viernes, 6 de septiembre de 2019

Secretos de sangre

Constanza Aimola


Confesar libera, hablar desahoga un espíritu pecador. Contar algo que nos asfixia podría salvarnos aunque esto suponga acabar con la vida perfecta que con mentiras alcanzaste. Así que revelaré uno de mis grandes secretos.

Nací rebelde, en exceso, y créanme, domar los demonios que provienen de esta necesidad de tener siempre la razón no es sencillo. 

Cuando estuve en la cima del éxito laboral, terminé claudicando, por mi incapacidad de negociar y más que esto, por no poder soportar que alguien me diga qué hacer, me llame la atención o me obligue a pensar diferente.

Que alguien no haga lo que yo quiero me descompone, eso sí, mientras soy la dueña del juego es diferente, que me sigan la cuerda hace que todo fluya, cuando ocurre lo contrario se desata el infierno.

Pensando en esto, estoy convencida de que lo hago porque me siguen el juego, pocas veces he sentido que no logro lo que me propongo, o que alguien no apoya lo que digo o pienso. A medida que pasa el tiempo es aún más sencillo, las personas ganan confianza en mí, me siguen y con esto, sin saberlo fortalecen mi defecto.

Hace ya algunos años, bueno, más de veinte, mientras le hacíamos visita a mi tía Leonor, yo tenía actitudes desafiantes e irrespetuosas. Mi tía me miró aterrada como si en mi cara se le reflejara un fantasma, por esta razón decidió contarme una historia familiar de la que se había enterado hace muchos años, según ella, así se explicaría la razón de mi actitud que era por esa época inmanejable. Su hipótesis, fue que por mis venas corre sangre rebelde.

Lucía se debatía entre la vida y la muerte igual que su primera hija, a quien aún llevaba en el vientre. El escándalo que suele provocar la sangre, que estaba por toda su ropa, además del líquido amniótico que bajaba por sus piernas, se veía apocado, por el que fue considerado un caso clínicamente de mayor importancia. 

La fecha, 9 de abril de 1948, era casi imposible llegar hasta la Clínica Central, en Bogotá, en donde Lucía daría a luz a Ana. Era la 1:30 de la tarde y hacía casi una hora, habían hecho un atentado en contra de Jorge Eliécer Gaitán, candidato liberal a la presidencia de Colombia. 

Todo se había convertido en un absoluto caos, lo describo como lo imaginé mientras mi tía lo narraba, una foto en blanco y negro. Entonces en Bogotá las temperaturas eran muy bajas, las personas vestían elegantes, las mujeres con falda, tacones y medias veladas, los hombres de traje, corbata, sombrero y abrigo.

Un hombre abordó a Gaitán saliendo del edificio en el que se ubicaba su oficina y le propinó tres disparos mortales, en la cabeza y el tórax. Ya sin sentido, lo llevaron en un taxi a la clínica más cercana en donde no duró vivo más de cuarenta minutos, tiempo que la vida, le estaba cobrando a Lucía y su hija.

Los dolores empezaron cuando participaba en la mañana, en una marcha por los derechos de las mujeres en Colombia. Aunque en ese momento, en el país ni siquiera había una ley que permitiera votar a las mujeres, iban por un buen camino, Lucía participaba en diferentes movimientos y sin aspirar a ganar ni un centavo, tenía entre los objetivos primordiales de su vida, hacer que las mujeres ocuparan un lugar importante en la sociedad colombiana. 

Faltaban dos meses aún para dar a luz, sin embargo, la larga caminata y lo efusivo de estos encuentros hicieron que tuviera contracciones, para posteriormente romper fuente.

La atacaba el miedo ya que había tenido anemia desde que quedó en embarazo, además de otros malestares de salud que la aquejaban. 

La mayor parte de la vida de Lucía había estado rodeada de tragedia, sus padres murieron en un accidente cuando aún era muy niña, vivió en varios hogares adoptivos, hasta que cumplió la mayoría de edad, cuando la dejaron en la calle y tuvo que hacerse camino y ganarse la vida con labores domésticas en casas ajenas, vendiendo en las tiendas del sur de la ciudad y recogiendo las sobras de los puestos de verduras en la plaza de mercado para poder comer. 

Un día que no consiguió el dinero suficiente para quedarse en una pensión, se encontraba deambulando por las calles y un grupo de hombres la tomaron como su juego. La pasaban de mano en mano con risas estruendosas y la empujaban hasta hacerla meter en los charcos de un oscuro callejón. Moría de frío y estaba flaca como una garra, su cabello estaba sucio y el flequillo le tapaba los ojos, impidiéndole ver. Las cosas empezaron a ponerse difíciles, aquellos hombres estaban eufóricos, producto de varias botellas de alcohol, que reposaban en el piso a su lado. Uno de ellos la tomó por su huesudo brazo y oliéndola detrás de la oreja y en el cabello, la arrinconó a la pared y empezó a hacer gestos de placer con su cuerpo. 

Sus compinches se reían a carcajadas y empezaron a hacer lo mismo, Lucía lloraba, muriendo de miedo. Les suplicaba que por favor no le hicieran daño, que se alejaran, pero no se detuvieron, la echaron al piso y encima del pavimento mojado la violaron todos, una y otra vez, hasta dejarla malherida, sin conocimiento y tirada en el inmundo callejón. Solo dos días después un perro que andaba olfateando el lugar, llamó la atención de unos policías, quienes encontraron a Lucía casi muerta. La llevaron al hospital con bajos signos vitales y estuvo inconsciente dos días más. Despertó sola y algo desorientada, sin embargo, recordó los hechos de esa noche. 

Allí comió, atendieron sus problemas de salud, hicieron que aumentara algunos kilos y la hidrataron con suero directo por su vena, Lucía no lograba superar la anemia, aunque se mantenía estable. En total pasaron treinta y siete días desde aquel, sobre el que Lucía se negaba a hablar. Estaba próxima a salir cuando un guiso de pollo la hizo vomitar profusamente, sudaba frío y se sentía débil, aunque para los médicos era un síntoma de la fuerte anemia que padecía, una enfermera con la que había iniciado una linda relación de amistad, le practicó una prueba de embarazo que salió positiva.

Este nuevo hecho dejaba a Lucía con muchos sentimientos cruzados, no sabía lo que iba a hacer, sin casa ni alimentos y en la más cruel soledad. 

Finalmente salió de la Clínica Central con la ropa de una paciente que falleció, se la habían regalado las enfermeras, cuando vieron que iba a salir casi desnuda, pues lo que llevaba puesto cuando llegó al hospital estaba destrozado.

De vez en cuando tocaba su vientre, mientras caminaba por las calles de una ciudad en la que parecía pasar desapercibida, golpeaba puertas, entraba a restaurantes pidiendo las sobras o una taza de café, algo de sopa caliente, sin una moneda en el bolsillo. 

Justo cuando había perdido las esperanzas, se sentó en el muro del jardín de una casa, Aurora, una mujer de unos cuarenta años, salió para preguntarle si estaba bien. Aunque no quería molestar, esta vez aceptó que tenía frío y hambre, estaba enferma y en embarazo. Esta mujer no se sintió capaz de dejarla allí afuera y la invitó a seguir, la dejó acostar en el cuarto de la empleada que hacía unos días estaba desocupado y al día siguiente después de haber hablado con su marido y aún más, de ver cuando se levantó que la cocina estaba impecable y el desayuno hecho, le quiso dar la oportunidad de que trabajara para ella. 

Lucía no sabía cuánto cobrar, estaba realmente conforme con tener un techo en donde protegerse del frío y un plato de comida caliente. 

Allí permaneció haciendo las labores del hogar durante su embarazo. Salía los viernes al mediodía y regresaba el domingo en la noche. Entre semana, al principio iba a la clínica Central, en donde como voluntaria, conversaba y escuchaba a algunas pacientes víctimas de violencia como ella. Allí fue que conoció un grupo que se reunía para hablar temas de mujeres y sus derechos en un mundo que todas concluían que era diseñado y gobernado por hombres, desde su creación.

