «Ya se me pasará»

 

Después de registrarse y dejar las maletas en el hotel, las Sofías salieron dispuestas a tomarse el Olimpo. Los ojos de las viajeras se agrandaban y confundían entre lo que queda del mitológico mundo clásico y de la Atenas moderna y vibrante. Allí estaban: la acrópolis, el Partenón, el ágora y otros monumentos arqueológicos silenciosos e imponentes, aguardándolas, como si estuviera el majestuoso Zeus esperando a las nereidas.

 Luego de un extenso recorrido, las Sofías, extenuadas, pero maravilladas, buscaron una sombra para protegerse del calcinante sol. Un musculoso y sonriente griego las recibió con cervezas heladas. El olor a aceite de oliva y esencias mediterráneas se impregnaba en la piel de las viajeras. 

En el centro del restaurante, una fila de griegos danzaba y tiraba al piso platos de cerámica, invitando a las y los asistentes a hacer lo mismo. Las Sofías no se hicieron de rogar, se integraron y participaron del rito ancestral: liberar tensiones, desapegos y malas energías, mientras gritaban "¡Opa!".

Al día siguiente, muy temprano, se trasladaron al puerto del Pireo y tomaron un ferry rumbo a Santorini. El mar tibio lucía como un enorme manto turquesa que vigilaba cada movimiento que se producía en la isla. Kamari fue su hogar por esos días.

A primera hora de la mañana siguiente, encontraron una pequeña y apartada playa de arena roja todavía desierta. Vestidas de lino blanco, se sentaron en la arena en posición de loto, formando un círculo alrededor de su madre. Una nube veló el sol por unos minutos y les regaló una sombra fresca.

Fue como una catarsis colectiva de casi dos horas; iban descargando y liberando emociones. Durante ese tiempo, el mar las acompañó silencioso con el suave murmullo de sus olas, como si formara parte del círculo.

Sofía Isolina observaba y escuchaba con atención a sus hijas: sin pronunciar palabra alguna, cerró los ojos. 

 

Poco a poco, el rumor del mar se transformó en el golpe del «Chorro Sagrado» (así llamaban a la cascada los lugareños) contra las piedras. Volvía a tener diez años. Vivía con su madre, María Jesús, y su abuela, María Teolinda, en una casa de tejas rojas, puertas azules y árboles que protegían del sol.

Los martes, a las seis de la mañana, María Teolinda llevaba a su hija y a su nieta a la cascada para el baño espiritual.

—Tienen que dejar que el chorro caiga en sus cabezas… así tendrán ideas inteligentes; además, el cabello les crecerá sano… Brillante. Permitan que el agua resbale por todo su cuerpo… limpiándolo, purificándolo… —decía la abuela con tono pausado.

Luego del baño, se sentaban en el pasto, envueltas en el suave murmullo del agua y el trinar de los pájaros. Mientras trenzaba el cabello de su nieta, la abuela las aconsejaba:

—Nunca olviden sus raíces y traten de continuar con la tradición.

 

Sus recuerdos se difuminaron y volvió al presente cuando una de sus hijas se le acercó y musitó al oído.

—Madre, te estamos esperando.

—Ah, sí, sí —susurró, tosiendo y aclarándose la garganta.

Sentada en el centro, dirigió su mirada hacia Priscila y dijo:

—Más que mi primera hija, has sido como mi hermana menor; las dos crecimos juntas. Te pido perdón por robar tu infancia exigiendo que actúes como adulta y te hagas cargo del cuidado de tus hermanas menores. He sido injusta contigo y no he sabido reconocerlo. Es hora de que cargues tu propia mochila. Vive tu vida y sé feliz.

Priscila, que no dejaba de mirarla, musitó:

—Madre, te entiendo, fueron tiempos difíciles para la familia, no tenías otra opción.

Luego sus ojos se dirigieron a Gabriela:

—Desde pequeña fuiste tan responsable y estudiosa que parecías mi maestra. Recuerdo un día que venías de la universidad, en tu primer año de Filosofía, repetiste de memoria una frase de ese filósofo…

Sofía Isolina no pudo terminar la frase.

—¡¡Sócrates!! —vociferó emocionada Gabriela.

—Que decía: Solo hay un bien: el conocimiento. Solo hay un mal: la ignorancia. También te pido disculpas por sacrificar tu tiempo de lectura, recargándote de obligaciones domésticas.

Cuando su mirada se posó en Atenea, Sofía Isolina esbozó una sonrisa:

—¿Quién iba a imaginar que nos reuniríamos en el país en el que me inspiré para tu segundo nombre? Eres la que más trabajo me dio, pero también quien siempre me saca una sonrisa.

—Madre, estoy impresionada de lo que acabas de confesar. Pensé que te avergonzabas de mí. No tenía idea de que las cosas que hacía o decía te divertían.  Esa sí que es una revelación asombrosa.

Tras la réplica de Atenea, todas rieron.

Sofía Isolina dejó de sonreír y declaró:

—Hay muchas cosas que no les he revelado, aunque hubiera querido. Cuando tengan sus propias hijas e hijos, podrán entenderme.

Luego se dirigió a Tatiana:

—Cuando decidiste irte lejos tan joven, te confieso que tuve mucho miedo; a pesar de que confiaba plenamente en ti, me torturaba pensando e imaginando tragedias que podrían sucederte; nunca te confesé que ansiaba con todas mis fuerzas retenerte a mi lado. Después comprendí que hiciste bien en buscar tu propia senda, aunque fuera lejos del chorro de agua que nos vio crecer a las dos.

—Tienes razón, madre, no fue fácil salir de nuestro nido y enfrentarme a un mundo diferente. Gracias por soltarme.

Finalmente, dirigió su mirada a Flor. Dos lágrimas rodaron por su rostro.

—Mi pequeña, te pareces tanto a mi abuela; tus manos son como las de ella, tiernas y sanadoras. 

Sacó de su morral un bolsito blanco de algodón bordado a mano y continuó diciendo:

—Te entrego las piedras sagradas, que representan los siete chacras, que tu bisabuela utilizaba para las curaciones y celebraciones espirituales. Ella encargó su custodia a mi madre. Después me la pasó a mí. Ahora te corresponde a ti seguir con el legado.

—¡Pero madre! —reaccionó Flor—, ¿no crees que es demasiado pronto para transferirme una responsabilidad tan grande como esta? No entiendo por qué nos hablas como si estuvieras despidiéndote. Algo estás ocultándonos.  

—Hija, cuanto más pronto, mejor. El tiempo pasa inexorablemente.

Se aclaró nuevamente la garganta. Atardecía; un vientecillo moderado alborotó las cabelleras de madre e hijas; fue pausa necesaria para que Sofía Isolina restaurara su voz. Con dificultad decretó:

—Hijas queridas, aunque el tiempo y la distancia nos separen, cada vez que cierren los ojos, recuerden siempre que sigo aquí, tomándolas de las manos. Y cuando alguien falte, cierren el espacio. Cuando una se aleje, tráiganla de regreso. No permitan que nada rompa el círculo sagrado.

Al finalizar, se sumergieron en el mar; el agua estaba fresca, les cubría hasta la cintura. Permanecieron en silencio con los rostros bañados en agua marina.

 

Después de Grecia, todas regresaron a sus hogares. Cuando Sofía Isolina llegó a su casa, lo primero que hizo fue sacar un pedazo de papel en blanco de su libreta de apuntes. Dibujó un círculo y en el centro escribió la S; lo dobló varias veces hasta reducirlo para que pudiera caber en un pequeño cofre que había comprado en Santorini.