Ya regresaba a la casa, cuando la atacó un fuerte dolor en el vientre, se sintió mareada y cayó de rodillas. Arrastrándose logró llegar a un restaurante en el que la ayudaron a incorporarse y le brindaron un vaso con agua. Cuando intentó ponerse de pie al sentirse levemente mejor, por sus piernas empezó a bajar una gran cantidad de líquido mezclado con sangre, había llegado el momento de que naciera su hija.

Repetía que tenía que llegar al hospital, una persona que estaba en el restaurante se ofreció a acompañarla, sin embargo, de forma paralela, a unas cuantas cuadras de allí se estaba gestando una revuelta por el atentado hecho a Gaitán. Sin saberlo intentaban encontrar un taxi o el carro de algún voluntario, pero pasaba el tiempo y no lo lograban, finalmente un taxista se apiadó de ella y emprendió camino entre la multitud y las barricadas, sin dejar de tocar el pito del carro y gritar por la ventana que era una emergencia y debían abrirle paso. 

Parecía que ya iba a nacer su hija, Lucía no se cansaba de gritarle por su nombre, Ana, mientras le pedía llorando que aguantara un poco más. 

Lucía se mantuvo despierta todo el trayecto, pero se desmayó como rindiéndose, cuando pudo ver a pocas cuadras el edificio de la Clínica Central.

Para ese momento, no se explicaban lo que sucedía, las personas corrían y gritaban arengas, se encontraban con calles tapadas con neumáticos de carros en llamas, el centro de la ciudad se llenó de humo, sangre y los revoltosos aprovecharon la oportunidad para destruir buena parte del patrimonio de la ciudad.

Al mismo tiempo que llegaba Lucía en brazos de su acompañante, desmayada y desangrándose, se encontraba en el quirófano Gaitán, a quien los médicos y enfermeras disponibles en el turno, intentaban salvar a toda costa. En la recepción y los pasillos no había nadie disponible, pacientes con situaciones de urgencia se agolparon en la puerta de vidrio, que aunque era de seguridad, alcanzó a verse gravemente afectada, terminando por romperse, dejando entrar a la multitud histérica. 

Todo era caótico y nadie atendía a Lucía, quien yacía, tirada sola en una esquina al lado del quirófano en el que estaba siendo atendido el candidato a la presidencia. En este momento se desató el peor caos de la historia en Bogotá, cuando dos médicos anunciaron que Gaitán había muerto. 

Afuera, un grupo de ciudadanos, encontraron al hombre que lo mató, lo torturaron y cuando se enteraron de la muerte de su líder, sin piedad lo mataron a pedradas, le propinaron la cantidad de puños y patadas que miles de personas quisieron darle y para terminar lo exhibieron crucificado en la plaza de Bolívar, hasta donde lo llevaron arrastrando.

Todo el país estaba consternado y atento a la noticia, se desató el movimiento llamado El Bogotazo, en donde murieron varias decenas de personas y otro tanto resultaron heridos. El tranvía quedó inservible, las fachadas de los edificios, las ventanas y las calles arruinadas. 

A esa hora Lucía en la clínica, cansada de pedir ayuda y a punto de morir, entró a rastras al quirófano aún con lo que habían utilizado para intentar salvarle la vida a Gaitán, se recostó contra la camilla, abrió sus piernas y pudo ver la cabeza de su hija, daba alaridos de dolor, mordió un trapo, con dificultad se puso en cuclillas y así dio a luz a su hija. 

Perdió el conocimiento por unos minutos y cuando despertó una enfermera le estaba dando los primeros auxilios. Su tez se tornó blanca como un papel, había una bolsa de sangre, le preguntó qué tipo era y ella le contestó, se percató de una unidad a su lado y al verificar que era la misma suya, sin tiempo de hacerle una mayor prueba la conecto al catéter, había perdido una gran cantidad y se encontraba muy débil.

Médicos y otras enfermeras se presentaron allí para ayudarla, Lucía perdía y recobraba el conocimiento, cuando abría los ojos, podía ver el cuerpo sin vida de Gaitán, a quien uno de los médicos extrajo sangre y se la puso a ella, no había más disponible en el momento y como había crisis por la cantidad de heridos que estaban acudiendo a la clínica, no tuvieron otra alternativa.

Al mismo tiempo que la atendían a ella, le daban los primeros auxilios a Ana, que se demoró en llorar y tenía un color morado intenso, aunque lograron mantener estables sus signos vitales. 

No podía hablar, pero dejó de escuchar el llanto de Ana y la inundó la angustia, jadeaba y emitía sonidos llenos de dolor por la preocupación del estado de salud de su hija. Una enfermera se la mostró, envuelta en una sábana blanca, con sus lindos y grandes ojos negros muy abiertos, en ese instante Lucía cerró sus ojos y no los volvió a abrir sino pasadas ocho horas, cuando ya estaba un poco más recuperada, en una camilla al lado de varias mujeres más en situación crítica.

Tuvo algunos problemas de salud, altibajos de ánimo, estrés por el bienestar de su pequeña Ana, pero finalmente lograron salir del hospital. Ana creció al lado de su madre, conoció y aprendió de su lucha, la acompañó en sus ideales y se impregnó de todo lo que necesitaba para ser parte del equipo de mujeres que empezaron a figurar en la política y que junto con el Senado y el Congreso lograron la aceptación de las leyes y los beneficios que hoy nos acogen a las mujeres en este país. 

Gracias a ellas y a cientos de personas con su energía y fe en lo que es capaz de lograr y transformar una mujer, se ha gestado desde entonces un movimiento imparable, enmarcado en el respeto y la unidad. Mujeres como estas y su espíritu impetuoso, han logrado impulsar  varias historias de vida, que me hacen pensar en un feminismo que más que dominar el mundo, lo doblega con amor.  

Resulta que esto pasó hace setenta y un años en mi familia, podría ser verdad, que todavía corre por mis venas sangre rebelde, pero al mismo tiempo, valiente y fuerte, luchadora y el combustible que hace que las mujeres de este país seamos capaces casi de cualquier cosa que nos proponemos. Esa mujer puedo ser yo, también puedes ser tú.

jueves, 5 de septiembre de 2019

El sicario

Frank Oviedo Carmona


Era un domingo tranquilo con sol radiante, todo parecía marchar bien en un pueblo en las afueras de la ciudad de Bogotá. A pocos kilómetros, en una avenida avanzaba una camioneta color gris con lunas polarizadas. Rudy, quien conducía, cogió el celular para responder una llamada.

–Dime, Salvador, para qué llamas si estoy a punto de realizar la misión.

–Lo sé, Rudy, solo me aseguro de que todo marcha bien. 

–No es necesario que lo hagas.

–Tranquilo –le respondió.

Rudy avanzó unos kilómetros más y se estacionó debajo de un frondoso árbol, como para no ser visto, sacó un rifle, lo cargó, luego bajó del auto y se escondió tras un arbusto, apuntó hacia una casa cuya fachada era color naranja y el techo gris, esperó unos minutos, cuando de pronto salió una señora alta, cabello suelto lacio con un niño de la mano de aproximadamente diez años, voltearon para hacerle adiós al parecer a su padre que estaba en la ventana. Sin titubear, Rudy, apuntó y mató a la madre e hijo. Mientras el padre salía corriendo desesperado para ver a su esposa. Rudy, sin gesto de tensión en su rostro, subió al auto y arrancó.

Luego de haber recorrido suficientes kilómetros como para pasar desapercibido, se estacionó para hablar por teléfono, pero sintió unos hincones como si le presionaran el pecho. Ya antes había sentido el mismo malestar, pero estaba esperando terminar las misiones para ir a chequearse.

–Salvador, misión cumplida y dejé al padre vivo como me solicitaste.

Salvador era el jefe de un grupo de sicarios que extorsionaba a empresarios amenazándolos con matar a sus familiares si no pagaban una cantidad mensual; algunos al comienzo no hacían caso, como advertencia mataban a un empleado, luego sería un familiar. 

–Bien hecho, Rudy, te recuerdo que aún te falta otra misión, estás a tres horas de ahí.