Como todos los martes, Sofía Isolina salía muy temprano al jardín con la regadera; mientras echaba agua a las plantas, les hablaba y acariciaba como si fueran sus hijas. Esta vez no le salió la voz. Se aclaró la garganta una y otra vez, pero nada. Entró a la casa, tomó la libreta de apuntes, un esferográfico, la billetera y se fue caminando despacio, sin apuro, como si tuviera todo el día para llegar a emergencias del hospital.

Luego de varias revisiones. Le encontraron un tumor en la garganta en estado avanzado. No se asustó, se quedó muy tranquila. Escribió una nota y se la entregó a la enfermera.  La nota decía:

Flor, hija querida, ven al hospital; estoy en emergencias, algo le pasó a mi voz, pero no te alarmes, tampoco llames a tus hermanas.

Flor, antes de salir hacia el hospital, llamó a sus hermanas. No tardaron en llegar: Gabriela, Atenea y Priscila. Al día siguiente llegó Tatiana. Cuando estaban todas, formaron un círculo alrededor de la cama.

Una leve brisa abre la ventana de la habitación del hospital. Una golondrina curiosa se posa en el filo de la cornisa; Sofía Isolina, con una sonrisa en el rostro, mira a sus hijas, mientras el cofrecillo lentamente se iba desprendiendo de su mano derecha.

martes, 11 de agosto de 2026

El Dies irae de José

Manuel Jumpa Santamaría


Cuando todo era felicidad

Cuando me viste entrar a la clínica Santa Teresa pensabas, Marina, que iba a salir en dos días. El doctor Juárez nos aseguró: «Será una operación sencilla, una laparoscopia, un día de descanso y el alta al tercero». Tú creías que después de unos días volveríamos a nuestra rutina: caminar por el malecón tomados de la mano, el sábado cenar en alguna pizzería, bailar en El Salón de la Salsa.

En la clínica el cuarto para pacientes es amplio y pulcro. Tiene una habitación con baño propio y un televisor con programación de cable, una ancha cama de comandos eléctricos, una mesita de noche y un timbre para llamar a la enfermera, que acude presta día o noche.

Cuando vino el cirujano nos dijo: «Será una cirugía rutinaria». Por eso no le pusiste mayor atención. Tú, Marina, que eres tan detallista y quieres estar segura de controlarlo todo antes de empezar algo. «En los detalles está el diablo» ―sentenciabas. A la clínica solo me llevaste un pijama y un par de sandalias además de un buzo color negro para mi salida.

Al día siguiente me llevaron al procedimiento. En el camino las enfermeras bromeaban y yo les seguía la corriente. Ya en la sala de operaciones recuerdo que, haciéndome el gracioso, levanté los dos pulgares antes que me pusieran la mascarilla de anestesia en el rostro.

La verdad de la cirugía

Cuando desperté en mi habitación después de la cirugía, pensando en lo que iba a hacer al día siguiente, la puerta del cuarto se abrió y entró el gastroenterólogo acompañado de dos médicos de otra especialidad.

—No pudimos sacar el cálculo   —me dijo el gastroenterólogo—. No estaba dentro de la vesícula, sino incrustado en una zona del hígado, y no podíamos extraerlo por laparoscopia. Tendremos que hacer una cirugía abierta para retirarlo y suturar el tejido afectado. 

Aprovecharemos para hacer pruebas para examinar su páncreas porque las imágenes muestran algo que pareciera ser un tumor maligno dijo uno de los médicos acompañantes que, después lo supe, era un especialista en hígado.

Creí que iba a marearme y mis manos empezaron a temblar; mi rostro parecía perder consistencia. Algo no cuadraba allí. Yo ingresé para la extracción de unos cálculos, dos días de estancia hospitalaria y salía de alta. ¿Cáncer de páncreas? Es letal a cortísimo plazo, no perdona.  Me jodí, tengo seis meses, máximo— pensé. La sensación de la muerte que debían sentir mis pacientes cuando yo les daba una noticia similar, me invadió totalmente.