–Salvador, también te recuerdo que quedaste en depositarme el dinero hoy a primera hora y no lo has hecho, porque no creo que quieras que le pase algo a tu querida familia.

–Oye, Rudy mide tus palabras, por lo visto no sabes con quién estás hablando. Dime, ¿cuándo te he dejado de pagar?

–Tú me conoces, me gusta asegurarme y aclarar por si ocurriera algo.

–Contigo no puedo quedar mal, eres un asesino difícil de encontrar. Mañana tendrás tu dinero a primera hora.

–Así lo espero. Aprovecho para decirte que tomaré dos semanas de descanso, para un chequeo médico.

Rudy era un hombre alto, cuerpo fornido, solía vestir ropa oscura y gafas negras. Había sido un policía corrupto, en el departamento de drogas, cuando lo descubrieron le dieron de baja. Poco tiempo después asesinaron a su esposa e hijo, no se llegó a saber si fueron sus amigos los narcotraficantes por haberse retirado. En venganza mató a uno de los jefes de los narcos y luego se fue a vivir a Colombia y se unió a un grupo de sicarios ya que él era un excelente tirador y no tenía ningún remordimiento en matar a niños o  a adultos.

–Está bien, Salvador, reconozco que no he tenido ningún problema de pago.

–Por supuesto, tómate el tiempo que desees porque yo te necesito sano. Te recomendaré a los mejores doctores para tus exámenes.

Rudy no le había dado importancia a los dolores de pecho, pero en los últimos días le preocupaba que esos malestares le dieran en plena misión.

Se fue a la clínica e hizo los chequeos médicos al corazón y pasó a consulta. 

–Buenos días, señor Pérez, tome asiento, he revisado sus exámenes. 

–¿Qué es lo que tengo? 

–Verá, usted tiene, angina de pecho, dos tipos de arritmias, una de ellas no es peligrosa, la  otra puede ser mortal, insuficiencia cardiaca e hipertensión. 

–Veo que heredé de mi padre los males del corazón, ¿qué solución me da?

–Trasplante, si no, no podrá seguir realizando el trabajo que hace, ¿está de acuerdo?

–Sí, por supuesto que lo estoy, ¿me da su palabra de que quedaré bien?

–Le aseguro que quedará bien. Por otro lado ya he hablado con su jefe, ya tenemos un donante.

–Listo, señor  Rudy  Pérez, en estos días será internado, hasta pronto.

En un hospital en las afueras de Colombia, un joven de aproximadamente veinticinco años acababa de morir por un accidente de tránsito. La madre de este joven estaba devastada ya que además de la pena de perderlo, él era el sustento de su casa ya que su padre los había abandonado desde muy niños y trabajaba para ayudar a sus tres hermanos menores y no solo eso, hacía labor social, ayudaba en una escuela de pocos recursos, enseñándoles juegos y algunos deportes a los niños,  esa era una de sus pasiones. 

Los médicos habían hablado con la madre para que donara el corazón de su hijo, al principio no estuvo de acuerdo, pero le dijeron que con ese dinero iba a poder darles una buena educación y vivienda a sus tres hijos. Terminó por aceptar.

Ocho meses después de la operación, Rudy vuelve trabajar, sin imaginar que la policía de Colombia estaba tras sus pasos, atraparlo era cuestión de tiempo.

Salvador le da misiones para que realice en varias partes de Colombia. Una de ellas era asesinar a una novia y a su padre, luego de asesinarlos debería tirarlos al mar para que se demoren unos días en encontrarlos. «Como prueba, tráeme una prenda con sangre».

–¿Seguro que podrás, Rudy?

–Por supuesto que sí, ¿o es que acaso dudas de mí?

–Claro que no, te veo muy bien, yo diría mejor que antes –soltando una carcajada lo dijo.

Cuando la novia estaba por salir de su casa con su padre y su ayudante, Rudy se acerca por la espalda para matarlos.

–Por favor no nos haga daño, no nos mate, se lo ruego, estoy embarazada, mire mi barriga. –La novia estaba temblando al igual que  su padre.

Rudy les apunta, como nunca, transpiraba su frente, le temblaba la mano, sentía que no tenía el valor para quitarles la vida. En vez de asesinarlos, les dispara haciéndoles un rasguño en el brazo a ambos para llevar como prueba una prenda a su jefe.

Les ata las manos, los mete al auto y los lleva a las afuera de la ciudad, en un refugio que tenía todas las comodidades, que él usaba cuando estaba en peligro de captura.

Una vez que los deja llama por teléfono.

–Salvador, misión cumplida, acabé con la vida de la novia y su padre.

–Excelente, Rudy, extrañaba esa sangre fría y sin ningún escrúpulo para asesinar.

–No quiero halagos, solo deposítame el dinero.

Rudy llegó a su casa preguntándose por qué no había podido matarlos. 

«No lo entiendo. ¿Quizás estoy fuera de forma?».

Salvador continúa dándole misiones y Rudy sigue llevándose a los que iba a asesinar a su refugio, hasta que él pueda sacarlos del país con una nueva identidad. Le preocupaba, ¿cómo haría para llevarle pruebas a su jefe?

Mientras él se hacía muchas preguntas recostado en su cama, fue rodeado por la policía sin darle tiempo a que coja un arma.

Fue llevado a un penal de máxima seguridad para ser interrogado.

–¿Rudy Pérez, se declara culpable de más de treinta asesinatos? –pregunta el sargento.

–Sí, soy culpable, pero ya no deseo matar gente.

–No me haga reír, ¡cree que le voy a creer después de todos los asesinatos que ha cometido! –exclamó el sargento.

–Tengo más de diez personas escondidas en las afueras de la ciudad, que no asesiné –lo dijo con voz calmada.

Rudy pidió que le dieran la oportunidad de salvarlos antes que su jefe se entere de todo y los mande matar.

–Ahora resulta que es un salvador –rió el sargento con ironía. 

Él les explicó que desde que le hicieron el trasplante de corazón, no sabía qué había sucedido con él, había cambiado, ya no podía asesinar. «Si yo fuera el mismo, no me hubieran atrapado».

–Lo he intentado y les juró que no puedo, me siento confundido. Les doy mi palabra de que los llevaré donde tengo a las personas que iba a asesinar y ayudaré a que capturen a mi jefe. 

–Usted piensa que le voy a creer ese cuento de hadas.

–No pretendo que me crea, sargento, pero le doy mi palabra, deseo salvar a esas personas, ya no quiero seguir matando. –Tenía la mirada fija.

El teniente lo quedó mirando como si le creyera.

–Lléveme y le mostraré dónde tengo a las personas.

Y así lo hizo la policía, pudieron salvar a todos.

–Sargento, quizás no me crea, pero me siento contento de haber podido salvar a todas esas personas. 

–Tiene razón, no le creo.

Lo esposaron y se lo llevaron, más adelante sería juzgado y rebajada su condena por la ayuda que brindó. 

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Guardería ABC


Yadira Sandoval Rodríguez


Son las13:00 horas, el calor es intenso, y las gotas de sudor escurren por sus cuerpos. La bodega pertenece al Gobierno, lo utilizan para guardar cosas. Ramón, Julio y César tienen dos horas para almacenar todos los archivos comprometedores y quemarlos. El partido que gobierna el Estado está por perder, las estadísticas le han dado el triunfo a la oposición. Si esos papeles caen en manos de otras personas, algunos políticos tendrán que ir a la cárcel. En el almacén se ven papeles tirados por todas partes, otros en cajas, algunos muebles de oficina: sillas, mesas, archiveros; utensilios de limpieza, mamparas y varios volantes de campaña política.     

—Dice el jefe que le ofrecieron treinta mil dólares, así que la paga será buena —indicó Ramón.

—Con ese dinero me iré con mi morrita a Cancún —expresó Julio.

—¿Con cuál de todas, Julio? —preguntó César.

—Nos fue bien con esta administración, lamentablemente está por terminar —dice Julio—. Yo ofrecía morritas a los funcionarios y los muy locos daban el doble por las más chiquitas.