Pero, qué pasaría si se están equivocando —pensé, mientras me levantaba de la cama y tomaba una decisión— tengo que verificar ese diagnóstico. Que me hagan una tomografía, una biopsia, nuevas pruebas de laboratorio. Cuántas veces los médicos nos hemos equivocado con el cáncer. Tengo que pedir más pruebas.

La emergencia

Pedí una segunda opinión médica. La clínica convocó una junta médica para determinar el procedimiento apropiado para mi caso. La junta se realizó. Me hicieron nuevas tomografías, más especializadas, exámenes de marcadores inmunológicos. Luego de ver los nuevos resultados la junta de especialistas llegó a la conclusión que no tenía cáncer de páncreas, pero el problema del hígado necesitaba una cirugía mayor. Ordenaron mi transferencia a un hospital de la seguridad social.

Mi traslado se aceleró porque empecé a sentirme mal: un cólico leve que fue empeorando con las horas a pesar de la medicación. En la ambulancia que me trasladaba, los emergencistas me inyectaban analgésicos potentes; pero, la molestia en lugar de disminuir aumentaba de intensidad y mi respiración se tornaba más difícil. Tan intenso era mi dolor que temí sufrir un infarto.

Llegamos a la emergencia del hospital, un espacio amplio de techo alto, dividido por módulos de madera. Las camillas congestionaban los pasadizos. La gente circulaba en desorden, sin aparente dirección ni sentido. Las voces, los gritos y quejidos se elevaban en un coro anárquico. Los olores de desinfectantes, sudor y medicamentos se mezclaban densos en un ambiente saturado, sin ventilación.

Mis acompañantes y yo estábamos en esa vorágine tratando de hacernos escuchar. Mientras yo me retorcía del dolor, el médico de la clínica hacía los trámites para mi internamiento. Yo sentía que perdía fuerzas, sudaba profusamente, cada respiración me era más difícil. Tenía mi abdomen contracturado como leña y mi boca seca tenía un desagradable sabor metálico. Necesitaba oxígeno, pedí una mascarilla sin resultado. Mi color verdoso, amarillento, petrificaba a Marina que miraba impotente la escena. Conociéndola como la conozco, en la expresión de su rostro casi podía leer su pensamiento: «Se va a morir. Hace unas horas estaba normal. Ahora se está muriendo, no puede ser. Y nadie te hace caso, carajo, aunque estés agonizando».

Llamé a una colega de la universidad, María, que cumplía una guardia. Ella vino, llamó al médico de emergencia, me pusieron en una cama con hidratación y una nueva dosis de analgésicos en ambos brazos. El dolor fue cediendo, mi respiración se normalizó. Con esos cuidados fui cerrando los ojos hasta quedarme profundamente dormido. No recuerdo cuándo me trasladaron a una sala de hospitalización.   

El cuarto solitario

Amanecí en un cuarto individual todavía mareado pero libre del terrible dolor del día anterior. La habitación, reservada para personas en cuidados especiales tenía baño propio, un sillón pequeño y una mesita de noche. Exhalaba soledad.

Eran las siete de la mañana cuando ingresó un jovencito vestido de verde con su estetoscopio alrededor del cuello por lo que supuse que era el interno de medicina. Empezó el ritual que se cumpliría con pequeñas variantes en los días siguientes:

Buenos días.

Buenos días, doctor.

—¿Cómo se siente?

—Bien, doctor. Me siento bien.

—¿Tuvo fiebre, dolor, alguna molestia?

—No, doctor, ninguna molestia.

—Entonces continuaremos con la misma medicación. Hasta luego

El breve ritual del interno me llevó de golpe a mis primeros años de estudiante de medicina, cuando el doctor Lanfranco estaba, como todos los días, temprano en la puerta de la Sala San Andrés, mis compañeros de medicina y yo, todos puntualitos, bien uniformaditos, alrededor del enfermo: «Pregunte su nombre al paciente», decía con firmeza. «Es una persona, no es un objeto, hágalo de forma amable, piense que es un familiar suyo, si es un colega muestre respeto porque él es su hermano. ¿Ya le preguntó por sus molestias? ¿Ya le hizo el examen físico? ¡No se confíe de lo que digan otros, verifique usted mismo! ¿Cuál es su diagnóstico diferencial, doctor? ¿Y su plan de trabajo? Quiero esos resultados para ayer, doctor. Usted mismo vaya a mirar las pruebas de laboratorio y me las reporta de inmediato». No. Eran otros tiempos. Otro sentido de humanidad.

Durante el día pasaban fugaces las enfermeras, el personal de limpieza y el de nutrición haciendo su ronda periódica. La mayor parte del tiempo yo estaba solo y me concentraba en pensamientos obsesivos: «¿Y si encuentran que realmente es cáncer? ¿Cuánto tiempo me quedaría? ¿Sufriré mucho antes de morir?».

Pasaron dos semanas de esa etapa oscura hasta que una enfermera me sacó de tales especulaciones para decirme que me operaban a las diez de la mañana del día siguiente.

La operación

Muy temprano las enfermeras empezaron el protocolo de sala de operaciones: revisión de las vías endovenosas, colocación de bata con apertura posterior, protección de las piernas; todo ello mientras ellas bromeaban:

—Mañana tengo una parrilla. No sé qué ponerme.

—No te preocupes tanto; ponte un jean apretado.

—Ja, ja, ja, no quiero que me rapten.

Yo asistía impasible a ese frío protocolo en la camilla que me transportaba a la sala de cirugías mientras miraba desfilar los fluorescentes verdosos en el techo, los marcos de puertas que dejaba atrás, las figuras invertidas de las enfermeras. De pronto una sonrisa luminosa, Marina, me esperaba en la entrada del quirófano. Todo va a salir bien —susurró, mientras apretaba mi mano. La dejamos atrás y entré a la sala llena de luces, mesitas con instrumentos, cinco personas cubiertas de pies a cabeza con la ropa verde de cirugía. Junto a la mesa central, debajo de las cialíticas, esperaba el doctor Juárez: «Llegó el día», me dijo poco antes que el anestesiólogo me pidiera: «Cuente hasta diez», y yo entrara en un mundo de sombras.

Me desperté después de seis horas. El doctor Juárez se acercó sonriente, me dio una palmada en el hombro; algo en sus ojos mostraba inseguridad. Sentí que no traía buenas noticias: Tiene cincuenta por ciento de probabilidad de éxito —me dijo en un tono que parecía una mentira piadosa esperemos que la sutura del hígado resista. Mi temor a saber la verdad hizo que no le preguntara nada al cirujano: yo intuía que la probabilidad era menor. Así lo había leído en la página especializada de PubMed en Internet.

Miré alrededor mío: un frasco con suero en mi brazo izquierdo, antibióticos y analgésicos en el brazo derecho; dos drenes salían de mi abdomen, una sonda me servía para orinar. Yo parecía un RoboCop, no podía moverme. No, cincuenta por ciento era demasiado —pensé.

Esa noche no pude dormir. Miles de pensamientos se amotinaban en mi mente. Me voy a morir, no quiero. No estoy preparado. ¿Quién lo está? No quiero llorar, llorar me hundirá en la desesperanza. Escucho la furia coral del Dies Irae…: «Quid sum miser tunc dicturus? / Quem patronum rogaturus, / Cum vix justus sit securus?». Desdichado yo, sin protección, Dios, no merezco esto. ¿Por qué yo? ¿Por qué yo, Dios mío? Si salgo bien de la operación, estaré jodido, no podré trabajar, mis ahorros desaparecerán. Y este horroroso cuarto con olor a medicamentos y orines. Dios, no quiero morir, solitario como el viejito de mi costado, toda la noche sufriendo hasta que ya no respiró más. Y las enfermeras, bien gracias, durmiendo. Malditas. No saben lo que es el sufrimiento. O quizá vieron tantas muertes que se volvieron insensibles. Pobre viejo, sufriste mucho, tu mirada al final era de resignación, dejaste de luchar, te rendiste. Yo no me rendiré.  No, carajo, yo no voy a morir, ¡no voy a morir!, voy a curarme, voy a salir de aquí «Rex tremendae majestatis, qui salvandos salvas gratis, salve me, fons pietatis» Tengo sueño, no quiero dormir, ¿y si muero mientras duermo? Dios, no permitas que muera…