—¿Y qué piensas a hacer con el dinero de este jale? —pregunta Ramón.

—Me quiero ir a Tijuana, dicen que allá está llegando mucho ruco extranjero, varias putitas me quieren seguir. Ya saben, yo no obligo a nadie, ellas solitas se acercan al negocio —dice Julio.

—Está cabrón, Julio, yo solo le hago de chofer a los corruptos, pero ese negocio que tú tienes, le saco, tengo dos hijas y no me gustaría que anduvieran en eso —dice Ramón.

Ramón y César le dicen: «Eres maniaco». Mientras acercan los documentos y forman con ellos una pirámide.

—¿Cuántos archivos son, Ramón? —pregunta César.

—Cinco toneladas —contesta Ramón.

—Y todavía la gente sigue creyendo en estos licenciados —dice Julio.

—¿Cuántos más nos falta por trasladar? —pregunta Julio.

—Estos son los últimos —contesta Ramón.

Julio no aguanta el calor, le pide a Ramón permiso para salir a fumar un cigarro; al momento de prender el cigarrillo, mira el techo de la bodega, y ve que el transformador del aire acondicionado está haciendo cortocircuito, entra corriendo para avisarles a sus compañeros, cuando de repente los archivos almacenados en cajas estaban ardiendo por el fuego, son las 14:30 horas. Los tres se miran, buscan alguna forma de parar el incendio, al no lograrlo salen de la bodega por los gritos continuos de la guardería: «¡Los niños se están quemando!». Ramón, César y Julio no lo podían creer y se preguntan: «¿Qué hacemos, cabrones?». Ramón les dice a los dos que tienen que ayudar a las maestras a sacar a los niños. César se queda paralizado, no podía reaccionar sabía que allí había muchos infantes, y las maestras no podían ayudar por el estado de pánico en el que se encuentran; empieza a llorar; Ramón le da una cachetada y le dice: «Despierta, imbécil». Julio trata de meterse para sacar a los niños, pero no lo logra porque el edificio está en llamas. Los vecinos empiezan a llegar, varios jóvenes también conocidos como Los Pandilleros de la Colonia, al ver a Ramón y a Julio auxiliar a las maestras, se ofrecieron para abrir tres boquetes en la pared. Julio brinda su carro, un joven se sube a él hace reversa y con fuerza se va contra la pared, Julio le grita que más fuerte, el joven se quita la pañoleta de la frente por la desesperación, se santigua, suelta un grito al mismo tiempo que golpea de nuevo el parapeto, este logra tumbar algunos blocks, Julio le grita: «¡Primo, ya lo tenemos, golpea otra vez!». El joven acelera con más velocidad, logra a hacer un hoyo en la pared, Ramón, Julio y algunas maestras, se meten, empiezan a sacar a los niños, algunos, con sus brazos ardiendo, la piel cayéndose, unos llorando del dolor, otros por sus papás, unos sin piernitas, sin manitas, César estaba impactado, se alejó del lugar. Ramón y Julio se quedaron ahí ayudando. Las ambulancias llegan, los bomberos también, se abre otro boquete para sacar más niños.

Los hospitales de varios Estados dan apoyo de hospitalización, Estados Unidos se comunica con el gobernador para trasladar en helicópteros a los infantes, debido a que el país no tiene el área de quemaduras de alta magnitud. Los padres de familia llegan uno por uno; al ver el lugar en llamas se desmayan, otros entran en estados de histeria por la impotencia de no poder sacar a sus hijos de la guardería, los cuerpos policiacos los detienen, los padres le responden con gritos de desesperación, ellos saben que aún no se han rescatados a sus hijos: «Hermano, ahí adentro está mi angelito, déjame salvarlo, por el amor de Dios, o, déjame morir a su lado», los policías les dicen que no. Los paramédicos no se dan abasto, se comunican con la escuela de enfermería y medicina de la universidad. Los estudiantes suben a los autobuses de la escuela con maletines de primeros auxilios, tanques de oxígeno y varias botellas con agua.

Un ambiente de terror domina la ciudad, el humo se expande en una nube densa de color negro la cual se observa desde cualquier punto de la urbe. Ramón y Julio reciben a los estudiantes, los dirigen con los paramédicos, preguntan si traen agua, los estudiantes de enfermería dicen que sí. Se entregan varias botellas a los papás. A los camiones suben los pequeños fuera de peligro, otros gritan que necesitan carros, ya que son más de ciento cincuenta infantes, Julio se agarra la cabeza, Ramón le dice que no se desespere. Inician a sacar los niños que han muerto. Los paramédicos auxilian a Ramón, quien está por desmayarse, Julio le grita: «¡No, cabrón, no me dejes solo!». Las enfermeras tratan de tranquilizarlo, este las hace a un lado, intenta entrar para cerciorarse que no hay ningún otro niño, la policía lo detiene: «Señor, el edificio está por caerse, se rescataron solo veinte cuerpos». Julio no hace caso, se vuelve a meter, los policías le gritan, a los tres minutos sale con una niña en sus brazos calcinada, cae de rodillas al suelo y empieza a llorar. Los estudiantes lo auxilian, los policías le quitan el cuerpo de la pequeña. Y él no quiere soltarla, se aferra con más fuerza a ella. La gente que está de espectadora se estremece por la escena, piensan que es el papá de la pequeña, levantan el puño derecho en señal de silencio. Los medios de comunicación tratan de entrevistarlo, pero este le tira el micrófono a la reportera la policía le pide que se tranquilice, un paramédico le inyecta un sedante, se lo llevan al hospital en una ambulancia, en el trayecto balbucea: «Es mi culpa».

Al día siguiente los medios de comunicación nacional e internacional hablaron de lo sucedido: «Incendio en la guardería ABC, fallecieron cuarenta y nueve niños y ciento seis resultaron heridos, todos entre cinco meses y cinco años de edad. Varios con quemaduras de distinta magnitud fueron intervenidos en hospitales de Estados Unidos. El incendio inició en la bodega contigua del gobierno del Estado. Los padres de familia piden justicia».

Julio despierta en el hospital, la enfermera le da la orden de no levantarse y le explica su condición. Julio recuerda lo sucedido, mira a través de la ventana, en eso llega el doctor ve su expediente, pregunta al paciente cómo se siente, Julio responde que bien, el médico le indica tomarse algunos medicamentos y le dice: «Su trabajo fue admirable, lo felicito, salvó varios niños, algunos medios lo quieren entrevistar». Julio se queda serio, y pregunta a qué hora saldrá del hospital. Ramón llega por él, las enfermeras lo despiden con abrazos. Ramón se le queda mirando y Julio con la mirada le responde que lo saque de ahí. Los dos han decidido no dar entrevistas a los medios de comunicación, no quieren saber nada de lo sucedido. Ramón le dice que su jefe no quiere contestar las llamadas, por lo tanto, ha decidido salir de la ciudad con su familia. Julio decide lo mismo.

Pasaron doce meses, por casualidad Ramón se encuentra con Julio, este le pregunta por César, Ramón le dice que se suicidó al saber el número de niños fallecidos en el incendio. Julio le narra que tuvo que esconderse en un seminario de Jalisco, que le daba pánico salir a la calle. Le platicó que al ver a la niña calcinada causó un impacto traumático en él. Se retiró del negocio de prostitución que tenía y decidió entregarse a Dios: «Había noches en que no podía dormir, hermano, los rostros de todos esos niños, me siguieron por varios meses, casi, casi me volvía loco, hasta que conocí a una persona que me habló de Dios e inmediatamente sentí el rescate ante mi situación. Para serte sincero intenté suicidarme, puse la pistola en mi boca, pero no tuve el valor de hacerlo, me he llenado de valor para atestiguar de lo que pasó: “Dicen que la guardería estaba en malas condiciones”. No te preocupes, no hablaré de ti».