En la noche siguiente, yo repetía el mantra, cuando vi la imagen de Juana, mi madre. Estaba joven, bailaba con su vestido floreado, en el patio de la casa de madera, sonriendo mientras un olor de selva húmeda, de frutales, de yerba fresca llenaba el ambiente. Ella tarareaba, giraba con su falda acampanada que tanto amaba. De un lugar desconocido llegó ese coro que envolvía su imagen: —No voy a morir, ¡voy a vivir!, ¡¡voy a bailar!!, ¡¡¡voy a ser feliz!!!—, y se repetía una y otra vez, mientras ella seguía girando al compás del coro: —¡Voy a vivir, voy a vivir!—. El coro se fue diluyendo lo mismo que la imagen mientras me hundía en un sueño profundo. Yo sonreía.

Al día siguiente, Alipio escuchaba un huaynito en su radio.

«Esa es música doctor», me dijo, señalando una imaginaria partitura en el aire. De pronto, sentí que los sonidos del arpa y el violín me daban una alegría inusitada.

«Así es, Alipio, —le dije—, música de los cielos», mientras una sonrisa iluminaba mi rostro.

Al tercer día el doctor Juárez, con una sonrisa triunfadora, me dijo que la cirugía iba bien, que el peor momento había pasado y que en los días siguientes habría mejores noticias.

La sala común

Aún recuerdo cuando días después me trasladaron a la sala común, una habitación con ventanales abiertos de pared a pared, donde debían caber seis camas, ahora albergaba doce, sin cortinas que separaran los espacios. Olores a sudor y orines saturaban la atmósfera. Una mezcla de marineras y huainitos se escuchaba en las camas de los pacientes.

En los días siguientes la rutina la marcaban el almuerzo y la cena que nos servían. Invariablemente una sopa de verduras y un plato de pollo al horno con arroz, que después de unos días me daba náuseas en cuanto me lo presentaban.

Dos noches después escuché el ronquido de alguien que no pude identificar. El ronquido se fue convirtiendo en un estertor grave que fue bajando de intensidad hasta desaparecer. «Qué mala suerte roncar como motosierra», me dije. En la mañana siguiente, me despertó la agitación de los enfermeros, el sonido de las palanganas y el chirriar de las sillas de ruedas. Había muerto un paciente que tenía mi edad. Volvía a tener la sensación de muerte alrededor mío. Recrudeció mi temor a la muerte y a la soledad.

Una noche llegaron dos técnicos de enfermería para arreglar la pata malograda de la cama contigua: el mayor, de pelo blanco, ventrudo e impecable de uniforme blanco; el menor, de unos cuarenta años, delgado, pelo negro erizado. Ambos se acercaron a mi cama, el viejo le dijo a su compañero:

¡Mira bien, al lado de la cama del anciano!

¿¿Anciano, yo??dije, totalmente sorprendido y humillado.

Cuando se fueron me acerqué al espejo del baño. El espejo y el baño compartían el deterioro: la superficie del espejo estaba veteada con manchas oscuras y algunas líneas en el centro deformaban un poco la imagen reflejada de las paredes con manchas despintadas y pedazos de yeso al aire libre. Lo que vi no era mi rostro. Para mi decepción, encontré un rostro envejecido, macilento y una mirada vacilante. Hasta ese momento tenía la imagen de una persona vigorosa, deportista, activa, totalmente lejana a la figura menguada y enfermiza del reflejo. Cobré conciencia de la imagen envilecida, era yo el anciano.