Ramón estaba asustado por lo último que dijo Julio, hablar de lo sucedido es exponerlo, porque iniciarían las averiguaciones, han encontrado muchas irregularidades en la guardería, las autoridades están entretenidas en la investigación de estancias infantiles subrogadas por el Instituto Mexicano del Seguro Social IMSS a particulares quienes tenían a los niños en inmuebles pocos seguros. Ramón le dice a Julio:

—Primo, haz tu vida, no hay nada que hacer con eso. Tú mismo dices que cambió tu vida, entonces aprovecha esa oportunidad. Relájate y olvídalo, por favor.

—¿Me estás diciendo que lo olvide?

—Sí.

—No puedo dormir con tanta culpa. Necesito sacar este dolor.

—El dolor ya pasó, no es nuestra culpa. La guardería estaba mal, aparte por lo que veo, los papás de esos niños desconocían las condiciones en las que estaban sus hijos. La tragedia, ellos la ocasionaron, Julio. 

—No, Ramón, fuimos nosotros y la bola de políticos corruptos que nos enviaron a quemar los documentos.  

Ramón se enoja y se va contra él: «Mira, cabrón, tú que dices algo y yo que te hago algo».  

miércoles, 28 de agosto de 2019

Seguros

María Elena Delgado Portalanza


«Ahora sí, ya me decidí, tengo muchas noches de desvelo pensando en que si lo hago, no lo hago… me asaltan los cuestionamientos éticos. ¿Por qué tendré que reparar en todo ello? —me digo a mí mismo—. Es por esos principios que me han inculcado desde niño. Pero mis padres, ¿quiénes son?: ¡dos seres mediocres!... Enseguida me arrepiento por desvalorizarlos así, porque los quiero. Bueno volviendo al tema… Y si me descubren, ¡¿qué podría pasar?!, pero ¡caramba ya me decidí! No le daré más vueltas a este asunto, pues el cerco se está cerrando».

Mientras se encontraba Juan José con estas cavilaciones, su esposa Rita lo mira tiernamente y sus finos dedos pasan por sus cabellos mientras le susurra, ¿qué te pasa amor? Hace días que te veo preocupado, él la tranquiliza y le dice que es solo cansancio y pequeños problemas de trabajo, nada de mayor importancia.

Al día siguiente muy temprano Juan José se levanta decidido y dispuesto a hacer los contactos pertinentes, ya no duda más, revisa la agenda en su celular. El aroma del café recién colado le reconforta y lo despabila. Su hija Daniela, de nueve años, que es la mayor, le conversa acerca de actividades de su colegio que apenas escucha, los otros dos niños, de dos y tres años también desayunan, Rita se encuentra dando el pecho al más pequeño de cuatro meses y le comenta que el día de ayer se encontró con unas viejas amigas del colegio y se quedaron admiradas por la cantidad de hijos que ella tiene.

 —Fijate —le dice Rita—, es verdad que somos una familia numerosa, para el común de la gente, sobre todo en la actualidad, pero eso no les da derecho a estar comentando y a acribillarme a preguntas, ¡metidas!, ¡imprudentes! Nadie nos regala nada, solo a nosotros nos incumbe.

—Así es amor —le contesta su amado esposo mientras revisa su reloj y se incorpora para salir.

Conducía por la autopista para ir a dejar a los niños al colegio y conversaba con Rita de temas cotidianos, ella le comenta que necesita ir a la cita con el pediatra, que le toca la vacuna al otro niño, que las lecciones de alemán de Daniela, que las clases de ballet para las niñas… mientras él intentaba estar sereno.

Luego de dejarlos, se dirige a la oficina y rememora la tremenda oposición que le había hecho la madre de Rita, ahora su suegra, cuando ellos eran novios.

María Gracia, la madre de Rita quería para su hija un chico «bien» es decir con apellidos de la alta burguesía guayaquileña, que le pueda proporcionar el estilo de vida al que estaba acostumbrada su hija.

«Yo, siendo un chico provinciano de clase media, que con esfuerzo de mis padres me pude educar en universidades privadas, tener una vida holgada y asistir a lugares medios altos donde pude conocer a Rita; no calificaba como candidato idóneo. La verdad es que era todo un mujeriego, conocer y enamorarme de ella, me transformó la vida. Ya son diez años y sigo amando a mi mujer como el primer día y ahora adoro a mis hijos, ellos son la razón de mi existencia. Estoy pasando dificultades financieras, pero no por eso dejaré mi estilo de vida. Cualquier sacrificio que haga por mi familia, lo haré para darles lo que se merecen».

Con estas reflexiones Juan José entra a su oficina, toma la precaución de ocupar un nuevo chip para el celular y empieza a llamar a aquel amigo del «bajo mundo» que conoció hace años en su pueblo natal para encargarle el «trabajito ilegal».

—Hola gavilán, ¿cómo estás? —le dice—. Te llamo por el asunto del que te hablé la semana pasada.  Es un vehículo grande, el modelo, año y demás detalles te envío en mensaje de texto. Quiero que lo desaparezcas para poder cobrar el seguro. El vehículo en mención es parte de los bienes de la empresa familiar y están asegurados por un monto significativo, sí… por supuesto, mayor que el de su costo actual. ¡No me llames, no quiero correr riesgos! Espera noticias mías. Cuando el trabajo esté concluido y pueda cobrar, te cancelaré lo acordado. De acuerdo. 

Cierra y parece estar escuchando a su madre: «¡Hijo, no es correcto!, yo no te eduqué para eso, ¡Dios mío como se te ocurre…!».

Pero ya está hecho. Sacude su cabeza para alejar los pensamientos de culpabilidad. Ahora solo toca esperar. Fue un tiempo angustioso hasta que supo que todo salió bien.

La tensión aflojó un poco y ahora Juan José se disponía a cobrar el seguro, cuando se topa con la noticia de que no se había legalizado el traspaso del vehículo siniestrado, el mismo que pertenecía al tío de Rita, y por ser familia se confió en que ya estaba realizado el registro de la compraventa, por lo que legalmente tendría que cobrar el seguro el dueño del vehículo, que obviamente no era él.

En su elegante oficina sentado en su sillón giratorio, cerró la llamada de la compañía de seguros que le comunicaba la infausta noticia. Observó el horizonte a través de la ventana donde se divisaban los imponentes edificios de la zona bancaria y comercial de la ciudad. Su mirada refleja angustia y frustración. Las relaciones con los tíos de Rita no eran las mejores ahora, además ellos, al igual que su suegra, siempre lo creyeron un cazafortunas. Le dice a su secretaria que no quiere ser molestado y luego hunde la cabeza entre sus brazos muy abatido.

«¡No puede ser! ¡No contaba con eso! ¡Cómo no averigüé! Y ahora: ¡Estoy peor que antes, sin vehículo, endeudado con los del trabajo sucio! Y a lo mejor con sospechas de parte de la familia de Rita de que el robo del vehículo fue una farsa… ¡¡¿Qué voy a hacer?! ¡Esta era mi salida! ¡Dios mío, es acaso un castigo divino por hacer cosas incorrectas!».

Horas más tarde el ulular de una sirena rompía la calma de la tarde; la secretaria encontró a su jefe caído en el suelo, muy pálido y respiraba con dificultad, ella llamó al novecientos once y rápidamente se lo llevaron en la ambulancia los paramédicos. 

lunes, 26 de agosto de 2019

El inocente culpable

Camila Vera


La luna es lo único que veo ahora desde este parque, solo su brillo, la tranquilidad que recibo al sentir la brisa cuando mi mayor preocupación es que las nubes no cubran su belleza. Las estrellas, millares de millares de estrellas sobre mi cabeza, traté de contarlas, pero me resultó imposible. La vida, nada más simple que poder respirar y sentirse libre, completo y feliz; jamás había apreciado tanto estar vivo en este mundo que se cae a pedazos, pero que hoy, en esta noche de julio, se siente como la gloria, más que eso, diría que es el cielo, es lo que soñé y que ahora puedo tocar. Los sueños, es en el lugar que he estado residiendo en los últimos quince años, el espacio seguro en el que caminaba por las calles, donde podía sonreír, aquel momento que era yo y no el recluso de la celda cuatrocientos veintidós. El recluso, el animal, la bestia, la escoria, el demonio, el humano, el hombre, el hermano mayor, el nieto, el hijo, el niño, el inocente sentenciado como culpable.

«El pequeño B» es como me han llamado aquellos que me conocieron en mi peor momento, «422» me decían los uniformados con permiso para poner el orden, «mi vida» es lo que pronuncia mi madre cuando me ve, «abominación» señalan los noticieros, «nada» es lo que pienso yo al verme al espejo. Hoy al menos no creo encasillar en ninguno de los que he nombrado, en este momento soy uno con la luna, mi fiel y testaruda amiga, quien ha escondido mis secretos y me ha susurrado en el oído que no es momento para bajar la guardia.

Cuando llegué al lugar donde mi vida sería pausada por un largo tiempo la luna fue lo último que pude ver, había una ventana en el juzgado, con grandes barrotes de metal, pero a pesar de eso me percaté de su belleza mientras el juez dictaba sentencia, respiré y pensé que quizás no estaba tan solo, no escuché gran parte de lo que la gente habló, mi madre gritó desesperada y los guardias se lanzaron sobre mí, yo veía la luna, siempre recordé verla.

La vida es tan efímera como la arena entre los dedos, se escapa, encuentra como ser libre y no te espera. Quería estudiar algo referente a la medicina porque me apasioné de esta profesión viendo a mi madre trabajar como enfermera, pasé mucho tiempo con ella ayudando a los pacientes que sufrían distintas enfermedades; a mi madre le gustaba decir que merecían que los traten con una sonrisa, que era la mejor forma de sobrellevar los problemas. Discúlpame, madre, en demasiadas ocasiones perdí más que la sonrisa, se fueron mis ganas de seguir, quería parar mi sufrimiento y creía que acabaría si mi corazón dejaba de latir.

Estuve solo dentro de pequeñas paredes frías y llenas de lamentos, podía escuchar de fondo a un hombre cantar cada noche cuando las luces se apagaban y el miedo me invadía, él compartía con los demás un repertorio de canciones que hacían más llevadera la oscuridad cuando la luna no podía cubrirme con sus rayos, nunca supe quién era el hombre de la melodiosa voz, me enteré de fue encontrado muerto en su celda un día.

Después conocí al Varón cuando me trasladaron a una prisión de adultos al llegar a la mayoría de edad, él fue quien me enseñó sobre todo lo que me estaba perdiendo, tenía revistas, unos libros y algo que había perdido yo, esperanza. El Varón asesinó a un hombre porque no tenía otra opción, o eso es lo que me contó, quiero creerle, pero su primera lección fue: «Aprende a dudar hasta de tu mano izquierda», así que a estas alturas ya no sé qué tanto es real. El Varón me decía «hijo», porque en mí imaginaba al niño que en la libertad se encontraba viviendo la niñez que no pudo tener, le llamábamos «la libertad» a todo aquello que esté fuera de los barrotes, para mí la libertad era la luna, para él era su hijo.

Ahora siento el pasto sobre mis manos, me recuerda la última vez que estuve en una cancha de fútbol, justo unos minutos antes de ser arrestado, había ganado el partido junto a unos chicos grandes que me invitaron porque necesitaban un jugador más, no los conocía hasta ese momento, debí quedarme en casa ese día como mi madre dijo, pero yo decidí que ir al parque era mejor idea. El equipo que perdió se negó a aceptar el resultado, desencadenando una disputa de la cual no tenía escapatoria, era el más joven, el blanco fácil, el que corría más lento, el que fue atrapado, condenado y manchado de por vida. Los golpes, la confusión, los gritos, la pelea, los policías, la mentira, la sangre, la culpa, la piel, el miedo, la necesidad de un culpable, la muerte de uno de ellos, un accidente, un simple partido de fútbol.

Cierro los ojos y trato de dejar atrás mi condena, pero me convirtieron en lo que necesitaban, en culpable. No creo poder perdonarlos ni a ellos ni a mí, ni poder rogarle disculpas a mi madre por tener que perder el empleo que amaba porque era mal visto tener como empleada a la progenitora de un criminal, haciendo que mi hermana no pueda ir a un colegio decente al no tener suficientes recursos; dejando de lado todo lo que anheló mi joven madre, sus sueños, el dinero y sus lágrimas que retumbaban en mi cabeza cada día. Pasaron años y sé que muchos más de estos vendrán a abrazar mi cuerpo, mis cicatrices, mis penas y yo seguiré siendo un alma que perdió algo que no se puede recuperar, tiempo.

Hoy tengo un reloj y veo al segundero correr a prisa, intento seguirlo para no perderme su recorrido, pero fallo y regreso al suelo, con la gran diferencia de que para mí estar tirado en el frío concreto ya no es un castigo, me tumbo y veo hacia arriba, me sorprendo con todo lo que mis ojos pueden observar, lo que mi nariz puede oler, mis oídos escuchar, mis manos sentir; me maravillo con la idea de que el tiempo no regresará a mí, pero que cuento con mucho más para poder reconstruirme, ya sea en nombre del hombre que cantaba y me hacía tener menos miedo, por el Varón que nunca conocerá a su hijo, por mi madre y sus esfuerzos, o simplemente por mí, que estoy vivo, libre y completo.

Quisiera decir que todo está bien ahora, que la luna ya no me susurra cosas en la noche, que mi cabeza no tiene miedo a despertar y ver los barrotes, quisiera decir que logré mis metas y me siento motivado a ir por más, me gustaría darles un buen final, quizás una familia o una ruta correcta para el futuro, pero estaría mintiendo, hoy solo hay esto, la luna, las estrellas, la vida y un inocente que también es culpable.

viernes, 23 de agosto de 2019

Cada vez más menos

Antonio Sardina Cecine


Hoy se cumple un año del accidente, un tonto resbalón al ir a comprar hielos a la gasolinera: rotura de tibia y peroné. Llevo cinco operaciones.

En realidad fueron dos accidentes, porque a las dos semanas de la primera operación se me ocurrió comprar una andadera con ruedas, al ir al baño perdí el control y me caí, lo que causó que la placa que me habían puesto se desprendiera llevandose un pedazo de hueso. De ahí vinieron injertos, clavos y aparatos. El día de hoy todavía estoy moviéndome con escúter y andadera.

Lo más difícil no es que me haya roto el hueso de la pierna, es la fractura en mi relación con Nadine, no es en sí una rotura, es una fisura, una marca tal vez, o tal vez no… no sé.

No hablamos mucho y aunque ella parece estar bien, se siente que no. Es un distanciamiento milimétrico y gradual pero constante: se preocupa, me cuida, me ayuda, está conmigo, pero cada vez menos… cada vez más menos.

Y yo pienso que tal vez es normal, nos casamos hace dos años, después de cinco años de relación formal como pareja, de hecho ya llevábamos viviendo juntos un año. No fue fácil decidirnos, ya que ella venía con la experiencia de dos matrimonios previos; el primero a los dieciocho años, donde estuvo tan ocupada criando a tres hijos que cuando se miró a sí misma y se dio cuenta que en realidad no amaba a su marido, decidió divorciarse, aunque eso implicara hacerse cargo ella sola de la familia. El segundo matrimonio fue una relación muy buena que acabó al casarse y terminó también en divorcio.

Yo por mi parte la conocí cuando renacía como otra persona, después de destrozar un matrimonio a causa de mi alcoholismo y habiendo pasado por el infierno de un divorcio arduo y una recuperación milagrosa gracias a AA, había salido al fin de ello con una relación maravillosa con mis dos hijos y una nueva historia a desarrollar.

Los dos teníamos miedo, pero la relación fluyó, y dado que descubrimos que nos hacemos bien el uno al otro nació un amor maduro, natural, que vivíamos muy a gusto, con ondas en lugar de picos.

Hicimos dos grandes viajes, uno a Europa, donde formalizamos el compromiso y otro a Asia, que consideramos nuestra luna de miel.

Y de repente el accidente, como si Dios dijera: «estate quieto» y a partir de ahí un año de convivencia extraña, como en sordina.