En la sala común estaban pacientes de corta estancia hospitalaria o los que iban de salida. Una sola enfermera atendía todas las camas en el día; en la noche, cada paciente se las arreglaba como podía porque el personal de salud, en general, dormía. Los pacientes se ayudaban unos a otros para ir al baño o para llamar a la enfermera si se presentaba alguna urgencia.

Con don Víctor tuvimos una gran confianza. ―Yo sabía que usted era médico desde que llegó. Don José, ―me dijeron―: Llega un envarado. ―Yo tengo un hijo que es doctor, también. Trabaja aquí en el hospital. Él me consiguió la entrada y el tratamiento―, me relataba el viejo Víctor, agricultor arequipeño, bonachón, con su metro noventa de alto. Tenía ochenta años y le habían detectado cáncer de estómago. ―Yo he sido chacarero, de barro y agua. Salí de la chacra, estudié contabilidad en las noches. Nunca me gustó quedarme en el mismo sitio. Como era empeñoso, me contrataron en una empresa. Ahí fui ascendiendo y ganando un poco más. Ahora soy jefe contable, así eduqué a mis tres hijos que son médicos como usted.

Otro amigo, aunque fugaz, fue Tadeo, el suertudo que estuvo solo una semana. Era delgado, pesaría unos sesenta kilos, de cara huesuda y chupada, pelo negro y puntiagudo. ―Vengo de la Rica Vicky, me dijo, con una voz de pito,  para que me saquen una piedra de la vesícula. Si pasa algún día por Renovación cuadra 6, me avisa―. Tadeo se fue a los dos días. Parecía un actor de cine despidiéndose de los amigos. Su sonrisa iluminaba la sala común. Estaba también Alipio, que ingresaba cada seis meses. Conocía todos los trucos de la sala; en su cajón de noche guardaba naipes, ludo, ajedrez, damas.

«Venga, doc, esta vez le doy ventaja de dos peones», me desafiaba cada tarde.

A su alrededor se apretujaban los vecinos entre ellos Jacinto, el profesor de Huancayo, que juraba tener un perro que predecía los terremotos y contaba historias alucinantes de su gato que reconocía fantasmas. Una noche nos contó:

«Mi gato reconocía fantasmas. Una vez vio uno en la parte oscura de mi cuarto. Se le pusieron los pelos de punta, arqueó su lomo mientras ronroneaba y mostraba sus dientes filudos, levantando la garra derecha en el aire. Se calmó cuando un viento pesado pareció escaparse por la ventana»

Reíamos, nos burlábamos de sus historias inverosímiles, volvíamos a reír con cada broma. Esa era, cada tarde, nuestra manera de aliviar la soledad.

 A los pocos días de la salida de Tadeo, durante la visita médica, el doctor Juárez, que vio mi progreso diario, me dijo: «Su evolución ha sido favorable. El resto de su recuperación lo hace mejor en su casa. Tenemos que evitar una infección intrahospitalaria». Salí de alta al día siguiente. Regalé todos mis enseres: periódicos, revistas, batas, sandalias, papel toalla, un juego de ajedrez.

La despedida

Mis compañeros hicieron una pequeña despedida al recibir el reparto de mis bienes acumulados en la sala común. Organizaron una especie de doble fila al tiempo que Marina empujaba la silla de ruedas hacia la puerta de salida. Mientras esperábamos el taxi, una melodía, un coro asomó, majestuoso, elevándose al cielo: «Seid umschlungen, Millionen! ¡Diesen Kuss der ganzen Welt!»: «¡Abrácense, millones! ¡Este beso para el mundo entero!». Millones de voces como una promesa. Cerré mis ojos, escuché sus voces mientras aparecían los rostros de mis amigos, alegres, abrazándome, dándome palmadas en la espalda. «¡No vuelva, doc.!», me decían, como un buen deseo para ellos mismos.

Me sentí renacer. Sus amplias sonrisas me acompañaron el resto del viaje mientras cogía la mano de Marina.