Cariño hay mucho, sin duda, amor de mi parte sí, pero la verdad es que creo que he ido minando el suyo con mis actitudes. Me cuesta mucho dejarme cuidar, pedir lo que necesito, aceptar que solo no puedo, trato de hacer las cosas sin ayuda, me baño, me visto, intento ser independiente, pero ese «Pásame esto» y verle la cara de «¿Otra vez?» me encabrona, me destruye.

Dormimos juntos y la siento cada vez más alejada, trato de tocarla, pero su misma frialdad (o la mía) me aleja, me cohíbe, me enoja… no, me entristece. Y las muy pocas veces que hemos hecho el amor pienso que ella ve a un inválido… o así lo siento.

Pero ella parece estar bien, no lo hablamos, pero sale de la casa cada vez que puede y cuando tiene que estar aquí platicamos y convivimos de una forma aparentemente normal, los temas del día, de siempre, pero cada vez convivimos menos… cada vez más menos.

Cuando salimos al cine y a algunos restaurantes donde pueda entrar con mi escúter, parece que volvemos a ser nosotros. Somos más nosotros en compañía de amigos, jugando canasta en casa.  Siempre trato de estar alegre y optimista.

Todo mundo alaba mi actitud y su fortaleza, pero solos es diferente, buena cara y sonrisas. Yo trabajo en casa, eso está bien, medito según las técnicas de yoga y veo televisión, muchísima televisión en realidad; Y pienso, pienso mucho, a veces pienso mal… y rezo, sí, también rezo.

Y Nadine parece estar bien, pero cada vez menos… cada vez más menos.

martes, 13 de agosto de 2019

Epifanía


Rosita Herrera


El avión, venido de Nueva York, llegaba con treinta minutos de retraso, para ese entonces, ya eran las veinte horas cuando había aterrizado y Dennis se encontraba en la aduana con solo un bolso de mano. Con algo de impaciencia, se disponía a embarcar en lo primero que le llevara al centro de Santiago. Era alto, de cabello castaño y fino. Siempre lo había usado de un largo que le permitiera jugar acomodándoselo de derecha a izquierda con un leve movimiento de cabeza. Su contextura delgada lo hacía lucir grácil y joven, de manera que sus cuarenta años nadie los adivinaba. Al salir del aeropuerto, un viento helado se coló por entre sus piernas, haciéndolo sentir irritado y vulnerable, pues no soportaba las bajas temperaturas en ninguna parte del mundo. Completamente arrebozado en su chaqueta de franela marrón de corte inglés, se detuvo frente al paradero de taxis, esperando los ofrecimientos de rutina. Mientras, sacó un cigarrillo y lo prendió con maestría, se había vuelto, en los últimos años, un fumador empedernido.
―¿Hacia dónde, caballero? ―le pregunta el chofer asomándose por la ventanilla.
―A la Alameda, lléveme a un hotel de precio módico y donde se pueda dormir tranquilo, por favor.
―¡Claro! Súbase, jefe. Conozco uno en Vicuña Mackenna, con las tres «B».
―¡Ah! «Bueno, Bonito y Barato», ¿no es así? ―dice, esbozando una sonrisa, al mismo tiempo  que se sube en el asiento trasero del coche.
Al salir del aeropuerto y enfrentarse a la carretera, un sueño pesado lo inundó. El chofer había puesto la calefacción y su cuerpo comenzaba a relajarse. Esta cálida sensación se vio interrumpida por un sobresalto al aparecer de repente, en su adormecimiento, la imagen de aquel hombre que rondaba la Unidad de Cuidados Intensivos aquella noche de tormenta en el hospital. Él atendía en ese piso a los enfermos de cáncer y uno de sus pacientes murió repentinamente debido a una negligencia inexplicable. Él había hecho los chequeos de rutina, revisado las dosis de medicamentos intravenosos, la presión, el oxígeno, todo, no obstante, Jamie, un joven de veinticinco años, que tenía muchas probabilidades de restablecerse,  murió por una sobredosis de morfina… pero… ¿quién diablos era él? Mientras elucubraba en sus recuerdos, el taxista buscaba un lugar donde estacionarse y dejar a su pasajero.
―Le dejo mi tarjeta, señor, cualquier cosa me llama no más. ―Le da la mano y sigue su camino.
Dennis entró al hotel sumido en un sopor que no lo abandonaba, registró su llegada y una mucama lo llevó a su cuarto. El hotel, efectivamente, era acogedor y amplio. Al llegar a su habitación, en un cuarto piso, se encontró con una mullida cama y una ventana que daba a una calle de añosos árboles que testimoniaban un otoño ya empoderado de la ciudad.
No podía encontrar la paz que había venido a buscar a este país tan lejano de Nueva York, lugar que había elegido para desarrollarse como médico. El juramento hipocrático era una voz en off que rondaba su cabeza.
Sentado en la cama, recorría una y otra vez la rutina nocturna practicada con su paciente aquella noche. El rostro de ese joven era como un puñal en su corazón. Tan lozano y lleno de sueños, le había preguntado tantas veces en sus turnos si podría llegar al menos a los cuarenta años, solo eso quería para poder realizarse, programaría cada día de su vida para cumplirlo. Él le había prometido que sí y luego… ya no estaba más. Había dejado un libro a medio terminar, y justamente de aquel habían estado hablando la precedente mañana.
―¿Qué lee, Jamie? ―le preguntaba mientras auscultaba sus pulmones.
―A Calderón de La Barca, doc, La vida es sueño. Cada vez me compenetro más con los monólogos de Segismundo. Estamos en esta vida asumiendo el rol que se nos asigna, pero en cualquier minuto despertamos y se nos acaba la tragedia o comedia que hemos estado representando. Usted  juega a ser mi doctor y yo lo sigo, fingiendo ser su paciente, el problema radica en que no es voluntad nuestra poder manejar la duración de actos y escenas, por lo tanto, podemos estar demasiado tiempo soñando algo que no nos gusta o que nos llena de satisfacción. En fin, La vida es sueño y los sueños, sueños son. No lo olvide, doc.
―¡Por supuesto que no, Jamie! ¡Cómo olvidarlo! Es importante ver la vida de ese modo. Hubiera querido hacerlo desde pequeño, no obstante, viví siempre sumido en una realidad hostil y lapidaria en donde se me imponía el deber unido a un proyecto de vida y de persona  que debía realizar ―al decir esto, su mirada se entristeció y no habló más del tema.
Tirado todavía en la cama del hotel, sin siquiera haberse quitado los zapatos ni su chaqueta, comenzó a llorar con su rostro mirando hacia el techo. Era demasiado el peso que llevaba en su corazón y no sabía cómo aminorarlo. Su forma estructurada de ser no admitía errores en su vida ni en su profesión y este hecho no tenía explicación… a menos que… aquel hombre que rondaba la habitación hubiera entrado sin que nadie se percatara y alterado la dosis de morfina que se le había administrado.
Hasta donde él sabía, las investigaciones de rigor no habían arrojado ningún incidente fuera de lugar ni tampoco a un intruso cerca de la cama de Jamie… pero y entonces, ¿qué hacía ese hombre ahí? Escondía su mirada cada vez que Dennis lo escudriñaba. Era una persona que pasaba fácilmente desapercibida debido a que su estatura no superaba el metro setenta y cinco y su contextura era más bien delgada. Desde el ventanal que separaba el pasillo de la sala de enfermos, se veía una persona equilibrada con un estado ansioso circunstancial, se notaba que no había dormido bien en días y que estaba con una angustia que lo ahogaba.
«No sé por qué extraña razón hay personas capaces de escanear a otras y en menos de cinco minutos dar un diagnóstico de sus pesares, una caracterización de sus comportamientos y del porqué de estos e involucrarlos en alguna situación de contingencia post análisis de su psiquis y de su conducta y lo más gracioso, de toda esta gran osadía de tremenda soberbia y ego, es que ni siquiera corroboran sino que lo dan por un hecho y yo era uno de esos desagradables individuos», se dijo a sí mismo en forma airada.
Quedose dormido absorto en sus pensamientos y despertó aquel domingo de julio sobre la cama totalmente entumecido, debido a que no utilizó cobertor alguno.
Tomó una ducha y se apresuró a salir en busca de un café y una buena paila de huevos. Desde un segundo piso de un local ubicado a cuadras de su hotel, miraba el espacioso y tranquilo paisaje que presentaba plaza Italia rodeada de avenidas que habitualmente estaban atestadas de gente y, al fondo, la línea del metro del gran Santiago que cruza los barrios más pudientes y que luego traspasa el otro mundo, el de los más desposeídos, que a ciertas horas de la mañana, muy temprano por cierto, se trasladan para aliviar la carga de aquellos privilegiados, los que pagan por sus servicios de niñeras, jardineros, cocineros y así, finalmente, se mezclan en una simbiosis que establece la política social de patrones y empleados en este país llamado Chile.
El olor a café con leche y a huevos recién cocinados, le hizo olvidar por un rato su pesar, luego de unos minutos su celular le anunciaba la llegada de un mensaje. Su compañero de turno de aquella noche y a quien le manifestó su desconfianza por el sujeto que rondaba la sala, le acababa de enviar un artículo de prensa del New York Times, donde se analizaban las posibles causas de la muerte de Jamie, además incluía fotografías del entierro de aquel joven en donde aparecía el individuo sospechoso bastante alejado de la familia, casi apartado, cubierto por un abrigo negro y unos lentes de sol demasiado grandes para el contorno de su cara. De pronto, suena su teléfono:
―¡Dennis!, ¿recibiste el mensaje? Te lo envié apenas lo vi. El artículo hace referencia a la muerte de tu paciente quien era nada más ni nada menos que el primogénito del Presidente de la Corte de Apelaciones de Nueva York. Nunca se hizo mención de aquel en los medios de comunicación, al parecer lo mantenía muy en secreto y sospecho que la razón era su homosexualidad, ya que el sujeto que rondaba y que aparece en la foto apartado de todos era su pareja. Jamie tenía una relación con él, pero su familia no lo aceptaba, por eso la conducta tan ávida del hombre. Él lo que hacía era buscar cualquier oportunidad para poder verlo, aunque ambos trataban de ocultarlo, sin embargo, esa noche, no sé, él estaba como demasiado ansioso y era como si no le importara que lo descubrieran. De todas formas, al haber sido su compañero, no tendría razones para matarlo.
―Quién sabe, Rodrigo, quién sabe. Por lo pronto, tienes razón, le quita peso a mi teoría.
―Mira, cualquier novedad yo te aviso. Descansa y encuentra alguna salida a tus preocupaciones. Aquella noche te vi muy cansado y algo lejano, supuse que se debería a tu ruptura con Karina. No te quito más tiempo. Un abrazo y me avisas cuando tomes el avión de regreso.
―Sí, vale, claro que sí. Gracias por tu preocupación y también por el analgésico que me diste esa noche. La cabeza se me partía.
―¿Qué analgésico? Me pediste una benzodiazepina, te la di con hartas recomendaciones, ¿recuerdas? ―En ese momento la comunicación se cortó y Dennis se puso pálido y comenzó a temblar.
Caminó en dirección al cerro San Cristóbal, aquel lugar era uno de sus favoritos en su juventud. Lo subía semanalmente, recorría sus senderos cada vez que necesitaba pensar y poner en orden sus emociones, hasta que emigró del país buscando mayores expectativas laborales. A los meses de irse, su madre decidió volver al sur, donde había nacido y crecido, ya no necesitaba estar en la capital, Dennis ya había concluido sus estudios en la más prestigiosa universidad.
Había muchísima gente en el cerro: ciclistas, atletas, caminantes, así que se escabulló por los atajos, que ya bien conocía, para llegar a la cumbre y desde allí contemplar al gran Santiago y su inmenso panorama cubierto de una enorme nube de smog. Al ir avistando los árboles y haciendo equilibrio para no tropezar con las piedras y desniveles del camino, una gran cantidad de imágenes comenzaron a surgir haciéndole revivir cada momento de esa oscura noche:
«Había estado en el departamento de Karina aquella tarde. Tuvimos una discusión y le habíamos dado término a nuestra relación de cuatro años y cinco meses. Me sentía devastado, pero ya no podía seguir mintiéndome. El cariño se había acabado, por lo menos de mi parte, solo nos quedaba el apego, ese maldito sentimiento que confundimos con el amor. Sentía tanto dolor en mi corazón que antes de salir para el hospital a realizar mi turno que comenzaba a las veinte horas, tomé un vaso de vodka para restablecer mi ánimo… ¡Claro! Si no, no hubiera tenido el valor de cruzar esa puerta por la cual nunca más volvería a entrar. No había comido absolutamente nada y me sentía desvanecer. Al llegar a mi turno, hablé con Rodrigo y le conté lo ocurrido pidiéndole algo que no especifiqué y él entendió que necesitaba un calmante, hablé con Jamie e hice su revisión de rutina, ya el fármaco estaba haciendo lo suyo mezclado con el alcohol y luego… decaí, perdí la consciencia en un dulce sueño y al despertar creí que había dejado a mi paciente desprovisto de sus medicamentos, volví a administrarle otra dosis de morfina, él no me dijo nada, puesto que ya dormía. ¡Mi Dios! ¡Yo lo maté!», como un loco gritaba y se estremecía con cada alarido que daba.
«¿Será que esta es la parte del sueño que ahora me toca representar? ¿La de un asesino? ¿La de un médico negligente y estúpido?... 'la muerte, ¡desdicha fuerte!' ¡Ay, mi Dios!  no quiero vivir este sueño, ¡por favor! ¡Despiértame, te lo imploro!», acto seguido, se arrodilla y tapándose la cara con las manos se hunde en el llanto.
A sus cuarenta años había perdido el control de su vida y eso le costaría su carrera, pero esto no le importaba, Jamie le importaba, el haber matado a un inocente le hacía despreciarse a sí mismo por verse convertido en un incompetente médico igual a los que aborrecía por ejercer su profesión alejados de todo altruismo y arriesgan la vida de sus pacientes por intereses personales.
Caminó de vuelta a su hotel, cabizbajo, sin saber qué vía tomar para saldar su deuda. «Los héroes no huyen», le repetía su mente. «El estar privado de libertad, será la única forma de perdonarme y quién sabe, puede que mañana despierte sin muros ni cadenas sino rodeado de bellos parajes, habiendo sido todo una ilusión». De cualquier forma, volvió a su habitación, había venido a Chile a buscar una respuesta y la había obtenido. Recordó que de niño le gustaba salvar a las pequeñas aves que rompían su vuelo por haber herido sus alas y él las recogía y las llevaba a su hogar donde les daba los primeros auxilios necesarios para sacarlas de la urgencia. En una oportunidad, no pudo salvar a una pequeña avecilla que tenía días de nacer y al parecer se había caído de su nido. Estuvo toda la noche cuidándola y proporcionándole alimento en diminutas formas, al otro día al llegar del colegio, se encontró con ella muerta. Esto lo descontroló, el sentir que la vida de alguien dependía de él le confería una gran responsabilidad que no le permitía dejar situaciones al azar y comenzó desde esos momentos a otorgarle un tremendo valor a la vida y a los seres desvalidos. Recordaba a su paciente y nuevamente su corazón se llenaba de pena y sus lágrimas comenzaban a aflorar.
La vida le estaba dando una enorme oportunidad de mostrarse tal cual era. Un ser vulnerable que no tenía nada de perfecto. Su mundo se desmoronaba y él no haría nada por salvarlo, todo lo contrario, por primera vez en su vida se permitiría vivir un sueño donde debería cumplir el rol asignado en la obra,  hasta que un ente superior determinara el fin del acto y le permitiera cambiar su escenario. El haber conocido a Jamie cobraba sentido ahora, lo había liberado de la pesada carga de ser él. Hacía mucho tiempo que no toleraba estar consigo mismo, su forma de ser disciplinada que no dejaba espacio a imprevisto alguno, le angustiaba, no era libre, estaba preso de aquellas obsesiones de perfección que aquel día desaparecieron para cambiar el curso de su vida.